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Volumen 18 - Nº 106 Agosto-Septiembre 2008 |
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Qué bicho es? constituye una pregunta fundamental de la biología que se formulan por igual tanto legos como científicos. El nombre de la especie (su nombre científico, para ser más exactos) es la llave con la cual accedemos al conocimiento acumulado sobre esa clase de organismo durante los últimos doscientos cincuenta años de ciencia moderna y de esta manera podemos saber si es peligroso, comestible, transmite enfermedades, es una especie nativa o exótica, está en peligro de extinción, etcétera.
Conocer el nombre de una especie es, sin embargo, algo bastante difícil en la práctica por varias razones. En primer lugar existe un gran número de formas en la naturaleza, aproximadamente 1.700.000, que han sido descriptas formalmente por los científicos pero se estima que el número real superaría los 10 millones. Para identificarlas, los taxónomos deben conocer sus características diagnósticas y cada uno de ellos generalmente es experto en un número limitado de especies pertenecientes a un determinado grupo. Existen además pocos taxónomos bien entrenados y capacitados en el mundo, especialmente en los países periféricos que son los que más biodiversidad tienen. En segundo lugar, la mayoría de las especies sólo pueden ser identificadas en el estado adulto por lo que es probable que durante gran parte de su ciclo de vida no puedan ser identificadas por los métodos morfológicos convencionales. Por ejemplo, solamente el 10% del ictioplancton (huevos y larvas de peces de pequeño tamaño que flotan a la deriva) puede ser identificado, incluyendo también las especies de interés comercial, y esto resta enormes posibilidades de manejo y conservación de vastos recursos naturales. Por último, como la identificación generalmente se ha basado en el uso de caracteres morfológicos, puede ocurrir que si se encuentra un fragmento de un organismo, este no tenga completas las partes necesarias para su identificación.
En definitiva, la mayor parte de la población no está en condiciones de responder a la pregunta ‘¿qué bicho es?’ y se necesitan otros métodos que ayuden a resolver este problema. Una posibilidad es utilizar la información del ADN, ya que la secuencia de este es la misma para todos los tejidos del cuerpo durante todo el ciclo de vida de los organismos, lo que permitiría identificar a las especies tanto en estados larvarios como adultos, independientemente de su sexo e incluso a partir de fragmentos minúsculos. En 2003, el doctor Paul Hebert, de la Universidad de Guelph, Canadá, propuso la utilización de una porción de 648 pares de bases del gen mitocondrial de la citocromo c oxidasa subunidad I (o COI o Cox 1, como también se lo conoce en la jerga genética) como un código de barras genético para la identificación de especies debido a que su variación intraespecífica es pequeña en comparación con su variación interespecífica. Para que el sistema de identificación genética de especies pueda utilizarse, primero debe construirse una gran base de datos con las secuencias de referencia contra las que puedan compararse las secuencias incógnitas. Una particularidad de este sistema es que las secuencias patrón deben ser obtenidas de ejemplares testigos (vouchers,en inglés) depositados en colecciones permanentes, de manera que su identidad pueda ser determinada de manera inequívoca todas las veces que sea necesario mediante las prácticas taxonómicas tradicionales.
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