Volumen
6 - Nº36 - 1997 |

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica
de la
Asociación Ciencia Hoy |
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| Una nueva excursión
a los indios ranqueles |
MARIA
ROSA LOJO
CONICET |
Cabe preguntarse qué necesidad pudo mover a Mansilla a
realizar un trayecto apreciable (unos cuatrocientos kilómetros a caballo), desde el
fuerte Sarmiento, al sur del Córdoba, hasta las tolderias de Leuvuco, al norte de La
Pampa, con un pequeño grupo de hombres (dieciocho en total, incluidos dos misioneros
franciscanos) y prácticamente desarmado. El motivo oficial era entrevistarse con el jefe
de los ranqueles, Mariano Rosas o Panghitruz Guor (el zorro cazador de pumas), que no
estaba dispuesto a trasladarse a la subcomandancia de Río Cuarto. Hijo del gran cacique
Paine Guor o Gner (el zorro azul), habia estado cautivo, casi niño, de juan Manuel de
Rosas, y fue bautizado, como era la costumbre de la época, con el apellido de su padrino
y captor. |
| Una vez libre, gracias a su astucia, Mariano
huyó hacia las tolderías nativas, contento, después de todo, de contar con otra
protección mágica -la del nombre cristiano- y con un capital de conocimientos rurales
adquiridos en la estancia del Pino. Pero tales ventajas no lo decidian a volver a tierras
de blancos; por el contrario, destinado, no tanto por herencia cuanto por sus altas
prendas personales, a ser el nuevo cacique de la dinastia de los zorros, juró no entrar
jamás en esas tierras, ni siquiera a la cabeza de un malón. No quedaba a Mansilla otro
remedio que presentarse en sus dominios, para refrendar un tratado de paz que se había
demorado largamente en despachos y asambleas y habla sufrido correcciones varias, por una
y otra parte. La validez de semejante convenio era muy relativa, ya que, un tanto a
regañadientes, sólo lo habla aprobado Sarmiento como poder Ejecutivo, pero no el
Congreso. Además, no faltaban las cláusulas tramposas, como la que proponía 'comprar' a
los aborígenes un territorio que en ningún momento se les habla reconocido en propi~
dad. Según las leyes heredadas de España, eran meros intrusos y, por otra parte, otra
ley, sancionada en 1867, ordenaba su expulsión al otro lado del río Negro. Claro está
que Mansilla sabía todo esto, pero, en tanto militar blanco, no tuvo mayores escrúpulos
en el momento de su partida. Lo cual no quita que, después de haber conocido mejor a los
ranqueles, haya tenido para ellos palabras de apoyo y defensa, y que se perciban fuertes
acentos de censura cuando se refiere al proceder de los blancos. |

SAN LUIS, CA. 1895
SOCIEDAD FOTOGRÁFICA ARGENTINA DE AFICIONADOS
COL. A.G.N.

INDIENAS, CA. 1895
SOCIEDAD FOTOGRÁFICA ARGENTINA DE AFICIONADOS
COL. A.G.N. |
Más allá de
estas razones oficiales ~anar tiempo, en suma, hasta que se diera la batalla definitiva,
que sólo llegaría con Roca-, podemos conjeturar fundadamente que también empujaron a
Mansilla motivos específicamente personales: su afán de conocimiento del otro y de lo
otro, que va más allá de la mera curiosidad y alcanza en él trascendencia psicológica
y hasta metafísica.
Pero, ¿por qué repetir el viaje de Mansilla, hoy, a fines del siglo
XX? Para La pasión de los nómades, la novela que tenía entre manos, era
imprescindible, puesto que en ella un Mansilla fantasmal, vuelto a la vida y ávido de
reinstalarse en el mundo, decide retornar por sus viejas huellas cuando el vértigo y el
desencanto lo alejan de una desmesurada Buenos Aires postmoderna, donde ya no parece haber
lugar para él. ¿Lo hay, acaso, en los senderos de la pampa? ¿Lo está esperando alguien
en los oasis y las encrucijadas? Estas y otras preguntas, para bien o para mal, se irían
respondiendo a lo largo de un trayecto que es el mismo, pero es también
irremediable-mente otro.
Mi camino de los ranqueles había empezado mucho antes, en las
numerosas rutas de las bibliotecas y en las entrevistas con los expertos: el antropólogo
Rodolfo Casamiquela; Evar Amieva, licenciado en filosofia y estudioso (o aprendiz, como
él preferiría llamarse) de la sabiduría espiritual ranquelina; el historiador Carlos
Mayol Laferrére, que hizo la ruta de Mansilla con casi setenta jinetes en 1980. Le debo a
este no sólo mapas con las actuales demarcaciones provinciales y municipales, que
reconstruyen y precisan el dibujado por Mansilla mismo, sino referencias de
investigaciones, sólo parcialmente publicadas hasta ahora, que pude consultar en sus
fuentes.
Nuestra expedición comenzó el primero de enero de 1992 y no apeló a
caballos; éramos cuatro: un matrimonio con dos hijos de once y ocho años en un
Mercedes-Benz del 53, nuestro auto, elegido por razones sentimentales y simbólicas, pero
también prácticas, pues sabíamos que podría transitar por los caminos agrestes de la
Tierra Adentro, a menudo embarrados y pantanosos y otras veces casi inexistentes.
Llevábamos los mapas de Mayol y los del Instituto Geográfico Militar, una buena cámara
fotográfica, una fumadora doméstica, un grabador de periodista, una carpa y bolsas de
dormir. El primer tramo del itinerario nos llevó de Buenos Aires a Río Cuarto, hoy una
próspera ciudad y ayer subcomandancía de la frontera, con su cuartel y su plaza mayor,
donde se oía gritar, con aterradora frecuencia: ¡Invaden los indias! No obstante,
los indios no eran siempre invasores: un activo tráfico comercial y un telón de fondo de
asiduos parlamentos políticos formaban también parte de la vida bulliciosa de un mundo
en transición, situado al borde y en el limite de lo desconocido.
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SOBRE
REDUCCIONES Y FORTINES. LA HISTORIA VERGONZANTE |
Al poco
tiempo de la excursión, en el fuerte Sarmiento se instaló una industriosa reducción
indígena, dirigida por el padre Moisés Álvarez, uno de los misioneros que acompañaron
a Mansilla. Entre los documentos consultados por Mayol Laferrére en el archivo
franciscano de Río Cuarto figuran las cartas del fraile a su compañero de expedición,
el padre Donati, en algunas de las cuales se queja con amargura de la desidia de las
autoridades, la falta de recursos (los subsidios asignados desaparecían sospechosamente
antes de llegar a destino) y el autoritarismo e intolerancia para con los aborígenes, a
los que se quiere imponer, en 1876, la obligación de cumplir el servicio militar y tomar
armas contra sus hermanos de cultura y raza. Comenzó con ello el vaciamiento progresivo
de la reducción, pues fueron desertando los indios y sus familias como consecuencia de la
negligencia y los abusos. En 1877, el padre Álvarez fue dado de baja como capellán de
Sarmiento, aunque no por ello abandonó a los aborígenes. que volvieron al fuerte
arreados por expediciones punitivas. En 1878 tuvo lugar allí una de las matanzas más
vergonzosas de la historia de la frontera, cuando una embajada del cacique Epumer acudió
sin armas y sin afán hostil a solicitar los sueldos y raciones que les correspondían por
el tratado de paz en vigencia. Hacía 1880, el plan instrumentado por Roca asestó el
último golpe a la parcialidad étnica ranquelina. Moisés Álvarez murió en 1882, pero
antes llegó a ver la desaparición de la frontera, que fue definitiva.
Como puede leerse en una de las cartas del franciscano, el trato que se
daba en el fortín al soldado blanco era inhumano y humillante (precisamente por tales
vejaciones se escribió, por esos años, el Martín Fierro). Salarios y abastecimientos a
veces no llegaban porque los comisionados los habían sustraído o se los habían jugado
(así consta en la pro-testa de Álvarez); y cuando finalmente lo hacían, era con retraso
de meses y hasta de años, en momentos en que ya estaban enajenados a comerciantes y
pulperos. Sobre estos temas son harto elocuentes los libros de Álvaro Barros (Fronteros y
territorios federoles en los pompos del sur, Solar/Hachette, Buenos Aíres, 1957) y del
comandante Prado (La guerro al molón, Fudeba, Buenos Aires, 1980). La obra de Vera Piche)
(Los cuarteleras, Planeta, Buenos Aíres, 1987) ilustra sobre aspectos de la vida de
fortín desdeñados por la épica, como la actuación a menudo heroica de las mujeres, que
decidían acompañar a sus hijos o esposos en sus penurias y llegaban, incluso, a
desempeñar funciones militares. |
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