Volumen 19 - Nº 109
Febrero-Marzo 2009

Cerebros argentinos en España

 

De país de inmigrantes a país de emigrantes

Numerosos estudios históricos han definido a la Argentina como un país de inmigración, algo que en el imaginario colectivo se traduce en la expresión los argentinos descendemos de… los barcos. Desde la primera mitad del siglo XIX, cuando se instalaron en el país los primeros grupos de inmigrantes, como los ligures en la boca del Riachuelo, los vascos e irlandeses en zonas agrarias de Buenos Aires, los galeses en Chubut o los escoceses en Monte Grande, las entradas de inmigrantes de ultramar, alentadas por la expansión económica del país, fueron en aumento. Esas corrientes estuvieron integradas principalmente por italianos y españoles, a los que se agregaban franceses, ingleses, alemanes, polacos, rusos, otomanos y muchos otros, provenientes sobre todo del Mediterráneo y del resto de Europa.

El período de la inmigración masiva concluyó alrededor de 1930, tuvo ciclos de alzas y bajas e incluyó muchos retornos a los países de origen. Pero el aporte de los inmigrantes definió la estructura social y demográfica argentina. Según el censo nacional de 1914, el 30% de la población del país era extranjera, valor que alcanzaba a casi la mitad entre los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Después de la Segunda Guerra se produjo una reactivación de menor cuantía, en particular de españoles e italianos, que concluyó hacia 1958, cuando ya se vislumbran las limitaciones del crecimiento económico argentino.

En todo ese largo período y hasta nuestros días, el país también fue receptor de inmigrantes provenientes de los países limítrofes, a los cuales se agregó Perú en los últimos años. Pero esta inmigración, relativamente constante aunque sujeta a los avatares económicos y políticos tanto de la Argentina como de los respectivos países de origen, quedó de algún modo opacada en la percepción pública por la contundencia numérica de los inmigrantes europeos, así como por preferencias explícitas o implícitas por la inmigración de ultramar.

 

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Pág. 12-20