Volumen 7 - Nš38 - 1997

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Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

CIENCIA Y SOCIEDAD

El Museo Soy Yo

Irina Podgorny
FACULTAD DE CIENCIAS NATURALES Y MUSEO UNLP


Vistas de Córdoba y del Palacio San José, Nótese en la segunda, dentro del alambrado, la fauna americana domesticada, torpemente dibujada -ciervos, tal vez guanacos y ñandues- y los árboles dispuestos geométricamente. Ambos grabados ilustran La confédération Argentine. En el volumen aparecen algunos hombres públicos, como Rivadavia, San Martín y Urquiza

A partir del establecimiento del Museo Nacional, el director intentó que los miembros ilustrados de la sociedad adoptasen una única manera de ordenar y describir los recursos. Sus informes en El Nacional Argentino insistían, una y otra vez, en la Urgencia de sistematizar la información y, en términos más prácticos, en que se debía cumplir con los procedimientos de preparación de los materiales para el museo. En agosto de 1854, desde las páginas del mismo periódico, Du Graty informaba al ministerio del Interior la lista de los objetos recibidos, la procedencia de cada muestra y el estado en que había ingresado en el museo. La lista incluía una colección de cuarcita y seis muestras de minerales de oro, plata, cobre y níquel del cerro de Famatima; una colección de minerales de la provincia de Córdoba enviada por el gobernador; una cabeza de ciervo del delta del Paraná enviada por un señor Hernández; muestras de cobre de Catamarca, remitidas por un particular; piedras calcáreas y conchillas, ocre, arcillas, tierra gredosa y huesos fósiles de las inmediaciones de la ciudad de Paraná, etc. Poco tiempo después anunciaba que había presentado al ministerio los análisis mineralógicos y químicos de las muestras minerales depositadas en el museo. La falta de cuidado de las provincias en la recolección de los datos y la preparación de los materiales era denunciada por Du Graty como un comportamiento contrario a la constitución de la Nación Argentina y, también, como un vicio que se arrastraba desde la época de la ilegalidad política.

Sin un edificio específico, el museo no era un lugar real sino una figura que intentaba constituirse a partir de la aceptación de su existencia por parte del público, en especial, de los productores y gobernadores provinciales. Por orden del gobierno, y como director de ese museo casi imaginario, Du Graty debía controlar el peso y la calidad del metal de la nueva moneda de cobre que se había puesto en circulación. Al respecto, publicó un informe en El Nacional Argentino que destacaba la conveniencia de su adopción, tratando de disipar los resquemores que había generado. El museo era un centro que confería autoridad, así como una referencia que permitía calibrar la mayor o menor adhesión a cierta imagen de la Confederación.

A fines de 1853 la Argentina invitada a participar en la exposición de productos de la industria y el comercio a ser realizada en París dos años después.

Desde las páginas de El Nacional Argentino se señalaba que esa muestra era el ámbito adecuado para que los países americanos pudieran exhibir en Europa sus productos naturales, los cuales constituían una fuente de interés para la ciencia industrial y para el poder de las máquinas del viejo mundo.

En sucesivos artículos que aparecieron en el periódico, se contrastaba la idea de América como el manantial posible de riquezas naturales aún inexploradas con una Europa donde la novedad era sólo posible bajo el dominio de la mano del hombre y la civilización. Este mensaje a la civilización europea se formulaba sobre la base de la atracción que ejercían los minerales preciosos. Apoyándose en el dictum alberdiano de gobernar es poblar, e insistiendo en la necesidad de un atractivo capaz de convocar a las poblaciones, sostenía que era preciso demostrar la existencia de minerales, como fundamento de la constitución real del país: El reino mineral es en la época presente el fuerte imán que encorva al hombre con más fuerza en el trabaja de la tierra. El oro es en nuestro siglo el heraldo mudo, que llama a las poblaciones a los lugares antes desiertos: el que transforma los sitios de deportación en paraísos... Creemos de la mayor importancia el envío de piedras y productos minerales de nuestro suelo a la exposición de París... de esto puede depender en gran parte la salvación del país, que se mantiene inquieto a fuer de pobre y despoblado".

Un mes después de haberse creado el Museo Nacional, su director tendría la responsabilidad de garantizar la participación de la Confederación Argentina en la exposición universal de París. Con el concurso de algunos mineros locales, que accedieron a enviar muestras, y recurriendo a parte de las ya reunidas, Du Graty pudo remitir a Francia una colección de ciento ochenta y tres muestras de distintas provincias. Una vez clausurada la exposición, y conforme con un decreto del 10 de febrero de 1855, la colección fue puesta a la disposición de un museo de Francia y exhibida en el de la Academia Imperial de Minas de París. El costo del envío superó los fondos que el museo logró reunir, pero la posibilidad de hacer propaganda en los lugares donde se pretendía captar inversores, más que la convocatoria original, fue un acicate eficaz para comprometer la participación de productores de las provincias. En París, la muestra argentina se incluyó en el rubro Productos de la industria: industrias que tienen por objeto principal la extracción o la producción de materias brutas. Al igual que la información de las colecciones del imperio Otomano, Egipto, Túnez, Portugal, el ducado de Nassau, Perú, Guatemala, Nueva Granada y Haití, la correspondiente a la Confederación Argentina no fue incluida en el catálogo oficial original por no haber llegado a tiempo.

Du Graty envió también una memoria descriptiva de la muestra. La presentación de los minerales de la Confederación generó críticas y apoyos que los periódicos de Paraná y Buenos Aíres no tardaron en difundir. Las criticas se iniciaron con un artículo de De la Sagra, reproducido en El Nacional de Buenos Aíres, en el que se atacaba la insistencia en presentar a la minería como la única producción argentina; el autor, cuyos textos sobre el potencial económico americano habían aparecido en el mismo diario, rechazaba furioso lo exhibido en París con el argumento de que hacía pensar que la Confederación Argentina no produce más que minerales. El Nacional Argentino respondió en los siguientes términos: Encontramos sus reproches infundados, injustos y hasta malevolentes, marcados con el sello de una crítica muy severa; demasiado, quizás, si conociere el estada de estos países. El autor del articulo refutó las críticas recurriendo no sólo a comentarios publicados en otros periódicos europeos, como L'lndépendence BeIge, sino, también, a una supuesta buena acogida entre sociedades científicas e industriales, como la Sociedad Geológica de Londres, el Instituto Superior de Comercio de Amberes y una Société uníverselle pour l'encouragement des arts et de l'industrie. La última envió una carta a Du Graty el 30 de julio de 1855, transcripta en El Nacional Argentino, uno de cuyos párrafos rezaba: La Sociedad Universal [...] desea llamar muy especialmente la atención de Europa y de las sociedades de colonización sobre esa parte del nuevo mundo, y para hacerlo eficazmente la sociedad sería feliz si poseyese los documentos los más exactos sobre la topografía, los productos y condiciones que sean de naturaleza a favorecer esta inmigración.

El artículo aparecido en L’Indépendence Belge y reproducido por El Nacional Argentino (donde la publicación figura con el título La independencia belga) es, a su vez, una glosa de la memoria descriptiva de Du Graty sobre los minerales argentinos. Aquí es necesario destacar dos circunstancias: por una parte, las ideas de que, sí se quiere generar confianza entre los inversores, es necesario cambiar imagen de la Argentina existente en Europa, de que, para ello, debe hablarse de un desierto cultural y de la riqueza natural. Por otra, las pruebas y contrapruebas que se esgrimían en las polémicas eran, en realidad, artículos de publicistas contratados por los gobiernos de Buenos Aíres o Paraná, y lo que se discutía no era tanto sí la Argentina era rica en minerales, sino sí su imagen en Europa era creíble y había sido aceptada. Asimismo, la larga lista de sociedades científicas que avalaban la muestra era parte de la autoridad que se esgrimía para demostrar, en la propia Confederación, que la imagen de esta había empezado a modificarse. De esta manera, la palabra de un propagandista legitimaba la de otro y todo se tornaba un juego que sólo existía en las páginas de los periódicos.

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