Volumen 17 - Nº 102
Diciembre 2007
Enero 2008

Entrevista a Lino Barañao


Aníbal Gattone y José X Martini

Ciencia Hoy

A poco de que Cristina Kirchner, la presidenta electa, anunciara la creación de un ministerio de Ciencia y Tecnología e hiciera saber que lo pondría en manos de Lino Barañao, este accedió a recibir Ciencia Hoy para transmitir a la comunidad académica algunas ideas acerca de las políticas que tiene en mente. El doctor Barañao, químico por formación, es investigador principal en la carrera del investigador científico del CONICET, director del Laboratorio de Biología de la Reproducción y Biotecnología Animal del IByME (Instituto de Biología y Medicina Experimental) y profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Fue, durante los últimos años, presidente de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.

El anuncio de la transformación de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva en ministerio, así como el de su futura designación al frente de este, llevan a preguntarse por las ideas concretas en que basará su acción.

El desafío que me propongo enfrentar es doble: consiste tanto en incrementar la producción científica (y no hablo solo de cantidad sino, también, de calidad) e incrementar, al mismo tiempo, el acoplamiento de esa producción de conocimiento con las necesidades de la sociedad. Como científico tengo fuerte conciencia de la importancia de la ciencia básica (para emplear la expresión habitual), pero en ese carácter y como funcionario público también me preocupa que la creación de conocimiento no sea desaprovechada como fuente de soluciones para los problemas de la sociedad. Sobre todo, tengo presente la necesidad de modernizar la estructura económica y de avanzar en la dirección de un sistema productivo de bienes y servicios crecientemente conocimiento intensivo. Creo que esto sintetiza los ejes centrales de mi pensamiento.

Sobre esas bases, ¿en qué debería cambiar la situación presente de la ciencia en el país?

En la Argentina se hace ciencia de muy buena calidad. O, por lo menos, a esa conclusión se llega si se compara la productividad (es decir, conocimiento producido por dinero invertido) de un investigador que trabaja en cualquiera de los mejores centros argentinos de investigación científica con la de sus pares de buenas instituciones de los países avanzados. Esa productividad no es significativamente distinta acá o en, digamos, el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Si miramos la cantidad de conocimiento generado, claro está, nuestro sistema es mucho menor. Pero mucho más importante es la diferencia entre las repercusiones económicas de la producción científica aquí y en Estados Unidos. En la economía estadounidense, uno de cada quince puestos de trabajo fue creado en virtud del conocimiento científico y tecnológico producido en el sistema académico. Estamos muy lejos de ese valor acá: eso es algo que debemos cambiar.

 

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