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Volumen 19 - Nº 114 Diciembre 2009 Enero 2010 |
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¿Qué
pueden aprender los alumnos del colegio secundario de la historia del
descubrimiento de la estructura de las mitocondrias? Gabriel Gellon Asociación Civil Expedición Ciencia |
La célula tiene historias
Nuestra imagen de un universo en expansión fue propuesta por Edwin Hubble (1889-1953) a partir del cálculo de las velocidades de movimiento de las galaxias, inferidas por efecto Doppler. Debemos la imagen del átomo con un núcleo central y electrones girando en órbita a su alrededor a Ernest Rutherford (1871-1937), quien la ideó a partir de datos sobre la dispersión de partículas elementales al pasar a través de una lámina de oro. En ambos casos nos impresiona la capacidad de esos científicos de pensar lo invisible a partir de datos complejos. Ambas son historias del triunfo del pensamiento.
La estructura de la célula, en cambio, no nos ofrece relatos tan dramáticos, ni nos imaginamos que encierre desafíos intelectuales tan importantes. Más bien parece algo aburrido y directo: bastaría con enfocar un microscopio y mirarla cuidadosamente para descubrir lo que hay en ella. La observación, si bien es considerada la base de la actividad científica, es vista como la hermana tonta de las herramientas intelectuales del investigador.
En el colegio, ‘las partes de la célula’ constituye un tema tan obligado como tedioso. Suele consistir en memorizar los nombres y el aspecto general del núcleo, las mitocondrias, el aparato de Golgi, el retículo endoplasmático y otras tantas cosas misteriosas. Para el docente no parece haber en la célula relatos que revelen las estrategias del pensamiento científico, ni las hazañas de investigadores en su esfuerzo por darle sentido al mundo que nos rodea.
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