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Volumen 18 - Nº 105 Junio - Julio 2008 |
En octubre pasado, James Watson (nacido en 1928), uno de los más destacados e influyentes científicos de nuestro tiempo, ganador del premio Nobel de medicina de 1962 como codescubridor de la estructura química de la molécula de ADN, provocó un escándalo internacional por declarar al periódico británico Sunday Times que los negros son menos inteligentes que los blancos. “Nuestras políticas sociales se basan en el hecho de que su inteligencia es igual a la nuestra, mientras que las pruebas indican que no es así,” afirmó, según la cita del diario. Expresó su deseo de que todos los seres humanos fuesen iguales, pero agregó que la gente que tiene que manejarse con empleados negros encuentra que esto no es cierto. Acusado de racista, Watson tuvo que abandonar Gran Bretaña, donde el Museo de Ciencias de Londres canceló las conferencias que le había pedido, y en Estados Unidos fue suspendido de sus funciones en el Cold Spring Harbor Laboratory, en Long Island, su lugar de trabajo desde hacía cuarenta y tres años, y terminó forzado a renunciar.
Aquietados los ánimos en los seis meses transcurridos desde entonces, cabe preguntarse qué significa ser racista, de dónde viene el término, qué base científica pueden tener afirmaciones como la de Watson y por qué tan mayúsculo revuelo y tan serias consecuencias ante lo que podría haber sido tomado como el desafío de un científico brillante pero provocador. Este artículo procura responder a estas preguntas partiendo de la genética, con el fin de discutir el concepto de raza humana.
La genética es la ciencia de la herencia. Estudia los mecanismos de reproducción de los organismos vivos, la transferencia de rasgos biológicos de progenitores a su descendencia, las diferencias entre individuos y la evolución de las formas de vida.
El término genética fue propuesto en 1905 por el biólogo británico William Bateson (1861-1926), difusor de las ideas de uno de los iniciadores de la disciplina, el monje Gregor Mendel (1822-1884). Los experimentos de Mendel, realizados en el jardín de la abadía agustina de Santo Tomás, en Brno (hoy República Checa), consistieron en cruzamientos de diferentes variedades de arvejillas de jardín (Pisum sativum). Sacó de ellos conclusiones –hoy conocidas por leyes de Mendel– sobre cómo determinados caracteres se pueden transmitir a lo largo de las generaciones. Publicó los resultados de sus investigaciones en alemán en los anales de la sociedad de naturalistas de Brno (‘Versuche über Pflanzen-Hybriden’, Verhandlungen des naturforschenden Vereins Brünn, 4:3-47, 1866). En la misma época Charles Darwin (1809-1882) y Alfred Russel Wallace (1823-1913) propusieron sus teorías sobre la evolución de las especies y la selección natural.
La humanidad realizó desde el amanecer de la historia tareas de mejoramiento de animales domesticados y plantas, mediante la selección de los caracteres más adecuados para lograr mejores rendimientos.
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