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Volumen 18 - Nº 104 Abril - Mayo 2008 |

Las teorías científicas se despliegan en el espacio y en el tiempo, es decir, viajan. Lo que les sucede al llegar, la recepción de la teoría, es casi tan interesante como lo que les sucedió al partir. Alguna vez Linneo (1707-1778) –o, mejor dicho, su sistema– desembarcaron en el Río de la Plata, alguna vez alguien comenzó a utilizar en estas playas con seriedad de propósito los libros del naturalista sueco. La discreta historia de este episodio es el tema de este artículo.
Mucho antes de que se pusieran de moda los trabajos académicos que investigan las relaciones entre botánica, exploración científica y expansión imperial (por lo general bastante monótonos), la estadounidense Bertha Sanford Dodge escribió un interesante librito de título muy sugestivo: Plants that Changed the World [Plantas que cambiaron el mundo] (Phoenix House, Londres, 1959; no hay traducción castellana). El conocimiento, se suele afirmar, es poder y por cierto lo es cuando se trata del saber acerca de las especies vivas del planeta, aunque este fenómeno pase desapercibido en los manuales de historia estándar. Vastos sectores de la historia humana fueron transformados por el hallazgo y la identificación de ‘nuevas’ especies animales y vegetales. El increíblemente ambicioso programa de Linneo, que consistía en ordenar y clasificar la variedad de los seres naturales del planeta, involucraba una compleja trama de conceptos científicos, creencias religiosas, intereses económicos y relaciones de poder entre las naciones que buscaban expandir sus fuentes de materias primas para alimentar la creciente voracidad del comercio transoceánico del siglo XVIII. Hay aquí, por lo menos, dos historias muy entrelazadas, aunque en ocasiones discernibles: la de la difusión del sistema de clasificación vegetal y animal de Linneo, y la de los beneficios que Linneo y otros botánicos, en tanto centros de redes intercontinentales de prospección vegetal, prestaban a las coronas al servicio de las cuales trabajaban. El Río de la Plata participó solo tangencialmente del programa de expediciones botánicas que lanzó la monarquía borbónica de Madrid con el fin de sentar las bases de una reestructuración comercial del imperio. El sistema de Linneo no llegó aquí triunfante y en los hombros de los botánicos reales sino que se instaló entre nosotros sigilosamente por medio del trabajo de naturalistas criollos.
Las expediciones botánicas a Iberoamérica y la difusión del sistema linneano
La famosa acusación de Linneo de que España permanecía en un estado de ‘barbarie botánica’ llevó a Fernando VI, quien asumió el trono en 1751, a la creación en 1755 del Jardín Botánico de Madrid. La institución fue puesta a cargo del cirujano de origen francés Joseph Quer, quien en los cuatro volúmenes de su Flora española (Madrid, 1762-1764) utilizó el sistema de Tournefort, previo al de Linneo y de uso común en Francia. Su sucesor en el Jardín madrileño, el médico Miguel Barnades, es señalado debido a sus Principios de botánica (Madrid, 1767) como el introductor de Linneo en España. Pero quienes sin duda lograron efectivizar la adopción del sistema del naturalista de Upsala en la península fueron Casimiro Gómez Ortega y Antonio Palau, primero y segundo catedráticos de botánica del Real Jardín. En particular, Palau publicó numerosos libros para difundir el nuevo sistema, como Explicación de la filosofía y fundamentos botánicos de Linneo (Madrid, 1778) o Parte práctica de botánica del caballero Carlos Linneo (Madrid, 1784-1788). Aunque Gómez Ortega habría sido más consecuente con sus ambiciones personales que con sus ideas sobre la sistemática vegetal, de todas maneras logró impulsar, ayudado por el clima político del momento y por ciertos ministros de la corte de Carlos III (quien sucedió a Fernando VI en 1759), un gigantesco programa de expediciones botánicas al Nuevo Mundo, del cual fue gerente entre 1777 y 1787. El fundamento teórico de la búsqueda, descripción y clasificación de especies en estas expediciones fue la sistemática de Linneo. En efecto, en las Instrucciones sobre el modo más seguro y económico de transportar plantas vivas (Madrid, 1779), redactado como instructivo general por Gómez Ortega, se ordenaba que la definición y descripción de cada planta [ha de efectuarse] con arreglo a los Principios y reglas Botánicas de Linneo, y según su método sexual. Las tres expediciones botánicas más importantes, orientadas en última instancia a sentar las bases del abastecimiento de nuevas materias primas coloniales a la metrópoli, fueron la de Perú, la del Nuevo Reino de Granada (Colombia) y la de Nueva España (México). Originalmente concebidas para el hallazgo de plantas con valor medicinal, estas expediciones fueron cambiando sus objetivos con el curso de los años y de los cambios políticos que sacudían la corte metropolitana.
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