Volumen 7 - Nš42 - Set/Oct 1997 |
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Revista de Divulgación Científica y
Tecnológica de la |
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CIENCIA Y SOCIEDAD |
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Los
Gliptodontes son argentinos |
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María
Luz Endere - Universidad Nacional del Centro |
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De todos esos desperdicios del tiempo ha de ir haciéndose el espíritu nacional Ricardo Rojas |
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La construcción de una nación en el desierto argentino fue una tarea que los dirigentes de la sociedad de hace un siglo concebían en términos de transformar a las sucesivas olas de inmigrantes, de diversos orígenes étnicos, en miembros de una comunidad nacional homogénea. Para ello se valieron de una gama variadísima de recursos, de los que son bien conocidos la escuela publica, el servicio militar obligatorio y la liturgia cívico -patriótica de las llamadas fiestas patrias, tres instituciones fuertemente arraigadas en dogmas intocables y en rituales sagrados. A la ciencia y los museos también se les asignó un cometido en ese esquema, que consistía en descubrir y describir las riquezas con que estaban dotados el territorio y el pasado de la nación, que así proporcionaban un sustento adicional al curioso concepto de argentinidad. |
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La Organización de la Nación Argentina a partir de Caseros implicó, entre otras cosas, la constitución de una ciudadanía que aceptara y respetara la idea de estar unida por algo que trascendiese los lazos familiares y particulares. Es decir, era necesaria la creación de una sociedad y de una cultura argentinas. Esta tarea suponía, además de la organización territorial y la unificación monetaria, la sumisión de los diferentes grupos étnicos y regionales a la potestad de esa nueva entidad, la creación de una historia y de un pasado comunes y la aceptación de un cuerpo legal que rigiera la vida civil de la nación. De esta manera, ciencia, educación y organización jurídica sentaron las bases de la estructura nacional. En 1879, la expedición militar realizada al Río Negro desplazó hacia el sur la frontera con los territorios indígenas, los que, una vez sometidos a la nación, pasaron a ser materia de conocimiento y reflexión para la ciencia. Los sobrevivientes indígenas se transformaron en parte del territorio conquistado y en parte de los resultados de la expedición científica. De este modo, los propios aborígenes resultaron objeto de análisis y observación, al mismo tiempo que su cultura material, sus cuerpos y sus restos óseos pasaron a integrar aquello sobre lo que, a partir de ese momento, ejercía soberanía la nación. A su vez, la unidad del territorio argentino confería entidad a una historia a la que se daba la calificación de argentina, concepto que se extendía aun a los inicios de las eras geológicas. La enorme profusión de fósiles y de restos de todas las épocas, hallados en todas las regiones, servia para demostrar la importancia del suelo patrio. La exploración del territorio se hizo con la participación de instituciones científicas y universitarias que empezaron a fundarse para tal fin. Así, la creación en 1865 del departamento de Ciencias Exactas, en la Universidad de Buenos Aires, como las de la Academia de Ciencias de Córdoba, en 1873, de la Sociedad Científica Argentina, en 1872, y de los institutos Geográfico Militar y Geográfico Argentino, en 1879, propendían al conocimiento y dominio científico del territorio nacional. Esto se conjugó con una ola de fundaciones de museos que, en el fin de siglo rioplatense, dio lugar a la apertura del de La Plata (1888), del Histórico Nacional (1891), del Naval de la Nación (1892), del Nacional de Bellas Artes (1896), del de la Policía Federal (1899) y del Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires (1904). Estas instituciones se sumaron al ya existente Museo Nacional -fundado en 1823 como Museo Público de Buenos Aires-, al agonizante Museo de Paraná, creado en la presidencia de Urquiza, y al Museo Zoológico, Mineralógico, Antropológico y Paleontológico de la Universidad de Córdoba, creado en 1885, que nunca terminó de organizarse. Por su lado, en 1896 se creaba la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y, en 1906, se concretaba la tercera universidad nacional: La Plata, que, nacida poco antes en el ámbito provincial, tomaba en ese momento la forma de moderna universidad científica, acorde con los nuevos tiempos en los que vivía el país. A partir de dichos museos se generaron mecanismos para el traspaso de colecciones privadas y familiares al patrimonio público, y este, a medida que tomaba cuerpo, "nacionalizaba" los fósiles, los yacimientos, la cultura material y los pueblos indígenas. Los gliptodontes, sin saberlo, fueron desde entonces parte del esplendor argentino. Los promotores de estos museos creados entre 1880 y 1905 marcaron claramente las incumbencias y los objetivos de cada uno, en función de las disciplinas y los temas de que cada institución se debía ocupar. Los campos del arte, la ciencia, la naturaleza y la historia se formaban a partir de las exhibiciones y de la creación de un público para ellas. |
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Además de las donaciones privadas más conocidas, como la de Francisco Pascasio Moreno, dada a la provincia de Buenos Aires en 1877, y la de Zeballos, entregada al Museo de La Plata en 1889, los museos empezaron a recibir aportes de la más variada procedencia, aun objetos hallados en predios particulares para ofertas de venta de colecciones de armas. Los archivos de los museos dan cuenta de la respuesta que generaron en la población, que, simultáneamente con ellos, se constituía en público de museos. | |
| Los inicios de los rituales
patrióticos y del culto a los héroes nacionales se remontan a la Argentina de la década
de 1890. Fue entonces, también, cuando apareció por primera vez la denuncia del
espíritu mercantil que dominaba a la sociedad, así como la de la simulación que regia
la vida social de las capas medias. El tercer peligro que se denunciaba eran los impulsos
disolventes de los grupos que no se asimilaban a la nación. En la primera década de este
siglo, la lucha contra la desnaturalización del país adquirió la forma de una restauración
nacionalista, para usar palabras de Ricardo Rojas, a quien, como parte de esa tarea,
en 1908 el presidente José Figueroa Alcorta, por medio de su ministro de Justicia e
Instrucción Pública, Federico Pinedo, le encargó que analizara en Europa el régimen de
los estudios históricos, problema relacionado con los más vitales intereses de
nuestra nacionalidad. Cuando la dominación científica del territorio parecía consolidada, la alianza entre ciencia y patria empezó a marchar hacia la búsqueda de una tradición y de un espíritu nacionales. La historia, la arqueología y aun la paleontología adquirían una función central, como fuente inspiradora de la construcción de la nacionalidad. Naturaleza, lengua y raza se conjugaban en un fenómeno llamado argentinidad. Descifrar las claves de esta era la misión de los científicos y los artistas. En el informe que Rojas presentó en 1909, destacaba especialmente, con relación a los restos arqueológicos, la novedad de la ley italiana de protección arqueológica, de 1907, que se refería a bienes de interés histórico y arqueológico, así como los que sólo tenían un interés paleontológico. Para Rojas, esa innovación legislativa, que avanzaba sobre la propiedad privada en pos de la conservación histórica, constituía un verdadero ejemplo dado por el estado italiano a las naciones del mundo sobre cómo ha de entenderse la función del gobierno cuando se trata de la civilización. En la visión de Rojas, los restos arqueológicos formaban una parte integrante del territorio nacional y de la emoción de su paisaje. Desde tal punto de vista, la necesidad de salvarlos de la rapiña mercantil era equivalente a la defensa de la integridad del territorio patrio. El nombrado planteaba -para el caso italiano, pero hacía el planteo extensivo al argentino- una clara oposición entre mercaderes, eruditos y anticuarios internacionales, por un lado, y la tradición nacional por el otro. Siguiendo la argumentación de Rojas, naciones como la Argentina corrían el peligro de perder su corta y humilde historia, a raíz del saqueo de los restos de las antiguas civilizaciones por parte de museos europeos. Como en Italia, la defensa debía estar a cargo de gobernantes, artistas e historiadores. Comentaba: Desprovistos de un arte glorioso, la parte de protección estética que la ley [italiana] extiende sobre los paisajes y lugares históricos, podría tener vigor en nuestro dilatado territorio: ahí está la selva misionera con sus templos jesuíticos; la montaña andina con sus pucaráes calchaquíes; la puna septentrional con sus cementerios quichuas; tantos paisajes de la pampa y del monte con su originalidad natural y la belleza de sus leyendas indígenas [...] Quedarían bajo la protección de esa ley [...] las ciudades y camposantos indígenas que esperan su excavación y su estudio, los numerosos restos arqueológicos que se hallan en las tumbas indígenas, industria privada que hoy tiene por despierto consumidor a los museos de Norte América y Alemania. Y agregaba una frase que merece destacarse a los efectos de esta nota: Debe el estado argentino comprender que el mismo interés científico de aquéllos tienen los nuestros, y que, además, agrégase en nuestro caso, un interés estético y cívico, inherente a la propia nacionalidad. Sin ello, no llegaremos a conocer nuestros orígenes ni a salvar las fuentes de nuestra historia. Sin ello no lograremos tener museos propios y arte original, o tendremos que ir a estudiarnos en los museos de Europa (Ricardo Rojas, 1909, La restauración nacionalista, Imprenta de la Penitenciaría, Buenos Aires, 461-462). La ciencia, como sistema universal, no alcanzaba para legitimar la dispersión de los restos históricos por los museos del mundo. Por el contrarío, se le asignaba una misión cívica en el contexto nacional, como actividad indisolublemente unida a la construcción de la argentinidad. |
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