Volumen 7 - Nº37 - 1997 |
Revista
de Divulgación Científica y Tecnológica de la |
ENSAYO |
Calvin, Hobbles y el gato Schrödinger |
MIGUEL DE ASÚA |
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Miguel
de Asúa
Calvin
es un chico de seis años que vive con sus desesperados padres (el origen
de su desasosiego no es otro que Calvin, por supuesto). No tiene hermanos, pero
tiene a Hobbes. Quién (o qué) es Hobbes, es lo que trataremos de
dilucidar aquí. Por de pronto, digamos que Calvin juega con un tigre muy
simpático que habla, se mueve, siente, en fin, tiene vida. Cuando en el
cuadrito correspondiente aparece alguna persona mayor; Hobbes es, entonces, un
tigre de paño, como cualquier otro. El
tema de la historieta es la vida del pequeño Calvin, su indiferencia
por la destrucción de la propiedad familiar en el curso de sus hiperquinéticas
correrías, su ambivalente relación de amor-odio con su amiguita
Susy, sus imaginarias aventuras como Spaceman Spiff o como Stupendous Man, sus
tribulaciones escolares con la maestra, sus encuentros -en general victoriosos-
con un compañero grandote, estúpido y prepotente, en fin, su interminable
juego con Hobbes, que adopta diferentes formas: Calvinball (un juego de pelota
con reglas que se modifican a cada instante, según quien vaya ganando el
partido), peleas varias, desafíos lógico-lingüísticos o incursiones
en el transmogrificator; aparato que -como su nombre lo indica- transforma a todo
ser que ingrese en él. Cuando está de buen humor; Hobbes es un alegre
compañero; además de jugar; sostiene con su amiguito largos y reflexivos
diálogos que, irónicos o melancólicos, son siempre un modelo
de ingenuidad alerta. Calvin
y Hobbes, como todo texto, se presta a múltiples interpretaciones y abre
muchos interrogantes, más allá del puro placer humano que proporciona
su lectura y que constituye, quizás, su última razón de ser.
Una de las cuestiones más interesantes es de orden metafísico (los
nombres de los personajes son ya una invitación subliminal a la reflexión
filosófica): ¿cuál es el status ontológico de Hobbes? o,
menos pedantemente, ¿qué grado de realidad tiene Hobbes? ¿Es Hobbes un
tigre de juguete al que sólo Calvin ve como un ser real? ¿O es un tigre
real a quien los otros no pueden ver sino como un muñeco de paño?
Analicemos las posibilidades un poco más de cerca. Hipótesis
1. La interpretación más obvia es la que coincide con la visión
del mundo que nos ofrece el realismo filosófico. El Hobbes real es el tigrecito
de juguete; el Hobbes vivo, el amigo de Calvin, es nada más que producto
de la imaginación del niño, lo que los pediatras llamarían
un amigo imaginario, un ser que el niño considera existente, pero que,
en realidad, no existe. Esta seria la hipótesis del sentido común.
Nadie, a excepción de Calvin, vio nunca a Hobbes como a un tigre vivo.
Si aceptamos que la verificación intersubjetiva (la constatación
por parte de varios individuos) es un requisito para afirmar la existencia de
un objeto, entonces Hobbes no existe sino como un tigre de peluche. La ciencia
admite no sólo objetos empíricos (verificables intersubjetivamente
por observación directa) sino, también, objetos teóricos,
postulados o exigidos por las teorías, pero que nadie nunca vio (los quarks,
los agujeros negros). Desdé este punto de vista, Hobbes, el tigre que habla,
podría ser un objeto teórico,
y el muñeco de paño, la evidencia observacional, el rastro empírico
que nos induce a postular la existencia de aquel. Pero aquí tropezamos
con dos inconvenientes importantes: (a) al Hobbes vivo lo ve, por lo menos, Calvin
y (b) no existe teoría que postule o exija la existencia del Hobbes vivo
y además, si existiera, tendría el grave problema de ser una teoría
ad hoc, es decir; una teoría creada para explicar un fenómeno particular
e incapaz de explicar algo más (una teoría muy pobre, por cierto). Hipótesis
2. La segunda posibilidad -sostenida por mi amigo Carlitos, el experto local-
es que el Hobbes realmente existente es el compinche de Calvin. Esta hipótesis
tiene antepasados ilustres. Recordemos cómo Saint-Exupéry, en Le
Petit Prince, sostenía que el dibujo que aparece en la primera página
del libro era, en realidad, una representación de un elefante dentro de
una boa, y que sólo la incapacidad de los adultos para comprender que le
plus important est invisible les impedía ver las cosas como son y los hacía
pensar que el dibujo representaba un sombrero. Desde un punto de vista más
técnicamente filosófico, esta postura podría ser asimilada
al empirismo idealista del obispo Berkeley para quien ser es ser percibido (esse
est percipi). Las cosas, sostenía Berkeley son las ideas que tenemos de
ellas. Si existen fuera de mi mente es porque hay alguna mente infinita que las
percibe continuamente, cuando ningún ser humano las percibe. Esa mente
es, claro, Dios. Así, el Hobbes que está vivito y coleando sería
real en tanto percibido por Calvin, siempre que -por lo menos- fuera también
percibido por Dios, última garantía de la existencia. Hobbes sería,
en palabras de Borges, una de esas cosas / que nadie mira , salvo el Dios de Berkeley...
y, en este caso, Calvin. El problema de esta hipótesis es que no explica
por qué los otros ven a Hobbes bajo la apariencia de una criatura inerte
y silenciosa. Hipótesis
3. Una tercera posibilidad, creo, puede dar cuenta de la situación y parecería
libre de objeciones. Es la solución asociada a la paradoja del gato de
Schrödinger. Este problema fue planteado por el famoso físico para poner
de manifiesto las dificultades de la versión probabilística (ortodoxa)
de la mecánica cuántica. Un gato está encerrado en una caja
con un frasco de veneno cuya apertura (y la consiguiente muerte del animal) depende
de que sea alcanzado por un fotón, que tiene una probabilidad del 50% de
ser disparado en dirección al veneno y otra igual de serlo en el sentido
opuesto. Pero como, según la teoría, ninguna de las dos posibilidades
tiene realidad, a menos que sea observada, ninguna ocurre ni deja de ocurrir;
a menos que abramos la caja. ¿Cuál sería, entonces, el estado real
del gato si no abriéramos el sistema? Ni vivo ni muerto. Pero una vez que
nosotros, como observadores, interviniéramos, entonces sí, el gato
estaría vivo o estaría muerto (para más detalles, véase
A.C. de la Torre, Física cuántica para filosofos, FCE, 1992, Colección
CIENCIA HOY). En otras palabras, el estado de indeterminación, descripto
por la función de onda, colapso en uno u otro sentido, según la
participación del observador La luz se comporta como onda, pero también
como partícula (fotón), y el que lo haga de una u otra manera depende
del sistema utilizado para registrar el fenómeno. Del mismo modo, se podría
especular; Hobbes, si es visto únicamente por Calvin, se manifiesta como
un tigre animado y parlanchín, pero si es observado por los adultos aparece
como uno de juguete. La forma fenoménica adoptada por Hobbes depende del
observador. Se podrá argumentar que así no se resuelve qué,
en última instancia, es Hobbes. Pero esa es una de las cuestiones que viene
atormentando a los filósofos de la ciencia y a los fisicos desde la formulación
de la teoría cuántica, y no veo por qué se me va a exigir
a mi, oscuro scholar de la periferia, que me ponga a resolver tan complicados
asuntos en este ensayo. Bastante con haber sugerido una explicación posible
y hasta donde puedo ver; consistente del fenómeno (la cual tiene la ventaja
adicional de que tanto el gato como Hobbes pertenecen a la misma familia animal,
la de los félidos). Los detalles, objeciones y contraobjeciones quedan
como ejercicio a resolver por el lector (como suelen decir los textos de matemática
justo cuando la cosa se pone interesante). No quiero,
sin embargo, concluir sin dejar de imaginar las posibilidades que algunos especialistas
podrían proponer para dar cuenta de la 'paradoja de Hobbes'. Los lógicos,
quizás, recurrirían a la clásica distinción de Frege
entre sentido (Sinn) y referencia (Bedeutung) de un enunciado, según la
cual enunciados como el lucero de la noche y el lucero de la mañana poseen
distinto sentido, aunque ambos apunten a una misma referencia (el planeta Venus).
Los psicoanalistas podrían interpretar que el Hobbes lúdico, despreocupado,
gozoso y vital alude al principio del placer, que preside las actividades del
Ello, mientras que el aburrido y serio Hobbes de paño representa el principio
de realidad, característico del Yo, encargado de las relaciones con el
mundo externo. Los teóricos del arte, a lo mejor; se agarrarían
de las ideas del ilustre Gombrich y argumentarían que toda representación
figurativa es convencional, con lo cual el Hobbes vivo y el inanimado son dos
formas de interpretar plásticamente la misma realidad utilizando diferentes
códigos de representación. Algún lector de Spinoza afirmaría
que, en realidad, uno y otro Hobbes no son sino dos de los infinitos modos de
la única substancia, que es Dios y la naturaleza. Las interpretaciones
pueden multiplicarse (aquellos que piensan que todo texto no habla sino de sí
mismo, hipotetizarían que Calvin es mi amigo Carlitos, y yo soy Hobbes).
Pero en vez de continuar este vano ejercicio, prefiero ocupar este domingo (antes
de que anochezca) en seguir leyendo y releyendo la historieta, en seguir sumergiéndome
en la lúcida ternura del vinculo entre Calvin y su tigre, en seguir divirtiéndome
con las ocurrencias de aquel y aprendiendo de la resignada sabiduría de
este. Aunque quizás, en última instancia, ambos caminos no sean
excluyentes. Al fin de cuentas, ¿qué es la inteligibilidad, sino una de
las formas de la belleza?.
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