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Volumen 19 - Nº 114 Diciembre 2009 Enero 2010 |
Con este editorial, escrito por invitación por un antiguo integrante del comité editorial de la revista e investigador del Conicet, Ciencia Hoy recibe el año del bicentenario de la Revolución de Mayo, la que constituyó el primer paso hacia la institucionalización de la República Argentina.
No se puede correr siempre. De vez en cuando hay que detenerse y contemplar las cosas desde el sosiego. Esta es la virtud de las conmemoraciones. Nos permiten mirar hacia atrás y hacia adelante con una mirada nueva. Reinterpretamos el pasado y planificamos el futuro desde nuestro presente y, dado que este es un horizonte móvil, también se modifica nuestra manera de entender el pretérito y el porvenir. Por eso la historia se escribe continuamente, por eso podemos hablar de futuros antiguos.
Hay medidas de tiempo modestas, como la década, y otras casi excesivas, como el milenio. La centuria tiene una nobleza particular, quizá por ser una medida eminentemente humana, por no exceder demasiado la extensión de una vida. Si debemos ceder a la compulsión de fragmentar la corriente de los años en potencias de diez, el siglo parece la mejor opción.
Llegamos al bicentenario de la Revolución de Mayo. ¿Qué mejor momento para afirmar, parafraseando a Eliot, que la historia es ahora y Argentina? (History is now and England, dice ‘Little Gidding’, el último de los Cuatro cuartetos). Nuestra historia, claro, es la de la ciencia. Para Auguste Comte, esta era la mejor parte de la historia de la humanidad, en tanto guía de la racionalidad y del progreso humano. Georges Sarton, el belga que institucionalizó la disciplina a comienzos del siglo XX, creía que la historia de la ciencia abarca lo más glorioso, lo más puro y lo más alentador en las hazañas del pasado. Pocos –aun entre los científicos– adherirían hoy en día a este radiante optimismo. Pero si el gas mostaza y la mañana del 6 de agosto de 1945 nos hicieron más cautos, de todas maneras muchos de nosotros seguimos creyendo que la ciencia es algo valioso, un bien necesario que merece ser cultivado. A pesar de que los que nos embarcamos en la carrera de la ciencia no lo hicimos por virtuosos sino porque, como Sócrates, no podíamos sino obedecer el llamado de nuestro daimones, generar conocimiento es una de las actividades más meritorias que es posible emprender.
¿Y qué supimos conseguir en estos dos siglos? Haber construido la historia científica más sobresaliente en la Iberoamérica del siglo XX. Podremos mantenernos a esta altura o deslizarnos en el tobogán de la decadencia –mito argentino, si los hay–, pero lo que nos depare el porvenir no quitará nada a lo que hemos logrado. Exegi monumentum aere perennius (erigí un monumento más duradero que el bronce), presumía Horacio en la última de sus Odas. De manera análoga, podemos ahora contemplar, no sin orgullo, el edificio de dos siglos de ciencia en la Argentina.
En los años previos a la Revolución de Mayo, la cultura científica en el Río de la Plata mostraba ciertos signos de vitalidad. Fracasado el proyecto de una tradición científica local, encarnado en la acción de los jesuitas en las misiones, por su expulsión en 1767, la educación en Córdoba apenas se despertaba de su adormilamiento. En Buenos Aires surgieron dos escuelas profesionales en las que se enseñaban ciencias con un nivel razonable: la Escuela de Náutica creada por Manuel Belgrano en 1799 y la Escuela de Medicina del Protomedicato, fundada por Edmundo O’Gorman en 1801. La militarización de la sociedad consecutiva a los sucesos de Mayo transformó este estado de cosas. Así, se crearon las sucesivas academias de matemáticas, para formar oficiales, y el Instituto Médico Militar, para educar cirujanos para los campos de batalla. El pequeño círculo de ‘clérigos naturalistas’ a ambas orillas del Plata, la creación del Museo Público por Bernardino Rivadavia (una expectativa más que una realidad en 1812), la presencia de prestigiosos botánicos europeos como Thaddaeus Haenke y, más tarde, Aimé Bonpland, la avidez de la población porteña ilustrada por los libros y las noticias científicas de la prensa virreinal, contribuyeron a constituir una cultura científica de escala reducida, capaz de sobrevivir con recursos propios, y protocosmopolita. En los años cercanos a 1810, lo que había eran redes inorgánicas de profesionales y amateurs de la ciencia y la historia natural. Los primeros intentos de institucionalización (más allá de los organismos educativos) tuvieron lugar en el período de ‘la ciencia de Rivadavia’.
¿Cómo estaban las cosas un siglo después, durante el primer Centenario? La Argentina podía jactarse de poseer grandes instituciones científicas, como el Observatorio de Córdoba construido por Domingo F Sarmiento y del que salió la catalogación de los cielos del sur, o el Museo de La Plata, cuya escala en el momento de su construcción no era inferior a la de la Smithsonian Institution. La institución emblemática del Centenario fue quizá el Instituto Bacteriológico (luego Instituto Malbrán), que, concebido sobre el modelo del Institut Pasteur de París, fue comenzado en 1904 y concluido en 1916. La Sociedad Científica Argentina, con su predominio de ingenieros y naturalistas exploradores, representaba tanto el conocimiento experto necesario para las grandes obras públicas de la ciudad que crecía y se modernizaba, como los resultados de tres décadas de exploración y reconocimiento del ‘desierto’ y el chaco. Gran parte de la ciencia básica era alemana. Emil Bose dirigía el flamante Instituto de Física de La Plata, creado en 1906, y Christfried [Cristofredo] Jakob había concluido en 1910 su primer período a cargo del laboratorio de neuroanatomía del Hospicio de las Mercedes en Buenos Aires. La astronomía estaba, en gran medida, en manos de estadounidenses. La medicina y la cirugía eran, es sabido, francesas, y gozaban de enorme prestigio.
En el área de la historia natural, ya hacía una generación que los naturalistas alemanes de la Academia de Ciencias, en Córdoba, habían sido reemplazados en la imaginación social por el trío de jóvenes argentinos que recibieron entusiasmados la teoría de la evolución: Eduardo L Holmberg, Francisco P Moreno y Florentino Ameghino. Moreno y Ameghino –que murió un año después del Centenario– se transformaron en símbolos de la ‘ciencia argentina’ de ese momento. Tal como Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones en el mundo de las letras, estos dos naturalistas aspiraban a fundar una ‘tradición nacional’ científica, para usar el título de la obra insignia de Joaquín V González. En 1910, la Sociedad Científica Argentina celebró un congreso internacional y cuatro años más tarde, en una cama del Pabellón Modelo del Hospital Rawson, Luis Agote efectuaría la primera transfusión de sangre citratada del mundo, en lo que fue un caso de descubrimiento simultáneo.
Pero a pesar de todo esto, la actividad científica en nuestro país estaba todavía en medida considerable en manos de extranjeros, algunos de paso y otros llegados para radicarse –la vociferante polémica sobre la ‘argentinidad’ de Ameghino fue, en realidad, el síntoma de una falta–. Se importaban científicos, que escaseaban, tal como se importaban maestras, o agricultores, o ebanistas. A este factor de atracción hay que sumarle uno simétrico de presión: algunos países centrales se esforzaban por exportar personal calificado, know-how y tecnología a países fuera de Europa, en un proceso que en las ciencias se denominó imperialismo cultural.
Quien estableció en nuestro país la ciencia del siglo XX en un nivel competitivo e internacional, quien la adaptó a nuestro estilo y la institucionalizó (con el Conicet) como una carrera posible para los sectores medios, quien logró que se pudiera hablar en serio de ciencia en la Argentina, fue Bernardo Houssay. Un papel análogo de padre fundador podría atribuirse a Ernesto Gaviola para las ciencias exactas, aunque las diferencias no son insignificantes: Gaviola fue un profeta de logros fulgurantes, mientras que Houssay era un constructor de paciencia inexorable.
Houssay inauguró lo que alguna vez denominé nuestra gran tradición de fisiología, bioquímica y biología celular. Esta escuela de investigación básica nos dio tres premios Nobel, un galardón que, más allá de las críticas que se le puedan oponer como indicador de logros científicos, sigue siendo un instrumento de medida al que no se puede ignorar sin pagar por ello.
El de Houssay fue el primer premio Nobel en ciencias en Iberoamérica. Lo obtuvo, compartido, por investigaciones efectuadas en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Buenos Aires. La serie de premiados alcanzó su cenit con Federico Leloir, quien ganó el Nobel de química, no compartido, debido a un trabajo efectuado en nuestro país, ya no en la universidad, sino en la Fundación Campomar. Leloir formó parte del equipo de Eduardo Braun Menéndez, Juan Carlos Fasciolo, Juan M Muñoz, Oscar Orías y Alberto C Taquini, quienes descubrieron el mecanismo de la hipertensión arterial de origen renal. También fue el primero de una serie de bioquímicos argentinos que se formaron en la Universidad de Cambridge y tuvieron carreras distinguidas en el país y en el exterior.
El Nobel de César Milstein fue obtenido por un trabajo efectuado en su totalidad en Cambridge (donde el creador de los anticuerpos monoclonales había alcanzado un segundo doctorado), después de haber tenido que abandonar su lugar de trabajo en Buenos Aires por cuestiones políticas circunstanciales. (Faltaría agregar a esta galería el nombre de Eduardo De Robertis, uno de los codescubridores de las vesículas sinápticas, que generó una notable escuela de neuroquímica y biología celular.)
Es evidente que esta tradición, en cuanto a lo que al desarrollo de la ciencia en nuestro país compete, adoptó el curso temporal de una parábola. Su interés es grande, porque la posibilidad de lograr localmente ciencia básica de alta calidad es el signo inequívoco de la autonomía de un sistema científico. No solo por eso. Sus logros fueron resultado de inteligentes decisiones de los protagonistas acerca de cuáles temas de investigación podrían ser desarrollados con posibilidades de éxito, dadas las limitaciones del contexto. De hecho, podría afirmarse que la investigación más exitosa en nuestro país fue el resultado de la pequeña escala, incluso en la física nuclear. A mi juicio, las primeras etapas de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) fueron las más interesantes en cuanto a tasa de producción, originalidad y diversificación.
Por cierto, la física –y en particular la vinculada con la energía nuclear– constituyó la otra gran corriente colectora en la ciencia argentina del siglo XX. Aquí también nuestro país lideró la región hasta la década de 1980. Si bien los logros teóricos fueron significativos, lo que más llama la atención son la tecnología y las aplicaciones de ingeniería. Si se rastrea el origen histórico de las personas que han contribuido a la tecnología argentina de manera decisiva, se advierte que su filiación intelectual se remite, directa o indirectamente, a los grupos originales de la CNEA.
Dejo a otros evaluar el estado de la ciencia actual en la Argentina, ejercicio que está fuera de mi competencia. A mí me toca analizar el pasado y narrar una historia. En algunas ocasiones, como en esta, dejo de lado las formas y los métodos que me demanda la profesión, y me entrego a reflexiones que me aluden, como persona y como ciudadano. Sí, el bicentenario nos compromete a todos, no como comparsas estatuarias de inevitables actos cívicos, sino como comunidad cuya tarea primordial consiste en pensar con rigor.
Entonces, miremos de nuevo un momento hacia atrás para poder pensar sobre
el futuro con más claridad y más fundamento. En la épica de la ciencia argentina
–parte de la cual fue desarrollada ‘afuera’, por los que decidieron emigrar
o fueron expulsados– hay glorias genuinas. Triunfos de una altura suficiente
como para que el sentimiento de pertenencia a una historia identificable sea
parte del inconsciente colectivo, algo dado de manera natural, como el himno
o la melancolía. Si la patria es el lugar mental que habitamos desde la niñez
y llevamos con nosotros adonde vamos, entonces esta historia es también parte
nuestra. La memoria de la luz cierta mañana o un fragmento de rostro irrecuperable
nos constituye tanto como la conciencia de ser los herederos, acaso inmerecidos,
de esta honrosa escuela. Ahora, pues, más que nunca, es tiempo de reencontrarnos
con nuestro pasado, de recuperar lo mejor que tenemos, de celebrar los austeros
fastos de la dignidad.![]()
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