![]() |
Volumen 10 -
Nº 57 Junio/Julio 2000
|
Leí con interés el artículo "Urbanización y consumo de tierra fértil", publicado en el número 55 de Ciencia Hoy. Me extrañó que incurriera en una serie de inexactitudes o contradicciones, que desmerecen los aspectos del trabajo enfocados con idoneidad, a saber:
Si bien las críticas del lector se refieren a un aspecto ajeno al objetivo central del trabajo, contestaremos cada uno de los puntos.
Luego de leer varias de las noticias que aparecieron en la última semana sobre la repatriación de científicos tuve la sensación de que, en los altos niveles gubernamentales, se desconoce la realidad con la que nos enfrentamos cotidianamente los científicos argentinos. Contaré mi experiencia de haber regresado al país. Más allá de la anécdota, espero que sirva para generar una discusión seria sobre el tipo de sistema científico que queremos en la Argentina.
En 1996, luego de seis años en el Harvard Medical School, mi esposo y yo regresamos al país con sendas becas de investigador formado del CONICET, que no incluyen beneficio social alguno. Ambos habíamos solicitado ingreso en la carrera del investigador de ese organismo en 1992, pero no obtuvimos respuesta porque tales ingresos permanecieron cerrados durante esos años; cuando llegamos se volvieron a abrir y tuvimos que repetir la presentación. La evaluación de mis antecedentes me colocó en el tercer lugar en el orden nacional y quedé recomendada para mi incorporación a la carrera como investigadora independiente. Sin embargo, no solo no entré sino que se dio la absurda situación de que lo hizo quien estaba en la posición 16 del orden de méritos, como investigadora asistente, la más baja de la escala. Mi esposo fue recomendado para investigador adjunto, pero tampoco logró la designación.
A pesar de mis averiguaciones y de la predicada "transparencia" del concurso, nadie supo o quiso explicarme por qué no habíamos entrado en la carrera. Al cumplirse el año de haber regresado, el CONICET no nos renovó la beca de investigador formado, como, según los reglamentos, podía haber hecho por otro año. Nos enteramos después de un mes, cuando no se depositó nuestro estipendio. Nunca recibimos explicación alguna de por qué se nos cortó la beca. A los trece meses de haber regresado al país los dos estábamos en la calle, situación difícil de explicar a nuestros hijos adolescentes, a quienes siempre les habíamos dicho que el esfuerzo y las cosas bien hechas tienen su recompensa.
En ese momento se nos ofreció incorporarnos a la Fundación de Investigaciones Biológicas Aplicadas (FIBA) a fin de contribuir al crecimiento de la institución, que contaba con solo dos investigadores formados. Al poco tiempo, gracias a mi pedido de revisión, ingresé en la carrera del CONICET, en enero de 1998; mi esposo solo lo logró en marzo de 1999. En el Centro de Investigaciones Biológicas (CIB) pude iniciar una nueva línea de investigación, gracias a los aportes realizados por la FIBA pero, sobre todo, al apoyo de dos investigadores del extranjero. Después de nuestro ingreso al CIB-FIBA, en marzo de 1999 el CONICET confirió a la institución el carácter de una de sus unidades ejecutoras (INIBIOP).
En septiembre de ese año, en forma inesperada y sin causa que lo justificara, las autoridades de la FIBA retiraron su conformidad para que mi esposo y yo continuáramos desempeñando nuestras tareas en el CIB. Como consecuencia de esa decisión unilateral, en diciembre de 1999 el CONICET estableció que con nuestro alejamiento el INIBIOP quedaba sin un número suficiente de investigadores para continuar siendo una unidad ejecutora de sus programas. Si bien tal medida sentó un valioso precedente con relación a decisiones infundadas y autoritarias, trajo como consecuencia que tanto mi esposo como yo carezcamos otra vez de lugar de trabajo. En Mar del Plata hay pocos sitios con instalaciones adecuadas para continuar los proyectos que tenemos en curso. El CONICET mantiene mi salario por nueve meses, para permitirme buscar otro centro de investigación donde instalarme. La situación en que me hallo no solo afecta la continuidad de mis proyectos científicos sino también la labor de dos estudiantes.
A la luz de lo relatado, ¿estamos en condiciones de decir a los estudiantes que su esfuerzo y la calidad de su trabajo les permitirán desarrollarse y permanecer en el sistema científico en el cual estamos inmersos? ¿Estamos en condiciones de hablar de repatriación de científicos? ¿O la opción que nos presentan las instituciones es seguir el camino de aquellos argentinos que no volvieron?
AVANCES DEL MERCOSUR
El editorial del número 56 de Ciencia Hoy me pareció muy bueno, lo mismo que la carta del lector Alberto J. Solari que salió en el 55. Los gobiernos cambian y los vicios quedan. Me asombran las semejanzas que existen entre la Argentina y el Brasil en todos los órdenes, desde los programas económico-financieros hasta las fotos que salen en las primeras planas de los diarios. Cuando estoy en Buenos Aires y veo los titulares de la prensa me parece estar leyendo en castellano las noticias del Brasil, y cuando estoy en Río me parece leer en portugués las novedades argentinas. Se podría sacar una edición única para los dos países –preferentemente escrita en inglés–.
Después de seis años en que nuestro amigo José Israel Vargas se desempeñó aquí como ministro de Ciencia y Tecnología (durante los cuales no hizo absolutamente nada), Fernando Henrique nombró a un economista en el cargo; su principal antecedente, además de amistad con el presidente, era ser propietario de una de las grandes cadenas de supermercados, Pão de Açucar. Hablaba tan categóricamente y con tanta soberbia de todos los temas –por ejemplo de los transgénicos– que cualquiera que lo oía pensaba que entendía algo. Tenía ideas originales: de entrada dijo que la enseñanza es una cosa y se hace en las universidades, y que la investigación científica es otra, y debe hacerse en institutos ajenos a las universidades.
Ahora advierto las semejanzas del nombrado con su colega argentino Caputo: ambos muestran la misma supina ignorancia en materia científico-tecnológica. Son los típicos aficionados que han leído alguna revista de divulgación científica, lo cual no les viene mal, pero no parece el mejor antecedente para dirigir los destinos de la ciencia y tecnología de un país, o de la tecnología y la ciencia, o de la productividad, o de la informática... El paralelismo entre ambos países se mantiene en los salarios académicos. El mío como profesor titular de la máxima categoría alcanza –dependiendo de las diarias fluctuaciones de la moneda– a 1250 pesos argentinos mensuales.
|