Volumen 17 - Nº 100
Agosto - Setiembre 2007

Recuerdos de los editores

 

Miguel de Asúa

Debe hacer como quince años que me incorporé a la revista. Eso fue poco después de regresar de la beca externa, con el PhD al hombro y el equipaje que estallaba de libros y expectativas. Para que se den una idea, en ese entonces mi Macintosh Classic–la que todavía perdura en una de las mesas de mi escritorio– era una novedad. El primer artículo que publiqué trataba sobre los unicornios. Pronto inauguré una sección titulada ‘Ensayos’ –la idea fue de Patricio J Garrahan– con una nota que cantaba, proféticamente, las crónicas decepciones y los raros momentos de felicidad del scholar de la periferia. Siguieron otras del mismo tenor, y también una serie de artículos de humor que en conjunto constituyen una crónica ligeramente ácida de la carrera de un investigador básico en nuestro medio. También traduje varios textos originales de historia de la ciencia (la serie ‘Páginas del libro de la ciencia’). En fin, efectué algunas entrevistas y firmé varios artículos sobre historia de la ciencia. Esto es lo que dejé en la revista. Lo que puedo llevarme es la buena memoria de los goliardescos diálogos en las reuniones de comité editorial de los jueves, el crecimiento de vínculos personales, muchas veces conflictivos pero siempre enriquecedores, y la sensación de haber comenzado a descubrir un oficio que en los momentos difíciles me reconforta. Sigo yendo a Ciencia Hoy por la misma razón por la que conservo la vieja Mac –una obstinada fidelidad a lo que alguna vez decidí ser, una lealtad inquebrantable a una vaga utopía–.

 

Daniel R. Bes

Recuerdo los propósitos integradores que nos impulsaron a lanzar Ciencia Hoy: (i) representar a toda la ciencia y tecnología argentinas, incluyendo las ciencias sociales; (ii) unir aspectos científicos y artísticos para interesar a sectores sociales no educados científicamente; (iii) trabajar en pos de una genuina representación de todos los sectores científicos ante los factores de poder (subyacía el ejemplo de la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia, que contribuyó  al restablecimiento de la democracia en el vecino país); (iv) extender el proyecto a otros países latinoamericanos. Cada uno de estos propósitos demandó esfuerzos bastante notables, lo mismo que la lucha contra la hiperinflación durante los años iniciales. El primero de los objetivos fue cumplido con creces: Ciencia Hoy es una revista de divulgación científica de primer nivel. También es encomiable su línea editorial independiente.

Quizás en el aspecto político-representativo se hayan hecho menos progresos, pues seguimos sin tener algo análogo a la SBPC. La renuencia de nuestros investigadores a implicarse en problemas políticos o ideológicos, aun en temas que nos atañen directamente, ha sido discutida por Halperín Donghi en su comparación de la UBA con la Universidad de Chile.

¿Podría aparecer hoy otro proyecto con ambiciones similares? Es posible que se requiera una ilusión de futuro que hoy hay que recuperar. Tal ilusión subsistió mientras, ingenuamente, atribuíamos los sucesivos retrocesos del país exclusivamente a los otros de turno, a quienes veríamos sucederse en puestos de poder.

A pesar de todo, hoy sigue saliendo Ciencia Hoy. Felicito y agradezco por ello a quienes fueron capaces de mantener la calidad y la independencia de la revista durante estos primeros cien números.

Guillermo Boido

Decía el poeta Roberto Juarroz que el olvido es una suerte de salud del espíritu, porque permite seleccionar las experiencias realmente significativas del pasado y abandonar otras irrelevantes, aunque las primeras se nos aparezcan habitualmente como meros destellos en la memoria. Y el primero de esos recuerdos, deslumbrante, a propósito de los orígenes de Ciencia Hoy, es el que emana de un hombre excepcional, Ennio Candotti, quien promovió la creación de la revista. Con admiración, con afecto, no puedo menos que recordar su vitalidad y su empuje ante las dificultades de todo orden que enfrentaba la realización del proyecto.

En la primera etapa de publicación de Ciencia Hoy, con el sesgo inconfundible que le impuso Ennio, colaboraron científicos de la más alta jerarquía, pero también artistas e ilustradores de renombre. A quien esto escribe se le encomendó la tarea, fascinante pero no siempre grata, de coordinar el trabajo que realizaban los departamentos de edición de textos, de arte y de producción gráfica, como así también colaborar con el consejo editorial en cuanto a la selección de artículos y a la orientación que debía tener la revista.

A la hora de rescatar aquellos destellos de la memoria, no puedo dejar de citar a algunas personas con quienes tuve el honor de haber trabajado: amigos y colegas ya conocidos por mí, como Olga Dragún, Roberto Perazzo y Armando Haeberer; otros a quienes conocí allí, como Néstor Murguier y Carlos García Blaya; relevantes investigadores como Patricio Garrahan, Alejandro Paladini, Samuel Finkielman, Gregorio Weinberg, Fidel Schaposnik, Eduardo Rapoport, Rodolfo Casamiquela, Jorge Testoni, Elena Chiozza y Osvaldo Reig. Y un párrafo aparte merece el recuerdo de los integrantes del primer equipo de producción editorial: Pablo Barragán, Susana Testoni, Gabriela Tenner y, last but not least, Heber Cardoso. Lo cual no es poco decir.

 

Olga Dragún

En el intervalo entre dos sesiones de una reunión de física nuclear argentino-brasileña, que se llevaba a cabo en una ciudad de Brasil, me encontré sorpresivamente con un stand que desplegaba magníficos ejemplares de Ciência Hoje. Corría el año 1987. Esas revistas me atraparon y me pregunté: ¿Por qué se podía llevar a cabo tal divulgación científica en Brasil y no en la Argentina?

Pronto nos pusimos a trabajar con los colegas responsables de la publicación brasileña y, al cabo de dos años de búsquedas de consensos y aceptación de divergencias, apareció el primer número de Ciencia Hoy en diciembre de 1988.

El experimento, que consistía en reunir en una mesa de discusión a científicos duros y blandos, y pedirles que escribieran en un lenguaje llano pero certero (habría arbitraje) acerca de sus investigaciones en el país, comenzaba a dar sus frutos. Tratamos también de conectar ciencia con arte en discutidas (y discutibles) ilustraciones y portadas. Al mismo tiempo, nos convencíamos de la importancia de mantener independencia física y económica de las instituciones científicas y educativas, para así poder hacer, cuando fuera necesario, la crítica o la alabanza genuinas que el devenir de los hechos señalaran como oportunas. Y comenzamos a caminar hasta llegar a este número 100.

Son muchos los científicos y tecnólogos que han colaborado en Ciencia Hoy. Creo que en todos vivió y vive ese mágico descubrimiento de que en la Argentina se puede hacer divulgación científica y tecnológica veraz, independiente, seria pero no aburrida, y de excelente nivel académico.

Anhelo que las próximas generaciones de investigadores en ciencia y tecnología cuiden de mantener la continuidad de este raro ejemplo de esfuerzo y tenacidad que significa la publicación de Ciencia Hoy.

 

María Luz Endere

Como miembro reciente y no local del comité editorial, me siento aún explorando mi nuevo rol y asumiendo de a poco una tarea que me gusta y que me permite intercambiar ideas con otros miembros de sobrada experiencia, de quienes siempre tengo la oportunidad de aprender algo más del oficio. Pero, más que de mi corta experiencia en la cocina de Ciencia Hoy, me gustaría reflexionar sobre la impresión que yo tenía desde afuera. La revista representaba una manera autorizada de informarme sobre aspectos de la ciencia que no manejaba, y de acercar a otros a la lectura de artículos sobre temas de mi incumbencia, escritos de un modo que pudiera ser entendido por no especialistas y con un diseño colorido y atrayente. Pensándolo mejor, Ciencia Hoy era mucho más que eso: percibía una fuerte posición ética y un sentimiento de orgullo por los logros locales de la ciencia. Como coautora de un artículo que publicamos con Irina Podgorny (‘Los gliptodontes son argentinos’, 42:54-59, septiembre octubre 1997), que recuerdo con especial cariño, tuve un primer contacto directo con la revista. Con esos sentimientos y expectativas acepté tímidamente la invitación de integrar su comité editorial. Hoy me encuentro entre los responsables del número 100, con una mezcla de sensaciones que van desde una de triunfo inmerecido, hasta otra de satisfacción por comprobar cómo Ciencia Hoy realmente representa aquellos valores que creía que representaba. Ansío fervorosamente que los siga representando por muchas centenas de ediciones más.

Alejandro Gangui

¿Qué tiene de particular el número 100 de Ciencia Hoy? Nada. Cuentan que una mujer se compadeció de la madre de Borges, muerta a los 99 años, por lo poco que le hubiese faltado para cumplir los cien, a lo que el escritor respondió: Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal. Nuestra sociedad, sin embargo, venera los números terminados con uno o varios ceros, entre los cuales el 100 es especial. Para una vida humana, diez es exiguo y mil inalcanzable; cien es el número perfecto: 10 multiplicado por sí mismo, lo que reafirma su perfección. El 10 es una cifra omnipresente, que los arcanos consideraban especial. Está presente en el diezmo entregado a la religión o al rey, o simplemente para ayudar a sostener el instituto de investigación donde trabajamos en la Argentina. En fin, diez es el número de mandamientos que Moisés recibió en el Monte Sinaí y es el número sagrado por el que juraban los miembros de la hermandad pitagórica.

El número cien es gentil. En la poesía galante persa, una dama bella dotada de todas las buenas cualidades tiene cien cabellos. Un alto jefe militar reunía cien hombres para asegurarse la victoria. Durante la fiesta de la Luna, los Incas rodeaban la plaza cuadrada del Coricancha por cien guerreros en cada uno de sus lados, que luego partían hacia los cuatro puntos cardinales. En la Divina Comedia, Dante dividió la obra en exactamente cien cantos.

Existen publicaciones centenarias, y más antiguas aún, pero no abundan. Encontrar revistas científicas centenarias es menos frecuente. Que una revista de divulgación científica haya salido en forma virtualmente ininterrumpida por casi veinte años y cumpla hoy cien números, no es cosa de todos los días. Es algo digno de festejar.

Patricio J Garrahan

A mediados de 1988 el físico argentino Daniel Bes y el brasileño Ennio Candotti se acercaron a mi laboratorio para invitarme a formar parte del comité editorial de una revista cuya finalidad sería la divulgación científica destinada a público no especializado. Mucho me satisfizo tal invitación y me congratulo por haberla aceptado de inmediato. Comenzaba en ese entonces la hiperinflación y, debido al cambio de gobierno, nuestro sistema científico pasaba por una muy difícil transición.

La idea era difundir todas las ramas de las ciencias y sus tecnologías, mostrando que no se trata de algo maravilloso que se hace en otras partes del mundo, sino que también es posible hacer ciencia de calidad en la Argentina. Este criterio, siempre vigente, iluminó e ilumina las páginas de Ciencia Hoy.

La experiencia de editar la revista no solo fue un modo gratificante de contribuir a estos propósitos, sino que, además, permitió que estudiosos de muy variadas disciplinas se asociaran con un fin común. La finalidad política de la revista figura en el editorial del primer número, reproducido en este. Sigo creyendo en la validez de todo lo que se dice en ese escrito.

Determinar si nuestra contribución tendiente a modificar la situación de nuestro país, es decir, un país con científicos pero sin ciencia, y en el que el poder y el saber están tan disociados, tuvo algún efecto, queda en manos de la historia. Aprovecho la ocasión para recordar la frase de Betrand Russell cuando, al finalizar la primera guerra mundial, se preguntaba si sus esfuerzos en favor de la paz habían logrado salvar aunque solo fuera una vida. La respuesta que se dio fue: al menos no fui responsable.


Aníbal Gattone

La vanidad de mostrar que mi trabajo era la cosa más importante del mundo, eso que se suele llamar vocación, me llevó a aceptar la invitación de Olga Dragún a unirme al grupo que ella, Roberto Perazzo y Daniel Bes habían formado a instancias de Ennio Candotti. La revista vio la luz pública en diciembre del 88 y me emocioné. Luego de una interrupción de casi tres años, por una estadía en el exterior, volví a colaborar y no he parado desde entonces. Ahora soy un empleado de Ciencia Hoy, pero le debo a la asociación más que mis últimos sueldos: le debo que me dé lugar para hacer las cosas que me parecen que deben ser hechas, lo que contribuye mucho a mi sanidad mental. Llegar al número 100 después de casi veinte años es un hito que también me emociona. Los próximos cien son un objetivo que tengo en la cabeza. Y quiero ver el día que pongamos una sección que se llame ‘Hace 50 años...’ y publiquemos las cosas que decíamos hace veinte...


Diego Hurtado de Mendoza

Tres fotografías en el recuerdo. La primera es de 1988. Alguien me mostró el número 1 de Ciencia Hoy en la cafetería de la FCEyN, en Núñez. Las revistas de divulgación científica que había entonces eran comerciales. La atmósfera que transmitían y los temas que trataban eran absolutamente ajenos a lo que uno vivía en la facultad y hacía en el laboratorio. En ese momento era muy claro que la nueva revista aportaba algo necesario.

La segunda foto es de 1996. Envié una nota a Ciencia Hoy sobre el origen de los planetas. Acababa de terminar mi doctorado en geofísica y, a diferencia de mis amigos físicos, me gustaba escribir. Tal vez me gustaba demasiado: por eso hoy soy investigador de CONICET en historia. El trabajo fue publicado y, desde entonces, sin tener muy clara la razón, comencé a mantener siempre reservado algún tiempo para escribir o entrevistar a alguien para la revista.

La tercera fotografía es de 2005. Recibí la propuesta de integrarme al comité editorial de la revista. Por supuesto, acepté. Cuando me senté por primera vez, bastante intimidado, a la mesa de los jueves, tuve una impresión clara: esta gente se divierte con lo que hace. Con el paso de los meses entendí que si no fuera así, difícilmente un grupo de científicos podría dedicar cada jueves, durante años, a algo que no parece demasiado valorado por el medio académico.

Tengo una cuarta observación, que no es una fotografía. Como en un largo fraseo de jazz, siempre parecido, siempre diferente, con la expectativa de que el próximo será mejor, imagino que cada número de la revista pone un poco de sentido donde podría no haberlo y se aproxima un infinitésimo a la meta de transmitir la extraña, tenaz y compleja tarea de ser un científico en un país periférico. Cien infinitésimos ya se parecen a una trayectoria.

José X Martini

Mi contacto inicial con Ciencia Hoy, antes de que apareciera el primer número, fue como director de la fenecida Fundación Antorchas, a la que los promotores recurrieron con la esperanza de conseguir dinero para el lanzamiento de la revista. En tal carácter me tocó hacer lo que fue percibido como una serie de incómodas indagaciones sobre las finanzas futuras de la operación. Ello llevó a uno de dichos promotores a preguntar, en tono irritado, en qué se diferenciaba la fundación de un banco. Tenía razón su pregunta (no su irritación), y la respuesta –que ignoro si encontró convincente– fue que en muy poco, solo en que no exigía el pago de intereses ni la devolución del dinero.

Sea como fuere, los demás promotores lograron acallar al imprudente, las finanzas previstas se explicaron como se pudo (con el tiempo, ninguna previsión se cumplió, según suele suceder), el subsidio se acordó y yo cometí el error que todo manual de gestión de entidades donantes aconseja evitar a toda costa: me fui paulatinamente comprometiendo con el proyecto, hasta terminar en el comité editorial. A cien números de distancia, ese error me podrá ser perdonado. ¿O será que la norma de los manuales también tiene excepciones?


Paulina E Nabel

Cuando hace casi diez años me contactaron por sugerencia de Pablo Penchaszadeh para invitarme a participar de una reunión del comité editorial, acepté encantada, pues compartía muchos de sus objetivos sobre la divulgación interdisciplinaria y la importancia social de tal actividad. No imaginé entonces que esa experiencia iba a permitirme canalizar intereses y capacidades relegadas. A lo largo de estos años, pude verificar que las desordenadas y estimulantes reuniones semanales funcionaron como una suerte de laboratorio de intercambio de ideas y enfoques sobre los temas más diversos. En ese laboratorio se produce la alquimia, los trabajos de especialistas, generalmente escritos de manera críptica, son transformados en obras más claras y accesibles. Allí se dan las pautas y el rigor de los contenidos se vuelve amigable en el lenguaje. Suelo emocionarme cuando colegas y amigos de los puntos más distantes del país me comentan del uso que realizan de la revista en sus clases, de la alegría de recibirla, de los temas increíbles de los que se han enterado.


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