Probablemente, un agujero negro es el más extraño de todos los objetos astronómicos. Su
existencia fue sugerida, a principios del siglo XIX, por el gran astrónomo francés
Pierre Simon, marqués de Laplace, quien observó que si un objeto tuviera masa
suficiente, su atracción gravitatoria sería capaz de impedir que la luz escapara de él.
La teoría de la Relatividad General de Einstein reforzó la misma predicción, pero con
un resultado adicional alucinante: un agujero negro es una región que oculta una
"pinchadura" del espacio-tiempo.
Un agujero negro se forma cuando una estrella muy grande, vieja y
cansada, que ha agotado todos sus recursos energéticos, se derrumba. Incapaz de soportar
el enorme peso del gas que la'forma, la región central de la estrella colapsa
rápidamente y en el transcurso de una fracción de segundo se forma un núcleo atómico
gigantesco, de unos pocos kilómetros de radio. Este proceso, parecido a una explosión
termonuclear, libera una inmensa cantidad de energía y el brillo de la estrella moribunda
aumenta billones de veces, hasta superar el de toda la galaxia. Esta gigantesca explosión
se conoce como una Supernova tipo II.
Lo que ocurre después de la explosión depende de cuánta materia haya
quedado cerca del centro de la estrella. Si es poca, del orden de la masa solar, se forma
una estrella de neutrones. Son esferas rotantes de sólo diez kilómetros de radio,
pero con una masa semejante a la del Sol. La gravedad superficial de estos objetos es tan
grande que los átomos mismos quedan aplastados por su propio peso y su atmósfera está
formada por los electrones arrancados. Sólo las fuerzas nucleares, las que el hombre
recién está empezando a domar, son capaces de resistir esas fuerzas tremendas. Estas
estrellas, como su nombre lo indica, están hechas de fluido nuclear, el líquido
que forma los núcleos atómicos, de una densidad tan grande que una gota pesa lo mismo
que una montaña. Pero si la masa es demasiado grande, no hay forma de resistir la fuerza
de gravedad: la estrella se derrumba y el fluido se hace más y más denso a medida que su
radio disminuye. También la gravedad superficial se hace más y más grande y cada vez es
más difícil que un objeto pueda escapar de la superficie. Al fin, ni siquiera la luz
puede hacerlo y se forma el agujero negro. El material del objeto, por otra parte, sigue
colapsando y en una fracción de segundo todo se contrae hasta ocupar un punto. En el
centro del agujero negro, donde alguna vez brilló una estrella, la fuerza de gravedad se
hace tan grande que el propio espacio-tiempo no puede resistirla y se rompe: esta
pinchadura se llama la singularidad. Allí, en ese punto inconcebible, dejan de
valer las leyes de la física y todo es posible. Lamentablemente, nunca podremos ver la
singularidad, porque nada, ni siquiera la luz, puede salir de un agujero negro. Los
físicos ingleses Hawking y Penrose llamaron a este pudoroso velo la censura cósmica: los
agujeros negros ocultan las fallas del espacio-tiempo.
Si bien nada puede salir de un agujero negro, cualquier cosa puede
entrar en él: los agujeros negros son grandes devoradores de materia. En lugares muy
poblados, como el centro de las galaxias, la formación de un agujero negro es un
acontecimiento trágico, pues pronto comenzará a devorar a sus vecinos. La inmensa fuerza
de gravedad comenzará por tragar el gas que hay en las cercanías; luego, desgarrará las
estrellas que por azar se acerquen y terminará por devorar sistemas estelares enteros,
incluidos otros agujeros negros. Todo esto acelera el proceso, porque la materia tragada
aumenta la masa del agujero negro y esto aumenta la fuerza de atracción, lo que lo ayuda
a devorar más rápido... Se comprende fácilmente que los astrofísicos teóricos esperen
que en los centros de las galaxias existan agujeros negros, aunque sean difíciles de
descubrir.
En efecto, los agujeros negros son difíciles de detectar. Puesto que
nada puede salir de un agujero negro, ni tampoco estos emiten ningún tipo de radiación
que los haga visibles. Sólo su campo gravitacional permite detectarlos, pero este es un
detector muy malo: toda forma de energía emite el mismo campo gravitacional y, a menos
que esté muy cerca del borde del agujero negro, es indistinguible del campo gravitacional
de otros objetos. La única detección posible es indirecta, a través de su poder
destructor. La materia que cae hacia un agujero negro casi nunca lo hace directamente:
primero es atrapada por la gravedad del agujero negro y comienza a girar alrededor de él
formando una estructura chata de gas llamada disco de acreción. La materia que cae
es tanta, que no toda tiene tiempo de atravesar la superficie del agujero negro y
desaparecer. La materia se acumula en las cercanías "haciendo cola" para ser
devorada y la presión se hace tan grande que una parte del gas, maltratado y recalentado,
escapa perpendicularmente del disco de acreción y forma dos chorros de gas relativista.
Tales chorros de gas son losjetsobservados en los quasars.
El disco de acreción de un agujero negro gigante está profundamente
sepultado dentro de la galaxia y sólo puede detectarse desde el espacio, a veces, donde
no hay turbulencia atmosférica que borronee las imágenes. Pare hacerlo, se aprovechan
los "gritos de protesta" de la materia, brutalmente golpeada y calentada por el
movimiento; aquellos pueden ser capturados por los astrónomos en forma de microondas, luz
o rayos X. Estos últimos son los más significativos, porque para emitir rayos X la
materia debe haberse calentado hasta una temperatura de algunos millones de grados, lo que
puede ocurrir únicamente en las cercanías de un agujero negro compacto.