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Volumen 19 - Nº 113 Octubre-Noviembre 2009 |
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Hay años en la historia de la ciencia con una gran carga de sentido simbólico. En 1859 murió Alexander von Humboldt y apareció El origen de las especies. Ese fue un año típicamente victoriano: en él nació Arthur Conan Doyle, el primer ministro lord Derby fue sustituido por lord Palmerston con William Gladstone en el gabinete, John Stuart Mill publicó su Ensayo sobre la libertad, Karl Marx su Crítica de la economía política y Charles Dickens su Historia de dos ciudades. ¿Podemos considerar que 1859 fue el límite cronológico que marcó la transición entre la armoniosa historia natural romántica de Humboldt y una nueva etapa signada por la selección natural de Darwin, que pensaba a la naturaleza en un escenario ‘rojo en diente y garra’, al decir de Tennyson? Solo en parte.
En el barrio de Villa Crespo –transformado en el Adán Buenosayres en territorio de símbolos neoplatónicos por la alquimia literaria de Leopoldo Marechal– algunos héroes de la historia de la ciencia son celebrados de manera curiosa. Al menos entre Córdoba y Corrientes, la calle Bonpland está separada de la calle Humboldt por la calle FitzRoy, que a su vez está separada de la calle Darwin por la calle Humboldt. ¿Por qué capricho se habrán reacomodado en el irregular damero porteño las dos parejas de viajeros, Bonpland y Humboldt, Darwin y FitzRoy? No lo sé, pero el caso es que Darwin corre junto a Humboldt. ¿Hay en esta vecindad algo más que el azar de una caprichosa toponimia urbana que entrelaza las legendarias exploraciones decimonónicas de la Patagonia y la selva tropical?
Humboldt, Darwin y la historia de la biología
A la hora de nombrar a los naturalistas más significativos de la Edad Moderna tardía podríamos formular el siguiente esquema didáctico. En el taxonómico siglo XVIII, Linneo y Buffon; en el romanticismo, Humboldt; en la ciencia victoriana de la revolución industrial, Darwin, por supuesto. Es sabido que esta secuencia traza también el largo arco que va desde la ‘historia natural’ a la ‘historia de la naturaleza’. En otras palabras, durante el período transcurrido entre mediados del siglo XVIII y el fin del siglo XIX nuestra concepción de los seres vivos y del planeta se vio transformada por la noción del tiempo, se fue temporalizando. Ya sabemos que los esquemas lineales y bipolares son del todo inútiles para entender las cosas de la historia (Miguel de Asúa, ‘Contra anacronistas’, Ciencia Hoy, 97:10-20, febrero-marzo de 2007). La historización de la Tierra comenzó a ser discutida con seriedad por Buffon y la noción de transformación de especies (transformisme) aparece con claridad en Jean-Baptiste Lamarck, un botánico que en la ola de la Revolución Francesa fue nombrado ‘profesor de historia natural de insectos y vermes o gusanos’ en el Muséum d’histoire naturelle en 1793. Lo que sucedió con Darwin, Wallace, sus contemporáneos y sucesores es conocido. Ahora bien, Humboldt no tuvo ningún papel en esta historia del pensamiento evolutivo, debido a que el problema de los orígenes de las cosas nunca ingresó en su horizonte mental. Pero eso no quiere decir que no haya sido un personaje crucial en la historia de la ciencia. Su concepción de la naturaleza está atravesada por temas como la unidad, la armonía, las formas ideales, las interrelaciones de las partes, en fin, por todo lo que caracterizó al pensamiento romántico, una de cuyas expresiones más interesantes fue la Naturphilosophie (la filosofía de la naturaleza cultivada en el mundo germánico a comienzos del siglo XIX). Fiel durante toda su vida a Goethe, Humboldt nunca traicionó sus orígenes románticos. Es cierto que Humboldt nunca fue un Naturphilosoph especulativo del tipo de Friedrich Schelling o Lorenz Oken. Estos concebían la naturaleza como un despliegue de ‘formas ideales’ del espíritu y aspiraban a encontrar el ‘tipo primordial’ o arquetipo subyacente a la diversidad de formas de cada reino natural (aunque veremos que la noción de forma o tipo sí fue una de las claves de Humboldt). El romanticismo de Humboldt tampoco puede reducirse al de Goethe, empeñado en construir una ciencia cualitativa de los colores en oposición a la óptica de Newton, pues lo cuantitativo constituyó una línea directriz del pensamiento humboldtiano. Pero algunas nociones típicamente románticas, como la unidad orgánica de la naturaleza, la noción de equilibrio de fuerzas y el peso otorgado a la intuición estética en la ciencia constituyeron parte del fondo de ideas que Humboldt utilizó para construir su programa científico.
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