EXPOSICIÓN DEL PROFESOR
MOLINA
Voy a hacer una presentación general sobre la capa de ozono de la
estratosfera. Sí bien desde hace siglos la humanidad sabe que es posible contaminar los
ríos, las ciudades y el aire de estas, sólo en años recientes, quizá durante las
últimas dos décadas, con las alteraciones al ozono estratosférico, se ha dado cuenta de
que podría contaminar todo el planeta. Ha comenzado a tomar conciencia de que enfrenta un
problema global. Una ayuda para comprender sus dimensiones es considerar el espesor
de la atmósfera. FI 90% de la masa de aire que la compone se encuentra entre la
superficie de la Tierra y alrededor de 20km de altura, pero la distancia entre los dos
polos terrestres es mil veces mayor: 20.000km. Se advierte que la atmósfera es una piel
muy delgada del globo terrestre, en la que resalta la presencia de nubes.
Imaginemos a un viajero del espacio que se acerque a nuestro planeta y
empiece a estudiarlo: si su visión fuera semejante a la de los humanos en la franja
visible del espectro, notaria esas nubes. Con aparatos más refinados. podría darse
cuenta de que una quinta parte de la atmósfera es oxígeno, lo que le indicaría que hay
vida en la Tierra. Si se acercara más, vería muchas luces en ciertas partes de los
continentes, es decir, divisaría ciudades y señales de civilización. Pero sí
dispusiera de medios para percibir los rayos ultravioletas y. además, hubiese estado
observando la Tierra por el lapso de un par de décadas, advertiría unos cambios muy
curiosos, hasta espectaculares, sobre todo en la zona del polo sur. Notaría allí una
alteración extraordinaria del color, debido a que rayos ultravioletas, que normalmente no
penetraban desde el espacio hasta la superficie terrestre, comenzaron a hacerlo (porque
una capa protectora que filtraba esa radiación prácticamente desaparece de la
atmósfera, en esa zona, durante los meses de la primavera austral). Ante esta
comprobación. nuestro hipotético viajero espacial no dejaria de preguntarse qué le
podría estar pasando al planeta colocado ante sus ojos.
Para responder a ese interrogante conviene que nos remontemos un poco
en el tiempo. Hacia los años cuarenta, las heladeras o refrigeradores domésticos
empezaron a ser confiables y seguros. Antes de esa fecha. usaban compuestos tóxicos como
refrigerante -por ejemplo. amoniaco o dióxido de azufre, lo que ocasionó un considerable
número de accidentes. En la década de los treinta, un ingeniero llamado Thomas Midgley
inventó unos compuestos químicos llamados clorofluorcarbonos, de gran estabilidad, para
reemplazar a las mencionadas substancias tóxicas. Otra de sus invenciones fue el
tetraetilo de plomo, importante en los motores de esa época, pero aquí nos interesan los
clorofluorcarbonos, cuyas propiedades físicas y químicas resultaron muy útiles a la
sociedad. Son compuestos no tóxicos y muy volátiles en condiciones cercanas a las del
ambiente; es decir, son líquidos pero se evaporan con mucha facilidad. Tal
transformación de fase, de líquido a vapor, los hace adecuados como refrigerantes y, a
veces, como solventes. Su propiedad química más importante es su estabilidad. Si se los
usa en una heladera, cuando esta concluya su vida útil, terminarán siendo emitidos a la
atmósfera en su totalidad, pues no se habrán descompuesto.
En términos químicos, los clorofluorcarbonos son derivados de
hidrocarburos. El más sencillo de estos es el metano, que se compone de un átomo de
carbón y cuatro de hidrógeno; sí se reemplazan estos últimos átomos por halógenos
-la familia que forman el flúor, cloro, bromo, yodo y astato-, sobre todo los dos
primeros, se obtienen clorofluorcarbonos. Por la extraordinaria estabilidad que se
mencionó, el uso de estos compuestos se generalizó en las décadas de los 60 y los 70,
al punto que, para comienzos de la segunda. era posible medir su presencia en la
atmósfera. Un científico inglés, James E. Lovelock, inventó un cromatógrafo de gran
sensibilidad para hacer tales mediciones y advirtió que no sólo encontraba
clorofluorcarbonos en el aíre de Londres sino, también, en el que venía del Atlántico,
igual que en el de cualquier otra zona del mundo. Sus concentraciones eran muy pequeñas.
del orden de partes por cada millón de millones. Pero, mediante un cálculo sencillo, se
podía demostrar entonces que tales concentraciones eran las esperables sí se suponía
que toda la producción industrial de clorofluorcarbonos realizada hasta el momento estaba
dispersa en la atmósfera del mundo.
En aquel entonces, Lovelock y sus colegas concluyeron que la situación
no era de preocupar, pues se trataba de compuestos muy poco tóxicos que, presentes en la
atmósfera en concentraciones tan pequeñas, no ocasionarían problemas. Ese fue el punto
de partida que elegimos con mi colega Sherry Rowland cuando decidimos estudiar la química
de la atmósfera terrestre. Los dos éramos especialistas en otras ramas, pero resolvimos
atacar un problema nuevo: predecir la acción de esos compuestos y sus consecuencias. Me
acuerdo haber pensado que no parecía bueno estar cambiando la composición química de la
atmósfera sin saber sus efectos, y que sería importante estudiar los resultados de
cambios que no eran de origen natural.
Como consecuencia de las investigaciones aprendimos que los
clorofluorcarbonos se descomponen si se los somete al tipo de luz ultravioleta que
sólo existe en la alta atmósfera. No explicaré los detalles de los procesos
químicos de esa descomposición, pero indicaré algunos factores que influyen en ella.
Uno es la temperatura, que disminuye con la altura; por ello, en los Andes -en las
montañas altas, en general- nieva todo el año. La temperatura desciende a medida que
aumenta la altitud porque la atmósfera se calienta por abajo, debido a la energía solar
que recibe la superficie de la Tierra. Pero, a cierta altura, la temperatura no sigue
bajando, sino que empieza a subir, con importantes consecuencias para el funcionamiento de
la atmósfera. Un perfil invertido de temperaturas, opuesto al que normalmente existe,
crea una gran estabilidad de la atmósfera, sobre todo para movimientos de aire en la
dirección vertical. Las nubes, los vientos y los otros fenómenos climáticos suceden
casi en su totalidad en la baja atmósfera; en la estratosfera, aquella capa estable
caracterizada por la inversión del perfil de temperaturas. prácticamente no hay nubes.
El aumento de la temperatura en la estratosfera se relaciona con la
composición química del aire, pues, a esa altura, hay un compuesto que absorbe la
energía solar y. por ende, calienta localmente la atmósfera. Es el ozono, substancia muy
poco estable que absorbe la radiación ultravioleta, cosa que no hacen el oxigeno ni el
nitrógeno. Los clorofluorcarbonos incorporados a la atmósfera en la superficie terrestre
se mezclan con mucha rapidez con las capas inferiores de aíre (por ejemplo, compuestos
emitidos en los Estados Unidos llegan a Europa en cuestión de meses y, posiblemente, en
no más de dos años están en el hemisferio sur). Pero tardan alrededor de una década en
alcanzar alturas suficientes en la estratosfera y en encontrar la luz ultravioleta que los
descompone, que es la del tipo absorbido o filtrado por el ozono.
Una molécula conocida por todos los químicos y biólogos, el ácido ríbonucleico,
que controla la herencia, también absorbe muy eficientemente luz ultravioleta, los rayos
que producen las quemaduras de sol y el cáncer de piel. Posiblemente por ello, los
sistemas biológicos han evolucionado para adaptarse a las cantidades de luz ultravioleta
que llegan naturalmente a la superficie terrestre. Si esa cantidad aumentara, podría
producir daños importantes en muchos sistemas ecológicos y, también, en el hombre.
El ozono -O3, una molécula que tiene tres
átomos de oxígeno- se produce por la acción de la luz solar en el oxígeno normal que
respiramos, que tiene dos átomos por molécula. Se está generando continuamente, sobre
todo en los trópicos y en la alta estratosfera, y también se está continuamente
destruyendo, por su escasa estabilidad. Esas destrucciones, que no puedo explicar en
detalle, tienen lugar mediante muy interesantes procesos catalíticos, debidos a los
óxidos de nitrógeno de origen natural, que están presentes en concentraciones del orden
de partes por mil millones, pero controlan el ozono presente en partes por millón. El
óxido nítrico (NO) ataca al ozono, pero se regenera a tal punto que una de sus
moléculas puede destruir muchos miles de las de ozono. En la baja atmósfera, en especial
en las ciudades, los óxidos de nitrógeno son responsables de la producción de ozono,
por su acción (con luz solar) sobre ciertos productos de la combustión de hidrocarburos.
El ozono que se produce en lo que llamamos smog es malo para respirar, porque afecta los
pulmones, pero el ozono de la estratosfera es importantísimo para protegernos de la luz
ultravioleta. En un caso, el dióxido de nitrógeno reacciona con átomos de oxígeno en
zonas donde se produce ozono; en cambio, cerca de la superficie terrestre no hay
suficientes átomos de oxigeno, y el dióxido de nitrógeno, cuando absorbe luz solar, los
produce, para que, a su vez, generen ozono. Son reacciones químicas muy parecidas pero
con efectos opuestos.
El cloro es también muy eficiente en estas reacciones en cadena, de
suerte que un átomo de cloro puede destruir a cientos de miles de moléculas de ozono.
Así se vincula el problema de los clorofluorcarbonos con el de la capa de ozono. Aquellos
se emiten en la superficie terrestre y son tan estables que no se eliminan de la
atmósfera por los procesos normales por los que esta se limpia, como la lluvia. Cualquier
compuesto soluble en agua se elimina de esa manera: ello puede tener consecuencias
desfavorables, pero cumple con un cometido importante, que es purificar la atmósfera. La
lluvia ácida, a pesar de sus efectos nocivos, por lo menos elimina del aire ácidos, que
podrían tener repercusiones igualmente malas o peores. Otros procesos destruyen
compuestos no solubles en agua; por ejemplo, la oxidación atmosférica, sobre todo con el
radical hidroxilo, pero tampoco actúan sobre los clorofluorcarbonos, de suerte que, a
pesar del prolongado tiempo que estos tardan en difundirse, finalmente alcanzan alturas
por encima de la capa de ozono, se destruyen y producen átomos de cloro.
En 1974, lo anterior no era más que una hipótesis formulada por
nuestros grupos de trabajo, muchos de cuyos aspectos se comprobaron -como la presencia de
átomos de cloro y moléculas de óxido de cloro en la estratosfera-, pero resultó muy
difícil medir sus efectos en el ozono mismo, sobre todo por las fluctuaciones de este,
que se produce principalmente en las latitudes tropicales y migra hacia los polos. Esas
variaciones naturales ocultan los efectos que puedan tener los compuestos industriales,
salvo que sean enormes. Pero, en 1985, un grupo de científicos británicos descubrió que
sobre la
Antártida estaba sucediendo algo de lo que no se conocían
antecedentes: en la primavera antártica el ozono estratosférico desaparecía
drásticamente, fenómeno que se sigue apreciando hoy, diez años después.
Sí examinamos con un poco más de detalle lo que le pasa al ozono
estratosférico sobre el polo sur, a la luz de mediciones hechas con globos por mí colega
David Hoffman, quien estableció perfiles de ozono, o sea, la concentración de ozono en
función de la altitud, advertimos que cuando sale otra vez el Sol en la Antártida,
después de la larga noche polar, el ozono tiende a desaparecer rápidamente. En cuestión
de semanas, para octubre, ya no es posible medirlo en un radio de alrededor de 5km en
torno al polo. Más del 99% del ozono desaparece; con el tiempo se regenera, cuando la
masa de aire que contiene el agujero de la capa de ozono se mezcla con aire que tiene
cantidades más normales del gas. Al descubrirse este fenómeno, la pregunta que se hizo
la comunidad científica fue si era de origen natural o si, efectivamente, se debía a la
presencia de cloro de proveniencia industrial.
Para responderla, se formularon distintas hipótesis, que se
comprobaron o refutaron mediante experimentos diseñados al efecto. Nuestro grupo no
predijo que el ozono desaparecería con más intensidad sobre la Antártida, porque no
tomó en cuenta la presencia de nubes. La estratosfera es muy seca, porque casi toda el
agua baja como lluvia antes de llegar a esas alturas. Pero sobre la Antártida la
atmósfera es muy fría, varios grados más fría, incluso, que sobre el Ártico, por lo
que se forman más nubes. Estas desempeñan un papel importante en el comportamiento
químico del aíre, que consiste en activar el cloro. Normalmente, el cloro procedente de
la descomposición de los clorofluorcarbonos forma parte de compuestos estables, como el
ácido clorhídrico, el nitrato de cloro, etc. La descomposición del ozono, en cambio, se
debe a la presencia de radicales libres -compuestos de gran reactividad, dotados de un
número impar de electrones-. Habíamos pensado que la cantidad de cloro activo sería muy
pequeña. sobre todo en los polos, por las bajas temperaturas: que, normalmente, no más
del 2-3% del cloro tendría la forma de radical libre. Pero, con la presencia de las
nubes, ocurren reacciones, catalizadas por las partículas de hielo de aquellas, de las
que no había antecedentes, y que dan como resultado la formación de cloro molecular, un
gas verde que constituye uno de los elementos naturales. En cuanto sale el Sol sobre la
Antártida, aunque la intensidad de su luz sea muy pequeña, el cloro la absorbe en
cantidad suficiente para que se rompan sus moléculas y resulten átomos de cloro activo,
capaz de destruir el ozono. Por ello, sobre la Antártida, no un pequeño porcentaje, sino
las dos terceras partes del cloro están en esta forma activa. Otra función importante de
las nubes es eliminar los óxidos de nitrógeno, que interfieren con el cloro en cuanto a
sus efectos sobre el ozono.
También quiero explicar brevemente otra reacción química, que tiene
lugar mediante procesos catalíticos independientes de la presencia de átomos de oxigeno,
pero con la de un compuesto antes desconocido, el peróxido de cloro (C1202).
Es otro ejemplo de un descubrimiento fundamental que, al mismo tiempo, tiene una
aplicación directa a la química de la atmósfera. Una propiedad interesante de la
molécula de C1202 es que, cuando absorbe luz, libera átomos de
cloro. Demostramos lo anterior con unos experimentos de laboratorio realizados,
principalmente, por Agustín Colussi, profesor de la Universidad de Mar del Plata e
investigador del CONICET. Sí en el laboratorio se puede hacer que los átomos de cloro
destruyan el ozono y se logra medir el proceso, se adquiere confianza en que ello
ocurrirá en la estratosfera, así como en cualquier otro sitio donde se encuentren
átomos de cloro y moléculas de ozono. Por este camino, hicimos la predicción de que el
cloro era responsable de la desaparición del ozono en la Antártida. Realizamos otro
experimento, que consistió en medir la concentración de los gases estables en las
porciones de la estratosfera de las que estaba desapareciendo el ozono. De acuerdo con una
de las teorías, la meteorológica, no habría destrucción química del ozono sino,
simplemente, movimientos de aíre: capas con muy poco ozono que suben y desplazan a otras
ricas en él. Ello se pudo refutar muy fácilmente, porque la concentración de ciertas
substancias, como el metano y los clorofluorcarbonos, varia con la altitud: midiendo la
concentración de estas se estableció con claridad que el aíre en cuestión no venía de
altitudes menores sino, en todo caso, de más arriba, y que había destrucción química
del ozono. Otra de las teorías postulaba una mayor concentración de óxidos de
nitrógeno de origen natural, asociada con los ciclos solares, pero las mediciones
demostraron que los niveles de estos óxidos son extraordinariamente bajos y acordes con
las predicciones hechas sobre la base de los experimentos de laboratorio que mencioné. En
ausencia de óxidos de nitrógeno, el cloro puede destruir el ozono con extraordinaria
eficiencia.
Uno de mis colegas de Harvard -James G. Anderson- y su grupo de
investigación midieron las concentraciones estratosféricas de ozono y de óxido de
cloro, que es el cloro activo, en distintas latitudes. Cuando el avión desde el que
realizaban las mediciones entraba en la zona polar de la que estaba desapareciendo el
ozono. advertían que. al principio, cuando el ozono todavía estaba presente en
cantidades normales, ya era posible encontrar concentraciones relativamente elevadas del
radical y. a medida que desaparecía el ozono, se verificaba una fuerte aumento de aquel,
lo que fundamenta la marcada correlación del cloro activo con la desaparición del ozono.
La cantidad de cloro activo es tan grande que se lo puede medir desde un satélite por la
emisión de microondas, una operación que se asemeja a lo que comenté al principio sobre
un observador que contemplara el planeta desde el espacio y tuviera la capacidad de
percibir los rayos ultravioletas. Las concentraciones más altas de cloro activo, igual
que las más bajas de ozono, coinciden con la masa de aire estratosférico que se
distingue del resto por su temperatura mucho más baja y se llama vórtice polar, donde
más de la mitad del cloro está en la forma activa.
Es interesante notar que también hay concentraciones muy elevadas de óxido de cloro
en el hemisferio norte, pero no hay un agujero en la capa de ozono, como en el sur, porque
el vórtice polar es menos estable. La capa de ozono también se deteriora sobre el
Ártico, pero no de manera tan localizada como sobre la Antártida: sufre un
adelgazamiento de alrededor del 10-20%, en un área geográfica más extensa que la del
agujero del sur La causa es que las temperaturas no son suficientemente bajas y el tiempo
no alcanza para que los procesos catalíticos destruyan al ozono en el hemisferio norte, o
en el polo norte, como lo hacen en el sur, pero, de todas maneras, las mediciones muestran
claramente que, en los últimos años, la concentración medía de ozono en el globo ha
bajado de manera muy significativa.
¿Qué se ha hecho acerca de este problema?
Lo primero fue dejar de utilizar clorofluorcarbonos como propelentes de los aerosoles de
uso doméstico. Las latas de aerosol necesitan una substancia que, a la presión moderada
practicable dentro del recipiente, sea líquida y, al apretar el botón, se evapore y
arrastre el compuesto activo. En 1978, y a pesar de que todavía no se había comprobado
experimentalmente nuestra teoría por mediciones atmosféricas, se prohibió el uso de
clorofluorcarbonos en aerosoles en los Estados Unidos, Canadá y los países escandinavos;
de todos modos, no eran indispensables, porque había otras substancias que podían tomar
su lugar. Entonces se tenían claros ciertos aspectos de la química de la atmósfera,
pero el ozono estratosférico todavía no había desaparecido sobre el polo sur. En la
Argentina, por esos años se dejaron de emplear clorofluorcarbonos en la mayoría de los
aerosoles, pero sólo alrededor de 1990 se promulgó la ley que prohibió usarlos para tal
finalidad. Sin embargo, se admitió que continuaran utilizándose para otros propósitos,
como la refrigeración y los solventes.
En 1987, se firmó un acuerdo internacional, el protocolo de Montreal,
cuya primera versión estableció que se limitaría la producción de
clorofluorcarbonos y fijó que se la reduciría a la mitad de la actual para fines del
siglo. Pero, a la luz de la evidencia científica que se fue acumulando, el protocolo
original se enmendó, primero en Londres y después en Copenhague, de suerte que, a fines
del año pasado, esa producción se detuvo por completo en los países industrializados,
aunque es posible que continúe, con una intensidad relativamente pequeña, en los países
en vías de desarrollo, lo que se admite durante el tiempo de transición a técnicas no
dañinas. Como los compuestos analizados tienen una vida medía de cincuenta años, o de
un siglo en la atmósfera, se estima que esta se va a recuperar muy lentamente. y que
sólo a media dos del siglo próximo va a desaparecer del hemisferio sur el agujero en la
capa de ozono, lo mismo que su adelgazamiento en el norte.
El protocolo de Montreal demuestra que es posible que la humanidad
resuelva los problemas ambientales con eficiencia. Una de sus características importantes
es que intervinieron muchos sectores de la sociedad: la comunidad científica,
diplomáticos, la industria. Al principio esta se oponía a que se sancionaran las
reglamentaciones, pero, con el tiempo, se convenció de que el problema era muy serio y,
desde 1988, colabora en el proceso de definirlas; por ejemplo, proporciona información
acerca cuánto tiempo se requiere para crear procesos substitutivos. La solución del
problema no consiste en dejar de usar refrigeración o aíre acondicionado, sino,
simplemente, en buscar otras técnicas, que no deterioren el ambiente. Algunas de las
nuevas se basan en compuestos parecidos a los clorofluorcarbonos, los hcfcs
(clorofluorcarbonos hidrogenados), que son menos estables. Una proporción pequeña de
ellos llega a la estratosfera, pero la mayoría se descompone en la baja atmósfera.
Uno de los aspectos más importantes de la crisis del ozono
estratosférico es que constituye un asunto realmente global. Los clorofluorcarbonos son
emitidos principalmente en el hemisferio norte, pero sus efectos más graves se constatan
en el lugar del globo lo más alejado posible de ese hemisferio, la Antártida. Entre las
consecuencias del incremento de la radiación ultravioleta se cuenta la menor
productividad del fitoplancton, que, a su vez, podría tener repercusiones que van mucho
más allá de los mares del extremo sur A pesar de que, vistos desde los países con mayor
participación en las causas, los efectos directos están muy lejos, los indirectos sobre
esos mismos países pueden ser importantes. Desde luego, en la Argentina, en especial en
la Tierra del Fuego, cuando se produce el agujero de la capa de ozono se reciben
intensidades de radiación ultravioleta mayores que las naturales, con las consiguientes
repercusiones sobre los seres vivos, incluida la población humana.
Para terminar, quiero hacer una referencia a los distintos tipos de
investigaciones que se están realizando hoy en estos campos. Están las de laboratorio,
como las que hacemos con mí grupo en el Massachusetts Institute of Technology; también
se llevan a cabo mediciones en la atmósfera, y hay grupos importantes que formulan
modelos matemáticos, que se basan en los datos experimentales y las mediciones para
predecir cómo funciona la atmósfera. Me gusta concebir esos modelos matemáticos como
mapas de la atmósfera, y recordar, a ese propósito, una cita de Jorge Luis Borges que
lleva el titulo Del rigor en la ciencia (está en El hacedor; en un apartado
llamado Museo, y figura en la página 847, tomo 1, de sus Obras Completas 1923-1972.
Emecé, Buenos Aires, 1974). Leí en Estocolmo el pasaje traducido al inglés, en mí
discurso de recepción del Nobel. Aquí puedo citar el texto original, que reza: ..En
aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola
Provincia ocupaba toda una Ciudad y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el
tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron
un Mapa del Imperio, que tenia el tamaña del Imperio y coincidía puntualmente con él.
Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que
ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y
de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa,
habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las
Disciplinas Geográficas. Es pues, el rigor en la ciencia. |