Volumen 18 - Nº 107
Octubre-Noviembre 2008


Los trenes-bala de la ciencia

El título de este editorial no pretende sugerir que la ciencia avanza a la velocidad de un tren-bala, ni que tenga con esos medios de transporte una relación más estrecha que con ferrocarriles menos encumbrados, ya que tanto unos como otros no existirían sin el conocimiento básico y tecnológico que ella genera, y ambos requieren su ayuda de manera permanente para mejorar su funcionamiento, dar servicio más apropiado al público y evitar crearle a la sociedad trastornos como accidentes o contaminación ambiental.

Pero así como en el mundo del transporte cada tanto aparecen deslumbrantes iniciativas que simbolizamos aquí por los trenes-bala, debido a que en la Argentina de estos momentos la prensa se ocupa casi cotidianamente del polémico designio de instalar uno entre nosotros –sobre el que no opinaremos–, los ámbitos científicos entran periódicamente en agitación por razones semejantes: afloran esplendorosos proyectos que tienen rasgos muy parecidos, como su novedad, su audacia, la promesa de lograr espectaculares adelantos y generar cuantiosos beneficios y, especialmente, su enorme costo. Por la combinación de todos estos factores, a veces los llaman big science, ciencia grande.

Posiblemente el caso extremo de esa clase de ciencia sea el gran colisionador de hadrones, ubicado en las afueras de Ginebra, cuya entrada en funcionamiento y casi inmediata detención por un desperfecto ocuparon en las últimas semanas las primeras páginas de los medios, y al cual se dedica la nota ‘El señor de los anillos’ que comienza en la página 40 de este número. Es el acelerador de partículas más grande del mundo, cuya construcción y operación está significando invertir una cifra no lejana a los 10.000 millones de dólares, además de requerir la participación de más de 8000 físicos e ingenieros de más de 80 países.

Uno de esos países es la Argentina, que estuvo presente en el diseño y la construcción de la máquina aceleradora, en los que colaboraron el Laboratorio de Instrumentación y Control de la Universidad Nacional de Mar del Plata y el Laboratorio de Electrónica Industrial, Control e Instrumentación de la Universidad Nacional de La Plata. En el diseño y la construcción de uno de los detectores de las partículas livianas que resulten de las colisiones de las pesadas, llamado ATLAS, el más complejo creado hasta hoy, participaron físicos de la UBA y de la UNLP, entre 1900 científicos e ingenieros de 35 países y 170 universidades y centros de investigación. La inversión de fuente argentina en el proyecto, proveniente de los organismos oficiales de ciencia y tecnología, ronda el millón de dólares.

Sin ser tan descomunal como el acelerador de Ginebra, también en la categoría de ciencia grande se puede incluir al observatorio Pierre Auger, que se describió en su momento en CIENCIA HOY (Ingomar Allekotte y Diego Harari, ‘Un desafío cósmico para el observatorio Auger’, 71:49-60, octubre-noviembre de 2002) y tiene por propósito estudiar los rayos cósmicos de más alta energía que entran en la atmósfera terrestre. Consiste en un doble sistema de detección de partículas subatómicas: un conjunto de 1600 tanques con 12.000 litros de agua cada uno, distribuidos en una superficie de 3000 kilómetros cuadrados, y un grupo de 24 telescopios o detectores de fluorescencia de luz ultravioleta distribuidos en cuatro edificios. Se planeó instalar ese doble sistema, a su vez, por duplicado: una vez en el hemisferio sur, para lo que se eligió la zona de Malargüe, en el sur de Mendoza, y otra vez en el hemisferio norte, en el estado norteamericano de Colorado. El observatorio sur está construido y en funcionamiento; la inversión requerida para erigirlo rondó los 50 millones de dólares, de los que unos cinco millones provinieron de fuente argentina. Unos 300 científicos e ingenieros (de los cuales unos 30 argentinos) de 55 instituciones y 19 países han intervenido en la construcción y operación de las instalaciones, y en la realización e interpretación de las observaciones.

Otro proyecto de ciencia grande con participación argentina es el observatorio astronómico Gemini. Consiste en los dos mayores telescopios ópticos construidos hasta el presente, por un costo total algo menor que 200 millones de dólares, con espejos de 8m de diámetro y capacidad de registrar radiación en la franja de luz visible y rayos infrarrojos. Están situados, respectivamente, en el cerro Pachón, a unos 2700m sobre el nivel del mar en los Andes centrales de Chile, y en el volcán Mauna Kea, a unos 4200m sobre el nivel del mar en Hawaii. En su construcción y operación participan astrónomos e ingenieros de siete países, incluida la Argentina. Esta, igual que Brasil, adquirió obligaciones y derechos por un 2,5% de los costos y tiempos de observación del proyecto. Ello significa para el sistema nacional de ciencia y tecnología aportar anualmente unos 900.000 dólares y dar oportunidad de uso de esos instrumentos a unos 40 astrónomos locales, que así disponen de hasta el equivalente a nueve noches anuales completas de observación en cada telescopio, a un costo de 50.000 dólares por noche.

Gemini es el único gran telescopio al que tiene acceso en estos momentos la comunidad astronómica argentina; le proporciona la posibilidad de emplear instrumental de última generación y aplicar técnicas modernas de observación. Si bien algunos de los astrónomos locales pueden acceder a otros observatorios modernos trabajando en colaboración con colegas extranjeros, el hecho de contar con tiempo propio de observación en un instrumento avanzado los pone en situación de paridad con quienes se desempeñan en los principales centros de la astronomía mundial. Trabajar con esos instrumentos les permite hacer un cambio cualitativo con relación al uso de las instalaciones disponibles en el país, y trascender en sus líneas de investigación las simulaciones numéricas o los desarrollos teóricos.

También la determinación de las secuencias químicas que conforman el genoma humano, comenzada en 1990 y completada en gran medida en poco más de una década, fue un esfuerzo que cabe clasificar en la categoría de ciencia grande. Aunque tuvo una importante colaboración de científicos de diversos países, en especial el Reino Unido, Alemania, Francia, Japón y China, fue esencialmente un proyecto norteamericano cuyo costo rondó los 3000 millones de dólares. Fue solventado por los Institutos Nacionales de la Salud (National Institutes of Health) de los Estados Unidos, más aportes del Wellcome Trust. En ese caso no hubo participación formal de los organismos argentinos de financiación de la ciencia.

La actual realidad del mundo científico y el estado presente de las comunicaciones llevan a pensar que los grandes y costosos programas de investigación del tipo de los indicados se harán más frecuentes. No se puede negar su interés para la ciencia local, ya que el desafío de estar presente en ellos constituye un excelente incentivo para que esta eleve su calidad y se esfuerce por producir conocimiento de frontera mano a mano con los mejores centros mundiales. Ello, a su vez, lleva a que se transmitan señales y estímulos en la buena dirección al conjunto del sistema científico y académico, cuyo fortalecimiento disemina beneficios al resto del cuerpo social. Sobre este aspecto, no abrigamos dudas, como seguramente tampoco las deben de abrigar las autoridades del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.

Pero la participación en estos proyectos, como se vio, tiene costos económicos que no son menores y que, por consiguiente, ponen seria presión sobre los presupuestos de las entidades financiadoras de ciencia y tecnología. Ello queda claro si se tiene en cuenta que (tomando valores del presupuesto 2008) esas entidades disponen de casi 100 millones de dólares anuales para asignar a la financiación de costos de investigación, que distribuyen en respuesta a solicitudes presentadas por los mismos científicos. La Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica divide esas solicitudes en quince áreas disciplinarias, lo que arroja un valor medio de algo menos de siete millones de dólares anuales por área, a repartir entre todos los grupos de investigación, centros o laboratorios que actúen en el país en las múltiples disciplinas que conforman cada área. Asignar recursos a la ciencia grande, en la Argentina y en todos los países del mundo, significa, inevitablemente, que ese dinero no estará disponible para otra cosa, por ejemplo, para el resto de la ciencia.

Esta circunstancia se puso dramáticamente de manifiesto en un fracasado proyecto de gran ciencia, un acelerador de partículas en mucha medida semejante al mencionado gran colisionador de hadrones, al que se dio el nombre de súper colisionador superconductor (superconducting super collider), empezado a construir en 1991 en el estado de Texas y cancelado en 1993 después de haberse invertido en él unos 2000 millones de dólares (sobre un costo total estimado de más de 12.000 millones). El Congreso de los Estados Unidos, que inicialmente había aprobado el proyecto, llegó después a la decisión contraria, precisamente porque juzgó que requería demasiado dinero, el cual se debía sustraer de otros empleos. ¿Es, entonces, razonable financiar la ciencia grande?

Depende. En la ciencia como en el transporte, los trenes-bala suelen ser tremendamente atractivos. Pero también suelen ser atractivos los usos alternativos de los recursos que requieren. En consecuencia, hay que tomar las decisiones de asignar los recursos a uno u otro uso de manera racional. Esta es la conclusión central a la que queremos llegar en este editorial, unida a la sugerencia a las autoridades del nuevo ministerio de que creen el bienvenido precedente de elaborar, discutir y finalmente establecer criterios que faciliten esa asignación racional de los recursos.

La disciplina económica se planteó, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, a partir de la década de 1950, la pregunta de cómo tomar racionalmente decisiones de ese tipo. Como consecuencia, hoy disponemos de las elaboraciones teóricas que permiten encararlas, conocidas por nombres como análisis social de inversiones o análisis social de costo-beneficio. No es este el lugar para entrar en los detalles de esos métodos (el lector podrá encontrar alguna ilustración en el recuadro ‘Evaluación social de proyectos de inversión’, CIENCIA HOY, 77:29-31, octubre-noviembre 2003). Pero es el lugar para poner en claro que embarcarnos en trenes-bala o en proyectos de gran ciencia no es algo que deba resolverse mediante el juego de presiones e intereses, sino mediante un análisis que contraste su costo con sus beneficios para la sociedad, y tenga en cuenta los posibles usos alternativos del dinero a destinarles.

 

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