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Volumen 19 - Nº 110 Abril-Mayo 2009 |
Ingomar Allekotte, Diego Harari, Silvia Mollerach y Esteban Roulet
La invención del telescopio, a principios del siglo XVII, provocó un cambio sustantivo en los estudios astronómicos. Cada sucesivo perfeccionamiento del instrumento permitió observar nuevos objetos celestes, lo que ayudó a comprender los mecanismos de la producción de luz en los astros. Durante el siglo XX las herramientas de la astronomía se multiplicaron gracias al desarrollo de telescopios que, en lugar de recolectar luz visible al ojo humano, se extendieron a otros rangos del espectro electromagnético: infrarrojo, ultravioleta, ondas de radio, rayos X y rayos gamma. El siglo XXI abre un nuevo capítulo astronómico: la astronomía de los rayos cósmicos, compuestos por partículas subatómicas que llegan a la Tierra desde el espacio.
Cada nueva manera de observar el cielo nos provee información adicional sobre los objetos celestes y los procesos físicos que actúan en ellos. Los mismos objetos pueden revelar muy diferentes estructuras cuando estudiamos la radiación de distintas bandas del espectro electromagnético que nos llega de ellos. El caso de la galaxia NGC5128, que comenta el recuadro de la página siguiente, es un buen ejemplo de este multifacetismo de la realidad astronómica.
Para diversificar más las cosas, hay que tener en cuenta que los cuerpos celestes no solo emiten radiación electromagnética. También arrojan al espacio partículas subatómicas de distintos tipos, como protones, núcleos de átomos, electrones y neutrinos. Si pudiéramos recolectar esas partículas, obtendríamos una nueva y diferente visión de las propiedades de los astros. Esto es factible, porque esas partículas llegan efectivamente a la Tierra desde el espacio. Las denominamos genéricamente rayos cósmicos. Su existencia fue descubierta en 1912 por el físico austríaco Viktor Franz Hess (1883-1964), lo que le valió el premio Nobel de esa disciplina en 1936.
Hess hizo sus constataciones mediante arriesgados vuelos en globos aerostáticos, en los que transportó sencillos instrumentos para medir a diferentes alturas la ionización de la atmósfera, es decir, la carga eléctrica promedio que adquieren las moléculas de aire al perder electrones, como puede ocurrir al ser chocadas por partículas energéticas. Concluyó que esa ionización se debía al efecto de penetrantes rayos de origen extraterrestre. El Sol es responsable de una fracción de esa radiación ionizante, sobre todo de aquella de menor energía, pero la mayor parte de ella proviene de fuera del sistema solar. Y es una radiación muy abundante: aproximadamente 10.000 rayos cósmicos llegan a cada metro cuadrado de la Tierra en cada segundo.
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