Volumen 17 - Nº 100
Agosto - Setiembre 2007

 

Desde su surgimiento, hace aproximadamente 80 millones de años, los insectos estuvieron estrechamente ligados a la vida de las plantas con flores (Angiospermas). Una gran variedad de ellos depende de recompensas florales (néctar y polen) para su supervivencia (véase ‘El néctar: la realidad del mito’, Ciencia Hoy 5, 1995); a su vez, una gran variedad de plantas –aun aquellas que se cultivan– necesita de la visita de los insectos para ser polinizadas y así producir las semillas que aseguran su descendencia. Se estima que el 67% de las ‘plantas con flores’ requiere del servicio de polinización de los insectos para la producción de frutos y semillas.

Dentro de la enorme variedad de insectos existentes en la naturaleza se encuentran los himenópteros, entre ellos las denominadas abejas en un sentido amplio. Las abejas conforman un grupo esencial en el mantenimiento de la biodiversidad; su acción polinizadora afecta no solo al mundo vegetal sino también a otros organismos. Por ese motivo se dice que la declinación de estos insectos, tanto en número como en diversidad, tiene un ‘efecto cascada’ sobre una multitud de organismos. En esa red de relaciones está incluido el ser humano pues el 30% de los alimentos que consume la humanidad proviene de plantas polinizadas por abejas. Desafortunadamente estos polinizadores constituyen un grupo de riesgo debido a la destrucción del medio ambiente. Un claro ejemplo es el avance de los monocultivos, pues la extensión de la frontera agrícola sobre los ecosistemas naturales implica deforestación, quema y uso de agroquímicos. Estas actividades destruyen tanto los sitios de nidificación como las fuentes de alimento de los polinizadores.

Las abejas son grandes consumidoras de polen y néctar; el polen, rico en proteínas, cubre las necesidades proteicas de la cría y su deficiencia impide el completo desarrollo de las larvas. En cambio el néctar, compuesto por agua y azúcares, aporta la energía que necesitan los adultos para realizar el pecoreo o búsqueda de fuentes alimentarias (véase ‘La abeja recolectora de néctar’, Ciencia Hoy, 12: 34-41, 1991). En la incesante búsqueda de alimento, las abejas trasladan el polen de una flor a otra. El número de interacciones individuales de las abejas y las flores puede ser muy grande. Se ha estimado que para producir un gramo de miel un tipo de abeja, los abejorros, necesita visitar unas 200.000 flores de trébol rojo.             

La importancia que tienen las abejas en el mantenimiento de la biodiversidad exige su protección y conservación, y para eso es necesario avanzar en el conocimiento de su biología, fundamentalmente de su relación con la flora que le provee alimento, ámbitos de apareamiento y sustratos de nidificación.

 

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