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Volumen 18 - Nº 103 Febrero - Marzo 2008 |

El suelo es la capa superficial natural de la Tierra. Como delgada epidermis del planeta, tiene un cometido fundamental en el desenvolvimiento de la vida. Posibilita el cumplimiento de diversas funciones ecológicas cruciales, forma parte del ciclo hidrológico e interviene en la regulación de las características de la atmósfera.
Las plantas dependen del suelo para obtener el agua y los nutrientes que necesitan para vivir. Por esa razón, la vida animal también depende indirectamente del suelo. Su delgado manto poroso actúa como reservorio de agua y de carbono; filtra y regula los flujos de numerosas sustancias; constituye el hábitat de una vasta diversidad de organismos y, por ello, un reservorio de genes en su mayor parte desconocidos. Dicho brevemente: sin suelo, la Tierra no sería lo que es.
Dada su función ambiental, como base de la sostenibilidad de los ecosistemas, los suelos constituyen también un componente fundamental de la actividad económica: posibilitan la producción de alimentos, a pesar de que, por restricciones de diverso tipo, solo una pequeña proporción de ellos es cultivable. Son también un componente central del paisaje y parte del patrimonio de la sociedad.
Pero diversos procesos de degradación o erosión producen una disminución de calidad de los suelos, e incluso su pérdida completa. Como recurso difícilmente renovable, se hallan en riesgo a causa de las actividades humanas. Sin embargo, y paradójicamente por su dependencia de los suelos, las sociedades humanas desconocen la importancia y el funcionamiento de estos. Sin duda, para poder preservarlos, debemos conocerlos mucho mejor.
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