Volumen 6 - Nº36 - 1997

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Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

ARTICULO
LA RESPUESTA INMUNE

RICARDO A MARGNI
Instituto de Estudios de la Inmunidad Humoral (IEDHU)
Facultad de Farmacia y Bioquímica -  UBA

Este artículo está principalmente orientado a actualizar los conocimientos de quienes han tenido contacto con el tema pero desconocen sus avances más recientes. Sugerimos al lector poco familiarizado con la biología actual que, después de leer el primer párrafo, vaya al recuadro 'Un poco de historia' y luego consulte puntualmente los sucesivos recuadros a medida que el texto remita a ellos.

Microscopía electrónica de barrido de células de sangre humana.
Los discos bicóncavos son glóbulos rojos; las otras células son leucocitos.

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El término inmunidad deriva del latín immunitas, el privilegio en virtud del cual los senadores romanos estaban exentos de ciertos deberes cívicos. En las ciencias biológicas, inmunidad significa protección contra enfermedades, en especial, las infecciosas.

Los vertebrados –entre ellos el hombre– han desarrollado mecanismos para protegerse de las agresiones que les vienen del ambiente, causadas por bacterias, virus, parásitos y toxinas, entre otros agentes (los que reciben el nombre de patógenos, o causantes de enfermedad.

Algunos de esos mecanismos son de tipo general y constituyen una primera línea de defensa del organismo. Hablamos, así, de barreras naturales –la piel, las mucosas– y de inmunidad innata o inespecífica; de esta clase, por ejemplo, es la fagocitosis (de jagein –phageîn–, comer, y kutoV –kytos, célula), proceso por el cual ciertas células denominadas macrófagos, que se encuentran en la mayoría de los tejidos, capturan y digieren microorganismos. Decimos que esta defensa es innata porque no depende de la exposición previa al patógeno. Pero en todos los vertebrados puede activarse también una segunda línea de defensa, un sistema de reconocimiento específico del agente agresor.  Tal mecanismo se denomina sistema inmune y está constituido por dos tipos de células:

  • (a) las células accesorias, como son los macrófagos y las células dendríticas (de dendron –déndron–, árbol, así llamadas porque poseen ramificaciones), que participan en la captura y degradación (también denominada procesado) del antígeno, y
  • (b) las células inmunocompetentes o linfocitos, que pueden reconocer específicamente tanto al antígeno nativo como al procesado por las células accesorias.

Las células del sistema inmune se originan durante la hematopoyesis, el proceso de formación de células sanguíneas, cuyas características les permiten cumplir funciones vitales específicas. Así, los eritrocitos o glóbulos rojos transportan oxígeno, las plaquetas promueven la coagulación de la sangre para evitar hemorragias y las células blancas o leucocitos (que incluyen a los linfocitos, los monocitos y los neutrófilos), junto con los macrófagos, forman el ejército celular del sistema inmunológico. Todas derivan de las células hematopoyéticas troncales, también denominadas células indiferenciadas multipotentes porque pueden replicarse indefinidamente y diferenciarse en varias clases de células secundarias. Estas, las precursoras, a su vez, originan líneas celulares diferenciadas (por ejemplo, los eritrocitos). Las células hematopoyéticas troncales aparecen primero en el saco amarillo embrionario, pero, a medida que el feto se desarrolla, migran al hígado. Inmediatamente después del nacimiento, la hematopoyesis pasa a ser función de la médula ósea.

Un Poco de Historia

(CIENCIA HOY)


La inmunología estudia cómo se defiende el organismo de una infección causada por alguno de los microorganismos agresores que nos rodean. Es la rama de las ciencias biológicas que intenta explicar los mecanismos por los que eliminamos el organismo patógeno y, en la gran mayoría de los casos, adquirimos resistencia (o inmunidad) a una reinfección del mismo origen.

Aunque el concepto de la inmunidad adquirida después del primer contacto con un agente patógeno es muy antiguo, no fue sino con los experimentos del británico Edward Jenner (1749- 1823) que comenzaron los estudios inmunológicos. Según la sabiduría popular de la época, las personas que trabajaban en los campos y contraían la viruela bovina (o vaccinia) no eran víctimas de la fatal viruela humana. El 14 de mayo de 1796, Jenner inoculó al niño campesino James Phipps con pus tomado de un bovino que sufría la enfermedad; seis semanas después, el 1º de julio, le suministró una nueva dosis de material infeccioso, esta vez proveniente de una persona enferma. El experimento fue exitoso –pues James sobrevivió a la infección–, si bien no podemos dejar de estremecernos ante la forma como fue llevado a cabo. La era de la vacunación (vaccination) había comenzado.

Aunque el descubrimiento de Jenner dio origen al concepto de vacunación, nada se sabía en su
tiempo acerca del origen de las enfermedades. Fue Robert Koch (1843-1910) quien comprobó que las de tipo infeccioso eran causadas por microorganismos, y que cada clase de estos era responsable de una patología diferente, lo que llevó a extender el uso de las vacunas. Así, Louis Pasteur (1822-1895) preparó las usadas contra la rabia y el cólera avícola. En 1890, Emil von Behring (1854-1917) y Shibasaburo Kitasato (1892-1931) descubrieron unas substancias (que llamaron anticuerpos) en el suero de las personas vacunadas, las cuales se unían o adherían específicamente a los agentes patógenos utilizados en la vacuna. Tal observación se vio confirmada por el descubrimiento del belga Jules Bordet (1870-1961), en 1899, del complemento, una parte del su ero que actúa en conjunción con los anticuerpos para destruir a los patógenos. Casi al mismo tiempo, el francés de origen ruso Elie Metchnikoff (1845-1916) reconoció a los macrófagos, aquellas células responsables de la inmunidad innata o natural, que pueden incorporar y digerir a los microorganismos.

En poco tiempo, los investigadores comprobaron que se producían anticuerpos específicos contra una gran variedad de antígenos (de generar anticuerpos, o nombre que se dio a cualquier substancia que induzca la formación de anticuerpos). Había llegado el momento de investigar cómo se producían esos anticuerpos específicos, representantes de la inmunidad adquirida, para lo que el australiano Frank McFarlane Burnet (1899-1985), quien fue galardonado con el Nobel en 1960 por sus estudios sobre la inmunidad en los transplantes, propuso la teoría de la selección clonal, según la cual el antígeno selecciona la célula del siste ma inmune que luego lo destruirá. Así, existirían muchas células capaces de producir anticuerpos diferentes, cada una de las cuales tiene en su superficie una molécula con la capacidad de adherirse a un único sitio de un antígeno. Tal molécula actúa como receptor, o sea, reconoce y liga o atrapa al antígeno que le resulta complementario. La célula está en reposo hasta que su antígeno específico se le une; entonces comienza a proliferar y da origen a lo que denominamos un clon, una población de células idénticas, todas las cuales secretan el anticuerpo. El presente artículo describe cómo se produce el proceso. 

Terminemos esta pequeña historia de la inmunología destacando que, en los años 60, James Gowan (1924) descubrió que los linfocitos (células blancas o leucocitos presentes en la linfa) eran responsables de la respues ta inmune, pues encontró que si los eliminaba de un animal –en sus experimentos, una rata–, este perdía la capacidad de tener aquella respuesta. Tal observación abrió el camino a la inmunología celular, explicada en detalle en el texto.

LECTURAS SUGERIDAS

Brines, R., 1996, 'Two hundred years on: Jenner and the discovery of vaccination', Immunology Today, 17:203-204. Janeway, C.A. & Travers, P., 1994, Immunobiology, Garland Publishing Inc., New York.

Las distintas estirpes de linfocitos constituyen entre el 1% y el 10% de las células que produce diariamente el cuerpo; se encuentran principalmente en la superficie de las mucosas y en los órganos linfoides, nombre que se aplica a la médula ósea, al timo (localizado en la parte superior del pecho, detrás del esternón) y a otros órganos llamados periféricos (los ganglios o nódulos linfáticos, el bazo y ciertos tejidos asociados con el intestino, como las placas de Peyer). Existen poblaciones de linfocitos que cumplen diferentes funciones, relacionadas con el órgano linfoide en el que maduraron (o adquirieron competencia inmunológica). Los linfocitos B, productores de anticuerpos, maduran en la médula ósea (o en un órgano equivalente de las aves, denominado bursa de Fabricius, de donde proviene la denominación de linfocito B). Los linfocitos T lo hacen en el timo, donde se diferencian en linfocitos T citotóxicos (Tc), que destruyen las células infectadas, y linfocitos T colaboradores (Th, por helper), que ayudan a los B y a los macrófagos a cumplir su función.

Durante el proceso de maduración, el contacto de los linfocitos B y T con células epiteliales de los órganos linfoides respectivos les confiere competencia inmunológica; es decir, hace que adquieran una función inmunológica específica. Sin embargo, aunque cumplan diferentes funciones, las poblaciones linfocitarias son indiferenciables desde el punto de vista morfológico.

El linfocito B pasa por sucesivos estadios de diferenciación, conocidos como célula Pro-B o precursor inmaduro, célula Pre-B,linfocito B inmaduro y linfocito B maduro; este, a su vez, se diferencia en célula plasmática o plasmocito, la célula que secreta anticuerpos. Durante esos estadios aparecen diferentes moléculas en la membrana celular que constituyen indicadores (o marcadores) específicos y permiten establecer el grado de madurez de las células (Fig.1). Algunas de esas moléculas –que han podido ser identificadas mediante el uso de anticuerpos monoclonales y forman parte del grupo denominado cluster o  conjuntos de diferenciación (CD) perduran durante la mayor parte de la diferenciación del linfocito, en tanto que otras son propias de ciertos estadios (véase el recuadro 'Identificación de antígenos celulares').

FIG.1
Principales marcadores del proceso de diferenciación de los linfocitos B.
La intensidad del color es proporcional a la cantidad de los marcadores en la membrana celular
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El marcador más significativo del linfocito B es la presencia en la membrana de una molécula de inmunoglobulina de la clas e M, o IgM (véase el recuadro 'Los anticuerpos'), que reconoce e antígeno; por ello, esa IgM del linfocito B es denominada, también, receptor antigénico y tiene la misma especificidad –es decir, reconoce el mismo sitio antigénico– que el anticuerpo que será secretado luego de la estimulación de la célula por el impacto del antígeno (véanse los recuadros 'Los receptores de los linfocitos' y 'La transducción de señales').

Identificación de Antígenos  Celulares


En 1975, G. Köhler y C. Milstein dieron a conocer la técnica de preparación de anticuerpos monoclonales (MAb, por monoclonal antibody), gracias a la cual se pueden obtener en el laboratorio anticuerpos de una única especificidad, es decir, que reconocen un único sitio en el antígeno que les dio origen (ver 'Los anticuerpos monoclonales', Ciencia Hoy, 11:38-39, 1991). Poco después, investigadores de todas partes del mundo comenzaron a preparar monoclonales
contra células hematopoyéticas normales y malignas, por ejemplo las de la leucemia. La descripción de las moléculas (o antígeno s celulares) reconocidas por esos anticuerpos provocó un espectacular avance en el estudio de la diferenciación, maduración y funciones de las células del sistema inmune.

Entre 1975 y 1980 se publicó una gran cantidad de trabajos en los que se identificaban antígenos celulares en linfocitos B y T, macrófagos, plaquetas, etc. El panorama se fue complicando, ya que aumentaba la probabilidad de que varios MAb, obtenidos en diferentes laboratorios y en diferentes circunstancias, reconocieran la misma molécula. A ello se agregaba la nomenclatura de los MAb, pues cada investigador bautizaba el suyo según los dictados de su imaginación, lo que hacía imposible retener los nombres de los MAb y los antígenos celulares que reconocían. Por eso, en 1980 se realizó el primer taller de trabajo (workshop)e ncaminado a poner orden en la nomenclatura. Desde entonces, ello tiene lugar cada tres años, con el propósito de actualizar los descubrimientos, los cuales, afortunadamente, se siguen produciendo. Como resultado de esos encuentros, se decidió agrupar los MAb que reconocen un mismo antígeno celular bajo la sigla CD (por cluster de diferenciación). Varios MAb de distinta denominación pueden reconocer el mismo CD. Pasados más de quince años del primer taller, el número de CD descriptos supera los ciento cincuenta. A medida que se identifican y estudian estas moléculas en profundidad y se descubre su función biológica, aparece un mundo fascinante de relaciones intercelulares, receptores complejos e intermediarios de la respuesta inmunológica.

La identificación de diferentes moléculas CD ha significado, también, un importantísimo aporte al diagnóstico y pronóstico de las leucemias, enfermedades malignas del sistema linfoide. Ahora se puede establecer con certeza en qué etapa de la evolución celular se produjo la transformación de la célula normal en tumoral, y cómo actuar en cada caso; las características morfológicas de las células y el color que toman con distintos colorantes, técnicas usadas durante mucho tiempo para llegar a un diagnóstico de la enfermedad, han pasado a segundo plano.

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