Cartas
de lectores
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OPTIMISMO AMBIENTAL
El artículo de Ricardo Grau y otros, ‘Regeneración ambiental en el noroeste
argentino’, publicado en el número 100 de Ciencia Hoy, trata un tema muy interesante.
Aunque la ecología de bosques no sea mi especialidad, considero que instala
una visión excesivamente optimista sobre la regeneración de los ecosistemas
degradados, ya que solo marginalmente se refiere a posibles consecuencias negativas
como la pérdida de diversidad y el desplazamiento de especies autóctonas por
exóticas. Baso esta afirmación en que:
- Sostiene que la migración de campesinos a centros urbanos beneficia la
recuperación forestal, sin considerar la alteración de los ecosistemas causada
por los habitantes urbanos (su huella ecológica), que suele ser mucho
mayor que la ocasionada por los campesinos.
- No menciona la repercusión de la agricultura moderna sobre la fauna y la
flora autóctonas de áreas naturales cercanas a los cultivos, por el efecto
de los productos químicos que utiliza.
- En el recuadro ‘Migración del campo a la ciudad y sustentabilidad’ no considera
que los sistemas agrícolas modernos requieren el suministro de energía en
forma de combustibles, maquinaria, productos químicos, etcétera, lo que condiciona
su sustentabilidad en el largo plazo dada la crisis energética global.
- Habla de recuperación de los ecosistemas, pero describe la importante
propagación de una especie introducida, el ligustro, cuya invasión altera
la comunidad de árboles y arbustos nativos. Solo tangencialmente (en la página
50) admite que las especies exóticas son invasoras y dominantes y
que los nuevos bosques tienen menor diversidad. El artículo otorga
una atención menor a estos importantes aspectos, que comprometen la biodiversidad
y la sustentabilidad del sistema, pues producen reemplazo de especies en lugar
de recuperación de la comunidad. Tal enfoque parece contradecir las conclusiones
de uno de los trabajos citados en ‘Lecturas sugeridas’ (Jeremy W Lichstein,
H Ricardo Grau y Roxana Aragón, ‘Recruitment limitation in secondary forests
dominated by an exotic tree’, Journal of Vegetation Science, 15:721-28,
2004), las cuales no dan pie para una visión optimista sobre la recuperación
del ecosistema.
- Considera positiva la recuperación del bosque por retracción de la ganadería,
pero aclara que en Salta, en los últimos treinta años, un millón de hectáreas
fueron deforestadas para cultivar soja. Ello representó la pérdida del 20%
de la superficie boscosa del área. Indica en la figura 12 que, entre 1972
y 2002, los puestos ganaderos disminuyeron de 52 a 47, algo que considera
beneficioso para la reforestación. Pero no se detiene sobre la superficie
desmontada para agricultura, que se advierte en la misma figura y que representa
casi el 8%. Afirma que la expansión agrícola del chaco podría asociarse
con la recuperación de muchas hectáreas de bosque. ¿Cómo pueden destinarse
esos terrenos a la agricultura y, al mismo tiempo, contener bosque?
- Considera que el aumento de las poblaciones de vicuñas se debe más a la
emigración de los habitantes que a las leyes de protección. En buena medida
esa mejora puede atribuirse a la adopción de formas adecuadas de manejo de
tales poblaciones de vicuñas por habitantes locales, como lo mostró Bibiana
Vilá en cuatro artículos publicados en Ciencia Hoy (respectivamente en los
números 4, 28, 65 y 80).
- Afirma que para mantener en condiciones precarias a una familia de campesinos
es necesario disponer de varios miles de hectáreas. Ello no parece coherente
con las mínimas superficies de que disponen los pobladores indígenas. Por
otra parte, en la figura 12, la extensión promedio de cada puesto no alcanza
las 3700 ha.
- Afirma que los sistemas productivos modernos […] frecuentemente resultan
negativos para la biodiversidad y los servicios ambientales si se los analiza
en una escala local. Pero también sostiene que pueden favorecer la
conservación de los ecosistemas [...] si se consideran zonas más extensas.
La suma de efectos ambientales negativos difícilmente pueda dar un resultado
positivo.
Sería constructivo que algún especialista con una mirada
diferente de la de los autores también analizara el asunto.
Jorge Calvo
Centro Austral de Investigaciones Científicas, Ushuaia
Respuesta del autor
- El concepto de huella ecológica es bastante amplio. Nuestro artículo
solo trata los cambios en el uso y la cobertura del territorio (no discutimos,
por ejemplo, las emisiones de gases de invernadero o la contaminación hídrica).
El grueso de las áreas agrícolas está destinado a producción de alimentos.
Al migrar a la ciudad, la gente consume más de ellos, pero –y ahí radica uno
de los puntos centrales de nuestro argumento– se trata de alimentos producidos
en sistemas más eficientes (a menudo, diez veces más eficientes en términos
de productividad por hectárea). Por ello se puede afirmar que este componente
de la huella ecológica (superficie agrícola necesaria para alimentar una persona)
disminuye, al tiempo que la gente resulta mejor alimentada.
En términos generales, por tener mayor poder adquisitivo, la gente de la ciudad
consume más. Por lo tanto (si otras condiciones permanecen iguales), imprime
una mayor huella ecológica. En cambio, la permanencia en el campo, al mantener
bajo el poder adquisitivo, conserva igualmente bajos los niveles de consumo
y, por ende, reducida, en muchos aspectos, la huella ecológica. Pero para
iguales niveles de consumo, esta huella es menor si se vive en las ciudades.
Proveer las mismas cantidades de electricidad, agua corriente, educación básica,
alimentos o cuidados de la salud a habitantes rurales es más caro y tiene
mayores consecuencias ambientales que proveerlas a los citadinos. En el largo
plazo, también, la migración a la ciudad contribuye a reducir el crecimiento
demográfico, como consecuencia de la menor fertilidad de los habitantes urbanos.
- Es cierto que no mencionamos en el artículo los efectos de los productos
agroquímicos sobre ecosistemas vecinos. Para el noroeste de la Argentina,
no conocemos ningún estudio relevante que los cuantifique, ni sabemos de observaciones
circunstanciales que sugieran que son importantes más allá de la escala local.
Dado que la agricultura moderna no ocupa más del 5% de la superficie de la
región, y que se practica en grandes extensiones continuas con comparativamente
poco borde, es razonable pensar que tales efectos resultan relativamente menores.
- La definición de sustentabilidad es aún más compleja que la de huella ecológica.
Si hay algo claramente no sustentable, sería alimentar a la población humana
actual con sistemas agrícolas tradicionales, sin suministrarles energía ni
fertilizantes. Con los niveles de productividad de esos sistemas, no alcanzaría
la superficie entera del planeta para producir los necesarios alimentos, lo
que llevaría a la muerte a una proporción importante de la humanidad y a la
destrucción de todos los ecosistemas naturales. Ni pensar en alimentar a los
10 mil millones de habitantes que podría tener la Tierra hacia 2050.
Pero dado que los combustibles fósiles alguna vez se agotarán, puede sostenerse
que los sistemas agroganaderos modernos tampoco son sustentables. Sin embargo,
permitirán alimentar a la humanidad durante algunas décadas sin destruir los
ecosistemas naturales, y así ganar el tiempo necesario para desarrollar tecnologías
que aumenten la eficiencia energética y reemplacen los hidrocarburos fósiles
por combustibles alternativos (tanto para seguir moviendo tractores como produciendo
fertilizantes). No es seguro que esto se logre, ni tampoco se puede afirmar
a ciencia cierta que fracasará, pero no caben muchas dudas acerca de la imposibilidad
de alimentar a la población del planeta con la tecnología actual, sin salir
de la agricultura tradicional y de la ganadería extensiva.
- Indicamos en Ciencia Hoy que los bosques de ligustro tienen menos diversidad
de plantas que los bosques nativos secundarios, y que demoran mucho en ser
reemplazados por vegetación nativa. Lo mismo afirma el artículo aparecido
en 2004 en el Journal of Vegetation Science, que cita el doctor Calvo,
y también lo sostuvimos en varias otras publicaciones. Adicionalmente, en
las páginas 58 y 59 sugerimos profundizar los estudios sobre los efectos de
las especies exóticas e indicamos que las organizaciones conservacionistas
deberían dar más importancia al tema. En todo caso, puede hablarse de recuperación
del ecosistema a propósito de los bosques de ligustro porque albergan mayor
diversidad de especies que los pastizales o cultivos que reemplazan, protegen
mejor el suelo, favorecen la dinámica hídrica y generan biomasa (con el consiguiente
secuestro de CO2 atmosférico) a un ritmo probablemente mayor que
los bosques nativos.
- Si bien el artículo de Ciencia Hoy no versó sobre deforestación, en otro
que publicamos en 2005 en Environmental Conservation, incluido entre
las ‘Lecturas sugeridas’, cuantificamos la deforestación causada en el este
de Salta por la expansión agrícola, y discutimos sus consecuencias ambientales.
Los bosques se recuperan en las áreas no transformadas o en aquellas que son
muy áridas para la agricultura de secano, las cuales abarcan unas 4 millones
de hectáreas solo en Salta; obviamente, no se recuperan en zonas transformadas
en campos de soja, que hasta hoy ocupan cerca de un millón de hectáreas.
- Los dos factores que seguramente han contribuido más a la recuperación poblacional
de la vicuña son las leyes y la disminución de la población humana y del ganado.
En las zonas de la puna en que vive más gente hay menos vicuñas que en lugares
remotos con escasos habitantes, a pesar de que los segundos tienen tierras
menos productivas y el control legal es menor. Aunque no tenemos datos para
probarlo, hay indicios de que en las montañas de Noroeste las poblaciones
de guanacos y de tarucas (huemules del norte) también parecen haberse expandido,
pese a que no están protegidas por leyes específicas como lo está la vicuña.
Los proyectos de manejo sustentable de poblaciones de vicuñas por lugareños
son muy valiosos, pero no invalidan el hecho de que las vicuñas se recuperan
en ausencia de tales lugareños, o cuando la ganadería tradicional disminuye.
- Al hablar de varios miles de hectáreas nos referíamos, en efecto,
a las algo menos de 3700 que menciona Calvo. Que los pobladores indígenas
dispongan de superficies menores no desmiente la afirmación de que una familia
de campesinos necesita de varios miles de hectáreas para vivir precariamente.
- La idea que explicamos es bastante sencilla: la agricultura moderna concentrada
–que disminuye la biodiversidad local pero, en el caso del Noroeste, solo
afecta el 5% de la superficie regional– produce suficientes alimentos y riqueza
como para disminuir la presión humana sobre el medio natural en las áreas
no aptas para tal agricultura. En el caso del Noroeste, esas áreas conforman
un gran porcentaje de la superficie.
En distintas publicaciones hemos descripto la invasión de
ecosistemas del Noroeste por especies exóticas y la deforestación del Chaco por
la expansión agrícola. En el artículo de Ciencia Hoy nos detuvimos en la
regeneración de ecosistemas en aquella región, un fenómeno extendido, pero casi
ignorado por la comunidad científica y el público general. El objetivo de estos
artículos no fue instalar visiones optimistas o pesimistas, sino informar y
discutir sobre hechos, causas y consecuencias.
Si nuestro escrito, a juicio de Calvo, puede ser acusado de promover una visión
excesivamente optimista, la mirada diferente que reclama, que promovería un
ánimo pesimista, está ampliamente representada en la literatura. Por ejemplo,
está el artículo ‘Las selvas pedemontanas de las yungas’, de Alejandro Brown
y Lucio Malizia, publicado en Ciencia Hoy (83:52-63, octubre-noviembre de 2004),
que anunció una inminente catástrofe en esa ecorregión. La mayoría de los capítulos
de un libro aparecido en 2006 (Brown A, Martínez Ortiz U, Acerbi M y Corcuera
J [eds.], La situación ambiental argentina 2005, Buenos Aires, Fundación
Vida Silvestre Argentina) exhiben el enfoque que reclama Calvo. Y en ‘Manifiesto
contra la deforestación’ (Noticias, XXIII, 1599, http://www.revista-noticias.com.ar/comun/nota.php?art=640&ed=1599),
Jorge Morello y Walter Pengue (reconocidos referentes del tema) presentan un
panorama similar.
Ricardo
Grau
Universidad Nacional de Tucumán