 Garrahan: Mi propósito es referime a las normas éticas
que guían la ciencia como tarea social. La investigación, que nació como una actividad
solitaria de algunos, es ahora parte del esfuerzo productivo de los paises, los que le
destinan recursos porque valoran sus resultados. Esos recursos, en parte importante,
provienen de los contribuyentes. Señalaré normas relacionadas con la formación de
investigadores, el proceder de los administradores y, finalmente, la creciente demanda de
que la ciencia académica -es decir, la orientada a comprender el mundo antes que a
transformarlo- se financie con fondos provenientes de las empresas. No uso el habitual
término "sector productivo" porque la ciencia es una actividad tan productiva
como la industria.
La formación de investigadores es parte esencial de la actividad de un científico.
Para ello no existe método que pueda reemplazar la relación artesanal maestro-discipulo,
la que impone algunas obligaciones que, en parte, fueron mencionadas por el doctor
Paladini. El investigador maduro debe estimular la independencia y la creatividad de los
más jóvenes; es inaceptable que emplee como propias, sin reconocerlas, ideas que
pertenecen a estos, o promueva a mediocres porque son útiles, dado su carácter laborioso
y sumiso, en violación de un principio fundamental del quehacer científico, que es el de
la promoción por mérito. Reiteremos que un sistema científico sólo tendrá calidad sí
reconoce y estimula el mérito. De hecho, creo que una de las razones fundamentales para
preservar la libertad académica es que constituye condición necesaria para fomentar el
mérito, pues impide que las acciones de promoción estén viciadas por criterios ajenos a
él. En la Argentina, en mi opinión, el sistema escalafonario rígido de las
instituciones de promoción de la ciencia, como el CONICET, y las normas de los concursos
universitarios premian mucho más la antiguedad y el mérito pasado que el presente y el
futuro. Por ejemplo, la carrera del investigador del CONICET, con sus períodos mínimos
de permanencia en cada categoría, determina que nadie es reconocido como investigador
independiente antes de los cuarenta años. Es así que muchos jóvenes creativos pasan
buena parte de su vida científica en posiciones de sumisión a científicos mayores, y la
generación intermedia -de la cual deberían proceder las energías renovadoras- tiene
escasa presencia en las decisiones de las entidades rectoras de la investigación.
Otro asunto del que se derivan obligaciones éticas es cómo se asignan los recursos
con los que se financia la investigación. Hay una única manera de hacerlo bien:
evaluando la calidad de los proyectos mediante criterios internacionalmente aceptados. Si
no se procede así, independientemente de la cantidad de dinero del que se disponga, el
sistema cientifico se convertirá en mediocre y, en consecuencia, refractario al cambio.
Debemos exigir a los administradores de la ciencia idoneidad, pluralismo y algo que
en inglés se llama accauntability, que quizá podamos denominar en un castellano
no muy ortodoxo "transparencia", el concepto de que deben ser públicamente
responsables de sus actos. La idoneidad no es reemplazable por buena voluntad ni mediante
asesores competentes, y la calidad cientifica no substituye la falta de pluralismo. Los
administradores de la ciencia deben poner en práctica la evaluación por los pares,
mediante la cual los propios científicos juzgan la actividad de sus colegas y emiten
opiniones sobre las que los administradores basan sus desiciones. La evaluación por los
pares también impone a quien la realiza unas obligaciones éticas importantes, vinculadas
con la justicia y equidad de sus acciones. Entre ellas, quisiera menciona una, poco tenida
en cuenta entre nosotros pero muy considerada en los países avanzados: la de evitar
situaciones de conflicto de intereses, vale decir, abstenerse de intervenir en desiciones
que, de manera directa o indirecta, puedan beneficiar o perjudicar al responsable de
tomarlas. En tales casos, el interés privado, por legítimo que sea, no necesariamente
coincide con el público y puede oponerse a este. Una situación de conflicto de intereses
es la del evaluador que tiene amistad o enemistad con el evaluado, o puede ver afectada su
actividad por el resultado de la evaluación. No se acostumbra definir normas que regulen
estas situaciones conflictivas en la Argentina. En los EE.UU., por ejemplo, es común
establecer que un miembro de un departamento universitario no participe en una comisión
evaluadora de un proyecto de cualquier otro miembro del mismo departamento. En comunidades
científicas pequeñas, como las nuestras, restricciones de este tipo resultan difíciles
de cumplir, porque puede ser imposible encontrar evaluadores idóneos independientes del
evaluado. Ello no es motivo suficiente para dejarlas de lado: probablemente haya que
encontrar soluciones especiales, como recurrir a evaluadores extranjeros.
Creo que es un deber de los científicos exigir a los administradores de los dineros
públicos y a los evaluadores que cumplan con las normas que acabo de señalar. Me atrevo
a afirmar que en la Argentina muchos hacen la vista gorda, ya sea porque el asunto no los
afecta de manera directa o por temor a perder los fondos que reciben. Existe, así, una
implicita conformidad a que la asignación de fondos se realice de manera arbitraria. La
incapacidad del sistema de desterrar los conflictos de intereses de las asignaciones de
recursos públicos y la falta de transparencia de estas impiden la constitución de una
comunidad científica madura.
Finalmente, creo necesario que clarifiquemos las relaciones entre quienes tienen por
objetivo generar conocimiento y quienes buscan utilizarlo con fines de lucro privado, que
pueden conducir fácilmente a conflictos éticos. Por ejemplo, la libertad académica que
la comunidad está dispuesta a conceder a los científicos al mismo tiempo que financia
sus investigaciones requiere como contraparte la libre difusión de los resultados de
ellas; pero si el científico realiza investigación para una empresa, esta buscará
retener la propiedad privada o el secreto de dichos resultados. Es necesario discutir, por
ejemplo, la utilización de bienes, equipos o personal de las universidades, en particular
estudiantes, para beneficio de una empresa y en detrimento de los objetivos académicos de
bien común de la universidad.
Braun: Voy a mencionar algunos grandes temas,
elegidos entre muchos, que vinculan la ética con la investigación científica. El
primero se relaciona con el objeto de la investigación y las fuentes de financiamiento,
que hoy son principalmente dos: el estado y la industria. En los países avanzados, aquel
financia, ante todo, investigaciones relacionadas con la defensa, desde la fabricación de
armamentos hasta las consecuencias de los medios de guerra químicos o bacteriológicos.
La industria destina recursos al desarrollo de productos que puedan ser explotados en el
mercado. Se calcula que el 80% de los fondos invertidos en investigación están
vinculados con la defensa o con la industria. Por otro lado, el estado también promueve
la ciencia académica y uno se debe preguntar en qué medida los intereses de la defensa o
los de los negocios están determinando, directa o indirectamente, los temas de
investigación.
Tradicionalmente, la investigación se orientaba por ciertos valores, que todavía,
muchas veces, se presentan como si fueran los únicos que dirigen la actividad. Uno es la
libertad académica, que ya fue mencionada, y que significa permitir al investigador
trabajar sobre aquello que le parece relevante. No creo que la libertad pueda erigirse en
el único valor. Es un requisito esencial e irrenunciable en cuanto signifique ausencia de
censura y proteccion contra imposiciones o prohibiciones de determinados temas; en este
sentido me parece que la libertad es irrenunciable. Pero la libertad académica no puede
ser irrestricta cuando se la enfrenta con el valor bien de la humanidad.
Investigar es, hoy en día, una actividad tremendamente costosa; no es un pasatiempo
sino una profesión que la comunidad considera lo suficientemente importante para
destinarle medios escasos, porque espera resultados que puedan contribuir a satisfacer
necesidades humanas. El problema ético que resulta de lo anterior es cómo optar entre
destinar fondos a investigar temas que sean relevantes para responder a las preocupaciones
del hombre común -que podríamos denominar las necesidades sociales- o a estudiar las
cuestiones que interesan a la comunidad académica, las que encuadran mejor en los
criterios de evaluación por los que el científico será juzgado por sus pares (y no por
la sociedad). Es así que el investigador podría sólo buscar ser reconocido por aquellos
y olvidar toda referencia a la sociedad, que no conoce su existencia.
Otro valor tradicional es la verdad y su servicio desinteresado: se solía proclamar
que el científico está al servicio desinteresado de la verdad, una afirmación
que no siempre parece aplicable en la presente organización social de la ciencia, en
particular en materia de investigación relacionada con la defensa y la industria, que es
secreta (o, por lo menos, privada) y para la cual la verdad es algo a ventilar en el grupo
reducido de personas que pueden tener acceso a los resultados. Al científico que se ponga
a reflexionar sobre cómo la sociedad debe elegir los temas cuya investigación esta
dispuesta a financiar se le plantea, sin duda. un difícil problema ético.
También deseo decir dos palabras acerca de la ética de los resultados de la
investigación, que se relaciona con el valor de veracidad que comenté. Si bien en el
mundo contemporáneo, sobre todo en laboratorios importantes, puede no ser fácil
discernir quién es autor de una investigación -un individuo, un grupo de personas, la
institución-, no se pueden justificar ciertas prácticas deshonestas no del todo
infrecuentes, como (y me referiré al ámbito de las humanidades, que conozco) publicar
con la firma del profesor los trabajos de licenciatura u otras monografías de los
alumnos. Hacerse pasar por el autor o coautor de algo que no es propio, porque se tiene
autoridad, es una falta muy seria.
La veracidad de los resultados de las investigaciones constituye un asunto de no poca
trascendencia. Uno podría preguntarse si el científico está verdaderamente dispuesto,
como en los juramentos de los testigos que aparecen por televisión en tantos juicios
orales de ficción, a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. ¿Publica
toda la verdad o sólo aquella parte que le permitiría seguir recibiendo recursos y
seguir investigando? Relacionado con lo dicho está la propiedad intelectual de los
resultados y la ética de utilizarlos para fines privados por parte de algunos de los
posibles propietarios; particularmente delicado es el patentar investigaciones financiadas
con dineros públicos, pues podría constituir una apropiación privada de un bien
público.
En ciertos casos es muy difícil evitar el conflicto que se suscita entre querer
patentar un descubrimiento y guiarse por el servicio desinteresado a la verdad para el
bien de la humanidad; tal dilema se presentó con motivo del proyecto de relevamiento del
genoma humano. Desde el momento en que se tomó conciencia de que la investigación
científica confiere poder -porque, como dijo Francis Bacon hace cuatro siglos, saber es
poder- se hizo imposible desligarse del uso de los resultados de ella. Y cierto tipo de
investigaciones vinculadas con la defensa hacen muy difícil seguir pensando que se trata
de buscar la verdad, e ignorar el propósito al que la que están destinadas.
No debe olvidarse, tampoco, la dimensión ética de la asignación de fondos a la
investigación, que resulta perceptibIe si se piensa en los usos alternativos del dinero y
se los relaciona con el concepto de justicia distributiva. En los últimos años, la
bioética ha puesto de relieve la importancia de los conceptos éticos en la asignación
de recursos pero, en la Argentina, ni el presupuesto público para salud, ni el
correspondiente a ciencia y tecnología tienen en cuenta tales consideraciones. Uno
podría preguntarse por qué se consideran necesarios comités de ética en los hospitales
y no en la Secretaría de Ciencia y Tecnología, el CONICET, el INTI, el INTA o la CNEA.
La asignación de recursos no es simplemente una cuestión técnica; su lado ético se
vincula con los temas que se resuelve investigar y con los valores asociados a esos temas.
Las relaciones entre la ciencia y la ética son particularmente delicadas cuando se
trata de la investigación en seres humanos y, después de las experiencias realizadas por
médicos en los campos de concentración nazis, se intentó poner límites a lo que es
permisible en ese aspecto. Para ello, se elaboraron criterios claros que han sido objeto
de diversas declaraciones en foros internacionales. Pero determinadas prácticas
condenables no fueron patrimonio exclusivo de los campos de concentración, sino que se
hicieron en otros lugares, por ejemplo, en prisiones, y se conocen testimonios de
experimentos realizados con personas que, a veces, ni siquiera sabían que eran objeto de
estudio. Por eso, como procedimiento que aumente las garantías, señalo la necesidad de
diseñar protocolos de investigación que sean sometidos no sólo a un comité
científico, que evalúe y apruebe el proyecto, sino, también, a un comité de ética;
luego, es necesario obtener el consentimiento informado de los pacientes. Tal es el
procedimiento estatuido, pero no creo que muchos hospitales en la Argentina hagan
investigación clínica siguiéndolo.
Posiblemente el principio ético más importante aplicable al caso de las
investigaciones clínicas sea que los seres humanos nunca pueden ser usados como medio
para otro fin; si se realiza investigación sobre ellos, la única justificación es el
beneficio terapéutico del paciente. No se puede aplicar un criterio utilitarista del tipo
se obtendrá un remedio que beneficiará a la humanidad o se logrará el progreso de la
ciencia, el cual es, por cierto, un valor, pero los medios para perseguirlo no deben
ser objetables ni pueden incluir procedimientos deshumanizadores.
Finkielman: Está abierta la discusión. Se invita a
los asistentes a participar con comentarios y preguntas.
Público: Me parece que se plantearon dos problemas éticos distintos: la ética
del investigador, que se refiere a la práctica de la ciencia, y la ética de la
medicina, que incluye a otra persona, el paciente. Se señaló que la libertad de
investigar no puede ser irrestricta cuando exista la posibilidad de que entre en conflicto
con los derechos o la dignidad de las personas. Este es un asunto difícil; ¿cuál es el
límite?, ¿quién lo pone?, ¿cómo? También se mencionaron los comités de ética: me
temo que, en general, no estén constituidos ni funcionen como es debido aquí. Los
médicos somos soberbios y creemos que sólo nosotros podemos opinar sobre ética médica,
cuando tales comités no deben estar formados solamente por los profesionales de la salud.
No sé, sinceramente, si en la Argentina, en estos momentos, hay un sólo comité de
ética que pueda tomarse en serio.
Con relación a la investigación, creo que hemos ido
cayendo en vicios paralelos a la degradación que viene sufriendo la estructura social
argentina; nos tomamos licencias que hace unos años no nos permitíamos, porque el clima
general de la sociedad es permisivo y no alienta el rigor, y no hemos sabido resistir su
influencia. Además, como el sueldo no alcanza, toleramos irregularidades, admitimos
ascensos a modo de compensación y no reaccionamos ante la aceptación, por parte de la
universidad, de estudiantes que no reúnen los requisitos para entrar o permanecer en ella
o ante el nombramiento de profesores que en ningún sistema universitario organizado
serian tales. De ahí que vivimos en un mundo de falsedad, a veces por razones económicas
y otras, políticas. La designación con propósitos políticos, en lugar de académicos,
de jurados o comisiones evaluadoras, por ejemplo, es un grave error y una de las peores
perversiones que se pueden cometer. Sin embargo, temo que debemos considerarla práctica
corriente.
Garrahan: Haré un comentario sobre lo último, sobre cómo se evalúa.
Crecientemente se está utilizando un invento de una empresa comercial de Philadephia, el
Institute of Scientific Information, que posee una base de datos en la cual se
puede contar el número de artículos publicados por un científico en las principales
revistas de circulación internacional y la cantidad de veces que son citados por autores
de otros artículos en revistas similares. Esta numerología de sabor babilónico dio
lugar a lo que sus cultores pretenden convertir en una nueva disciplina científica,
denominada cienciometría o bibliometría, cuya aplicación no crítica puede
generar la ilusión de que se está evaluando con métodos objetivos. Escuché comentar a
John Maddock, el editor de Nature, que con la cienciometría se corre el peligro de
creer que trabajamos con realidades cuando sólo estamos jugando con números mediante
operaciones simples como comparar, definir mayor que, menor que, etc. Si este es el
criterio actual de evaluación, vamos mal; conviene recordar la vieja frase de Oscar
Varsawsky: el número de trabajos, por sí solo, es índice de laboriosidad y no de
creatividad.
También, me resulta poco realista la distinción entre científicos virtuosos y
políticos corruptos. Los que conocemos la historía del CONICET advertimos que
científicos destacados, al adquirir responsabilidades de gestión, se comportan igual o
peor que los políticos que queremos expulsar de nuestro paraíso incorrupto. El propio
directorio actual de ese organismo, que integran dos investigadores de la máxima
categoría del área biomédica, reincorporó en la categoría de investigador principal,
sin dar los pasos de evaluación y consulta con los pares que deberían esperarse en un
organismo minimamente competente y democrático, a una figura acerca de la cual existen
serias dudas, tanto científicas como morales, relacionadas con su actuación en materia
de la crotoxina.
Lo que antes llamé transparencia es uno de los mecanismos más poderosos para inducir
comportamientos que se ajusten a normas éticas y dificultar los contrarios. Por ejemplo,
si uno se conecta por la red Internet con la National Science Faundation de los
EE.UU. e indica a la máquina de allá el nombre de un científico cuyas investigaciones
recibieron apoyo financiero de esa entidad, verá en su pantalla una ficha en la que
figurará el tipo de subsidio que recibió, su monto, el nombre del funcionario
administrativo responsable del trámite y una descripción de los objetivos de la
investigación. Si incorporáramos esa pequeña dosis de accountability a nuestro
sistema, permitiendo que todo el mundo pueda enterarse de los datos básicos de las
asignaciones de dinero público que realiza el CONICET, dispondríamos de un freno más
poderoso a la inmoralidad que expulsar a los políticos y recuperar ese organismo para los
científicos. No quiero hacer ejercicio ilegal de la profesión religiosa ante el testigo
calificado que me acompaña en la mesa, pero puedo pensar que no caigo en tal falta si
recuerdo que el catecismo de mi infancia daba como consejo para no pecar evitar las
ocasiones próximas. Una maravillosa manera de alejar la ocasión de proceder inmoralmente
es saber que a uno lo están mirando.

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