Volumen 6 - Nº33 - 1996

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

MESA REDONDA

Etica e Investigación Científica

 

Diversos temas relacionados con las normas de la investigación científica y su práctica fueron considerados en la mesa redonda realizada el 11 de mayo de 1995, en el marco del VII Congreso argentino de microbiología. Participaron Rafael Braun, Patricio J. Garrahan y Alejandro Paladini.

Actuó como coordinador Samuel Finkielman. Varios asistentes intervinieron en el debate. Por rozones de espacio, se han seleccionado sólo algunas de sus preguntas, las que, para simplificar el relato, están identificadas en lo que sigue, sencillamente, con la palabra público.

 

Finkielman: Antes de entrar en tema, permítanme agradecer a la comisión organizadora de este congreso, en especial a las doctoras Estela González Cappa y Silvia Predan, las tareas de preparación de la mesa redonda, que quizá me hubiesen correspondido a mí, por haber aceptado la función de coordinador. Los integrantes de la mesa, en orden alfabético, son: el padre Rafael Braun, sacerdote católico, doctor en filosofia de la universidad de Lovaina y director de la revista Criterio; Patricio Garrahan, doctor en medicina de la UBA, profesor titular plenario de fisicoquímica biológica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, investigador superior del CONICET y editor de Ciencia Hoy, y Alejandro Paladini, doctor en bioquímica de la UBA, profesor emérito de la misma universidad y también investigador superior del CONICET.

Vivimos un tiempo de incertidumbre moral. Los descubrimientos científicos y sus consecuencias tienen cierta responsabilidad por ese estado en que nos encontramos. Hace cien años, Wilhelm von Röntgen descubrió los rayos X, uno de los primeros aportes de la tecnología a la medicina del siglo XX. Un año después, casi todos los buenos hospitales europeos tenían aparatos de rayos X. En quince años, la innovación llegó a la Argentina. Desde entonces y hasta la aparición en el mercado del comprimido llamado 846 -también producto de la investigación científica-, que provoca el aborto casi sin otras consecuencias, han sucedido muchas cosas. La manipulación del átomo permitió construir centrales para generar energía, pero también dio lugar a bombas de inédito poder destructivo y multiplicó los riesgos de la radiación; la manipulación del genoma abrió la posibilidad de la terapia génica, pero también de crear monstruos; y la manipulación de células llevó a la fecundación in vitro. Estas novedades han alterado la conducta humana y los criterios según los cuales se juzgaba que las cosas eran buenas o malas.

Los conflictos morales vinculados con la ciencia no son nuevos. En Sicilia, en el siglo V antes de Cristo, los pitagóricos descubrieron que la hipotenusa de un triángulo rectángulo isósceles no es medible por el cateto. El hallazgo les pareció irracional -los números relacionados con esa operación se llaman, todavía, irracionales- y lo mantuvieron oculto todo lo que pudieron, por el temor a las consecuencias perniciosas de hacer saber que el mundo no es racional. También hubo problemas morales relacionados, por ejemplo, con la realización de autopsias humanas, que se practicaban en Alejandría, alrededor de doscientos años antes de Cristo, pero después se prohibieron. Galeno no pudo hacerlas y su anatomía era la del cerdo y el mono trasladadas al hombre.

Uno de los aspectos de la moral científica es la actitud del investigador para con su trabajo, cuya índole es bastante difícil de comprender porque, generalmente, una obligación ética es el resultado de una relación entre personas y no entre una persona y su trabajo. No hay muchos que se hayan ocupado del asunto. El sociólogo norteamericano Robert K. Merton, al referirse al científico, dijo que sus virtudes deben ser la honestidad intelectual o veracidad, la impersonalidad y el desprendimiento, entre otras. En los códigos antiguos, la obligación de decir la verdad sólo regía cuando se daba testimonio ante un juez, porque en tal caso el valor en juego no era la verdad sino la justicia. Decir la verdad no es uno de los mandamientos del Deuteronomio, libro que íntegra el Pentateuco o la parte de la Biblia que contiene la ley judía o Torá. La verdad es la virtud específica del científico ante los hechos. Pero yo no debo seguir hablando. Dejemos la palabra a los demás integrantes de la mesa, empezando por el doctor Paladini.

Paladini: Me voy a ceñir al ámbito de la ciencia básica, en el que he actuado toda mí vida. Trataré que mis opiniones sean lo más objetivas posibles, pero aun las que podrían considerarse más personales probablemente coincidan con las que normalmente sostiene la comunidad científica mundial. Acerca de la ética científica, Harold Varmus, director de los National Institutes of Health de los Estados Unidos, dijo recientemente (diciembre de 1994): en los ultimas diez años, mi actitud en esta materia ha cambiado considerablemente. Hubiera dicho antes que la ciencia se corrige sola y que la sociedad debe dejarnos tranquilos. Ahora pienso que las faltas éticas en la ciencia constituyen un problema real, que merece toda la atención pública que está teniendo. ¿Qué cambió? Según Bruce Alberts, presidente de la National Academy of Sciences del mismo país, y Kenneth Schein, que encabeza el instituto de medicina de dicha academia, factores internos y externos explican el cambio. Los segundos se vinculan con la circunstancia de que los científicos deben rendir cuentas del dinero que gastan; en los EE.UU. se calcula que alcanza a unos cien dólares por habitante, valor que podría descender a unos veinte entre nosotros [Nota de los editores: las cifras se refieren sólo a la investigación académica o básica; si se computan todas las formas de actividad científica, en los EE.UU. se invierten unos 600 dólares anuales por habitante, pero el valor argentino no cambia porque aqui todo el gasto es en investigación básica]. La sociedad, que paga, exige que los fondos se gasten bien. Los factores internos provienen de la fuerte competencia por los cargos, los recursos y el reconocimiento personal de los investigadores.

La atención pública tiende a enfocar los casos más dramáticos de inconducta; por ejemplo, entre nosotros tuvieron gran repercusión la malpraxís médica y la falsificación de datos que formaron parte del caso crotoxina; o las muertes por productos farmacéuticos tóxicos en el caso propóleos. En el mundo entero se debate, en estos momentos, el uso experimental de embriones humanos y el aprovechamiento para fines no médicos del conocimiento del genoma humano (véase Ciencia Hoy, 32:49-72). Sin embargo, existen otros casos, asociados con niveles más modestos de inconducta, que son igualmente dañinos para la integridad de la ciencia, pues violan valores considerados básicos por la comunidad científica internacional. Me refiero a prácticas cuestionables en la adjudicación de subsidios, el uso de los datos de investigación, el respeto por la propiedad ntelectual, el manejo de los institutos, la dirección de becarios, etc.

La responsabilidad de los científicos maduros en la detección y corrección de la inconducta científica es fundamental: ellos son los modelos que siguen los estudiantes y los investigadores jóvenes. Asegurar el respeto de normas científicas correctas no es tarea que deba dejarse en manos de los administradores de la ciencia. Alberts y Schein enumeran algunas de aquellas responsabilidades: ¿damos un buen ejemplo?, ¿hacemos todos los esfuerzos para citar a quienes nos han dado ideas?, ¿reconocemos adecuadamente las contribuciones de nuestros estudiantes?, ¿valoramos la calidad antes que la cantidad de publicaciones al juzgar la producción de alguien?, ¿reconocemos los méritos de los profesores que se destacan en la enseñanza y como guía de estudiantes, así como en las tareas de administración académica? Ante un caso de fraude o de mala calidad del trabajo cientifico, ¿procedemos con imparcial severidad o queremos ocultar los hechos debido a sus consecuencias?

Si no actúan los propios investigadores, dicen los nombrados, otros lo harán por ellos y el resultado será una actividad científica ahogada por rígidas normas legales, penuria financiera y dictadura burocrática. Si la investigación científica es hostigada por exceso de papeleo y reglamentaciones, la mayor parte de la creatividad que la acompaña desaparecerá y los jóvenes más talentosos no querrán dedicarse a una de las profesiones más importantes para la sociedad.

Ciertas encuestas locales de opinión indican que las faltas éticas de los científicos son desconocidas por el hombre común. En 1994, la firma Gallup interrogó al público acerca de los ámbitos afectados por la corrupción en la Argentina; las respuestas mencionaron a políticos, funcionarios, sindicalistas, jueces, policías, etc., pero no se registró ninguna referencia a los científicos -como, por otra parte, era de esperar, por la imagen imprecisa pero idealizada que estos evocan en el hombre común-.

Posiblemente, la praxis médica sea la más abundante en ejemplos de conductas éticamente cuestionables. El celebrado caso de la crotoxina, bien conocido, podría consíderarse paradigmático, pues no es raro que un tratamiento de eficacia no probada se libre al público, lo que viola claras y estrictas normas médicas.

Tampoco son desconocidas entre nosotros la experimentación con seres humanos no advertidos adecuadamente, o con partes de humanos obtenidas sin su autorización, las que deben considerarse faltas graves, e incluso pueden serlo a pesar de mediar permiso del paciente. También, la conservación de embriones humanos y, con mayor razón, su uso experimental están severamente cuestionados. En otros paises, hasta la experimentación con animales está cada vez más restringida; por ejemplo, hace poco se estableció en los EE.UU. la prohibición de hacer ayunar 48 horas a una rata, con lo cual determinados experimentos no se podrán realizar.

Hay situaciones menos conocidas, no sencillas de resolver. En un simposio reciente sobre etnofarmacologia, científicos mexicanos y africanos sugirieron eludir etapas preclínicas en los ensayos de drogas naturales de uso folklórico. Fundaron su propuesta en que la ciencia del primer mundo no se ocupa de tales productos, o es muy lenta, y tomar ese atajo podría ayudar a los pueblos pobres. Pero los peligros de tal iniciativa fueron puestos dramáticamente de manifiesto en los EE.UU. por la autorización de la Food and Drug Administration de tratar enfermos de sida con drogas no totalmente seguras: los mismos enfermos pidieron que se derogara el permiso por las muertes prematuras ocurridas.

Mencionemos específicamente ciertas faltas éticas relacionadas con la producción científica, como descartar, al publicar resultados de investigación, datos negativos para la hipótesis que se pretende demostrar. Otra transgresión es subdividir los resultados de un único conjunto de experimentos, para publicar más y así aparentar un trabajo mayor que el realmente hecho: en general, los editores de revistas serias se ocupan de vigilar que ello no suceda, otros temas que, para mi, son éticamente cuestionabíes son cambiar constantemente de línea de investigación, siguiendo las modas; o hacer una aplicación rutinaria de un mismo método básico, que enriquece indudablemente la casuística pero no hace avanzar mucho la ciencia; o, entre las faltas éticas vinculadas con los pedidos de subsidios, de las que todos somos un poco culpables, solicitar más dinero del necesario, o equipos complejos que se usaran poco, o improvisar investigaciones sobre temas de moda o de repercusión local, que resultan atractivos a quienes decidirán la adjudicación de fondos, para aumentar la probabilidad de obtener apoyo (subordinar la creatividad a factores externos sólo se justificaría en época de guerra o de epidemia).

Entre las faltas éticas de directores de institutos mencionaré el no estar presente en la sede; figurar como autor de todos los trabajos que se publican o se envían a congresos, sin haber participado efectivamente en su elaboración; no cumplir adecuadamente con las responsabilidades directivas o ejercerlas autoritariamente, sin dar participación a los integrantes de la entidad; el promover a los sumisos u obsecuentes en lugar de a los mejores. Entre las que cometen los responsables de grupos de investigación están el no concurrir diariamente al laboratorio; tener más becarios que los que se puede guiar y formar; encarar más investigaciones que las que se puede atender personalmente y, en consecuencía, depender excesivamente del trabajo de estudiantes y personal técnico de apoyo, a los cuales, en compensación y de manera independiente de su capacidad para el trabajo original, se ayuda a progresar (por ejemplo, a obtener grados doctorales).

Son faltas éticas generales el presentar resultados demasiado preliminares en congresos, para inflar los antecedentes del presentante (origen del exceso de comunicaciones a congresos con relación al número de trabajos publicados en revistas en el mismo período); enviar comunicaciones a congresos sólo para que aparezcan en las actas y no concurrir a la reunión; violar el secreto que impone conocer resultados inéditos, como en el caso de ser árbitro de un trabajo original.

La étíca de la investigación mejora si los procedimientos son adecuados; por ejemplo, si la evaluación de la calidad científica está a cargo de comisiones formadas por pares debidamente calificados, eventualmente extranjeros si no los hubiese en el país; si se da peso a las publicaciones realizadas en buenas revistas, que someten los trabajos a la apreciación de árbitros idóneos antes de mandarlos a imprenta, y si se hace un uso inteligente de los llamados "índices de impacto", como la cantidad de citas en trabajos publicados en revistas de primera línea que registra la obra del evaluado. Creo que es necesario ejercer un mayor control de calidad en todos los niveles, para gastar bien el dinero, sea público o privado; y que es imperioso que la política científica sea ejecutada de la manera más profesional posible, por investigadores que tengan conciencia de las exigencias éticas y no cedan a la tentación de los intereses extracientíficos.