A partir del establecimiento del Museo Nacional, el director intentó que los
miembros ilustrados de la sociedad adoptasen una única manera de ordenar y describir los
recursos. Sus informes en El Nacional Argentino insistían, una y otra vez, en la Urgencia
de sistematizar la información y, en términos más prácticos, en que se debía cumplir
con los procedimientos de preparación de los materiales para el museo. En agosto de 1854,
desde las páginas del mismo periódico, Du Graty informaba al ministerio del Interior la
lista de los objetos recibidos, la procedencia de cada muestra y el estado en que había
ingresado en el museo. La lista incluía una colección de cuarcita y seis muestras de
minerales de oro, plata, cobre y níquel del cerro de Famatima; una colección de
minerales de la provincia de Córdoba enviada por el gobernador; una cabeza de ciervo del
delta del Paraná enviada por un señor Hernández; muestras de cobre de Catamarca,
remitidas por un particular; piedras calcáreas y conchillas, ocre, arcillas, tierra
gredosa y huesos fósiles de las inmediaciones de la ciudad de Paraná, etc. Poco tiempo
después anunciaba que había presentado al ministerio los análisis mineralógicos y
químicos de las muestras minerales depositadas en el museo. La falta de cuidado de las
provincias en la recolección de los datos y la preparación de los materiales era
denunciada por Du Graty como un comportamiento contrario a la constitución de la Nación
Argentina y, también, como un vicio que se arrastraba desde la época de la ilegalidad
política.Sin un edificio específico, el
museo no era un lugar real sino una figura que intentaba constituirse a partir de la
aceptación de su existencia por parte del público, en especial, de los productores y
gobernadores provinciales. Por orden del gobierno, y como director de ese museo casi
imaginario, Du Graty debía controlar el peso y la calidad del metal de la nueva moneda de
cobre que se había puesto en circulación. Al respecto, publicó un informe en El
Nacional Argentino que destacaba la conveniencia de su adopción, tratando de disipar los
resquemores que había generado. El museo era un centro que confería autoridad, así como
una referencia que permitía calibrar la mayor o menor adhesión a cierta imagen de la
Confederación.
A fines de 1853 la Argentina invitada a participar en la
exposición de productos de la industria y el comercio a ser realizada en París dos años
después.
Desde las páginas de El Nacional Argentino se señalaba que esa muestra era el ámbito
adecuado para que los países americanos pudieran exhibir en Europa sus productos
naturales, los cuales constituían una fuente de interés para la ciencia industrial y
para el poder de las máquinas del viejo mundo.
En sucesivos artículos que aparecieron en el periódico, se contrastaba la idea de
América como el manantial posible de riquezas naturales aún inexploradas con una Europa
donde la novedad era sólo posible bajo el dominio de la mano del hombre y la
civilización. Este mensaje a la civilización europea se formulaba sobre la base de la
atracción que ejercían los minerales preciosos. Apoyándose en el dictum alberdiano de
gobernar es poblar, e insistiendo en la necesidad de un atractivo capaz de convocar a las
poblaciones, sostenía que era preciso demostrar la existencia de minerales, como
fundamento de la constitución real del país: El reino mineral es en la época presente
el fuerte imán que encorva al hombre con más fuerza en el trabaja de la tierra. El oro
es en nuestro siglo el heraldo mudo, que llama a las poblaciones a los lugares antes
desiertos: el que transforma los sitios de deportación en paraísos... Creemos de la
mayor importancia el envío de piedras y productos minerales de nuestro suelo a la
exposición de París... de esto puede depender en gran parte la salvación del país, que
se mantiene inquieto a fuer de pobre y despoblado".
Un mes después de haberse creado el Museo Nacional, su director tendría la
responsabilidad de garantizar la participación de la Confederación Argentina en la
exposición universal de París. Con el concurso de algunos mineros locales, que
accedieron a enviar muestras, y recurriendo a parte de las ya reunidas, Du Graty pudo
remitir a Francia una colección de ciento ochenta y tres muestras de distintas
provincias. Una vez clausurada la exposición, y conforme con un decreto del 10 de febrero
de 1855, la colección fue puesta a la disposición de un museo de Francia y exhibida en
el de la Academia Imperial de Minas de París. El costo del envío superó los fondos que
el museo logró reunir, pero la posibilidad de hacer propaganda en los lugares donde se
pretendía captar inversores, más que la convocatoria original, fue un acicate eficaz
para comprometer la participación de productores de las provincias. En París, la muestra
argentina se incluyó en el rubro Productos de la industria: industrias que tienen por
objeto principal la extracción o la producción de materias brutas. Al igual que la
información de las colecciones del imperio Otomano, Egipto, Túnez, Portugal, el ducado
de Nassau, Perú, Guatemala, Nueva Granada y Haití, la correspondiente a la
Confederación Argentina no fue incluida en el catálogo oficial original por no haber
llegado a tiempo.
Du Graty envió también una memoria descriptiva de la muestra. La presentación de los
minerales de la Confederación generó críticas y apoyos que los periódicos de Paraná y
Buenos Aíres no tardaron en difundir. Las criticas se iniciaron con un artículo de De la
Sagra, reproducido en El Nacional de Buenos Aíres, en el que se atacaba la insistencia en
presentar a la minería como la única producción argentina; el autor, cuyos textos sobre
el potencial económico americano habían aparecido en el mismo diario, rechazaba furioso
lo exhibido en París con el argumento de que hacía pensar que la Confederación
Argentina no produce más que minerales. El Nacional Argentino respondió en los
siguientes términos: Encontramos sus reproches infundados, injustos y hasta malevolentes,
marcados con el sello de una crítica muy severa; demasiado, quizás, si conociere el
estada de estos países. El autor del articulo refutó las críticas recurriendo no sólo
a comentarios publicados en otros periódicos europeos, como L'lndépendence BeIge, sino,
también, a una supuesta buena acogida entre sociedades científicas e industriales, como
la Sociedad Geológica de Londres, el Instituto Superior de Comercio de Amberes y una
Société uníverselle pour l'encouragement des arts et de l'industrie. La última envió
una carta a Du Graty el 30 de julio de 1855, transcripta en El Nacional Argentino, uno de
cuyos párrafos rezaba: La Sociedad Universal [...] desea llamar muy especialmente la
atención de Europa y de las sociedades de colonización sobre esa parte del nuevo mundo,
y para hacerlo eficazmente la sociedad sería feliz si poseyese los documentos los más
exactos sobre la topografía, los productos y condiciones que sean de naturaleza a
favorecer esta inmigración.
El artículo aparecido en LIndépendence Belge y reproducido por El Nacional
Argentino (donde la publicación figura con el título La independencia belga) es, a su
vez, una glosa de la memoria descriptiva de Du Graty sobre los minerales argentinos. Aquí
es necesario destacar dos circunstancias: por una parte, las ideas de que, sí se quiere
generar confianza entre los inversores, es necesario cambiar imagen de la Argentina
existente en Europa, de que, para ello, debe hablarse de un desierto cultural y de la
riqueza natural. Por otra, las pruebas y contrapruebas que se esgrimían en las polémicas
eran, en realidad, artículos de publicistas contratados por los gobiernos de Buenos
Aíres o Paraná, y lo que se discutía no era tanto sí la Argentina era rica en
minerales, sino sí su imagen en Europa era creíble y había sido aceptada. Asimismo, la
larga lista de sociedades científicas que avalaban la muestra era parte de la autoridad
que se esgrimía para demostrar, en la propia Confederación, que la imagen de esta había
empezado a modificarse. De esta manera, la palabra de un propagandista legitimaba la de
otro y todo se tornaba un juego que sólo existía en las páginas de los periódicos. |