Volumen 7 - Nº40 - 1997 |
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Revista de Divulgación Científica y Tecnológica
de la |
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ARTICULO CONFLICTOS
ARMADOS Y FUNCION EL ESTADO |
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José
Fernández Vega |
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| Los periódicos de noviembre de 1996 anunciaron la llegada a la Argentina de una gran empresa multinacional dedicada a operar en el mercado bursátil. La información consignaba, también, que su poderío económico era tres veces el PBI del país. La noticia no debe sorprender, pues es conocido que las principales firmas internacionales son, por lo menos económicamente, más poderosas que la mayoría de los estados nacionales. Por otra parte, la estructuración actual de los espacios económicos facilita la circulación de capitales y lleva a que los estados pierdan mucho de su antiguo poder fiscalizador. En mercados mundiales crecientemente unificados, parecería que las posibilidades de control político de los flujos económicos se vuelven cada vez menos efectivas. Podría pensarse que el rasgo definitorio del estado no es su poder, ni su influencia en el plano económico, sino su capacidad de exigir legítimamente obediencia -y de asegurarla, incluso, por medios coercitivos- en un marco jurídico establecido. En la segunda década de este siglo, uno de los autores clásicos de la sociología, el alemán Max Weber, definió al estado como aquella institución que, en un ámbito territorial determinado, reclama con éxito el monopolio legítimo de la fuerza. De tal modo, el estado quedó caracterizado como la instancia legal que asegura la defensa de sus miembros, a cambio de su obediencia; su rasgo constitutivo era, pues, la soberanía. Pero hoy la débil capacidad del estado para controlar la circulación de la riqueza parece reducir la soberanía a una esfera estrictamente política. |
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En materia económica, además, dicha
característica central del estado resulta actualmente puesta en cuestión cuando se juzga
que algunos estados son incapaces de garantizar la seguridad jurídica requerida por los
grandes negocios; en tales casos, las empresas buscan establecer contractualmente la
competencia de tribunales extraterritoriales para resolver las disputas. Obligan de este modo al estado a renunciar a su exclusiva competencia para aplicar la ley en su espacio soberano. Fuera del ámbito económico, no son menos importantes los desafíos que sufren ciertos estados a su monopolio en el uso de la fuerza; tales desafíos, según los analistas, constituyen en la actualidad una causa mayor de conflictos armados, particularmente de aquellos que estallaron a partir del fin de la guerra fría. |
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| Estudios recientes sobre la guerra
en el mundo han subrayado la declinación del número de conflictos armados de tipo
tradicional, es decir, de aquellos entre estados nacionales caracterizados por tener un
territorio definido y unas fuerzas armadas encargadas de defenderlo. La mayoría de los
enfrentamientos que se iniciaron entre 1989 y 1990 han tenido lugar dentro de los estados.
Un análisis empírico cuyos resultados fueron publicados en el Journal of Peace Research
de Oslo muestra que, en los seis años siguientes al fin de la guerra fría, estallaron o
siguieron su curso casi un centenar de conflictos armados en 64 puntos del planeta. Según
Peter Wallensteen y Margareta Sollenberg, autores de la investigación, desde 1989 el
número de grandes conflictos no creció sino que disminuyó; pero el de conflictos
bélicos de tipo intermedio con menos de 1000 bajas anuales- fue en aumento. El fenómeno
está vinculado con la crisis del aparato estatal, porque son luchas que tienen la
característica de desafiar la autoridad legal central y su monopolio territorial del uso
de la fuerza. Los mismos autores encontraron que, en 1995, sólo un tercio de aquellos 64
conflictos armados seguía activo, lo que arrojaba una de las cifras más bajas de
conflictos bélicos del periodo posterior al fin de la guerra fría, y señalaría una
tendencia, aún inestable, a la baja, por comparación con el pico de medio centenar de
conflictos observados en 1992, veinte de los cuales eran definidos como guerras (luchas
cuyas batallas producen más de 1000 muertes por año). Parecería, pues, que la
turbulenta reordenación del mapa mundial, iniciada en 1989, estuviera calmándose. La nota distintiva del estudio citado es que, en su mayoría, los conflictos ocurridos en el período considerado fueron de carácter interno. Sí se define un conflicto internacional de la forma convencional, esto es, como una guerra entre dos estados nacionales reconocidos cuyas fuerzas armadas luchan por un objetivo político o territorial definido, en cualquier año entre 1989 y 1995 nunca hubo más de uno, y en todo el lapso, tuvieron lugar sólo cinco. En 1995, el choque entre Perú y Ecuador fue el único, y tanto en 1993 como en 1994 no se registraron casos. Pero aún es demasiado pronto -advierten los autores- para anunciar la erradicación de las guerras convencionales entre estados. Sí bien disminuyeron en número y son más breves que otros conflictos armados, debido a los recursos puestos en juego estas guerras resultan por lo común mucho más sangrientas. Los datos anteriores plantean una serie de interrogantes. Primero, sí la disminución de los conflictos convencionales entre estados se debe a una mayor eficacia de la acción diplomática. Segundo, sí distinguir las guerras entre estados de las que tienen lugar dentro de ellos todavía conserva vigencia, pregunta basada en el reconocimiento de que la influencia externa se hace muchas veces presente en conflictos aparentemente de tipo interno o regional. Hay investigaciones que hacen comenzar la declinación de los conflictos entre estados en la década de 1950, es decir, desde mucho antes de 1989. Entre 1945 y 1989 -durante la vigencia de la pax atomica- se produjeron 138 guerras, que causaron 23 millones de muertos. Esta cifra estremecedora es, con todo, menor que la correspondiente al lapso de igual número de años inmediatamente anterior, que incluye las dos guerras mundiales. Durante la guerra fría, la violencia de los estados contra sus propios ciudadanos produjo más víctimas que aquellas 138 guerras. Podría afirmarse que, desde 1945, los conflictos internos de los estados cobraron mayor dimensión que los entre estados -en la medida en que siga manteniéndose la tradicional distinción teórica entre ambos-. A partir de la caída de los así llamados regímenes socialistas, iniciada en 1989, se alentó la esperanza de que, con el fin de la amenaza atómica, terminaran también las guerras. Esa esperanza fue fugaz: de inmediato se hizo claro que la disolución de una serie de estados causada por el proceso político estaba conduciendo a conflictos armados cuyo objetivo era definir nuevas fronteras y establecer nuevos espacios nacionales. Puede afirmarse que, en los últimos años, se pasó de vivir con la amenaza constante de una guerra de aniquilación, a disfrutar de una efímera paz y, luego, a situaciones de lucha manifiesta, ahora en lento declinar. Por su parte, el en su momento denominado tercer mundo sigue siendo el escenario principal de la violencia: Asía y África son actualmente las zonas más conflictivas del planeta. Sólo los EE. UU. sobrevivieron como gran potencia internacional al fin de la guerra fría, ya que la Unión Soviética, la otra superpotencia, se desmembro. Rusia, escribió Eric Hobsbawm en su Historia del siglo XX, 1914-1991 (Crítica, Barcelona, 1995, p.552), nunca, desde Pedro el Grande, había sido tan insignificante. La guerra no quedó eliminada de la escena mundial, como inicialmente se esperaba, sino que vio transformadas sus características en el sentido de una combinación de luchas interiores con intervención internacional más o menos encubierta. Por otra parte, los grupos en conflicto lograron acceso a medios de destrucción técnicamente cada vez más avanzados y poderosos, incluyendo armas nucleares. La novedad más significativa posterior a 1989 es, quizá, que los estados nacionales dejaron de ser los principales sujetos políticos de las contiendas. Lo anterior ha dado lugar a una serie de especulaciones en torno a las consecuencias presentes y futuras de dicha pérdida del monopolio del uso de la fuerza por parte del estado. Por lo general, las imágenes acerca de un porvenir en el cual el recurso a la fuerza se encuentre, por así decirlo, desregulado, están teñidas de pesimismo. Algunos teóricos de ideología liberal, sin embargo, constituyen una excepción en dicho panorama, pues albergan esperanzas de que los regímenes democráticos se extiendan en el mundo, y suponen que cuantos más países adopten sistemas democráticos, menores serán las posibilidades de conflicto entre ellos. La democracia capitalista -argumentan analistas como Francis Fukuyama- se concentra en el desarrollo económico, de manera que con su extensión los conflictos internacionales no excederían el ámbito de las disputas comerciales. De cualquier modo, esta corriente de opinión admite que subsistirán dos focos principales de problemas. Uno es el resultante de que existan países con gran capacidad militar, como China, que parecen insensibles a reclamos de democratización. El otro es consecuencia de que el propio desarrollo capitalista imprima a las distintas sociedades una dinámica socialmente polarizadora, que aumente la brecha entre ricos y pobres -tanto la que separa a países como a sus habitantes, incluso los de los más desarrollados-, lo que eleva el riesgo de estallidos de violencia motivados por reclamos sociales. De la compleja variedad de visiones de futuro pueden seleccionarse dos que resultan representativas del pensamiento actual. La primera se debe al politólogo norteamericano Samuel Huntington, quien sostuvo que la cortina de hierro, que hasta 1989 señaló la frontera entre dos sistemas políticos antagónicos, está siendo substituida por un telón de terciopelo, que separa civilizaciones en conflicto. El choque de civilizaciones que anuncia Huntington será profundo, puesto que las diferencias culturales, en su opinión, marcan distancias insalvables entre los individuos, los que ya no buscarán su identificación primaría en la nacionalidad, sino en su religión, lengua y costumbres particulares. |
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