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Volumen 18 - Nº 103 Febrero - Marzo 2008 |
El 22 de diciembre de 2005, en su 60° período de sesiones, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el año 2008 como Año Internacional del Planeta Tierra. La declaración simbólica de un año internacional constituye una práctica establecida por el organismo mundial para enfocar la atención de los países y del público sobre determinadas cuestiones. La iniciativa de realizar esta particular proclamación provino de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS, por sus siglas en inglés), entidad que la presentó con el apoyo de la UNESCO.
La IUGS integra el Consejo Internacional de Uniones Científicas (ICSU, por sus siglas en inglés) y entre sus propósitos al promover la declaración que comentamos se contó asegurar un mayor y más efectivo uso por la sociedad del conocimiento acumulado por los 400.000 geólogos que hay en el mundo, así como crear conciencia en la población y, en particular, en los tomadores de decisiones y políticos, de la enorme potencialidad de las ciencias de la Tierra para ayudar a construir sociedades más seguras, saludables y prósperas. Concordantemente, al nombre del Año Internacional en cuestión se agregó el epígrafe de Ciencias de la tierra para la sociedad.
El calendario de las actividades celebratorias previstas se extiende entre enero de 2007 y diciembre de 2009. Busca promover el uso sabio y sostenible de los materiales terrestres, y el empleo de mejores prácticas de planeamiento y gestión para reducir los riesgos que corre la población mundial, tanto los de origen natural como los inducidos por actividades humanas.
También se propone alcanzar una mayor comprensión de las consecuencias sanitarias del uso de elementos contenidos en la Tierra, para morigerar o evitar problemas que puedan afectar la salud humana o de otros seres vivos.
En la visión de la IUGS, la promoción de las ciencias geológicas, incluidos el incremento del número de estudiantes de esas disciplinas y el mayor respaldo a la investigación, conduce al mejor conocimiento de los recursos naturales y al descubrimiento de nuevos; a facilitar el funcionamiento y la expansión de las ciudades por la comprensión de las condiciones del subsuelo; a determinar los componentes naturales del cambio climático, para diferenciarlos de los efectos antropogénicos, y a incrementar lo que sabemos sobre la evolución de la vida en la Tierra.
Las actividades del Año Internacional del Planeta Tierra incluyen un programa científico que abarca diez áreas de investigación, elegidas sobre la base de su relevancia social y su potencial de difusión. Ellas son: Aguas subterráneas; Riesgos geológicos; Tierra y salud; Cambio climático; Recursos terrestres; Megaciudades; Tierra profunda; Océanos; Suelos; y Tierra y vida. A varios de estos temas está dedicado el presente número de Ciencia Hoy, que de esta forma adhiere a los propósitos de la IUGS.
La simple lectura del anterior temario permite apreciar su actualidad e importancia, porque incluye algunos de los mayores desafíos que enfrenta la humanidad en estos inicios del siglo XXI de nuestra era histórica. Quizá –como parecen estar empezando a reconocer los gobiernos– en los actuales momentos el más urgente de esos desafíos venga planteado por el cambio climático, acelerado más allá de su ritmo natural por un calentamiento de origen humano que anticipó hace más de un siglo el sueco Svante Arrhenius (premio Nobel de química de 1903), quien lo atribuyó al incremento del dióxido de carbono atmosférico, producido (antes de la era del petróleo) por el uso masivo de carbón como combustible.
Otros temas del programa científico se refieren a consecuencias ineludibles de lo que, en términos amplios, denominamos el cambio global, que está alcanzando los más recónditos confines del planeta y es producto del crecimiento demográfico y económico de las últimas décadas, y de las concordantes transformaciones tecnológicas, sociales, políticas e institucionales. Entre esas consecuencias están las crecientes demandas de recursos terrestres, como agua, minerales y fuentes de energía, que resucitan el angustiado fantasma de Richard Malthus, después de que la jubilosa revolución verde lo expulsara del mundo de los alimentos; o el incontenible crecimiento de las grandes urbanizaciones o megaciudades, no solo en los países ricos (donde las analizó hace medio siglo el geógrafo francés Jean Gottmann, quien las denominó megalópolis), sino en todos, incluso los más pobres.
En los últimos años, el conjunto de consecuencias del cambio global ha hecho tomar vívida conciencia a la humanidad, posiblemente por primera vez en su historia, de la noción y la realidad de la escasez global de los recursos. No solo en el pensamiento de los economistas clásicos y de sus sucesores actuales tiene vigencia el concepto de la escasez (cuya presencia en los escritos de aquellos economistas granjeó para su disciplina, en el siglo XIX, el epíteto de ciencia lúgubre o dismal science, que le puso Thomas Carlyle). Hoy ese concepto y su realidad en la vida económica cotidiana se difundieron más allá de los círculos académicos y conquistaron a los medios masivos de comunicación, se impusieron en el público e infiltraron crecientemente el discurso de los políticos.
Aunque todavía haya mucho camino que andar en materia de reformar las conductas individuales y colectivas, ya no se ignora que el uso de los recursos terrestres no es libre: que no se puede consumir tanto como se desee de ellos sin afectar la posibilidad de que otros, ahora o en el futuro, puedan hacer lo mismo. En otras palabras, en el mundo actual, todos los recursos, en todo el planeta, tienen un costo económico, aunque en muchos casos no haya (aún) que pagarlo monetariamente. Ya no vale el ejemplo del aire o el agua como bienes libres por excelencia, que solían dar los textos de economía: hoy el aire y el agua pasaron a la categoría de bienes escasos y en ella permanecerán en el futuro.
Por esta razón, hemos tomado conciencia de que seguir aprovechando los recursos que proporciona la Tierra –por el momento (y en el futuro previsible) el único hábitat de la humanidad–, solo será posible si se lo hace con una racionalidad que, en el pasado, había pocos incentivos para aplicar. Las dramáticas imágenes de la Tierra vista desde el espacio, como la que ilustra la tapa de este número, tan difundidas por los medios, han capturado la imaginación del público y se han convertido en la expresión gráfica de la presencia de la escasez.
En este contexto, las ciencias de la Tierra adquieren una importancia especial,
que pone en foco la iniciativa de la IUGS y conduce a revisar el lugar que se
les concede en la educación escolar y en la divulgación. Sus avances en los
últimos cincuenta años y los modernos instrumentos de medición de que ahora
disponen, como la gravimetría satelital y otros, las coloca en excelente posición
tanto para proporcionarnos una ampliada comprensión de las transformaciones
y la realidad presente de la Tierra, como para avanzar en encontrar las respuestas
a los desafíos del cambio global. Son sin duda tiempos interesantes para ser
geólogo, quizá tan interesantes como las primeras décadas del siglo XIX, cuando
la disciplina nació con la confección por William Smith (1769-1839), un escasamente
ilustrado constructor de canales, del primer mapa geológico de Inglaterra, y
cuando tomó interés por ella un estudiante de teología de Cambridge llamado
Charles Darwin. ![]()
Quien lea inglés podrá consultar con provecho el suplemento de la revista británica Nature (451, 257, del 17 de enero 2008) dedicado al Año Internacional del Planeta Tierra. En: http://www.nature.com/nature/supplements/collections/yearofplanetearth/ es posible acceder a su texto completo.
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