Volumen 18 - Nº 107
Octubre-Noviembre 2008

Cartas de lectores

 

DANTE, ASTRONOMÍA Y ASTROLOGÍA

La explicación acerca de los desplazamientos de las constelaciones y de sus vínculos con la precesión de los equinoccios, en la nota publicada en el número 104 de CIENCIA HOY (abril-mayo de 2008, pp.28-35) es la más clara que he leído hasta hoy. Asimismo, el saber que, en rigor de verdad, no nací bajo el signo de Sagitario sino bajo el de Escorpio y casi en el borde del Ofiuco, un portador de serpientes, ha tenido un efecto considerable en mi ánimo. No porque el asunto sirva para algo (coincido plenamente acerca de la falsedad de la astrología), sino porque nunca se termina de aprender y, además, este nuevo saber mío ha tenido ya sus efectos en el plano de la utilidad poética y en el horizonte de mis sueños.

Acerca de la astrología en el pensamiento y en el poema de Dante, además de lo dicho en el artículo sobre su entrada en la esfera de las estrellas fijas por la constelación rectora de su nacimiento, la de los Gemelos o Géminis, hay otra referencia, también en la cantiga del Paraíso. Me refiero al canto VIII, versos 94-145. Dante ha llegado hasta el cielo de Venus y allí se le adelanta el alma bendita de Carlos Martel, a quien el poeta plantea el enigma de por qué de buenos padres pueden nacer hijos malvados. El héroe franco responde con una larga consideración acerca del influjo y del poder de los cielos sobre las naturalezas de los hombres. Carlos Martel explica que Dios mismo dispone esa influencia para que reinen la variedad y el cambio entre los hijos de la humanidad, pues, de otro modo, los hijos heredarían sin remedio las virtudes o defectos de sus padres, una generación tras otra, y habría en ello una gran injusticia. La virtud y la inteligencia serían patrimonio de las mismas familias a través de la historia, y ocurriría algo semejante con la maldad y la tontería. De manera que Dios es quien promueve las dos predeterminaciones, la de la herencia por la reproducción de la carne y la de los cielos, que es por completo independiente de esa primera. Tal vez debamos concluir, entonces, que Dante despliega una versión paradójica del poder de los astros sobre el destino humano pues, al garantizar la variedad y quebrar el determinismo biológico, abre en realidad un margen a la libertad. Solo un poeta pudo haber presentado como razonable una contradicción semejante y, trascartón, hacerlo de manera que nos deslumbre la belleza de su resplandor verbal.

José Emilio Burucúa
Universidad Nacional de San Martín

 

BECARIOS

Los actuales becarios del sistema nacional de ciencia y tecnología, que hace tres años nos organizamos en el colectivo Jóvenes Científicos Precarizados, valoramos que nuestros reclamos hayan tomado una dimensión seria dentro del sistema y que CIENCIA HOY les haya dedicado el editorial del número 105 (junio-julio de 2008). Queremos aclarar algunas cuestiones y ampliar otras sobre nuestro pedido de obtener plenos derechos laborales, que, como bien se indica en el editorial, implica un cambio radical en el concepto de becario.

Hoy no se comprende lo que hace un becario durante su formación si se mantiene la fantasía de que el becario es un estudiante de posgrado. Un becario es parte productiva del sistema científico mientras se forma. No hay grupo de investigación sin becarios. Los becarios producimos en el mundo real de la producción científica. Nuestro trabajo es parte de las publicaciones del grupo al cual pertenecemos. Cuando el CONICET se refiere en términos honrosos a las publicaciones que produce el país, habla de un trabajo del que han participado becarios (en algunas áreas del conocimiento, en el 70% de esas publicaciones).

En la afirmación del editorial de que las labores de los becarios no constituyen actividades laborales sino estudios superiores o, si se prefiere, ejercicios de aprendizaje profesional, vemos una negación del papel que desempeña un becario en la realidad o, por lo menos, un fuerte desconocimiento de la situación actual. Los actuales becarios somos, sin lugar a duda, investigadores en formación. Pero no nos formamos mientras dura nuestra beca, sino que trabajamos mientras nos formamos, como lo hacen, por ejemplo, los docentes auxiliares de las universidades o los médicos residentes. Sin embargo, tanto unos como otros realizan aportes jubilatorios, cuentan con obra social, cobran aguinaldo y tienen licencias reglamentadas. En cambio, los becarios carecemos de esos beneficios.

Critica el editorial que los becarios reclamemos el carácter de asalariados porque ello comprometería nuestra independencia de criterio y de pensamiento, es decir, la libertad académica. Pero los investigadores formados, que dejaron de ser becarios y gozan de plenos derechos laborales, son asalariados. ¿Debemos concluir, entonces, que todos los investigadores del país han perdido su independencia de criterio y de pensamiento? En tal caso sería necesario que renunciaran inmediatamente a su condición de asalariados, para recuperar la libertad académica supuestamente perdida. Nosotros sostenemos, en cambio, que esas afirmaciones del editorial son falsas, y que la condición de asalariado no impacta negativamente en la ciencia argentina.

Si bien el editorial aclara que es justo que las condiciones de los becarios mejoren, sostiene que tienen también razón las autoridades del Ministerio de Ciencia y Tecnología en rechazar [su exigencia] de transformarse en asalariados. No indica cuáles mejoras nos merecemos los becarios, ni justifica por qué el ministerio debe rechazar nuestros reclamos, pero por lo menos se reconoce que hay cuestiones que deben ser atendidas en forma urgente. Desde que elevamos formalmente nuestros reclamos conseguimos, entre otras cosas, que el CONICET otorgue, luego de cincuenta años de historia, licencia por maternidad a sus becarias.

Creemos que es imposible analizar la figura del becario si no se la enmarca en la actual política científica del país y en la historia reciente que le dio origen. Si no se tiene en cuenta a quiénes se beneficia con un sistema en el que el becario se encuentre precarizado y sin posibilidades de cambiar su realidad de sumisión, el debate sobre si es un estudiante o un trabajador termina diluyéndose.

Los investigadores en formación queremos seguir siendo parte productiva del sistema de ciencia y tecnología mientras nos formamos. Para ello, necesitamos ser reconocidos como lo que somos, trabajadores, de una profesión particular sí, pero trabajadores. Y por lo tanto nos merecemos los plenos derechos laborales que justamente los trabajadores se han ganado hace ya muchos años en este país. No somos ni queremos ser parásitos del Estado. Nuestra propuesta de contrato laboral, presentada en la Cámara de Diputados, aclara explícitamente que el contrato que pedimos sería por tiempo determinado y con el fin de realizar tareas de investigación en el marco de un posgrado. Sólo reemplazando el contrato de beca por el de trabajo los jóvenes de este país contaremos con justas condiciones laborales.

Esteban Fernández, en nombre de
Jóvenes Científicos Precarizados

 

AGRICULTURA Y BIODIVERSIDAD

Estoy de acuerdo con Weyland, Poggio y Ghersa, los autores del artículo sobre agricultura y biodiversidad aparecido en el número 106 de CIENCIA HOY (agosto-septiembre 2008), en que los agroecosistemas, a pesar de ser artificiales, pueden cumplir algunas funciones ecológicas y, con eso, pueden hasta ayudar a algunas malezas. Pueden contribuir a evitar la erosión, mejorar la fertilidad del suelo y cobijar especies nativas. La rosa mosqueta europea, especie invasora en la Patagonia, protege entre sus espinas a jóvenes maitenes y cipreses nativos, pues impide que los alcancen vacas o caballos, que los comen o pisotean. Y el paisaje de los agroecosistemas puede ser bien atractivo: un trigal meciéndose al viento o un campo cubierto de girasoles en flor constituyen bellezas enternecedoras. Como beneficiosos para el agricultor y para la economía del país, los agroecosistemas merecen un diez. Como contribuyentes a la biodiversidad, un cero.

Cuando cursé botánica sistemática en La Plata, en la década de 1950, el profesor Ángel Cabrera explicó que nadie tenía la menor idea de cómo había sido la pampa húmeda original, pues quedaba poco o nada de ella. Medio siglo después estudié el asunto y encontré que Cabrera estaba en lo cierto: la pobreza florística de la provincia de Buenos Aires es sorprendente, si la comparamos con áreas parecidas en extensión de otras partes del mundo. Incluso países más pequeños que esa provincia, como Portugal, Grecia, Albania o Israel, son mucho más ricos en diversidad vegetal. Aparentemente, los iniciadores de la depredación fueron los caballos abandonados por Pedro de Mendoza en 1535 y las vacas introducidas por Juan de Garay en 1580, convertidos en cimarrones (es decir, asilvestrados) y reproducidos por millares. (Escribí sobre el tema en ‘The flora of Buenos Aires: low richness or mass extinction?’, International Journal of Ecology and Environmental Science, 22:217-242, 1996). Ese ganado y la difusión de plantas exóticas o invasoras, como el cardo santo europeo, que sofocó buena parte de la vegetación original, habrían provocado la desaparición de unas 1700 especies de plantas. De acuerdo con su área, la provincia de Buenos Aires debería normalmente tener unas 3300 especies, pero solo alcanza las 1600. El país ganó con la exportación de cueros salados, pero perdió parte de su capital genético, cuyo valor monetario, como bien dicen los autores del artículo, es casi imposible de calcular.

No todas las clases o taxones de seres vivos han sufrido grandes pérdidas de diversidad debido a la agricultura y la ganadería. Las aves, al parecer, no se han visto muy afectadas, salvo algunas, como el jilguero, que abundaba en las ciudades antes de que fueran traídos de Europa el gorrión y la paloma casera, que lo desplazaron. Por el contrario, las lombrices recibieron un tremendo castigo, con el arado primero y los productos agroquímicos después: prácticamente desaparecieron y fueron reemplazadas por lombrices europeas. Algo parecido ocurrió con los colémbolos, insectos humificadores del suelo, reemplazados en las áreas rurales y urbanas por especies europeas, mientras en áreas naturales dominan las nativas o autóctonas. ¿A quién puede importarle que se hayan extinguido especies nativas de lombrices y colémbolos si, de todos modos, los organismos que los reemplazaron siguen cumpliendo la función ecológica que cumplían los desaparecidos? Exagerando, es como preguntarse a quién le importa que en Rwanda estén matando a miles de personas cuando sobra tanta gente en África. Las respuestas a estas preguntas deben partir del hecho de que somos seres éticos.

Somos una de las, quizá, cincuenta millones de especies que habitan la Tierra. Les ganamos a todas en inteligencia, habilidad y creatividad. Y nos hemos aprovechado de ello: tanto de las especies terrestres como de las marinas, fueren animales, plantas o microorganismos. Nos hemos reproducido por millones y logramos ocupar el mundo entero. Somos la especie dominante, la que provoca más disturbios, la que tiene mayor biomasa (junto con la vaca). Hemos mezclado entre ellas buena parte de las floras y faunas del mundo entero, las de todos los continentes e islas, lo que constituye un acontecimiento único en la historia geológica del planeta, y hemos provocado lo que llamé la primera guerra mundial de las especies (CIENCIA HOY, 6:38-47, febrero-marzo 1990), que creó y dispersó plagas de todo tipo. ¿Es posible volver atrás? De ninguna manera. ¿Detener esta carrera? No en el corto o el mediano plazo. Sí en el largo plazo, pero no sin que antes sobrevengan algunas crisis. Mientras tanto, el aporte a la biodiversidad que pueden hacer los ecosistemas agrícolas y urbanos es ínfimo.

Eduardo Rapoport
Profesor emérito, Universidad Nacional del Comahue

 

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