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Volumen 19 - Nº 109 Febrero-Marzo 2009 |
Versión adaptada al medio escrito de las palabras
pronunciadas por Patricio J Garrahan, director de CIENCIA HOY, al comienzo
del acto realizado con motivo del vigésimo aniversario de la aparición
de la revista.
En esta charla me referiré a la evolución de la ciencia, dejando a los que me seguirán en el uso de la palabra los comentarios sobre el papel que quienes hacemos CIENCIA HOY pretendemos que la revista desempeñe en la difusión de las ciencias en nuestro país.
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Hace unos veinticinco siglos, un pequeño número de griegos que habitaban ciudades independientes en el extremo oriental del Mediterráneo, sobre las costas de Europa y de Asia Menor, descubrió lo que es hasta ahora uno de los fundamentos de la cultura de Occidente.
Esos griegos comprobaron, por primera vez, que la estructura del universo, de la Tierra y de los seres que la pueblan es cognoscible por la razón, y que su inmensa complejidad resulta de distintas combinaciones de un número pequeño de elementos.
No parece casual que esta cosmovisión, cuyo centro fue Atenas, estuviera acompañada por la creación del teatro. Las pocas tragedias y comedias que han sobrevivido tratan las relaciones humanas de una manera aún vigente. Por ejemplo, la Orestíada de Esquilo prefigura al Hamlet de Shakespeare, y el Edipo rey de Sófocles inspiró a Sigmund Freud a plantear el complejo de Edipo como una de las bases de su visión de la vida mental. En el campo de las comedias, la Lisístrata de Aristófanes trata sobre el poder político que pueden adquirir las mujeres.
En Atenas se establecieron las escuelas de Platón –la Academia– y de Aristóteles –el Liceo–, nombres que se referían a suburbios de Atenas y que han pasado al lenguaje moderno para indicar instituciones de estudio e investigación. También en Atenas Tucídides escribió su Historia de las guerras del Peloponeso, cuyo contenido anticipa en muchos aspectos la historiografía moderna.
La cultura griega se extendió a Sicilia y al sur de Italia y, a partir del año 3oo antes de nuestra era, la conquista por Alejandro Magno del Asia Menor, del Cercano y Medio Oriente y de Egipto difundió por esas regiones la visión helénica del mundo.
Luego de su prematura muerte, los territorios conquistados por Alejandro fueron distribuidos entre sus generales. Egipto se convirtió en un reino gobernado por la dinastía de los Lagidas, a la cual pertenecen los Ptolomeos y las Cleopatras. Ese reino fijó su capital en Alejandría, ciudad fundada por Alejandro en las márgenes mediterráneas del delta del Nilo. Su biblioteca contenía unos ochocientos mil títulos y acumulaba todo el saber de la Antigüedad, incluyendo la primera traducción al griego, llamada Septuaginta, de la Biblia hebrea. Si bien sufrió varios percances a lo largo de los años, se cree que la biblioteca fue finalmente incendiada por orden del comandante de las tropas del islam que conquistaron Alejandría en el siglo VII de nuestra era. Según cuenta la tradición, esta decisión fue tomada porque en opinión de ese comandante solo valía la pena conservar el Corán y la Biblia.
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Con la adopción del cristianismo como religión oficial del
imperio romano, los filósofos paganos fueron desplazándose a
Persia y a Siria, lo cual llevó a que se perdiera para Occidente el
corpus doctrinario de Aristóteles. Por eso la filosofía cristiana
y la pagana de la Antigüedad tardía y de la primera parte de la
Edad Media estuvo basada en un platonismo y neoplatonismo cuya visión
idealista del mundo, y su rechazo a la observación empírica,
poco tuvo que ver con las ciencias naturales.
El corpus doctrinario de Aristóteles solo reingresó en Europa
durante el siglo XII de nuestra era, con las conquistas árabes de la
mayor parte de España y del sur de Italia. Ello dio lugar a que se
difundiera una visión del mundo basada en la observación de
seres individuales, difundida por las obras de Alberto Magno en Colonia y
Tomás de Aquino en París. Los árabes también ampliaron
los conocimientos matemáticos de Europa al introducir el álgebra
y el concepto de número cero, probablemente inspirado por el pensamiento
de la India. En el siglo XIII se fundaron las primeras universidades en Bolonia,
París y Oxford.
Si bien el pensamiento griego había incorporado la idea de que el mundo era cognoscible por la razón, tanto en la Antigüedad como en la Edad Media no se había tomado en cuenta que nuestro conocimiento de la realidad requiere la aplicación de la razón a la observación y experimentación sistemáticas. Esto comenzó a aplicarse a partir del siglo XVI. Luego, las observaciones y los experimentos de Galileo Galilei confirmaron la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico e iniciaron el estudio de la mecánica, lo cual fue seguido por la formulación por Johannes Kepler de las leyes que rigen el movimiento de los planetas, el desarrollo de la geometría analítica por René Descartes y el descubrimiento de los logaritmos por John Napier.
En 1660 se fundó en Londres la Royal Society, que es la más antigua academia de ciencias de cuantas existen hoy, dado que su predecesora, la Academia dei Lincei, fundada en 1606 en Roma, no tuvo una existencia continua. La Royal Society publicó y aún publica la más antigua revista científica (Philosophical Transactions of the Royal Society), con la misma estructura que las miles de revistas científicas contemporáneas.
Las leyes de Kepler fueron interpretadas por Isaac Newton, uno de los miembros de la Royal Society. Para ello tuvo que desarrollar una nueva forma de la matemática llamada cálculo diferencial e integral (que él llamó cálculo de fluxiones).
La visión de Newton, con ampliaciones y refinamientos, reinó soberana hasta fines del siglo XIX, cuando comenzó a comprobarse que no predecía el comportamiento de lo muy pequeño o de lo muy grande. Esta limitación fue superada por las dos grandes visiones teóricas de la física del siglo XX: la relatividad, desarrollada por Albert Einstein, y la mecánica cuántica, iniciada por Max Planck y continuada por Neils Bohr, Erwin Schroedinger y Werner Heisenberg.
La mecánica cuántica continuó las observaciones de John Dalton, de principios del siglo XIX, sobre la estructura atómica de la materia, proporcionó una visión detallada de los átomos y mostró que estos eran combinaciones de diversa complejidad de un número limitado de componentes. Estos desarrollos no anularon las leyes de Newton sino que las convirtieron en un caso particular de una cosmovisión más general.
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En el siglo XIX, también, se sentaron los fundamentos de la termodinámica, esto es, de las leyes que rigen los intercambios de energía. La interpretación de procesos eléctricos y magnéticos culminó con las ecuaciones de James Maxwell, que, refinadas por la mecánica cuántica, constituyen el fundamento de la electrónica contemporánea. Y el siglo XIX, igualmente, vio nacer a la lógica matemática, que se sumó a la lógica de Aristóteles, aún vigente, y pasó a constituir una de las bases de la programación de computadoras.
En lo que se refiere a la biología, el mismo siglo XIX fue testigo de la revolución ocasionada por Charles Darwin con su postulación de que las diferentes especies de seres vivos resultan de la evolución de un único antepasado común. Este hallazgo continuó con el descubrimiento de que la herencia biológica se transmite por unidades discretas llamadas genes, sin los cuales la visión de Darwin hubiera sido imposible. La revolución biológica culminó en 1954 con el descubrimiento de la estructura molecular de los genes y la posterior decodificación del lenguaje con que estos transmiten su información, lo que abrió el campo para el desarrollo de la biología molecular y la ingeniería genética.
En el área de la medicina, en el curso del siglo XIX se desarrolló la anestesia general y se comprobó que las infecciones y las enfermedades infecciosas eran causadas por microorganismos. Ambos descubrimientos cambiaron radicalmente la cirugía y condujeron a que los enfermos fueran operados sin sentir dolor y con instrumentos esterilizados.
Otro avance importante de la medicina fue el uso de radiación electromagnética de muy alta frecuencia para obtener fotografías del interior de los seres vivos, es decir, las radiografías y radioscopias con rayos X. Estos procedimientos fueron profundamente refinados en las últimas décadas del siglo XX con la aparición de la tomografía computada, la resonancia magnética nuclear y la ecografía.
El descubrimiento del origen de las enfermedades infecciosas dio lugar, en el siglo XIX y, sobre todo, en el XX, a las vacunas para prevenirlas, y al descubrimiento de los antibióticos, que han salvado las vidas de cientos de millones de seres que antes estaban irremediablemente condenados a muerte.
Cabe también mencionar el descubrimiento de Sigmund Freud de que gran parte de la vida mental es inconsciente, lo que revolucionó nuestro conocimiento de los trastornos mentales y de su tratamiento.
Escapa de la intención de esta charla analizar exhaustivamente el espectacular desarrollo del conocimiento científico durante el siglo XX, por lo cual en lo que sigue me referiré a algunos principios generales necesarios para la creación de conocimiento científico.
Si bien la capacidad de crear conocimiento es propia de todos los seres humanos, los países líderes en la creación de conocimiento no han alcanzado esa posición por la calidad de sus habitantes sino por la sistemática aplicación de una financiación adecuada, y por un también sistemático respeto al mérito de quienes se dedican a la investigación científica. En la actualidad los países líderes en ciencia asignan anualmente entre uno y dos por ciento de su producto bruto interno para financiar la ciencia. Sin embargo, una adecuada financiación es inútil si no está acompañada de una adecuada asignación de fondos, para la cual, aparte de las restricciones éticas, el único criterio debe ser el mérito de los investigadores y de las investigaciones.
En nuestro país la financiación es insuficiente pero, y esto es más grave, el respeto al mérito por lo general no se aplica. Como ejemplo citemos el caso de los tres premios Nobel en ciencias nacidos en la Argentina. El primero, Bernardo Houssay, cuya designación como profesor de fisiología humana en la Facultad de Medicina de la UBA solo se pudo realizar merced al voto de desempate del decano Alfredo Lanari en el consejo directivo, llevó a cabo en esa facultad las investigaciones que le valieron el Nobel, pero cuando recibió el premio había sido expulsado de ella por el gobierno de entonces. Luis Federico Leloir, probablemente el más importante científico que produjo el mundo iberoamericano, abandonó la universidad pública junto con Houssay y realizó sus investigaciones enteramente fuera de ella. Y César Milstein, que intentó fundar un centro de biología molecular en el Instituto Malbrán, solo encontró un ambiente propicio para dedicarse a la ciencia cuando emigró a Inglaterra. Señalo, de paso, que entre todos los ganadores de premios Nobel en ciencias, desde el inicio de su otorgamiento, los dos primeros son los únicos investigadores ajenos al Primer Mundo que obtuvieron la distinción por una labor llevada a cabo en su país.
A los meses de iniciar mi perfeccionamiento en el laboratorio de fisiología de la Universidad de Cambridge, fui invitado a un banquete en el gran comedor del Trinity College. Frente a mí estaba sentado un señor cubierto con la toga roja y negra que distinguía a los doctores en ciencias. Se trataba de Frederick Sanger, una de las pocas personas que recibió dos premios Nobel. Notando mi acento, me preguntó de dónde venía. Cuando le dije que era argentino me respondió secamente: en la Argentina no se puede hacer ciencia. Sanger había sido supervisor de Milstein y lo recibió cuando se exilió del país.
La falta de respeto por el mérito continuó con las prolongadas intervenciones del poder político en las universidades y en organismos como el CONICET, que comenzaron en 1966, cuando se destruyó el Departamento de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, y solo terminaron con la restauración del régimen republicano en 1983. Tanto en el CONICET como en las universidades, desde 1966 hasta 1983, todos los aspirantes a ingresar como docentes o investigadores debían someterse al previo escrutinio de sus antecedentes por el Servicio de Informaciones del Estado.
Afortunadamente las acciones discriminatorias cesaron con el retorno de la democracia. Sin embargo, persiste la indiferencia pública por la ciencia. Esto quedó demostrado cuando festejamos el décimo aniversario de CIENCIA HOY. En esa ocasión presentamos el resultado de una encuesta sobre la percepción pública de la ciencia, que resumimos en el numero 48 de la revista (‘¿Qué piensan de la ciencia los argentinos?’, pp. 54-61), y que motivó un comentario editorial del diario La Nación. Esa encuesta, realizada a una muestra representativa de los estratos sociales medio y alto del área metropolitana, mostró un gran desconocimiento y un desinterés casi total por la ciencia del país.
En las universidades y las instituciones públicas de promoción de la ciencia, el respeto por el mérito se ve entorpecido por las rígidas estructuras jerárquicas, que obligan a los investigadores jóvenes a pasar la parte más productiva de su vida científica bajo la supervisión de un investigador o profesor de mayor edad. Esto es especialmente grave en las ciencias físico-matemáticas, cuya historia muestra que los descubrimientos fundamentales fueron realizados por personas de entre veinte y cuarenta años. Por otro lado, no ayuda al reconocimiento del mérito que los procesos de evaluación del rendimiento científico estén crecientemente basados en el recuento del número de publicaciones y releguen el análisis cualitativo de los resultados de las investigaciones.
En un país que, como el nuestro, presume ser democrático, la demanda de que se haga ciencia debe surgir de la voluntad ciudadana. Por eso, el objetivo primario de CIENCIA HOY es hacer llegar la voz y la opinión de nuestros investigadores al público no especializado, propósito que se ve dificultado por el hecho de que los organismos financiadores de la ciencia no consideren como mérito la divulgación científica.
Sin embargo, la acción de CIENCIA HOY está llegando a sus destinatarios. Permítanme señalar dos ejemplos: los hijos mayores de mi querida amiga Lorena Cohene, que está sentada en el fondo del salón, estudian ciencias en un colegio secundario de la localidad de Garín, en la provincia de Buenos Aires, con la ayuda de la revista. Y una joven empleada en la pequeña panadería vecina a mi domicilio, Rosa María Matale, tiene y valora la colección completa de la revista.
Termino estas palabras haciendo votos para que CIENCIA HOY pueda seguir
con su prédica, y que esta contribuya a que nuestro país tenga
la ciencia que necesita para su desarrollo.![]()
Las fotografías
muestran algunos momentos del festejo. En la página anterior, José
Carlos Chiaramonte, integrante del primer comité editorial, se refiere
a los tiempos iniciales. Y en esta página, Patricio Garrahan está
con Ángela Matilde Ubios, secretaria académica de la Facultad
de Odontología (UBA).
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