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Volumen 18 - Nº 106 Agosto-Septiembre 2008 |

Crónica de una labor
El primer trabajo que encaró el taller remozado pretendió simbolizar con fuerza la continuidad entre todas las etapas por las que había transitado la institución. Consistió en el tratamiento de doce óleos de autor desconocido (y supuestamente americano) de la parroquia porteña de San Telmo, que representan a los personajes mitológicos femeninos llamados Sibilas (figura 1), y de una monumental Huida a Egipto, atribuida al pintor, escultor y arquitecto español Alonso Cano (1601-1667), del convento de las Teresas de Buenos Aires.
La limpieza y la restauración de las Sibilas depararon varias sorpresas, desde el nuevo esplendor cromático y la destreza del pincel que exhiben los grutescos pintados en los pretiles a los que se asoman las profetisas o la magnífica resolución espacial en un área muy pequeña que revela los óvalos de las representaciones evangélicas, hasta el jaspeado de los marcos que una capa de pintura negra había ocultado en una restauración acaecida en 1864 (figura 2).
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![]() Figura 1. Anónimo español del siglo XVIII, Sibila Cumea, óleo sobre tela, 117,5 x 92,5cm. Buenos Aires, parroquia de San Pedro González Telmo. Figura 2. Grutesco. Detalle del cuadro Sibila Cumea. |
Estos rasgos estilísticos robustecieron la hipótesis de un origen español, y no americano, del conjunto. La publicación de los resultados obtenidos en TAREA hizo posible que un historiador español, José Miguel Morales Figueroa, comparase los cuadros de Buenos Aires con algunas series pintadas en España. Hoy prácticamente ya no quedan dudas de que están fuertemente emparentados con obras semejantes halladas en la catedral de Sigüenza, la parroquia de San Eufrasio de Jaén y el convento de las Carmelitas Descalzas en Antequera. Ello llevó a concluir que las Sibilas de San Telmo fueron pintadas en España a mediados del siglo XVIII.
Algo semejante ocurrió con la tela atribuida a Cano: la restauración descubrió, debajo de un repinte de pudor, el pecho desnudo de la Virgen y permitió comprender la postura del Niño que amamanta (figura de pp. 16-17). Varios detalles de la forma de representar el blanco de los ojos, del dibujo subyacente de la Virgen y del perfil en la nariz de San José llevaron a otro historiador hispano, Fernando Collar de Cáceres, a asignar la obra a Francisco Antolínez Ochoa, un pintor murillesco andaluz de finales del siglo XVII.
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