Volumen 6 Nº32 1996 |
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Revista de Divulgación Científica y
Tecnológica de la |
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ARTICULO Los mamíferos mesozoicos
Guillermo W. Rougier |
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Los
mamíferos son, tal vez, los animales con los que estamos mas
familiarizados. La categoría incluye a la mayoría de los domésticos,
además de una multitud de especies salvajes; sus integrantes tienen una
asombrosa diversidad de características y abarcan formas acuáticas,
terrestres y voladoras. El Homo sapiens sapiens nuestra propia especie, es
un mamífero mas, del origen de los primates.
La trayectoria evolutiva de los mamíferos es parte del complejo pasado
del que provienen los rasgos de la fauna actual, y escudriñarla, en última
instancia, es explorar los orígenes de la especie humana. Sin
embargo, si se indaga qué seres vivientes resultan más frecuentemente
asociados por la gente con el remoto pasado geológico, la respuesta mas
común será, con toda seguridad, los dinosaurios, a pesar de que los mamíferos
tengan un origen tan lejano y un abolengo semejante. Tanto dinosaurios
como mamíferos se remontan al periodo triásico (es decir, la más
antigua de las tres divisiones del secundario o mesozoico), algo más de
220 millones de años atrás, cuando, en el proceso de la evolución de la
vida terrestre, se produjo una eclosión de nuevos grupos de animales (fenómeno
técnicamente llamado radiación adaptativa), que modeló en gran medida
la fauna mesozoica y, en última instancia, la de nuestros días. Además
de los dinosaurios y mamíferos, esa radiación significó que durante el
triásico superior aparecieran los anuros (ranas y formas afines), las
tortugas, los lagartos, los cocodrilos y los pterodáctilos (reptiles
voladores no emparentados con los dinosaurios). Los mayores grupos de tetrápodos
(véase CIENClA
HOY, 31:1, 1 995)
vivientes tienen sus orígenes en ese momento. La
compleja evolución de los dos grupos más diversos de animales actuales:
las aves descendientes directos de los dinosaurios y los mamíferos, puede
ser reconstruida en sus grandes rasgos mediante el estudio de los restos fósiles.
En los últimos diez años, merced a nuevas técnicas de colección (Figs.
1 y 2) y a un renovado interés en las formas de pequeño tamaño,
el número de especímenes que se han recolectado de los mamíferos más
primitivos (O más alejados de los actuales, en términos genealógicos),
llamados mamíferos basales, se ha incrementado notablemente. Figura 1. un paleontólogo en el campo. El pequeño punto blanco señala la presencia de un mamífero fósil, que debe ser extraído, trasportado al laboratorio y sometido a un largo y paciente trabajo para liberarlo de la roca en que se encuentra atrapado. Usualmente se requiere cerca de un año antes de que el ejemplar esté listo para su estudio. Encontrar restos tan diminutos requiere pericia y ojos bien entrenados.
Figura 2. Un equipo de los museos de ciencias naturales de Buenos Aires, La Rioja y La Plata excava un yacimiento del triásico en la segunda de esas provincias. El procedimiento más adecuado de excavación depende del tipo de fósil y de roca.
Estos
nuevos fósiles y la definición, durante los años setenta, de una nueva
teoría sistemática acerca de la biodiversidad, el cladismo (véase
"Cladismo y diversidad biológica, CIENCIA Hoy, 21:2634,1992, y
"Cladismo y posición estratigráfica", CIENCIA Hoy, 29:19,
1995), han permitido dudar de la validez de algunas de las ideas
propuestas para explicar la evolución animal, así como corroborar otras,
algo que hubiese sido difícil de realizar sin disponer de un buen número
de restos, pues con pocas observaciones concretas es posible Imaginar un
gran número de explicaciones, pero hay poco fundamento para optar por
una. Como sucede con la evidencia física en las restantes ramas de las
ciencias naturales, en la paleontología los fósiles no son más
importantes que los modelos teóricos a la luz de los cuales se los
interpreta, Los avances en estas disciplinas pueden darse tanto por la
obtención de datos antes ignorados, como por la construcción de una
nueva teoría que permita reexaminar e interpretar de manera distinta las
evidencias ya conocidas. La
concepción evolucionista de la historia natural explica el origen de
nuevos grupos de animales o taxones por el hecho de que ciertas mutaciones
en individuos pertenecientes a taxones preexistentes les pueden
proporcionar ventajas adaptativas ante determinadas condiciones
ambientales y, en consecuencia, contribuir a que tengan mayor número de
descendientes. La progresiva acumulación de diferencias lleva,
finalmente, a que cobre existencia un nuevo taxón (una teoría
alternativa, la de los equilibrios discontinuos, que las especies tienen
origenes relativamente súbitos y son estables por lapsos prolongados).
Por otra parte, la manifiesta unidad bioquímica y morfológíca de todos
los organismos o, por lo menos, los multicelulares lleva a pensar que los
seres vivos comparten un ancestro común. A lo largo de algo más de 3700
millones de años de evolución, esa descendencia con modificación ha
dado origen a una multitud de ramas de seres vivos o clados. Las
relaciones de parentesco entre los organismos, estudiada por la filogenia
o genealogía, son reconocidas hoy como el principio organizador de la
variedad de los seres vivos y lo que proporciona a la diversidad de estos
una estructura jerárquica (Fig.
3). Las
clasificaciones deben reflejar la filogenia y posibilitar la reconstrucción
de los distintos linajes de organismos. Un sólido marco filogenético
hace posible estudiar los procesos biogeográficos y funcionales y valorar
la antigüedad de los grupos. Figura 3. Cladograma que muestra las relaciones filogenéticas entre los grupos de mamiferos mencionados en el texto. Los terios están formados por tres grupos. Los pantoterios (que incluyen a Henkelotherium y Vincelestes, junto con otras formas menos conocidas) los simetrodontes y los tribosfénidos. Los últimos a su vez, abarcan a marsupiales y placentados
La
investigación del origen y de las etapas tempranas de la evolución de
los mamíferos se encuentra actualmente entre las disciplinas mas dinámicas
de la paleontología de vertebrados. Nombres como multituberculados,
triconodontes, simetrodontes y docodontes probablemente resulten extraños
a los oídos del público, aunque esa investigación haya revelado que
estos grupos de mamíferos se encuentran entre los mas exitosos que hayan
vivido sobre la tierra. Los primeros, por ejemplo, constituyen el grupo más
longevo de mamíferos, con un biocrón (extensión temporal de un taxón)
de 165 millones de años. Los
mamíferos mesozoicos
como informalmente se llama a todos los que vivieron junto con los grandes
dinosaúrios durante ese período geológico, eran por lo general
criaturas de pequeño tamaño, con cráneos que oscilaban entre los tres
y los siete centímetros FIG.
4
FIG.
5.
Su
diversidad no es demasiado bien conocida; para un lapso próximo a los 150
millones de años, o más de dos veces el tiempo transcurrido entre la
extinción de los grandes dinosaurios y el presente, se conocen en forma
adecuada (por dientes, cráneo y esqueleto postcraneano) no más de veinte
taxones de ellos. Hoy sólo es posible, pues, describir los procesos
mayores de este complejo panorama evolutivo. Cuestiones fundamentales como
las variaciones individuales y poblacionales o los patrones biogeográficos
apenas se comienzan a vislumbrar. El
mamífero más antiguo conocido a la fecha es Adelobasileus cromptoni, del
que se halló un único fragmento fosil, de unos 228 millones de años, en
rocas triásicas del sudeste de los Estados Unidos. Era un animal muy
pequeño, con un cráneo de aproximadamente 2,5cm que ya muestra los
principales rasgos anatómicos de formas más avanzadas, entre ellos, un
sector auditivo y una caja craneana correspondientes a un cerebro
voluminoso. Pero, dado que en el proceso de fosilización se perdió la
porción anterior de ese cráneo, no se dispone de los dientes, que son
muy importantes para dilucidar las relaciones de parentesco y los hábitos
alimenticios de los mamíferos. Semejantes al Adelobasileus, pero más recientes porque datan de la siguiente división del mesozoico, el jurásico temprano (195 millones de años atrás), son los miembros de un grupo llamado informalmente morganucodóntidos, por Morganucodon, un mamífero del que se han encontrado esqueletos fósiles casi completos (Fig. 4). También eran diminutos: tenian un largo total de 15cm, incluyendo su cola, y exhibían numerosos caracteres primitivos de los cinodontes, o reptiles mamiferoides, el grupo del cual se originaron los mamíferos. A diferencia de sus congéneres actuales, que tienen un único elemento mandibular, el dentario, en los morganucodóntidos la mandíbula estaba formada por varios huesos, como en los reptiles actuales. Las diferencias entre los huesos se utilizan con frecuencia en las clasificaciones sistemáticas y permiten entender la diversidad alcanzada por los antiguos mamíferos, algo importante a la hora de valorar la biología de estas formas primitivas (Fig. 5) FIG.
6.
El
sistema auditivo de los mamíferos actuales se basa en que el sonido se
transmite por la vibración de una cadena de huesecillos que conectan la
membrana timpánica con el oído interno; este transforma esos movimientos
en impulsos eléctricos, que finalmente son recibidos por el cerebro. Los
elementos más externos de esa cadena son homólogos con huesos que, en
los reptiles y los linajes ancestrales a los mamíferos, se encuentran en
la mandíbula. La transformación de esos huesos mandibulares en elementos
auditivos es, probablemente, el cambio más importante en la evolución de
los mamíferos. Morganucodon y sus parientes no poseían un oído como
el de los mamíferos que conocemos, sino múltiples huesos mandibulares y,
probablemente, también un rudimentario sistema auditivo alojado en la
mandíbula; sin embargo, tenían dientes que eran reemplazados sólo una
vez es decir, una dentición de leche y otra permanente, como en los
humanos y los demás mamíferos vivientes, a diferencia de las formas más
primitivas y los reptiles, en que los dientes son reemplazados múltiples
veces. Si
bien se han elaborado distintas hipótesis para explicar la reducción
del número de reemplazos dentarios, parece convincente relacionarla con
la posibilidad de cerrar mejor la boca y, por consiguiente, realizar un
mejor procesamiento de los alimentos. De hecho, el refinamiento de los
rasgos relacionados con la masticación es una antigua tendencia de la línea
de los mamíferos y ya está presente en sus lejanos ancestros del
período
pérmico (el último en que se divide el primario o paleozoico), entre 290
y 250 millones de aflos atrás. LOS MAMIFEROS MESOZOICOS ¿Cómo se sabe que un animal es mamífero?. La
pregunta no suele ser difícil de responder. En la literatura
científica
de los últimos doscientos años no se registra una sola identificación
equivocada de un mamífero. Todos los animales vivientes del grupo
están cubiertos de pelos, poseen glándulas que segregan leche y la
madre (por lo menos) protege y asiste a los recién nacidos por un
tiempo prolongado. Existen también caracteres osteológicos (o de la
anatomía esqueletaría) que pueden utilizarse para reconocerlos; entre
las formas vivientes, esos rasgos se refieren, principalmente, al tipo
de cráneo, el número y forma de los huesecillos del oído medio y la
forma en que se artícula la mandíbula con el resto del cráneo.
Sin embargo, en las formas fósiles sólo pueden considerarse los
caracteres osteológicos, ya que la anatomía blanda no se conserva.
Pero varios de los caracteres óseos han tenido largas transformaciones
y llegado a su forma actual de modo gradual, lo cual hace más difícil
y hasta arbitrario clasificar a un fósil como mamífero. Los
primeros mamíferos con una estructura auditiva semejante a la de los
modernos pertenecieron a dos grupos probablemente relacionados entre sí,
los multituberculados y los monotremas. Los segundos, es decir, los
equidnas y ornitorrincos australianos, son los animales vivientes que
conservan más caracteres primitivos. Los extinguidos multituberculados
eran mamíferos que tenían aspecto de roedor, con un par de incisivos
superiores y otros inferiores muy desarrollados; los había arborícolas,
cavadores y, probablemente, corredores. Como una de sus adquisiciones más
notables, poseían un oído esencialmente igual al de los monotremas,
formado por tres huesecillos, que los convirtió en los primeros mamíferos
con rasgos modernos en ese órgano, lo cual indica que también habian
logrado una estructura mandibular avanzada, formada por un único hueso,
el dentario (Fig 6). El
American Museum of Natural History, en sus campañas anuales al desierto
del Gobi, en Mongolia, ha encontrado restos muy bien conservados de
numerosos ejemplares de multituberculados, algunos completos y, según se
deduce, en posición natural. Los sedimentos en que se los encontró
fueron en apariencia depositados durante una tormenta de arena acaecida en
un ambiente desértico o árido, y los esqueletos sugieren que los
animales murieron tratando de salir luego de ser enterrados por tal
tormenta. Ello explica su excepcional estado de conservación, diferente
del de la mayoría de los fósiles provenientes de otras localidades del
mundo, enterrados en sedimentos vinculados con corrientes de agua, que
desarticularon los esqueletos e impidieron que se pueda encontrar
ejemplares completos. Si
bien se han desenterrado dientes de multituberculados en América del
Norte y del Sur, lo mismo que en Europa y África, los restos del Gobi
proporcionaron los únicos esqueletos mesozoicos y han permitido
identificar varios taxones, todos con el patrón rodentiforme común al
grupo, pero con una gran variedad en cuanto a tamaño, desde formas
semejantes
a un ratón a otras ligeramente menores que un conejo. La
morfología de los esqueletos sugiere que se trataba de animales
corredores,
que probablemente se desplazaran a los saltos en un ambiente abierto y
semidesértico, constituido por dunas. A juzgar por el tipo de
articulaciones y los otros componentes de los miembros anteriores, estos
tenían una posición cercana al eje del cuerpo, en lugar de lateral, como
la de mamíferos más primitivos y otras formas de animales (compárese
con la posición de las patas en un lagarto, por ejemplo). Es
frecuente que los animales actuales del desierto tengan una región
auditiva agrandada, capaz de percibir los sonidos que se propagan en
ambientes abiertos o que son transmitidos por el suelo; lo misma sucede
en algunos muitituberculados mesozoicos, pero no en otros, lo que impide
considerar esa adaptación como una característica ancestral del grupo. Si
los monotremas estuvieran relacionados con los muitituberculados según se
sugirió en el pasado y, nuevamente, hace poco, se concluiría que la
reproducción
de estos no habría superado el estado primitivo de la de aquellos, cuyas
crías nacen, muy poco desarrolladas, de un huevo con membrana, que debe
ser incubado por los padres; cuyas hembras carecen de pezones, y cuya
temperatura corporal sólo es susceptible de un control rudimentario. Los
multituberculados superaron exitosamente el limite cretácicoterciario
(65 millones de años atrás), que marcó la desaparición de los
grandes dinosaurios; el mayor número de sus especies se ha encontrado
en formaciones posteriores a esa fecha. El ocaso del grupo parece estar
relacionado con el incremento en la diversidad de los primates y con el
surgimiento de los verdaderos roedores. El reemplazo de los
multituberculados por los roedores suele presentarse como ejemplo clásico
de competencia entre grupos con requerimientos ecológicos similares. Los
monotremas, por su lado, se consideraban exclusivos de Australia hasta
que, hace sólo dos años, paleontólogos del Museo de La Plata
descubrieron en la Patagonia un diente que puede ser atribuido a un
animal perteneciente a una de las familias australianas, prueba de que en
el pasado el grupo tuvo una distribución geográfica más amplia. Dos
de las tres especies vivientes de monotremas carecen por completo de
dientes, por lo que siempre ha resultado muy dificil ubicar estos animales
en el contexto de los mamíferos mesozoicos, construido principalmente
a partir de los caracteres dentarios. El molar fósil patagónico y otros
encontrados también recientemente en Australia permiten comprobar que
la ausencia de dientes es un rasgo que apareció tardíamente en los
monotremas, y que los ejemplares primitivos poseían dientes complejos,
como la mayoría de los mamíferos. Los
monotremas son sumamente importantes para dilucidar algunos rasgos de la
biología de las formas antiguas. Los caracteres que comparten con los
marsupiales y los placentarios pueden suponerse presentes en todos los
grupos que ocupan una posición filogenética intermedia; pero los rasgos
primitivos que se encuentran en los primeros, pero no en los otros dos,
seguramente aparecieron en alguno de los grupos que ocupan esa posición
filogenética intermedia, que son varios. Entre los monotremas y los
mamíferos
tribosfénicos, el nombre que designa a los marsupiales, los placentarios
y otras formas mesozoicas poco conocidas, se han identificado varios
taxones, que fueron agrupados informalmente con la denominación de
terios, categoría que incluye tres grupos mayores: simetrodontes,
pantoterios y tribosfénidos. El
nombre simetrodontes hace referencia al aspecto de los molares, que
tienen el contorno de un triángulo isósceles con las cúspides mayores
dispuestas en los ángulos. Del grupo conocemos poco más que dientes
aislados y fragmentos mandibulares, por lo que sus espectos biológIcos
mayores aún son un enigma. Sin embargo, por sus caracteres dentarios
podemos decir que son el grupo más primitivo en el que se pueden
reconocer vínculos con los marsupiales y placentarios. Fig.7
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