Volumen 6 - Nº34 - 1996 |
Revista de Divulgación Científica y
Tecnológica de la |
MEMORIA DE LA CIENCIA Egresados del País :
¡Es Necesario Reaccionar! |
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Un
conflicto académico relacionado con la institución de la ciencia en la
Argentina de los años veinte. En
1982, el Centro Pro Defensa Universitaria de la Plata imprimió una
pancarta callejera con la bandera argentina y, sobre esta, la consigna
Egresados del país: ¡es
necesario reaccionar! Se trataba de una convocatoria a resistir algo que,
hasta entonces, habia sido común, pero en ese momento cobraba visos de
escandanlo: como jefe de la sección Zoología del museo de la Plata, se
había nombrado a Erich Dautert, un desconocido malacólogo ( o
especialista en moluscos) alemán. Dautert
había nacido en 1901 en Brelín-Schönebreg y, en 1926, luego de graduado
como agrónomo, obtuvo el doctorado en la Universidad Fiedrich-Wilhelm, de
Berlín, con una tesis sobre Die Bildung der Keimblätter bei Paludina vivípara
(La formación de la menbranas embrionarias en Paludina vivípara).
Previamente, había coloborado con el Instituto de zoología de dicha
universidad y trabajado en el ordenamiento de las colecciones zoológicas
del instituto Urinaria. Una
corta experiencia en el museo zoológico de Berlín, una estadía en la
estación de zoología de Helgoland y otra en Nápoles eran los puntos más
importantes del curriculum vitae que Dautert envió a Robert
Lehmann-Nitsche, antropólogo alemán que, desde 1897, ocupaba el cargo de
jefe de la sección Antropología del museo y, también, la cátedra de
esa especialidad, creada en 1906 al fundarse la universidad nacional de La
Plata. Dautert mandó dicho curriculum el 30 de julio de 1928, para
postularse al cargo de jefe de la mencionada sección de Zoología; adjuntó,
además, una recomendación de Eugen Fischer, director del Kaiser Wilhelm
Institut für Anthropologie, menschliche Erblehre und Eugenik, de
Berlín, y otra del zoólogo Richard Hesse, por quienes había recibido la
noticia del puesto vacante en La Plata, que el mismo Lehmann-Nitsche se
había encargado de difundir. Las recomendaciones y las cartas en alemán
no estaban dirigidas al director de la institución sino al profesor
Robert Lehmann-Nitsche. A fines de la década de 1920, cuando la dirección
del museo estaba en manos de Luis María Torres, aquel era miembro del
consejo superior de la universidad, que presidía Ramón Loyarte. No era
la primera vez que tomaba la iniciativa de hacer circular en Alemania una
invitación a que se presentaran postulantes a ocupar una vacante académica
en La Plata; su correspondencia muestra que, constantemente, apoyado por
la embajada alemana en Buenos Aires, se preocupaba por cubrir tales
puestos con personas a las que lograba llegar por su red de contactos en
instituciones alemanas y del resto de Europa. Por otro lado, tal conducta
no parecía contradecir en nada el sistema de provisión de cargos del
museo y la universidad de La Plata, muchas de cuyas cátedras e institutos
estaban en manos de alemanes, que habían llegado al país jóvenes y sin
experiencia, como había sido el caso de Lehmann-Nitsche, cuya historia,
aparentemente, repetiría Dautert treinta años después. Era una historia
que se inscribía en el modo de concebir a las instituciones científicas
y universitarias de la Argentina moderna, estructuradas con el necesario
concurso de académicos traídos de Europa, ya que el país no contaba con
agentes locales capaces de llevar a la práctica tal proyecto. Dado que el
modelo universitario alemán (o, mejor dicho, prusiano) era entonces uno
de los más admirados e imitados fuera del viejo mundo, la búsqueda de
profesores que pudiesen actuar como el personal clave de las nuevas
instituciones se orientó muchas veces a Alemania. Hacía 1880, el Río de
la Plata no sólo ofrecía salarios atractivos sino, también, cargos de
prestigio y jerarquía a los investigadores que, con recomendaciones
suficientes, tomaran la decisión de emigrar. Las posiciones
universitarias argentinas proporcionaban la manera de ascender rápidamente
en la escala académica y, también, la garantía de poder volver a Europa
con sólidos antecedentes, en contraste con la situación en los países
de origen, donde la competencia era muy dura y el progreso muy lento. Acá,
esa competencia no existía, ya que los europeos expatriados debían crear
la ciencia y la tradición académica local. Si bien en 1901 egresó el
primer doctor en ciencias químicas de la universidad de Buenos Aires
-Enrique Herrero Ducloux-, la formación de científicos en la Argentina
de los primeros lustros del siglo no iba al ritmo de la creación de
institutos, cátedras universitarias y museos; por ello, se continuaba
contratando personal europeo. Según lo anterior, en los primeros pasos
relacionados con la traída de Dautert todo parecía normal. En diciembre
de 1928, mediante una carta traducida por Lehmann-Nitsche, Torres comunicó
a Dautert que. en febrero, recibiría $ 400 para cubrir los gastos de su
pasaje a Buenos Aires, y que, además de practicar el castellano todo lo
que le fuera posible, trajera con él cualquier material de enseñanza y
de laboratorio que considerara indispensable. Siguiendo estas
indicaciones, Dautert llegaría a La Plata a fines de marzo de 1929.
Dejaba en Alemania el proyecto de una expedición a la costa lusoafricana,
su puesto de becario de un ministerio y los problemas de fines de la década:
una tesis sin publicar debido a la hiperinflación y la imposibilidad de
contar con sus propios instrumentos científicos por razones económicas.
Llegó a La Plata el viernes santo, sin haber tenido oportunidad ni tiempo
de aprender castellano, luciendo una gorra deportiva blanca, para ser
reconocido por quienes lo esperaban. Alojado las primeras semanas en el
mismo museo, Dautert fue designado -en carácter interino hasta tanto el
consejo superior de la universidad lo ratificase- profesor de zoología y
jefe de la correspondiente sección del museo, con un salarío mensual de
$ 800, descontado el 5% correspondiente a la caja de jubilaciones, según
el diario platense La opinión, un sueldo que no gana Hindenburg. A
titulo de comparación, puede señalarse que, en 1929, el presupuesto de
la Universidad Nacional de la Plata era de cerca de 4,3 millones de pesos
moneda nacional, y que su presidente -título que el estatuto de 1906 dio
al rector y que aún se conserva- ganaba $1000 mensuales, mientras el
director del museo percibía $700; un jefe de sección y un profesor
cobraban $400; un profesor adjunto, $250; un ayudante estudiante, $75; un
preparador, $150, y el portero, $50. El precio medio de una hectárea de
campo en la pampa húmeda (por ejemplo, en el partido de 25 de Mayo) era
entonces $220. Desde el 28 de junio de 1920 regían en el ámbito de la
universidad nuevos estatutos dados por el poder Ejecutivo de la Nación,
por los que el observatorio y el museo dejaron de ser facultades y
adquirieron rango de institutos científicos, con lo que cobraron mayor
autonomía frente al gobierno de la universidad. La ordenanza orgánica
del museo, con las modificaciones introducidas por el director Luis Maria
Torres y por el consejo superior de la universidad, fue aprobada el 10 de
mayo de 1923. El artículo primero establecía: El museo tiene el
carácter de instituta; mantendrá los fines de su primitiva creación y,
como lo establece la ley 4699, su personal científico estará al servicio
de la enseñanza superior de las ciencias naturales en sus respectivas
especialidades. Algo novedoso que aparecía en esta ordenanza era una
aclaración sobre el personal del museo: en igualdad de condiciones, serán
preféridos los argentinos, característica que Torres no olvidó de
destacar en sucesivas memorias presentadas a la universidad. Por la misma
ordenanza, el director del museo adquirió cierta autonomía en el manejo
del presupuesto de la entidad. Robert
Lehmann-Nitsche Robert Lehmann-Nitsche nació en Posen en
1872. Se incorporó al Museo de La Plata en 1897, en reemplazo de
Hermann ten Kate, antropólogo que dejó el cargo de jeje de la sección
Antropología del museo para asumir uno similar en el japón.
Lehmann-Nitsche se habia doctorado en ciencias naturales en Munich, en
1893, y en medicina en Berlín, en 1897. A poco de instalarse en La
Plata, inició sus estudios etnográficos y folklóricos, para los que
recopilá información sobre la vida urbana y rural bonaerense. Juntó y
coleccionó casi obsesivamente todo lo que le pareció característico
de la Argentina de la época: adivinanzas, folletines (también llamados
entonces "literatura de cordel"), tarjetas postales, fotografías,
refranes, objetos, canciones, etc. Entre sus numerosas publicaciones,
dedicó a los estudios mencionados Adivinanzas rioplatenses, 1911;EI
chambergo de bola, l9l5;El retajo, 1915; La bota de potro, 1916;
Santos Vega, 1917, y, con el seudónimo Victor Borde, Texte aus den
La Plata Gebieten, 1923, del que hay tradución castellana de 1981
titulada Textos eróticos del Río de la Plata. Murió en Berlin
en 1938 y su archivo, igual que su biblioteca criolla -una importante colección
de folletos e impresos relacionados con el criollismo-, pasó a los
fondos del lbenoamerikanisches lnstftut de esa ciudad. En
este marco institucional, Torres envió al presidente de la universidad la
propuesta de que Erich Dautert fuese designado director del departamento
de Biología, con la finalidad de impulsar el estudio de la fauna de los
mares y ríos argentinos, precariamente representada en las colecciones
del museo. La reacción no se hizo esperar. Una declaración firmada por
biólogos egresados del museo, los doctores Max Birabén, María Hilton
Scott de Birabén y Ernestina Langmann, y una nota de la Sociedad
Argentina de Ciencias Naturales denunciaron que un joven graduado alemán,
desconocedor del idioma y sin más credenciales que su doctorado, ocuparía
un puesto para el que las universidades argentinas ya habían preparado
investigadores. Mientras el problema llegó a la prensa independiente y a
la de todos los partidos políticos, el nombrado Centro Pro Defensa
Universitaria alertó sobre la falta de perspectivas de los estudios científicos
en la Argentina. La Vanguardia, La Prensa, La Provincia (órgano de la
rama La Plata de la Unión Cívica Radical), La Opinión y El Mundo se
hicieron eco del asunto y, al igual que el mencionado Centro, lo
plantearon en términos de patriotismo y de reivindicación nacional.
Torres, por su parte, también solía referirse a la defensa de los
recursos humanos nacionales y, varias veces, manifestó públicamente su
deseo de incorporar jóvenes diplomados argentinos como adscriptos
rentados en los departamentos científicos del museo, para favorecer una
alta evolución científica. El presidente de la universidad, Ramón
Loyarte, envió al consejo superior la propuesta de Torres de nombrar a
Dautert; el 25 de abril de 1929, la comisión de enseñanza del consejo,
luego de considerar los títulos, trabajos y antecedentes del candidato,
rechazó la designación, sobre la base de las objeciones públicas. La
comisión emitió un dictamen por el que sugería recomendar al director
del museo dos medidas: (i) promover a la jefatura a un diplomado
argentino; (ii) encargar al doctor Dautert la organización de los
estudios sobre la fauna de los mares de nuestras costas y ríos. Alfredo
Palacios, integrante de la comisión de enseñanza, votó en disidencia
acerca del segundo punto, pues consideró que la tarea se podía encargar,
también, a un graduado argentino. Las actuaciones volvieron al consejo
superior, donde fueron discutidas en mayo de 1929, a menos de dos meses
del arribo de Dautert al país. Un artículo de La Prensa, del 10 de mayo,
calificó a la situación que se crearía en el consejo como de extrema
importancia, porque, de aceptarse la propuesta de una misión alternativa
para Dautert, ...valdría como desalentadora notificación para la
juventud que se sienta inclinada a emplear su energía cerebral en el
estudio de las ciencias naturales [...] La importancia del voto que
pronunciará el consejo superior al resolver definitivamente la incidencia
explica que, en los medios intelectuales de la República, despierte
intensa expectación. Las circunstancias que La Prensa consideraba para
desechar darle una misión de Dautert eran la imposibilidad de que el
museo de La Plata formase las colecciones que pretendía; la existencia,
en Quequén, de una estación marítima del museo Bernardino Rivadavia, y
la falta, en La Plata, de personal idóneo para trabajar el material
entomológico y ornitológico allí existente. En la reunión del consejo,
las posiciones no fueron coincidentes. Si bien el primer punto del
dictamen de la comisión se aprobó por unanimidad, el segundo generó una
intensa discusión, en la que se perfilaron tres posiciones y durante la
cual el silencio de Lehmann-Nitsche fue tan notorio como la directa
responsabilidad que asumió Torres en el asunto. La primera posición,
sostenida por Pascual Guagliagone, consejero de la facultad de Humanidades
y Ciencias de la Educación, se respaldó en los estatutos del museo y en
las facultades del director para designar personal; el consejo superior,
sostuvo, sólo podría rechazar o aceptar una propuesta, pero no
intervenir con sugerencias. Ricardo Levene, consejero de la misma
facultad, y Luis María Torres fueron los voceros de la segunda posición,
según la cual la investigación científica se aprende no sólo en las
aulas -ámbito donde los graduados argentinos estarían en igualdad de
condiciones que el alemán- sino también en el medio social. Por ello, el
graduado alemán sobrepasaba, en opinión de los nombrados, a los otros,
porque se había formado en un contexto en el cual la investigación tenía
gran arraigo y acontecía en un ambiente de disciplina y dedicación al
trabajo. Los graduados argentinos, según lo expresado por Torres, habrían
tenido capacidad suficiente para tareas específicas, pero carecido de la
laboriosidad, del carácter y de la visión de conjunto necesarios para la
jefatura de una división y para la tarea que se les encargaría. La
tercera posición fue la de Alfredo Palacios, consejero por la facultad de
Ciencias Jurídicas y Sociales, y se refirió a la disidencia que ya había
planteado con su voto en la comisión. Aclaró que su disidencia no
significaba una oposición a la colaboración extranjera, que no podría
sostenerse en este país cuyo pueblo es una síntesis de razas diferentes-
que tanto la ha aprovechado para sus progresos materiales y espirituales
[...] sino el rechazo de quienes no tienen títulos ni antecedentes para
demostrar una mayor capacidad que un diplomado argentino. Después de más
de veinte años que en el museo funciona una escuela de ciencias
naturales, la oportunidad que se presentaba de incorporar a un jefe de
sección argentino, pues todos las existentes son extranjeros, se iba a
abandonar con la incorporación de otro extranjero, tentativa por suerte
desechada; pero como tal extranjero está ya en el país, se pretende
encargarle una tarea científica para la que existen, también, diplomados
nuestros en mejores condiciones. [...] Esta es la oportunidad de que el
museo de La Plata colabore con sus hombres y elementos con la labor científica
que se realiza sobre fauna marina en el museo de historia natural de
Buenos Aires, antes que intentar la empresa de realizar por separado y por
cuenta propia una labor análoga. Un argumento que fue expuesto de forma
recurrente para justificar que a Dautert se le encargara una misión
alternativa fue la situación desagradable, creada por el compromiso
previo, [... ] por razones obvias de seriedad, es deseable, y hasta
necesario, que la Universidad le encargue un trabajo que salve en algo el
compromiso moral que con él se ha contraído. Finalmente se emitieron los
votos. Cinco por la afirmativa: Juan R Hartmann (director del
observatorio), Lehmann-Nitsche, Levene, Agustín P. Pardo (decano de
Medicina Veterinaria) y Carlos A. Sagastume (decano de Química y Farmacia);
seis negativos: Juan A. Briano (decano de Ciencias Físico-Matemáticas),
Eugenio A. Galli (director de la escuelas de Ciencias Médicas),
Guagliagone, David Lascano (vicepresidente del consejo superior), Palacios
y Frank L. Soler (consejero por Ciencias Médicas). Torres se abstuvo. En
consecuencia, la segunda parte del dictamen de la comisión de enseñanza
-es decir, la misión científica por la que Dautert justificaría su
viaje- fue rechazada. Todas las críticas de la prensa apuntaron a Luis
María Torres, cercano a las posiciones políticas de la Unión Cívica
Radical, y pusieron en cuestión que su formación de abogado fuese
adecuada para regir una institución de ciencias naturales. Interpelado
por el consejo superior, desconoció la segunda parte de la resolución de
este y, haciendo uso de las facultades que le concedía la ordenanza orgánica
de 1923, destinó parte del presupuesto del museo a financiar una tarea
que le encomendó a Dautert, quien partió hacía Mar del Plata para
cumplirla, mientras la prensa denunció casos similares en otros
institutos y cargó las tintas contra el presidente de la universidad de
La Plata, la política de recomendaciones y las amansadoras en las puertos
de los gabinetes y decanatos. El caso Dautert se había vuelto paradigmático.
Como se desprende del informe de Torres publicado en la memoria del museo
correspondiente a los años 1928/29, Dautert cumplió con un programa
científico en la estación marítima de Mar del Plata, perteneciente a la
Comisión Oceanográfica Argentina, que incluyó más de veinte
excursiones en una embarcación y la observación de especímenes que traían
a puerto los pescadores de la ciudad. El 31 de enero de 1930, regresó de
Mar del Plata y firmó una nota -redactada por Lehmann-Nitsche- por la
que se declara conforme con la suma de $2500 que recibiría del museo en
retribución de un viaje que habría de realizar entre febrero y junio a
las Georgias del Sur, para recolectar material de estudio. Luego retornó
a Alemania y, allí, publicó una crónica de ese viaje a las solitarias
islas en el Atlántico Sur, en el semanario Die Woche, impreso en
caracteres góticos e ilustrado en su primera plana con fotos de albatros,
glaciares y elefantes marinos. Ese año, Lehmann-Nitsche alcanzó la
jubilación y también regresó a Alemania. Torres se retiró de la
dirección del museo en 1932, pero antes, en 1931, tras el golpe militar
que derribó al gobierno constitucional de la Nación en septiembre de
1930, la universidad fue intervenida. Se cerró así el ciclo inaugurado
en 1906, cuando, según el proyecto de joaquín V. González, se creó
una universidad moderna en La Plata con el propósito, entre otros, de
contribuir a la constitución de una nueva sociedad democrática. El caso
Dautert ilustra algunos de los conflictos que se ventilaban en los medios
académicos del país como parte del clima ideológico imperante a fines
de la década de 1920. Pero también íntegra el proceso de
institucionalización y de profesionalización de las ciencias en la
universidad argentina. Dos argumentos fueron recurrentes en este episodio:
el primero, que se esgrimió tanto dentro como fuera de los recintos académicos,
era la defensa de los graduados locales y la necesidad de terminar con la
práctica de contratar extranjeros. Esta modalidad, instaurada para
promover la fundación de las instituciones cientificas, seguía vigente a
pesar de que, desde 1912, La Plata había expedido títulos máximos. No
había, sin embargo, promovido la incorporación de los nuevos doctores a
sus institutos. El segundo argumento, que blandía sobre todo la prensa,
cuestionaba la legitimidad de los entonces directores de los institutos y
daba menos importancia a la nacionalidad que a los títulos académicos
que ostentaban. Así, mientras Hartmann -director del observatorio- no era
cuestionado, a pesar de ser alemán, Torres, que desde 1901 se dedicaba a
la arqueología y a la historia, era objeto de impugnación por ser
abogado y carecer de competencia en las ciencias naturales. Sumando ambos
argumentos, se vislumbraba el propósito de encontrar argentinos con el título
adecuado para la institución que pretendieran dirigir, lo cual no sólo
constituía una novedad importante en el proceso de organizar los centros
de investigación, sino, también, un indicador de una mayor
profesionalización científica, de la que el mismo Torres era un
ferviente mentor. Algunos argumentos esgrimidos a fines de los veinte
resultan hoy notablemente familiares. La ilusión de que, incorporando a
los institutos de investigación personas formadas en centros científicos
avanzados, se corregirían todas las deficiencias locales, muchas veces se
disipó, tanto ayer como hoy, por acción de algo tan simple como las
redes de reciprocidades y favores, que también forman parte del mundo
científico. Y, en muchos casos, las deficiencias de la ciencia argentina
no se han debido a debilidades internas de esta sino a condiciones de
trabajo y a políticas que fueron hostiles a la investigación y a la enseñanza
universitaria. Los
materiales para la elaboración de este artículo provienen de dos fuentes
principales: las publicaciones del Museo de La Plata y la documentación
inédita del acervo Lenmann-Nitsche, depositado en el
lberoamerikanisches lnstitut de Berlín. Pude revisar el segundo gracias a
una beca del DAAD y a la colaboración de los profesores Dr Dietrich
Briesemeister y Dr. Klaus Zimmermann y del Dr. Peter Masson. Agradezco a
las autoridades y los bibliotecarios de ambas instituciones, y a Gustavo
Politis, Guillermo Ranea, José A. Pérez Gollán, Laura Miotti y Javier
Trímboli su apoyo y las ideas y sugerencias recibidas. Los errores son de
mi exclusiva responsabilidad. LECTURAS
SUGERIDAS MONTSERRAT
MARCELO, 1993, Ciencia, historia y saciedad en la Argentina del
siglo XIX, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires. Physics
at greater Buenos Aires and Montreal, 1890-1920", Proceedings of the
American Philosophical Society, 122, 2:98. PYENSQN,
LEWIS, 1985, Cultural lmperialism and Exact Sciences (German Expansion
Overseas 1900-1930), Peter Lang, New York. RINGER,
FRITZ K., 1969, El ocaso de los mandarines alemanes. Catedráticos, profesores
y la comunidad académico
alemana, 1890-1933, Pomares-Corredor; Barcelona.
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