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Volumen 17 - Nº 100 Agosto - Setiembre 2007 |
En 1988, cuando el primer número de Ciencia Hoy salió de la imprenta con la esperanzada (y con frecuencia frustrada) leyenda Vol. 1, Nº 1 en su tapa –impreso en Chile sobre fotocromos elaborados acá, como era entonces más adecuado–, llevó un editorial de presentación que esbozaba los propósitos y la línea de pensamiento que inspiró la creación de la revista.
Cuando, casi veinte años después, salga este número de la imprenta con la orgullosa indicación Vol. 17, Nº 100 en su tapa –impreso localmente sobre originales electrónicos, como es hoy del caso–, parece apropiado que lleve una minuciosa reflexión sobre el cumplimiento de esos propósitos y la actual vigencia de dicho pensamiento. Los lectores sin duda nos perdonarán que este editorial se extienda algo más que los que están acostumbrados a leer, vicio que intentaremos evitar, por lo menos, por los próximos cien números.
Dijimos en el primer editorial que Ciencia Hoy sería una revista editada por investigadores que se han formado, han trabajado y trabajan como integrantes del sistema de instituciones científicas argentinas. Ello se cumplió en los términos planeados y posiblemente haya sido una de las claves de la supervivencia de la revista.
Como política editorial concebida a pocos años del regreso del país al régimen constitucional, manifestamos que Ciencia Hoy procuraría constituirse en un instrumento que ayudase a superar el estado de fragmentación de la comunidad científica y expresamos la esperanza de contribuir a superar la distorsionada visión que la sociedad tiene [de los científicos], la escasa incidencia de sus opiniones en los medios de comunicación o la toma de decisiones políticas, y su limitada participación en asuntos que los afectan directamente.
La experiencia de los cien números editados desde que las líneas anteriores fueran escritas y de los casi veinte años de libre desenvolvimiento de las instituciones republicanas nos permiten concluir que el programa trazado, independientemente de que lo hayamos ejecutado de manera más o menos acertada –algo que a otros corresponde juzgar–, conserva esencialmente su valor como plataforma editorial para Ciencia Hoy, un órgano no comercial de divulgación de la ciencia.
Ante todo, creemos haber probado con un ejemplo de acción concreta, más allá de los sólidos argumentos teóricos –y sin perjuicio de posibles errores cometidos–, que es posible publicar una revista cuyo criterio de selección de artículos y otras colaboraciones sea la calidad intrínseca de la labor intelectual, según el procedimiento aceptado del juicio de los pares y el patrón igualmente aceptado de los estándares internacionales definidos por cada disciplina.
De la misma manera, pensamos haber cumplido razonablemente con el enunciado propósito de la militancia interdisciplinaria, aunque quizás deberíamos haber usado el término pluridisciplinaria, pues si bien entendemos haber dado cabida en las páginas de la revista a todas las ramas del conocimiento practicadas en el país con la calidad necesaria, no logramos tantos avances como hoy nos gustaría haber alcanzado en materia de promover la interacción entre las diversas áreas de la ciencia o en contribuir a superar el estado de fragmentación de la comunidad científica. Tal vez fue un objetivo demasiado ambicioso, pero su importancia debería llevarnos (o a nuestros sucesores) a poner más empeño en lograrlo en los próximos años.
La reflexión anterior, al mismo tiempo, está marcando unos límites que no parecen haber cambiado mucho hoy con relación a lo que eran hace dos décadas (y que, incluso, pudieron haberse hecho más estrechos): los determinados por la modesta diversidad temática y la fuerte compartimentación de la ciencia argentina, así como por el número relativamente reducido de sus cultores. No se nos borra con facilidad de la memoria la observación de un comité de matemáticos extranjeros de alto reconocimiento internacional en su disciplina de que la escala de producción matemática del país es más o menos similar a la de un departamento universitario grande en los Estados Unidos, por ejemplo el de la University of Illinois. Pero los contactos de los grupos argentinos entre ellos son mucho más reducidos que los que tienen lugar entre los matemáticos de una universidad norteamericana grande (Luis Caffarelli, Hans Foellmer, Phillip Griffiths y William Pulleyblank, ‘La matemática en la Argentina’, Ciencia Hoy, 67:14, febrero/marzo 2002).
En los 100 números publicados, estimamos haber mostrado no solo la factibilidad sino, sobre todo, el valor de promover lo que en su momento llamamos la práctica activa del antidogmatismo. Ese propósito estuvo sin duda influido por la experiencia de varias décadas de predominio en la Argentina de una cultura hostil al pensamiento crítico y a la actividad intelectual, aun (o sobre todo) entre los dirigentes de la sociedad. El tiempo transcurrido nos lleva a pensar que la situación ha mejorado, si no en forma generalizada, por lo menos en muchos ámbitos influyentes.
El propósito, de todos modos, no ha perdido vigencia: quizá sea hoy todavía más importante que entonces pues, al mismo tiempo que en círculos más esclarecidos se advierte un avance, el grado medio de ilustración parece haber descendido con el deterioro general de la educación en todos sus niveles. No hay que engañarse en esto: la calidad global de un sistema educativo no se aprecia bien por el brillo de los mejores, sino por la capacitación del egresado medio, y por la distancia que separa a los mejores de los peores. En tal sentido, la opinión predominante en los ambientes educativos es que los últimos veinte años han significado poco progreso y bastante retroceso.
De la misma manera, nos merece un juicio mixto el balance de estas dos décadas en materia de la intervención de la comunidad científica en las decisiones públicas, así como sobre las modificaciones que se pudieron producir en la imagen social de los científicos. Por un lado, parece haberse puesto en marcha un bienvenido cambio en el pensamiento de los sectores políticos en cuanto a la función de la ciencia y la tecnología en la sociedad (no siempre demasiado bien fundamentado, hay que admitir, por su casi monocorde utilitarismo). Ello condujo a varias interesantes iniciativas oficiales y, con alguna triste excepción, a una razonable elección de funcionarios a cargo de las entidades gubernamentales correspondientes, de cuyas decisiones el medio académico se siente menos alejado que hace treinta años.
Por otro lado, sin embargo, el resultado es francamente negativo en cuanto al manejo de ciertas actividades importantes para la sociedad, como las relacionadas con la energía o el transporte, acerca de las cuales el caudal de conocimientos y de destrezas acumulado por años por la comunidad científica y tecnológica (y disponible en las instituciones que lo albergan) quedó marginado de las decisiones o de la falta de ellas. Basten como ejemplos la actual crisis energética, la lenta y dolorosa decadencia de la Comisión Nacional de Energía Atómica y la incapacidad de los sucesivos gobiernos nacionales, provinciales y municipales de responder con mínima racionalidad a los formidables desafíos del transporte de personas y bienes en el área metropolitana de Buenos Aires.
En estos resultados negativos influyeron seguramente diversos factores, que van desde antiguos prejuicios ideológicos hasta la puja de intereses corporativos, pero no estuvo ausente de ellos el hecho de que el sistema institucional no tiene claras las condiciones y ventajas de la participación de los académicos en las políticas públicas, así como cierta incapacidad de la propia comunidad científica de salir de su mundo cerrado, de superar la mentalidad tecnocrática y de ilustrar con sus ideas el debate político de las instituciones republicanas. Viene al caso citar a este respecto los editoriales ‘Pares e impares’ (número 34, mayo/junio 1996), sobre la distinción entre decisiones técnicas y políticas; ‘Ciudadanos, políticos y científicos’ (número 62, abril/mayo 2001), sobre cómo tomar decisiones colectivas en cuestiones con fuerte contenido científico y alta incertidumbre; y ‘Plantas industriales, opinión pública y sistema científico’ (número 91, febrero/marzo 2006), acerca de la poca incidencia de la opinión académica independiente en el conflicto desencadenado en torno a las fábricas de pasta de celulosa sobre las márgenes del río Uruguay.
Entendemos, por lo expresado en los últimos párrafos, que queda mucho por hacer en cuanto a cambiar la imagen de los científicos y tecnólogos en los medios y la sociedad en general, y que, por los motivos que sea, Ciencia Hoy no hizo suficiente en los cien números que hoy completamos. Uno de los objetivos de la próxima etapa, entonces, es mejorar nuestro desempeño en este campo, lo que debería llevarnos a cuestionar si la revista tiene el diseño y la redacción adecuados para llegar al público que nos proponemos alcanzar (algo que ya estamos haciendo), si nuestros lectores no son pocos y cómo aumentarlos, y si no estamos desaprovechando la disponibilidad de nuevos medios, en particular la Internet.
Es igualmente mixto nuestro juicio sobre evolución del clima ético en que se ha movido la actividad científica en el período que comentamos, pues si bien nos hemos visto llevados a levantar repetidas veces la voz de alarma, es posible que se haya ido tomando mayor conciencia sobre la importancia de estos asuntos. Concretamente, y para no mencionar sino los más obvios males desmedidamente presentes en el mundo académico local, nos referimos a cuestiones como despreciar u ocultar conflictos de intereses, utilizar recursos públicos para beneficio privado, en una suerte de privatización de facto de las instituciones públicas, o la falta de reconocimiento del trabajo de colegas o becarios. En la nota ‘Siete problemas capitales del sistema científico-tecnológico’ (Ciencia Hoy, 89:10-17, octubre/ noviembre 2005), Daniel Bes enunció factores que obstaculizan el progreso científico y tecnológico argentino y sostuvo que están ligados más o menos estrechamente a cuestiones éticas.
A estos temas Ciencia Hoy dedicó más de un editorial, como ‘Conflictos de intereses y criterios éticos en la vida académica y en la investigación científica’ (número 43, noviembre/diciembre 1997), sobre situaciones de nepotismo y similares; ‘El camino ético hacia los nuevos medicamentos’ (número 48, septiembre/octubre 1998), escrito por Víctor Penchaszadeh como editorialista invitado, sobre pruebas de tratamientos novedosos en seres humanos; ‘Ética, ciencia y divulgación’ (número 51, marzo/abril 1999), sobre violaciones éticas en la investigación antropológica; ‘Financiación de la actividad académica y conflicto de intereses’ (número 79, febrero/marzo 2004), sobre los servicios de asesoramiento o consultoría proporcionados a título oneroso por las instituciones científicas o sus integrantes; y ‘Honestidad intelectual, buena fe y credibilidad en el medio académico’ (número 99, junio/julio 2007), sobre respeto por las ideas ajenas.
Una dolencia crónica del sistema académico argentino que nos acompañó a lo largo del período, y que en algunos casos parece haberse agravado y tomado carácter agudo, es el mal funcionamiento institucional, cuyo paradigma fue la última renovación de autoridades de la Universidad de Buenos Aires, tema que mereció dos editoriales: ‘La universidad argentina hoy’ (número 92, abril/mayo 2006) y ‘¡Nos equivocamos! Nuevas reflexiones sobre la universidad’ (número 93, junio/julio 2006). Ya habíamos tocado el tema unos años antes en ‘¿Qué pasa con la UBA?’ (número 72, diciembre 2002/enero 2003) y en ‘¿Hacia dónde va la universidad?’ (número 31, septiembre/octubre 1995), y habíamos enfocado otra institución basal de la ciencia argentina en ‘La necesaria reforma del CONICET’ (número 40, mayo/junio 1997). Hoy, igual que en 1918, la reforma universitaria (o, en términos más amplios, del sistema académico) debe ser una reforma institucional, lo que también es cierto para muchos otros sectores de la vida social.
Con lo expuesto estamos en condiciones de contestar la pregunta que planteamos en el título. ¿Misión cumplida? La de los primeros 100 números, sin duda, pero solo porque ahora la reemplaza una nueva, para los siguientes 100.
Ciencia Hoy en la Argentina
Ciencia Hoy es una revista editada por investigadores que se han formado, han trabajado y trabajan como integrantes del sistema de instituciones científicas argentinas.
En la breve historia de nuestra ciencia institucional puede distinguirse un período inicial, en el que predominó la fuerte personalidad de sus fundadores, seguido de una fase que finalizó en 1983 y en la que, como reflejo de la situación del país, la conducción de la ciencia se realizó en general de manera arbitraria y casi siempre con muy escasa participación de los científicos.
Tal vez estos factores históricos hayan contribuido a llevar a la comunidad científica argentina a su actual estado de fragmentación y dispersión en múltiples asociaciones que abarcan solo intereses disciplinarios. Ello dificulta el diálogo y explica la ausencia de entidades que sirvan de foro para la interacción de las distintas áreas del sector científico entre sí y con la comunidad nacional en su conjunto.
Los científicos argentinos son conscientes de su marginación, que se refleja en la distorsionada visión que la sociedad tiene de ellos, en la escasa incidencia de sus opiniones en los medios de comunicación o la toma de decisiones políticas y en su limitada participación en asuntos que los afectan directamente.
Ciencia Hoy comprende y comparte esta preocupación, pero también se pregunta: ¿no contribuirá a la marginación el hecho de que el término ‘comunidad científica argentina’ designe a una entidad virtual de difícil ubicación? ¿Adónde debe dirigirse el gobernante o el funcionario que desee dialogar con ella? ¿Cómo pedir reconocimiento cultural y social para la ciencia si en muchas ocasiones los científicos que trabajan en una disciplina ignoran lo que se realiza en otra?
Al generar desde el seno de la comunidad científica una instancia que le dé voz propia, Ciencia Hoy tiene, entre otras, la intención de proporcionar una solución innovadora y positiva a la marginación de nuestros científicos. Por eso nace como una revista producida por investigadores, pero que no está destinada solo a ellos. Pretende acceder a un espectro de lectores mucho más amplio, que abarque desde el ciudadano interesado individualmente en la ciencia hasta el planificador, el empresario y el gobernante, sin olvidar al docente y al estudiante. Los artículos que publique serán escritos por científicos argentinos y, eventualmente, latinoamericanos. De esta manera el lector no especializado o el científico de otra disciplina serán informados no solo de los progresos de la ciencia universal, sino tendrán también un panorama vivo de la actividad local.
En su tarea de difusión, Ciencia Hoy considerará la calidad intrínseca de la labor intelectual como principal criterio de selección. Será, además, militantemente interdisciplinaria: todas las ramas del conocimiento tendrán cabida en sus páginas y promoverá la interacción entre las diversas áreas del quehacer de la ciencia.
Ciencia Hoy practicará activamente el antidogmatismo. La Argentina está emergiendo de un largo período de pensamiento mágico, de tabúes y de represiones. Generaciones enteras de compatriotas se han educado en sistemas basados en esos criterios. Ciencia Hoy desea participar en el retorno definitivo del país a la condición de nación pluralista. Para ello puede aportar el entrenamiento mental de sus científicos genuinos, que consideran indispensable la libertad de pensamiento y entienden que el disenso es un estímulo para la creación y la innovación, y no un factor generador de enfrentamientos estériles.
Pero el carácter interdisciplinario y pluralista de Ciencia Hoy no implica una posición éticamente neutral. Los problemas de la investigación, transmitidos por los científicos, permiten recuperar los dilemas éticos, sociales y políticos junto con los procesos cognoscitivos abarcados. Los editores sostienen que solo es legítima aquella ciencia cuyos resultados inmediatos o mediatos redunden en beneficio del hombre concreto (es decir, de la gente), como también de la Tierra y de sus especies. Su pluralismo no involucra, por tanto, la aceptación de teorías del hombre o de la sociedad que sirvan de fundamento a sistemas sociopolíticos que violen la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Ciencia Hoy aspira a ser más que un órgano de difusión de la ciencia. Quiere convertirse, además, en un espacio para la reflexión, la opinión y el debate: incluye secciones permanentes de noticias, entrevistas y comentarios, y sus páginas están abiertas a la comunidad científica para permitir que se exprese e interactúe con el resto de la sociedad.
En esta tarea Ciencia Hoy pretende evitar las generalizaciones inteligentes y realizar enfoques fundamentados sobre hechos concretos del quehacer nacional. Sus editores son conscientes de que la Argentina se enfrenta con cuestiones en las cuales la participación de la comunidad científica es indispensable. Estas incluyen desde la planificación de las estrategias de desarrollo tecnológico nacional y regional hasta la preservación de los recursos culturales y naturales, así como también el patrimonio genético de especies animales y vegetales.
Ciencia Hoy nace también con la certeza de que el crecimiento, desarrollo y consolidación de la ciencia en la Argentina exige el cumplimiento de condiciones sin las cuales ninguna sociedad puede pretender albergar una ciencia y una tecnología útiles y creativas. Sin duda la ciencia languidece y muere sin un mínimo de recursos materiales. Pero también la ciencia de calidad y utilidad social requiere que estos recursos se distribuyan sobre la base exclusiva de la idoneidad de los beneficiarios. Por eso Ciencia Hoy bregará para que se respete, dentro de las fluctuaciones propias de una democracia pluralista, la continuidad de la labor de los investigadores y la representación y participación de la comunidad científica en los organismos de planificación y ejecución de la cultura, a la que la ciencia medularmente pertenece.
Ciencia Hoy se publicará en castellano, lo cual le permitirá el acceso al resto de los países de Latinoamérica. En la mayoría de ellos la ciencia se enfrenta con problemas similares a los de la Argentina. Los editores confían en que la revista llegue a ser un agente eficaz para favorecer la integración y la cooperación científica en la región.
Los responsables de Ciencia Hoy no pretenden arrogarse la representación
de la comunidad científica argentina, pero aspiran a que su proyecto
sea entendido como una oferta abierta y convocante que provoque en nuestros
científicos el deseo de participar en la acción que se inicia
con este primer número.
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