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Volumen 18 - Nº 104 Abril - Mayo 2008 |
El 5 de febrero de 1958, las autoridades militares que en ese momento detentaban el gobierno nacional sancionaron el decreto-ley 1291, que creó el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, más conocido hoy por el acrónimo CONICET. Como es sabido, su principal ideólogo y promotor, así como su primer presidente, fue Bernardo Houssay, premio Nobel de medicina en 1947, que permaneció al frente del nuevo organismo hasta su muerte en 1971. A pesar de la debilidad legal de su origen institucional, y de varias poco auspiciosas vicisitudes políticas sufridas en sus cinco décadas de existencia, la entidad fue durante ese lapso –y continúa siendo– la columna vertebral de la investigación científica (y hasta cierto punto tecnológica) argentina.
En el contexto institucional del país, la del CONICET constituye una historia exitosa, cuyo jubileo puede celebrar justificadamente y con satisfacción la comunidad académica nacional. En la tradición bíblica, año del jubileo es aquel que sigue a la terminación de siete ciclos sabáticos, es decir, siete ciclos de siete años cada uno. El término jubileo deriva del latín jubilaeum, procedente a su vez del hebreo yobel, que significa carnero: el inicio del jubileo se anunciaba haciendo sonar un cuerno de carnero. Los años de jubileo, en la tradición judeocristiana, son momentos de reflexión, de remisión de las faltas, de reconciliación y de alegría. Sería adecuado, entonces, analizar la trayectoria del CONICET en tal espíritu de jubileo, en una búsqueda de lineamientos para el futuro que reconozcan y superen las deficiencias y los conflictos del pasado.
Quizá uno de los mayores méritos del CONICET haya sido implantar, dar fortaleza institucional y mantener a través del tiempo una cultura de reconocimiento de la calidad en la producción científica y en el desempeño del personal académico. Parte esencial de tal cultura son los procedimientos de evaluación, aplicados con mayor o menor acierto según los momentos, pero utilizados de manera regular y apuntando a valerse de estándares internacionalmente reconocidos. Tales procedimientos siempre rigieron el ingreso y las promociones en la carrera del investigador científico de la institución, así como la asignación de recursos a proyectos, y se aplicaron por regla general buscando respetar los marcos legales y la corrección de las actuaciones. En esta materia, y sin desconocer deficiencias, que las hubo, el CONICET realizó durante medio siglo una labor notoriamente superior a las universidades, las instituciones académicas por antonomasia, cuya trayectoria fue oscilante y (sin duda con excepciones) no especialmente distinguida.
También hay que agradecer al CONICET la actual existencia en el país de un sistema institucionalizado y profesional de investigación científica. En otras palabras, la entidad creó las condiciones para que la investigación pudiera pasar, de ser una actividad que realizaban quienes ejercían otra profesión, con la que se ganaban la vida en organizaciones dedicadas principalmente a otros propósitos, a ser en sí misma una profesión, con instituciones propias de finalidad específica, procedimientos establecidos de ingreso y promoción, sistemas regulares de retribución del personal científico y una cultura compartida en cuanto al reconocimiento de los méritos. No estamos sugiriendo que el sistema creado haya carecido o carezca de defectos, ni que haya estado libre de errores, incluso de errores mayúsculos. Estamos afirmando que hay un mundo de diferencia entre tenerlo y no tenerlo, y que, gracias al CONICET, en esta materia la Argentina cambió muy positivamente y se incorporó decorosamente al mundo del progreso.
Los enfoques que inicialmente adoptó la institución para promover la producción científica y la formación de investigadores fueron producto de las ideas y la capacidad organizativa de su primer directorio, que integraron, además de Houssay, Fidel Alsina, Eduardo Braun Menéndez, Humberto Ciancaglini, Venancio Deulofeu, Eduardo De Robertis, Rolando García, Félix González Bonorino, Luis Federico Leloir, Lorenzo Parodi, Ignacio Pirosky, Alberto Sagastume y Alberto Zanetta (en orden alfabético). Por esta razón, los nombrados pueden considerarse los padres de la ciencia moderna en la Argentina. Aprovecharon la experiencia recogida a lo largo de más de veinte años por la Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencia, adaptaron prácticas exitosas tanto de Estados Unidos y Gran Bretaña como de la Europa continental, en especial Alemania y Francia, y crearon unos mecanismos que siguen vigentes. Cambios institucionales recientes, como la creación de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, más que alterar el rumbo, lo ratificaron e introdujeron mejoras que lo adaptaron a las realidades del presente.
En sus cinco décadas de existencia, el CONICET mantuvo complejas y cambiantes relaciones con las universidades. O quizá deberíamos decir con un grupo de universidades: aquellas en cuya mira entró la investigación científica. La historia de esas relaciones resulta sumamente ilustrativa en estos momentos, pues la acción persistente de la entidad y, sobre todo, de sus integrantes dispersos por el mundo académico, produjeron una creciente conciencia en el ámbito universitario del cometido de la investigación en el cumplimiento de la misión social de las casas de altos estudios. Recordó a quien quisiera oír que solo se tiene verdaderamente universidades si se enseña en ellas nuevo conocimiento en adición al antiguo, y que, además de la enseñanza, la investigación y el esclarecimiento del público por medio de una opinión independiente son parte constitutiva de la misión universitaria. Esta prédica llegó también a las esferas políticas y a la administración pública, al punto que hoy prácticamente todas las universidades (y no solo un grupo reducido de ellas), las sucesivas autoridades del Ministerio de Educación y los legisladores de cualquier partido, lo mismo que la prensa y la opinión ciudadana, proclaman la importancia del conocimiento y la ciencia para el país (aunque a menudo sus acciones no concuerden con sus palabras).
La oscilante relación entre el CONICET y sus integrantes con las universidades comenzó con una fuerte influencia de los primeros sobre las segundas enseguida de la creación de aquel, coincidente con la recuperación de la libertad académica y la reconstrucción institucional de la universidad pública a fines de la década de 1950. Tal influencia fue notoria en la UBA, que por primera vez en su historia adoptó un perfil algo más orientado a la indagación académica (que sus detractores llamaron ‘cientificista’) y menos centrado en la capacitación para el ejercicio de las profesiones liberales; pero también lo fue en otras universidades, en cuyo pasado la investigación científica había tenido en algún momento una función central (tales como las de La Plata o Tucumán).
En tiempos posteriores, al ritmo de los cíclicos quiebres y restituciones del régimen constitucional, se produjo cada tanto la entronización en el gobierno de las instituciones de enseñanza e investigación de sucesivos grupos, ideológicamente en conflicto, más interesados en la prédica doctrinaria y el ejercicio del poder político que en la desinteresada búsqueda y difusión de conocimiento. En el marco de persecuciones, que, como es conocido, no se limitaron a los recintos académicos y en momentos alcanzaron niveles criminales de violencia, dejaron de funcionar no pocos excelentes grupos de investigación, tanto incipientes como consolidados, en las universidades igual que en el CONICET, cuyos integrantes abandonaron la ciencia o pasaron a nutrir los ámbitos académicos de muchos países, que, a través de los años, los acogieron con inteligencia y particular solidaridad, desde Francia o Suecia hasta Brasil, Venezuela y México.
En dichas circunstancias dolorosas, más de una vez se observó que cuando la cultura académica resultaba opacada o expulsada de unas entidades, lograba hasta cierto punto guarecerse y subsistir en otras. Así, el CONICET fue en distintos momentos el refugio de una vida científica excluida de la universidad, pero esta fue otras veces su santuario cuando resultó forzada a salir de aquel. La diversidad institucional sirvió bien al sistema: es una lección a no olvidar en el importante empeño de que, en el futuro, la civilización prevalezca en estas tierras definitivamente por sobre la barbarie.
La satisfacción que forma parte esencial de un año de jubileo no debe hacer olvidar las faltas cometidas. Entre ellas, las que seguramente más lesionaron al CONICET y a sus integrantes fueron actitudes o conductas signadas por sectarismo, intolerancia, discriminación, defensa de intereses corporativos y nepotismo. En estos aspectos, los últimos años marcan –creemos– una mejora apreciable, y la experiencia de medio siglo señala inequívocamente la necesidad de continuar mejorando, de elevar las exigencias y de mantener abierto un debate permanente sobre las dimensiones éticas de la conducta académica, no solo en el ejercicio de la enseñanza y la investigación mismas sino, también, en el gobierno y la gestión cotidiana de las instituciones del sector.
El mensaje de este editorial, a diferencia de muchos que hemos escrito en el pasado, es esencialmente de celebración: optamos por ese tono en lugar de recurrir al enfoque más habitual de analizar políticas institucionales, expresar críticas y formular recomendaciones. Pero también es parte de las celebraciones del jubileo reflexionar sobre el rumbo a tomar en el lapso siguiente, algo que igualmente se impone debido a la inminente renovación de las autoridades de la institución. Permítasenos, pues, apuntar de manera breve algunos asuntos relacionados con ese rumbo.
Históricamente, el CONICET siempre se movió con más comodidad en las ciencias exactas y naturales que en las humanidades y las ciencias sociales; más en la creación de conocimiento básico que en su aplicación o divulgación; más en la ciencia académica o impulsada por la curiosidad del investigador que en la realizada por encargo o para resolver problemas prácticos; más, en fin, en la ciencia que en la tecnología. Pero también tuvo, con mayor o menor insistencia, preocupación por no descuidar sus flancos más débiles, a los que cada tanto trató de dar prioridad. Relacionado con este tema está la conocida cuestión de hasta qué punto asignar recursos a las disciplinas con mayor tradición en nuestro medio, y hasta dónde dar preferencia a disciplinas más débiles o emergentes. Cualquier solución simplista de estas disyuntivas estará sin duda equivocada y posiblemente tenga pocos defensores, ya que hay buenos argumentos para defender cada rama de las distintas opciones apuntadas. Una solución razonable, por su inherente complejidad, requiere profundizar la reflexión y el debate, algo que es parte de la tarea a realizar para acertar en el rumbo de los próximos cincuenta años.
Históricamente, también, el financiamiento de la ciencia y, específicamente, del CONICET era asunto muy sencillo: se trataba de lograr la mayor asignación posible de recursos del presupuesto estatal. En los últimos años, sin embargo, se han hecho oír voces reclamando que, de alguna forma, el sistema de investigación genere dinero, y se ha realizado un conjunto de experiencias en busca de la manera de hacerlo. Pero tanto aquí como en otros países hay fuertes desacuerdos y muchas dudas sobre el mejor camino a seguir. Es también un tema complejo, que requiere prestarle más atención y para el que no faltan propuestas de soluciones simplistas, invariablemente equivocadas.
Como editores de una revista de divulgación científica, nos gustaría ver incorporado a la cultura del CONICET un mayor interés por la transferencia del conocimiento a todos los estamentos de la sociedad. En especial, creemos aconsejable que la institución incentive esa labor entre sus integrantes (lo que significa asignarle mayor peso en el momento de evaluar su labor, y establecer criterios para medir los resultados de las tareas de divulgación). Mientras la preocupación por transferir tecnología al medio productivo ha realizado considerables avances, son mucho más débiles los esfuerzos por difundir el conocimiento básico, cuya diseminación, finalmente, marca la existencia de una sociedad civilizada.
El comité editorial de la revista, reflejando el pensamiento de la comisión
directiva de la Asociación Ciencia Hoy y, seguramente, el sentir de los lectores,
hace llegar una felicitación al CONICET con motivo de su medio siglo de vida,
y una palabra de aliento a todos sus integrantes, para que afronten en el espíritu
del jubileo que celebran la labor de las siguientes cinco décadas.![]()
En el número anterior se omitió involuntariamente aclarar que la figura 13 de la página 10, correspondiente al artículo ‘Vida en la Tierra’, de Alberto Riccardi, fue en parte confeccionada sobre la base de información cuyos derechos corresponden a la editorial Springer. El editor agradece a Springer Science and Business Media la gentileza de haberlo concedido. Igualmente agradece a la American Society for the Advancement of Science la autorización de reproducir la figura 15 publicada en la página 21 de la misma nota, aparecida en Science, 175:881-4, 1972.
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