Volumen 8 - Nº46 - MAYO/JUNIO 1998 |
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Revista de Divulgación Científica y
Tecnológica de la |
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ARTÍCULO |
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Juan A. Pujol Fructuoso |
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| Tres variedades de tortugas terrestres viven en llanuras áridas y demiáridas de la Argentina. Su hábitat se encuentra afectado por las actividades agropecuarias. Esto, junto a su comercio ilegal como mascotas, representan serios peligros para su supervivencia. Por las características de su vida animal y vegetal, el territorio ocupado por la Argentina pertenece a la llamada Región Neotropical. Esta, una de las seis grandes áreas biogeoraficas del mundo, se extiende desde el desierto mejicano hasta la zona subantartica de América del Sur. Las tortugas de tierra de la fauna neotropical pertenecen a la familia Testudinidae y pueden dividirse en dos grandes grupos, de acuerdo con el ecosistema donde vivan. En las selvas tropicales húmedas de Venezuela, Las Guayanas, Colombia, Perú, Bolivia y Paraguay se encuentran las tortugas Chelonoides carbonaria y Chelonoides denticulata. Otros tres representantes del género, como el Chelonoides chilensis, Chelonoides donosobarrosi y Chelonoides petersi, tienen una distribución mucho más restringida ya que se limitan a las tierras áridas y semiáridas de la Argentina. La presencia en la Argentina de C. carbonaria sólo se ha verificado algunas provincias del nordeste, no Formosa. La llamada tortuga de tierra argentina (Chelonoides chilensis) fue descrita 1870 por el zoólogo Gray, a partir de unos ejemplares procedentes de puertos chilenos, de ahí su nombre específico en latín. Sin embargo, con el paso de los años se supo que no hay tortugas en Chile, por lo que la controversia acerca de la nomenclatura acompaña a la especie desde su identificación. Otras variedades de tortugas argentinas han generado problemas taxonómicos, ya que existe disparidad de opiniones sobre la clasificación de lo que se denominó "complejo chilensis". En efecto, en 1973 Freiberg describió otras dos variedades taxonómicas (taxones) muy cercanas a la chilensis: la tortuga de tierra patagónica (Chelonoides donosobarrosi) y la tortuga de tierra cuyana (Chelonoides petersi). Para algunos autores, estas tortugas no serían más que variedades de la C. chilensis; mientras que otros les otorgan la categoría de subespecies e, incluso, de especie. En los últimos años, estudios de la estructura de los huesos de esas tortugas parecen confirmar las diferencias existentes entre C. chilensis y C. donosobarrosi. El hecho de que las tres tortugas se comporten como simpátricas -es decir, ocupan simultáneamente el mismo territorio- en aquellos lugares en que superponen sus áreas de distribución aumenta la complejidad del problema de su clasificación taxonómica. Estas tortugas, auténticas reliquias australes del género Chelonoides, presentan las mayores afinidades con las tortugas gigantes de las Islas Galápagos (Chelonoides elephantopus o CheIonoides nigra). Integran el mismo conjunto al que pertenece el género Gopherus de los desiertos de México y sur de los Estados Unidos. En todos estos casos, constituyen formas que han alcanzado un elevado grado de adaptación a los ambientes áridos donde viven. También, en los ambientes áridos que bordean al mar Mediterráneo, aparece el género Testudo, en el que se incluyen la tortuga mora (Testudo graeca) y la tortuga mediterránea (Testudo hermanni) de la fauna ibérica.
MORFOLOGÍA La tortuga de tierra argentina tiene un caparazón cuyas dimensiones varian entre los 17 y 27cm de largo y los 12 y 15 de ancho. Está formado por treinta y seis grandes placas, y es de forma globosa. Esto último es más marcado en los machos. La estructura del caparazón de la tortuga de tierra patagónica se asemeja bastante, pero su caparazón es más deprimido y su altura no llega a la mitad de su longitud. Algunos individuos de la tortuga patagónica sobrepasan los 40cm de longitud. Estos impresionantes ejemplares, que ocasionalmente pueden verse deambulando por algún camino, sobre todo, en algunas zonas de La Pampa, reciben el venerable nombre de madres del monte. |
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A finales de la primavera austral ocurre el inicio del período de celo, caracterizado por las violentas persecuciones de las que son objeto las hembras por parte de los machos. En la imagen se puede apreciar el mayor tamaño de la hembra de tortuga de tierra patagónica (Chelonoides donosobarrosi). |
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| El caparazón de la tortuga de tierra
argentina es de color amarillo ocre, con el borde de las placas dorsales oscuro, aunque
esto varía según la edad y el sexo. En cambio, la tortuga de tierra patagónica posee un
caparazón, en general, más oscuro, de placas grisáceas con tonos amarillentos, el
centro negro y la periferia en tonos oscuros muy marcados. La tortuga de tierra cuyana
tiene un caparazón amarillento, sus placas son lisas y, a diferencia de las dos especies
anteriores, carecen de anillos de crecimiento. Tampoco poseen zonas oscuras en las líneas
de unión entre las placas del plastrón o peto. El resto de los caracteres morfológicos son, prácticamente, los mismos en las tres especies. Las extremidades están recubiertas por grandes escamas imbricadas que resultan mayores en la zona posterior del muslo, donde, ocasionalmente, aparecen unos tubérculos. Otros tubérculos córneos muy ostensibles se localizan en la articulación del brazo con el antebrazo de los machos. Al parecer, cumplen una importante función durante el apareamiento, pues sirven para que el macho pueda asirse al caparazón de las hembras. Las extremidades anteriores presentan cinco fuertes uñas; mientras que las posteriores, sólo cuatro, que pueden reducirse a tres. Las tres especies poseen un pico con dos cúspides y borde denticulado. |
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