Volumen 18 - Nº 106
Agosto-Septiembre 2008

 

Los tiempos están cambiado –y mucho– en el campo. Cada vez se aleja más la imagen de una actividad agropecuaria lenta, anodina, favorecida por la naturaleza, que se mueve al vaivén de los ciclos climáticos y exige mucho esfuerzo físico. La sustituye otra en la que todo está en movimiento, favorecido por el vértigo de las comunicaciones, y en la que se extiende el asombro de la biotecnología aplicada a plantas y animales, y de la electrónica aplicada a las máquinas.

La tecnología moderna se incorporó al paisaje rural y es parte de las conversaciones cotidianas. El límite entre el campo y el pueblo o la ciudad se ha hecho cada vez más borroso. En el marco de una creciente heterogeneidad, ‘ser del campo’ empieza a tener un significado mucho más amplio que disponer de tierra o vivir en una explotación rural. Los cambios abarcan múltiples aspectos, que incluyen el productivo, el social, el ambiental y el territorial, para mencionar los principales, y tienen en común una marcada complejidad. Esto dificulta el análisis, ya que nada resulta tan simple como antes.

Varios aspectos de esta nueva realidad son objeto de controversia y de múltiples opiniones encontradas, entre otros, la sustentabilidad ambiental de las nuevas modalidades productivas, el ordenamiento territorial y la equidad en la distribución de la riqueza que generan esas modalidades. Sin quitarle relevancia a otras cuestiones, en esta nota nos centraremos en el aspecto productivo.

Mirando retrospectivamente, en una sociedad que vivió situaciones extremas durante los últimos veinte años, el campo aparece como una actividad muy dinámica. La producción agropecuaria –la tradicional producción argentina de cereales, oleaginosas y carne– creció a un ritmo sostenido durante ese lapso. Esto constituye una novedad de la que se tiene poca conciencia y marca un quiebre en la tendencia que caracterizaba a las apáticas décadas anteriores.

A inicios de la década de 1990 se producían en la Argentina unas 38 millones de toneladas anuales de granos, mientras que en la campaña agrícola 2006-2007 se cosecharon 93,6 millones. En el mismo lapso, la producción de soja, un cultivo relativamente nuevo en el país, pasó de 10,8 a 47,4 millones de toneladas, es decir, se cuadruplicó. En ese período, la superficie dedicada a la agricultura osciló entre las 20 y las 24 millones de hectáreas, pero las prácticas de doble cultivo en el mismo año equivalieron a su expansión a más de 30 millones.

 

IndiceInicioSiguiente
Pág. 6/15