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Volumen 19 - Nº 114 Diciembre 2009 Enero 2010 |
La publicación de nuevo conocimiento
El editorial del número 111 de Ciencia Hoy trata de la distinción entre revistas científicas y de divulgación (mediante la que, en esencia, se responde a los cuestionamientos del investigador Meny Bergel que se publicaron como carta de lector de ese mismo número). Sin embargo, tanto en dicha carta como en el editorial subyace además la cuestión no menor de la validez del método de evaluación por pares –peer review–, que prevalece en la valoración del nuevo conocimiento científico y tecnológico (y, por consecuencia, de quienes lo producen), sobre el que vale la pena una reflexión adicional.
Es evidente que el peer review, por lo general, es el único método razonablemente viable y económico de evaluación de la nueva producción científica cuando es preciso considerar su calidad con fines prácticos inmediatos. En ámbitos institucionales, los pares generalmente integran comisiones evaluadoras; para juzgar trabajos sometidos a revistas especializadas, son consultados por los editores de estas. Lo último merece atención especial, pues constituye un filtro del nuevo conocimiento que llega a la comunidad científica.
Si el método puede dejar dudas en cuanto a su acierto en juzgar la calidad o el valor de nuevo conocimiento, ¿queda otra opción que esperar el juicio del mañana? Creo que sí: acercar todo lo posible ese juicio futuro, ampliando y acelerando de manera sistemática y rigurosa la consulta a la comunidad científica. Dicha comunidad vota, por así decirlo, sobre el valor del nuevo conocimiento mediante las citas, cuyo peso resulta, en la práctica, ponderado por el prestigio de los sucesivos citadores quienes, a la larga, resultan los pares válidos. Pero este juez definitivo solo puede emitir opinión sobre lo que se publica, y el acceso a la publicación pasa por el filtro de otra comunidad –la de los árbitros convocados por las revistas especializadas, más los editores de estas, que definen políticas editoriales y, frecuentemente, comerciales, como criterios de decisión–. Se trata, en última instancia, de un ejercicio privado de veto sobre un valor público tan esencial para la humanidad como el acceso a nuevo conocimiento.
Parece difícil lograr que ese acceso sea lo más amplio, inmediato y menos intermediado posible; pero ello, en buena medida, es justamente lo que está ocurriendo de manera espontánea gracias a la internet. Herramientas como Google Académico, aunque poco rigurosas, muestran que es posible un acceso amplio a documentos científicos, junto con –esto es esencial– el juicio de pares expresado en las citas. En estas nuevas formas de publicación, los filtros ex ante importan poco, pues la comunidad científica realiza una espontánea y continua evaluación de lo publicado.
Sin embargo, aun cuando ejemplos como el indicado sean auspiciosos, suena riesgoso, tratándose del acceso a nuevo conocimiento, dejar las cosas libradas exclusivamente a reglas de mercado. Más bien parece imprescindible que estas nuevas generaciones de formas de evaluación de la producción científica, basadas en las nuevas tecnologías de información y comunicación, sean consideradas en las políticas públicas de ciencia y tecnología. De lo contrario, se dejaría que el cometido de las revistas científicas especializadas vaya siendo reemplazado por buscadores igualmente especializados de internet.
La investigación sobre glifosato
A propósito del editorial del número 112 de Ciencia Hoy, que llevó el título ‘Glifosato: ¿cómo se toman decisiones y se informa al público’, los editores recibieron dos cartas acerca de cuyo contenido y referencias creen conveniente informar a los lectores.
El Comité Nacional de Ética en la Ciencia y la Tecnología, integrado por diez destacados académicos, les hizo saber que en mayo último presentó al ministro del ramo recomendaciones sobre posibles riesgos por el uso del glifosato, las que solicitó hacer conocer a los lectores de la revista. Estos pueden encontrar el documento en cuestión en http://www.cecte.gov.ar/recomendaciones-e-informes/
Por su lado, Vicente Macagno, director del Conicet, informó que el Comité Científico Interdisciplinario de ese organismo elaboró un documento, por pedido del ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, con el propósito de aclarar, justamente, aquello que el editorial califica de oscuro.
Períodos geológicos
En el número 113 de Ciencia Hoy se usaron incorrectamente ciertos términos relacionados con la división del tiempo geológico. Así, por ejemplo, en el recuadro de la página 37 dice período paleozoico medio; en las páginas 66 y 96 dice período cenozoico. El paleozoico, igual que el mesozoico y el cenozoico, son eras geológicas y no períodos. En cuanto al terciario, no es una era geológica sino un período (página 95). En lo que respecta a los trilobites facópidos, vivieron entre el ordovícico y el devónico. El rango que se dio en el recuadro de la página 37 corresponde a la duración del paleozoico.
Tiene razón el lector Pasquali, cuyo interés y minuciosa lectura se agradecen. No se advirtió al realizar la edición de los textos de ese número que los autores de los pasajes observados emplearon los términos en sus significados comunes en castellano y no en el sentido técnico que establece la Comisión Internacional sobre Estratigrafía (www.stratigraphy.org), aceptado por el Comité Argentino de Estratigrafía (Código argentino de estratigrafía, Serie B N° 20, Asociación Geológica Argentina, 1992). El rango temporal en el que vivieron los trilobites facópidos fue asignado correctamente al paleozoico medio, aunque los límites de las edades absolutas, como señala el lector, se corresponden con todo el paleozoico.
Darwin y los caracoles
![]() Euhadra peliomphala, caracol dextrógiro endémico del Japón. Foto Takahashi, Wikipedia Commons. |
A propósito del número especial de Ciencia Hoy sobre los aniversarios darwinianos, quizá valga la pena señalar que el The New York Times del 23 de noviembre de 2009 publicó una nota de Sean B Carroll, un biólogo de la Universidad de Wisconsin, titulada ‘In Snails and Snakes, Features to Delight Darwin’ (De caracoles y serpientes, rasgos para deleitar a Darwin). El autor de la nota se refirió al interés del naturalista británico por los caracoles y, luego, explicó evolutivamente la razón por la que la caparazón o concha de la mayoría de los individuos de cada especie de caracol es ya sea dextrógira o levógira (es decir, su forma espiral se desenvuelve respectivamente en el sentido de las agujas del reloj o en sentido contrario a ellas), aunque en cada especie suele haber algunos individuos del otro tipo. Ello se relacionaría con las dificultades de apareamiento de individuos de clases distintas, que haría operar la selección natural a favor de la uniformidad de uno o el otro tipo, pues las excepciones que aparecen por mutación tienden ya sea a no reproducirse o (de haber suficientes individuos mutados) a inaugurar un linaje distinto, que a la larga daría lugar a una nueva especie.
Carroll también trajo a colación estudios realizados en el Japón por biólogos de varias universidades que encontraron especies dextrógiras de caracoles del género Euhadra cuyo ADN indica descendencia de un ancestro levógiro, pero también constataron la dificultad de que tuviera lugar un apareamiento exitoso de individuos que no fueran del mismo grupo.
Un corolario interesante de esta historia evolutiva es el descubrimiento en el sudeste asiático de serpientes de la subfamilia Pareatinae, depredadoras de caracoles, con alteraciones de su anatomía bucal por las que están adaptadas para alimentarse de caracoles dextrógiros y difícilmente pueden hacerlo de los levógiros y, al mismo tiempo, especies dextrógiras de caracoles con conchas de abertura estrecha, que dificultan la depredación por las serpientes. Un lindo ejemplo de coevolución, de la que trató el artículo de Rodolfo Dirzo y John Thompson en el mencionado número de Ciencia Hoy.
Concluye Carroll su comentario preguntándose si, de haberse detenido el Beagle en el sudeste asiático en lugar de las Galápagos, no hubiesen sido los caracoles y las serpientes los símbolos de la evolución, en lugar de los pinzones.
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