| Además de los anteriores, hay otros aspectos
muy llamativos de los holoturios; para un ecólogo de poblaciones, es intrigante observar
la homogeneidad del tamaño de los individuos de varias especies tropicales y la
generalizada ausencia de especímenes jóvenes. En estudios realizados en la costa
venezolana se encontró que el 90% de los ejemplares de I. badionotus tenía entre 10 y
24cm de largo. De manera similar, el 73,5% de los de H. mexicana midió entre 15 y 30cm
(Fig. 3). Los coeficientes de variación de las longitudes de cada especie fueron,
respectivamente, 34,8% y 24,9%, valores relativamente bajos si se toma en cuenta la alta
variabilidad de los parámetros biológicos. Por otra parte, los jóvenes representaron el
10% y 1,3%, respectivamente, de los individuos relevados. La razón de lo último parece
derivar de una de las modalidades reproductoras de estos organismos, que consiste en la
fisión (sencillamente, dividirse en dos). |
Fig 3 |
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| También resulta llamativa la
proliferación explosiva de holoturios en la absoluta noche de las grandes profundidades.
Se los ha encontrado cerca de los 11.000 m de profundidad, en lo que se denomina zona
hadal, hábitat considerado el reino de los holoturios, por el claro predominio de estos
(ya a 8500m de profundidad pueden representar el 90% de la biomasa total). Los mecanismos
que permiten que los holoturios vivan con tanto éxito en tales profundidades despiertan
la curiosidad y merecen un esfuerzo de investigación. No es extraño que un recurso marino sea explotado desmedidamente, hasta su extinción o agotamiento comercial, como se desprende de ejemplos tratados por la literatura, referidos, entre otros, a camarones, langostas, ballenas y determinados peces. Aunque parezca extraño, los holoturios se encuentran en la misma situación. Su mercado mundial asciende a unas 300.000 toneladas anuales. Luego del agotamiento de los placeres del Pacífico, su extracción indiscriminada para exportarlos al Oriente se ha convertido en un problema en varios sitios de Latinoamérica. El caso mejor conocido se produjo en las Galápagos en enero de 1995; fue un conflicto bautizado la guerra de los pepinos, que enfrentó a pescadores ecuatorianos con personal dedicado a la conservación, incluyendo científicos: los segundos fueron secuestrados por los primeros y sólo liberados después del arribo de tropas enviadas por el gobierno ecuatoriano. El incidente se remonta a octubre de 1994, cuando se autorizó por tres meses la pesca del holoturio Isostichopus fuscus, con una cuota de extracción total de 550.000 individuos. Pero en dos meses, los 800 pepineros recogieron entre 6 y 7 millones de holoturios y recolectaron también erizos y caballitos de mar, lo mismo que caracoles y coral negro. Uno de los pescadores informó que se habían enviado a Japón penes de lobos marinos para ensayarlos en un nuevo afrodisíaco, y que por cada uno se pagaban cincuenta dólares.
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Por otro lado, en los botes de los pescadores, anclados a poca distancia de la costa de isla Fernandina, había gallinas, plantas, ratas, ratones, insectos y otros organismos vivientes, que representaban un inminente peligro para el ambiente natural nativo de un archipiélago declarado área de conservación, pues en caso de que alguno escapase y se incorporara al hábitat de las islas, podía alterarlo sin remedio, como sucedió en muchos otros casos. Fue así que la pesca de holoturios se prohibió hasta que se realizaran los estudios científicos del caso, decisión que agradó muy poco a los pepineros y desencadenó el mencionado secuestro del personal de la estación de investigación Darwin y del servicio de Parques del Ecuador, incluidos esposas e hijos. Los pepineros amenazaron también con matar las tortugas en cautiverio en la estación y con provocar incendios en varias de las islas. En la más pura tradición del terrorismo, un individuo con la cara cubierta aseguró frente a las cámaras de televisión que correría sangre si se mantenía la prohibición de pesca. Recientemente, el ministerio del Ambiente y Recursos Naturales de Venezuela desestimó el pedido de autorización de extraer holoturios en las zonas costeras, presentado por empresarios coreanos. La decisión se fundamentó en que se conoce muy poco sobre la ecología de estos animales. Pero no todo parece haber terminado con tal negativa, en coincidencia con la sospecha de que, cuando hay mucho dinero de por medio, se buscan vías alternativas. La prensa ha hecho saber que un pesquero coreano incursionaba en aguas del parque nacional Mochima, en el este del país, para extraer holoturios furtivamente. En otro parque nacional, el de Morrocoy, se dice que un camión cisterna recoge los holoturios cosechados por los pescadores y se cree que muchos de estos, en varios estados, participan de un trafico ilegal de holoturios y, si bien se desconoce el destino de los animales, no parece difícil adivinarlo. Si lo anterior fuese cierto, habría que suponer la existencia de complicidades en varios niveles oficiales, incluso entre los responsables de la supervisión y control de los parques nacionales. Cabría preguntarse si los conservacionistas venezolanos podrían enfrentar exitosamente una crisis similar a la de las Galápagos. Aunque haya en el país varias organizaciones ambientalistas de peso y existan instancias gubernamentales, puede dudarse del apoyo de la opinión pública, aunque más no fuese porque el holoturio carece de todo atractivo estético (casi podría tildárselo de repugnante) y, por ello, no despertaría las simpatías que generan los delfines, las ballenas o incluso las tortugas. El pronóstico sobre la suerte de los holoturios no parece muy prometedor. Es necesario estar alerta para que el tremendo poder adquisitivo de las metrópolis, actuando sobre las economías deprimidas de los sectores marginales, no origine una explotación irracional de los recursos que termine en su agotamiento irreversible. Por otra parte, es difícil prohibirle a un pescador artesanal paupérrimo e iletrado, cuyas únicas diversiones son los menesteres de la reproducción y las rondas de aguardiente, que coseche unos kilos de pepinos de mar (o de cualquier otro animal marino) con los cuales podría alimentar a su numerosa familia durante varias semanas. Sin embargo, tampoco se puede dejar en sus manos la decisión de cuánto y qué pescar. Aunque haya ejemplos de prácticas pesqueras tradicionales que no son nocivas para el ambiente, la visión romántica del buen salvaje viviendo una relación de plena y sabia integración con el mar, no es otra cosa que eso: una visión sólo apta para una tarjeta postal o un vídeo de promoción turística. Tal como puede aprenderse del conflicto de las islas Galápagos, no debe descartarse que los pescadores carezcan de esa percepción o prefieran desconocer los ritmos de la naturaleza. Su interés o necesidad de obtener una ganancia inmediata por medio de una actividad que no podría continuarse indefinidamente, es decir, que no sería sustentable los convierte en vehículos de la codicia de empresarios para quienes la libertad de mercado equivale a una patente de corso, y de funcionarios que aprovechan sus carácter de servidores públicos para lucrar, por encima de las leyes y de la más elemental ética. Finalmente, uno podría imaginarse que, a la vuelta de varios millones de años, cuando el Homo sapiens sea una especie extinguida y olvidada que arrasó el planeta, los holoturios, previsiblemente tubulares, milenarios e incansables, seguirán procesando con exasperante lentitud los sedimentos de unos mares desolados |
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| El presente artículo fue originalmente publicado en CIÊNCIA HOJE, 20, 117:36-42, 1996. El autor desea agradecer la ayuda de Clara Alarcón, Manuel Brito, Luiz Drude de Lacerda, Margarita Lampo, Pablo Penchaszadeh y Berta Sánchez.Igualmente agradece el material fotográfico cedido por Eddie Laboy, Roberto Ruiz y Adriana Sambrano.
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