Volumen 18 - Nº 106
Agosto-Septiembre 2008

Agricultura y biodiversidad


Es común preguntarse en estos momentos, tanto en medios académicos como en la prensa y entre el público, si la expansión agropecuaria y las nuevas tecnologías que la permiten conducen necesariamente a un deterioro ambiental o, más precisamente, si llevan a un menoscabo de los sistemas naturales que soportan la vida en la Tierra. Aparentemente, nos encontraríamos ante el dilema de mantener y expandir la producción agropecuaria para responder las demandas sociales, o conservar los ambientes naturales para satisfacer las necesidades biológicas del conjunto de seres que pueblan el planeta, incluida la humanidad.

Al plantear que nos encontramos en una encrucijada de este tipo, se postula, implícitamente, que ambas cosas resultan incompatibles: que la producción agrícola aumenta a expensas del capital biológico presente en la naturaleza como biodiversidad. Los especialistas señalan, por su lado, que la pérdida de la biodiversidad ocasiona el deterioro de una proporción significativa de las funciones de los ecosistemas, por ejemplo, la conversión del dióxido de carbono atmosférico en biomasa vegetal, la regulación del escurrimiento del agua de lluvia, los ciclos biogeoquímicos y la regulación del tamaño de las poblaciones de plagas.

En el mundo actual, sin embargo, la sociedad humana no sólo depende de la producción agropecuaria, sino que también muchos otros ecosistemas terrestres y acuáticos funcionan en gran medida gracias a la agricultura. Existe, así, una compleja trama de relaciones que es necesario tener en cuenta cuando se postulan acciones conducentes a conservar la biodiversidad y sus funciones.

Esta última constatación sugiere la revisión crítica de la idea simplista de que intensificar la agricultura produce la ineludible consecuencia de destruir la biodiversidad. La información disponible más verosímil indica que la agricultura y la biodiversidad están relacionadas de manera compleja con la vida humana y con los ecosistemas naturales. Es una relación simbiótica, que afecta tanto a la naturaleza como a la sociedad, y cuyos resultados, beneficiosos o perjudiciales, pueden depender de cómo se administren las relaciones, es decir, los flujos de materia o energía, entre los sistemas agrícolas y los naturales.

 

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