Volumen 6 - Nº32 - 1996 |
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Revista de Divulgación Científica y
Tecnológica de la |
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ARTICULO La Escuela de Economía
Política de Chicago |
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Edgardo E.
Zablotsky |
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La
corrupción en los ámbitos del gobierno y las regulaciones que
supuestamente se instauran para corregir las imperfecciones de los
mercados pueden explicarse por la acción de los grupos de interés. -cannot
be made accessible to the literate and interested reader. Such effect does
not, however, justify error or oversimplification. In writing for the
general reader one cannot claim exception from accuracy of argument or
conclusion. John
Kenneth Galbraith, 1994, The World Economy since the Wars, Mandarin,
London. Esta
línea de argumentación, a pesar de la frecuencia de su empleo, no
conduce muy lejos, en realidad, no hace más que llevar la cuestión a
otro plano, el de plantearse por qué ciertos individuos son honestos y
otros no lo son, pero nada explica que ayude a entender la índole del fenómeno,
ni cuestiones como las formas que toma la corrupción, los niveles hasta
los cuales es llevada a cabo, los límites -si existe alguno- que se
impone, las razones por las que aparece en una institución o ciudad y
no en otra, etc. Un
enfoque más fructífero consistiría en centrar la atención, no en las
condiciones éticas de los funcionarios, sino en la clase de actos que
estos llevan a cabo. Para ello conviene considerar a qué círculos de
la población benefician; cuáles grupos resultan perjudicados; qué
magnitud adquieren esos beneficios o perjuicios, y cómo reaccionan, a
favor o en contra, las personas afectadas. Seguramente este tipo de análisis
arrojará más luz sobre la corrupción que atribuirla a la personalidad
moral de los funcionarios e investigar las características de esta. Los
párrafos precedentes proporcionan una buena ilustración de la utilidad
del concepto de grupo de interés para analizar las políticas públicas.
El enfoque se remonta a los comienzos de este siglo, cuando A.F. Bentley
influido por la corrupción reinante en el concejo municipal de Chicago,
donde toda racionalidad política quedaba reducida a la derivada de la
lucha de grupos de presión en conflicto, publicó The Process of
Government, uno de los libros que, al decir de Mancur Olson, ejercieron
mayor influencia en las ciencias sociales norteamericanas. Arthur
Fischer Bentley había nacido en Freeport, Illinois, en l 870. A los
veinte años ingresó en la universidad Johns Hopkins, donde estudió economía
y sociología. Luego de recibir su doctorado, fue, por un año (1895-96),
profesor de la segunda de esas disciplinas en la universidad de Chicago,
pero abandonó su carrera académica y durante los siguientes quince años
se dedicó al periodismo. En
1908 publicó The Process of Government, en el que sostuvo que los
instintos, sentimientos innatos, facultades intelectuales y aun las ideas
e ideales de las personas resultan poco eficaces para explicar su comportamiento
como funcionarios públicos. Bentley definió el gobernar como un proceso
del que son protagonistas los grupos de interés (interest groups). En su
marco conceptual, un grupo de interés o de presión es una porción de
la sociedad caracterizada por tener un interés común; la pertenencia a
uno de tales grupos no impide formar parte de otros, ya que cualquier
persona no tiene uno sino múltiples intereses, y cuanto más compleja
sea una sociedad mayor es el número de los que poseeran sus
integrantes. Para
Bentley, un grupo y la actividad que realiza son equivalentes: no existe
grupo sin su interés, y este es el único motivo que justifica la existencia
de aquel. Cuando el interés común de los miembros de un grupo declina,
este se vuelve débil y puede, aun, desaparecer Los grupos de interés
son las piezas básicas que permiten comprender el comportamiento del
gobierno, porque son los actores del proceso de gobernar que se define
como la interrelación entre los grupos de interés, de suerte que
ninguno pesa más allá de su relación con otros. Los grupos de interés
están en constante actividad: se presionan unos a otros, cooperan entre
ellos, compiten, forman alianzas ofensivas y defensivas, se desintegran,
desaparecen y continuamente se forman otros nuevos. Los políticamente
poderosos dominan a los demás y, por ende, determinan el estado de la
sociedad, que se caracteriza por el equilibrio resultante de las
presiones que ejerce la multiplicidad de grupos de interés. Por
dos décadas, The Process of Government fue olvidado; luego fue
redescubierto y, desde los años cincuenta, los estudios empíricos de
la función de los grupos de presión en los procesos legislativos,
judiciales y administrativos, y en moldear la opinión pública, se
convirtieron en una preocupación mayor de las ciencias políticas. Sin
embargo, esos trabajos carecían mayormente de respaldo teórico, pues
usualmente trataban de identificar a los beneficiarios de determinada política
y procedían a adscribir la existencia de esta a la presencia de
aquellos, pero no buscaban explicar por qué algunos grupos estaban,
efectivamente, presentes en el proceso político y otros no, o cuáles
eran las condiciones necesarias para que un grupo de interés fuese
exitoso en la obtención de una regulación favorable. A
partir de 1970, economistas como George Stigler, Robert Posner, Sam
Peltzman y Gary Becker miembros de la llamada escuela de economia política
de Chicago, partiendo de las ideas de Bentley, iniciaron la desafiante
tarea de construir una teoría general capaz de prever las condiciones que
determinan el éxito de los grupos de interés y explicar las tácticas
de estos ante las políticas regulatorias. En
el párrafo anterior lo mismo que en el título de la nota, hemos usado
deliberadamente la expresión escuela de economía política de Chicago
porque, estrictamente (y a pesar de que en algún lugar nos hayamos
permitido la simplificación), no se podría hablar de la escuela de
Chicago, a secas, pues no hay una sino diversas. La universidad de
Chicago, en más de un siglo de existencia, ha sido origen de algunas de
las revoluciones más importantes de la ciencia económica. Citemos,
entre otros ejemplos, la doctrina monetarista o neoliberal, asociada con
el célebre polemista y premio Nobel Milton Friedman; las teorías que se
apoyan en las llamadas expectativas racionales, debidas a Robert Lucas
(el Nobel de este aro) y Thomas Sargent, y la aplicación del
instrumental teórico de la economía a ámbitos alejados de esta,
promovida por Gary Becker también premio Nobel. La
escuela de economía política Chicago analiza el comportamiento del
gobierno desde las perspectivas de la teoría económica de los precios
y la economía positiva. Tradicionalmente, el cometido asignado por los
economistas a las regulaciones gubernamentales era corregir las
imperfecciones del mercado; la escuela de Chicago postula la hipótesis
de que la función primaria de las regulaciones en las economías
modernas es redistribuir riqueza. En este marco conceptual, el camino
que utilizan agentes económicos racionales para alcanzar dicho propósito
es la acción del estado, mientras que la redistribución constituye la
esencia misma de la acción del gobierno. El pensamiento de la escuela
de Chicago comenzó como una teoría de la regulación económica, es
decir como una teoría de un limitado conjunto de operaciones
gubernamentales, que no afectan sino marginalmente el presupuesto del gobierno. A
veces, estudiando la diferencia entre las políticas regulatorias del
gobierno y sus operaciones fiscales, se argumenta
que las primeras sólo tienen repercusiones menores en el presupuesto
gubernamental, mientras las segundas (una reducción del impuesto a la
renta, un incremento del gasto público dedicado a defensa) generan
efectos importantes. Si se consideran las consecuencias sobre la economía
de ambos tipos de operaciones, la distinción se desdibuja, pues los
impuestos y subsidios pueden ayudar o perjudicar a ciertos grupos de
interés en forma similar a como lo hacen regulaciones que induzcan
efectos redistributivos comparables. Desde este punto de vista, las
operaciones fiscales y regulatorias del gobierno deben ser consideradas
similares y, por ende, explicables por la misma teoría de la actividad
gubernamental. Cuadro
I INDUSTRIALIZACIÓN
Y DESEMPEÑO MACROECONÓMICO SEGÚN
ESTRATEGIAS ALTERNATIVAS DE DESARROLLO, 1965-1985.
Algunos
ejemplos permiten ilustrar la teoría en su forma más general. Difícilmente
pueda considerarse que las políticas económicas ensayadas durante buena
parte de este siglo en la mayoría de los países latinoamericanos,
orientadas a la substitución de importaciones, hayan dado resultados
satisfactorios. El crecimiento de esas economías fue sostenidamente
menor que el del resto de las que entonces estaban en vías de desarrollo.
El cuadro I resume datos correspondientes al desempero de 41 países
en los períodos 1965-73 y 1973-85, y sugiere que, en ambos momentos, el
de economías fuertemente orientadas hacia el exterior superó
claramente al de las fuertemente orientadas hacia el interior. El cuadro
2 distribuye a los países latinoamericanos según su estrategias de
desarrollo e indica el dominio en esa región de la orientación al
interior. Luego
de analizar estos indicadores, lo mismo que un conjunto de otros, es
natural preguntarse por la razón que llevó a los países latinoamericanos
a implantar y conservar políticas económicas tan poco eficaces, una respuesta
simplista podría basarse en la capacidad de los gobernantes: se afirmaría
que un país determina sus políticas en función de la pericia (o falta
de ella) de los responsables de conducir al estado. Pero tal afirmación sólo
tendría poder explicativo si esa habilidad no se infiriera de los hechos
que pretende explicar pues de lo contrario se trataría de un razonamiento
circular. Una hipótesis más racional, tradicionalmente aceptada por los
economistas, es suponer que los gobernantes buscan maximizar el
bienestar de la sociedad, si bien la evidencia provista por la mayoría
de los países latinoamericanos lleva a verla con no poco escepticismo,
sobre todo si se la considera de modo independiente de la anterior. Según
los postulados de la escuela de economía política de Chicago, la política
económica es el resultado de una situación de equilibrio, producida
por la presión que ejercen los diversos grupos de interés en su
competencia por obtener ventajas. Por ello, las medidas que se adopten en
un momento dado no dependerán del partido que se encuentre en el
gobierno; en realidad, el partido que gobierne, como lo sostiene Anthony
Downs, será el que esté dispuesto a llevar a cabo la política definida
por esa competencia. En estos términos, no se puede afirmar que las políticas
económicas de los países latinoamericanos hayan sido correctas o erróneas;
fueron los estados de equilibrio de las presiones ejercida por los grupos
de interés relevantes, actuando según las reglas de la competencia en
cuestión. Cuadro
2 ESTRATEGIAS
DE DESARROLLO ENSAYADAS POR PAISES LATINOAMERICANOS, 1965-1985
Tomado
de Greenaway et al., op cit. Sudáfrica
tiene casi cinco millones y medio de blancos y dieciocho millones de
negros y asiáticos; haber dado a estos la facultad de votar cambió de
modo radical las reglas de la competencia entre los grupos de presión,
lo cual, en términos del marco conceptual de Bentley, llevará al cambio
del resultado de dicha competencia y, por lo tanto, a políticas
gubernamentales distintas. Se puede explicar así uno de los factores más
importantes existentes detrás de la oposición blanca a eliminar la
segregación racial. En
nuestra tesis doctoral sobre la autocracia, analizamos un tipo de cambio
de reglas que fue frecuente, hasta no hace mucho, en Latinoamérica: el
golpe de estado. Tal alteración del régimen político solía traer
aparejado que, entre otras cosas, se censurase la prensa, se derogara el
derecho de huelga, aumentara o disminuyera la corrupción, etc., todo lo
cual tendría que haber modificado el equilibrio de las presiones y, por
ende, las políticas económicas derivadas de aquel. Para analizar la
plausibilidad de esta hipótesis, consideramos treinta casos, en quince
países diferentes, ditribuidos como sigue:
Evaluamos
la hipótesis de que se habrían producido cambios significativos en el
equilibrio de las presiones y por ende, en las políticas económicas al
ocurrir cambios de regímenes políticos, pero no al acontecer tan solo
cambios de gobierno, sea la sucesión de un presidente electo democráticamente
por otro, o la substitución de un dictador por el siguiente. El cuadro
3 contiene los resultados del análisis e indica que la evidencia
respalda la hipótesis, dado que es rechazada en sólo el 2 1% de los
cambios de regímenes y en el 1 3% de los de gobernantes. Las
contribuciones académicas de la escuela de Chicago, que estamos
comentando, dieron origen a la denominada economia de la regulación. Resulta
interesante señalar sus diferencias con el enfoque llamado del public
choice, que alguna vez se definió como el estudio económico de las
decisiones ajenas al mercado (the economic study of nonmarket
decisionmaking), o como la aplicación de la economía a la ciencia política;
está asociado con los nombres de George Buchanan y Gordon Tullock, y su
cuna fue la universidad de Virginia. Muchas veces se ha dicho que la
economía de la regulación es el public choice visto desde la óptica de
la universidad de Chicago. La economía de la regulación no se remonta a
un texto fundacional, como es The Calculus of Consent -para el caso de
Virginia-, publicado en 1962 por los dos autores mencionados. Chicago ha
generado una vasta literatura sobre la economía política y los
efectos de las más diversas regulaciones, a veces intercalada con
influyentes trabajos teóricos, como los de Stigler, Becker, Peltzman y
Demsetz, entre otros. Quizá la diferencia central entre ambas
escuelas resida en el claro empirisismo de Chicago. Mientras la escuela
de Virginia no está preocupada por someter sus construcciones teóricas a
prueba, la de Chicago insiste en hacerlo de manera extremadamente
minuciosa y muestra poco interés por teorías que no puedan ser objeto
de comprobación empírica estricta. Desde
hace unos veinte años, el journal of Law and Economics publica esos
estudios empíricos, así como análisis teóricos sobre la adopción y el
funcionamiento de un importante numero de regulaciones. ¿Cuáles son
los efectos económicos de estas?; ¿qué instrumentos es factible
utilizar para aplicarlas?; ¿por qué, en algunos casos, el regulador
elige un determinado instrumento?; ¿es políticamente razonable que
toda regulación proteja a los productores?; ¿en qué casos podría
beneficiar a los consumidores? Estas son algunas de las preguntas que
intenta responder la escuela de Chicago. En
toda sociedad existen diversos grupos que demandan regulaciones.
Ejemplos típicos son las industrias, los sindicatos, los consumidores,
los jubilados, los locatarios, los locadores, etc. En general, cualquier
conjunto de individuos que tienen en común su ocupación, localización
geográfica, edad, ingreso o algún otro atributo puede ser denominado un
grupo de interés y, por ende, considerado un potencial demandante de
regulaciones. ¿Por
qué un grupo de interés habría de demandar una regulación estatal?
Porque el estado posee una facultad que no tiene ninguna otra institución
y que está más allá del poder de todo ciudadano; la capacidad de coerción,
mediante cuyo uso puede producir grandes redistribuciones de riqueza, ya
sea estableciendo impuestos, otorgando subsidios o sancionando regulaciones.
El estado, ejerciendo su función reguladora, puede beneficiar (y perjudicar)
a diversos sectores de la sociedad. En general, ninguna regulación es
redistributivamente neutra; aun la aparentemente más inocua ocasiona
efectos redistributivos que favorecerán a algún grupo de interés y, por
ende, necesariamente perjudicarán a otro. ¿Por
qué los gobernantes habrían de establecer regulaciones? El estado, como
oferente de regulaciones, las sancionará para favorecer a los grupos
que estén dispuestos a pagar por ellas el mayor precio. El precio que el
grupo demandante (o comprador) paga al estado oferente (o vendedor) consiste
en el apoyo político que el gobierno recibe de los grupos de interés.
En un régimen democrático, la moneda de este apoyo es el número de
votos que cada grupo esté dispuesto a aportar ya sea en forma directa o
por la vía indirecta de contribuciones a las campanas electorales. Por
otra parte, si aceptamos que suprimir el disenso resulta una tarea
costosa para un dictador el apoyo político también resultará relevante,
aunque en dist¡nto grado, en regímenes dictatoriales. A
los fines de ejemplificar lo expuesto, consideremos la economía política
de la protección arancelaria; comprobaremos que la evidencia provista
por la estructura arancelaria de distintos países, en particular las de
los Estados unidos y Chile, coincide con las predicciones del modelo teórico
explicado. Comencemos por centrar la atención en la oferta de
protección. Para simplificar imaginemos que existen sólo dos grupos de
interés: los productores y los consumidores de un determinado bien, y
postulemos que el regulador habrá de fijar el precio mínimo de este, así
como barreras legales a la entrada de productores en el mercado, de
forma que logre el máximo apoyo político. Dado
que el estado regulador podría fijar un precio sensiblemente igual al
que resultaría en un mercado competitivo, cualquier precio superior a ese
que estableciese ocasionaría beneficios por encima de los normales (o
rentas) a los productores y daría lugar a cierto apoyo político al
gobierno por parte de estos. Por otra parte, alternativamente, el estado
podría fijar un precio de monopolio, por lo que cualquier descuento que
determinase con relación a ese precio monopolístico generaría apoyo
político al gobierno por el lado de los consumidores. El regulador
entonces, si procede racionalmente, elegirá aquella combinación del
precio del bien y de los beneficios
(y costos) que habrán de recaer sobre productores y consumidores que le
permita hacer máximo su soporte político, para lo cual tomará en cuenta
las condiciones de oferta y demanda prevalecientes en el mercado. CUADRO3 CONFIRMACIÓN
O RECHAZO DE LA HIPÓTESIS DE BENTLEY
Tomado
de An Economic Theory of Autocracy, tesis doctoral del autor, realizada en
la Universidad de Chicago, 1992. Dicha
combinación se caracterizará por el hecho de que el incremento en el
apoyo político generado por un peso adicional de beneficios para alguien
debe igualar la disminución de apoyo político que ese peso menos de
beneficios ocasiona a otro. Según el conocido razonamiento marginalista
de la teoría microeconómica, el estado irá incrementando o reduciendo
la protección (que equivale al precio del bien) hasta que el beneficio
adicional que consiga por hacerlo sea igual al costo adicional en que
incurra. Si
no fuese así, el regulador tendría oportunidad de modificar el precio
e incrementar su rédito político. Si el incremento de soporte político
que generaría aumentar en un peso los beneficios a los productores
fuera mayor que la disminución de soporte político que induciría el
hecho de que los consumídores verían así disminuidos sus beneficios
en un peso, el regulador debería, racionalmente, incrementar el precio
del bien en un peso, con lo que aumentaría su soporte político. Simétricamente,
si el incremento de apoyo político que produciría entre los
consumidores que estos recibieran un peso adicional de beneficios,
generados por la disminución del precio del bien en dicha cantidad, fuese
mayor que la reducción de soporte político por parte de los
productores, que recibirían un peso menos de beneficios, el regulador
podría acrecentar su soporte político reduciendo el precio del bien en
un peso. Si ambos efectos resultasen iguales, el regulador sabría que dio
con el precio correcto. Consideremos
ahora que se produzca un incremento de los costos fijos de producción
de un bien. En un mercado no regulado, no existiría razón para que los
productores consideren conveniente incrementar su precio, pues el
beneficio máximo, que seria menor que antes, se obtendría al precio
original, ya que los costos marginales de producción no cambiaron.
Producir una unidad adicional incrementaría el costo total en la misma
cantidad que antes del cambio de los costos fijos; por ende, la cantidad
óptima a producir no se vería modificada. Pero en un mercado regulado,
el precio se incrementaría, pues el aumento de costos fijos, y la
consiguiente disminución de los beneficios, seguramente reduciría el
soporte político que el regulador pueda obtener. Es probable que para el
regulador no resultara óptimo que la totalidad del ajuste recayese
sobre un solo grupo, el de los productores, porque se violaría la
condición de que el aumento de soporte político generado por un peso
adicional de beneficios a uno de los grupos debe igualar la disminución
de soporte político que genere un peso menos de beneficios al otro. Por
ello, puede esperarse que el precio se incremente de forma tal que los
consumidores soporten parte del ajuste. Algo
similar sucedería si se produjese un cambio por el lado de la demanda,
dado que, en un mercado no regulado, un incremento de esta inducirá un
aumento de precio y, consiguientemente, la obtención de mayores beneficios.
En un mercado regulado, dichos efectos se atenuarán, pues le resulta óptimo
al regulador igualar en el margen, el apoyo político de los productores y
los consumidores, e impedir que los precios se incrementen tanto como en
un mercado no regulado trasladando (o devolviendo) parte de los beneficios
a los consumidores. Este
tipo de análisis permite explicar los niveles de protección de que gozan
distintos sectores; por ejemplo, los de mayor productividad, o que posean
ventajas comparativas, deberían ser los más castigados, al igual que
aquellos con mercados expansivos (es decir cuya demanda se haya
incrementado a lo largo del tiempo). De no ser así, el regulador no habría
logrado el máximo soporte político, dado que habría estado favoreciendo
a un solo grupo, el de los productores, los cuales habrían visto
incrementados sus beneficios en una proporción mayor que aquella que,
para el regulador resultaría políticamente óptima. Consideremos
ahora la demanda de protección y los factores que determinan la presión
que ejercen los grupos de interés. En toda sociedad existe un número
virtualmente ilimitado de estos, cimentados por los intereses comunes de
sus miembros. Cada uno de los últimos puede contribuir a los objetivos
de su grupo invirtiendo tiempo y dinero (por ejemplo, participando en
campañas políticas, ayudando a financiar acciones de cabildeo -Iobby-,
tomando parte en huelgas, manifestaciones, actos terroristas, etc.);
cada individuo buscará producir presión política para obtener o
resistir transferencias de riqueza de o hacia otros grupos, de forma
de aumentar sus ingresos. La
situación de equilibrio resultante, es decir la estructura de impuestos
y subsidios de la sociedad, será el producto de que todos los grupos
ejerzan la presión política que consideren óptima, teniendo en cuenta
la ejercida por los demás grupos. El equilibrio político-económico
dependerá, entre otras cosas, de la eficiencia de cada grupo de interés
en la producción de presión política, de las distorsiones generadas
por los impuestos y subsidios y del tamaño de los grupos. Si
un grupo de interés incrementa su eficiencia en la produción de presión
política, la que ejerza crecerá, en comparación con la ejercida por
los restantes grupos, pues un peso adicional invertido por el grupo más
eficiente habrá de generar un incremento de sus subsidios o una
disminución de sus impuestos mayor que si lo hubiesen invertido los otros
grupos. Esto sucedería, por ejemplo, en un grupo que mejorara el
cumplimiento de las obligaciones de sus miembros, ya que, en general, cada
uno de ellos tiende a evadirlas, pues considera que su responsabilidad es
pequeña, pero confía en que sus compañeros cumplirán con las
suyas, con lo que la presión política se habrá materializado. Como se
advierte, cuanto más grande sea el grupo, más marcado será este fenómeno
y más difícil dicho control, una conclusión interesante de este
razonamiento es que un grupo de interés podría estar altamente
subsidiado, aun cuando no pueda controlar demasiado bien el cumplimiento
de las obligaciones de sus miembros, siempre que lo haga mejor que otros
grupos. Las
políticas públicas pueden distorsionar las decisiones de los agentes
económicos y originar costos sociales (es decir costos generados por la
inadecuada asignación de factores productivos, que hace que la combinación
de bienes y servicios a disposición del consumo de la sociedad no sea la
óptima). Por ejemplo, un impuesto sobre la renta del capital inducirá
a reducir la inversión; uno al trabajo, a que la gente trabaje menos y
aumente su ocio, etc. Los subsidios tienden a reducir la presión política
ejercida por los grupos subsidiados en una cantidad menor que su costo,
pues el incremento del ingreso de sus miembros será menor que el monto
de las transferencias recibidas. En el otro sentido, los impuestos
tienden a incrementar la presión ejercida por los grupos gravados en
una cantidad mayor que los beneficios resultantes de su cobro, pues la
disminución de los ingresos de los miembros de esos grupos es mayor que
su carga fiscal. En ambos casos, ello se debe a que las distorsiones inducidas
por los impuestos (o subsidios) en las decisiones de los agentes económicos
gravados (o favorecidos) originarán una disminución (o aumento) en sus
ingresos superior al monto del gravamen (o subvención). Por
lo tanto, un incremento de los costos sociales causados por impuestos y
subsidios podría modificar el equilibrio político-económico y reducir
las tranferencias a los grupos subsidiados. El tamaño de dichas
tranferencias está limitado por el hecho de que las distorsiones que
generan se incrementan, usualmente, con la magnitud de aquellas, como lo
muestran diversos estudios empíricos, cuyos resultados son coincidentes
con las predicciones teóricas. Con
bastante frecuencia se afirma que los grupos pequeños se encuentran en
desventaja, porque sólo pueden movilizar un número pequeño de votos.
Mucha evidencia empírica, que ya aparece en la obra de Arthur Bentley,
pone en duda esta afirmación. El sector agropecuario proporciona una
parte importante de dicha evidencia, pues se encuentra fuertemente subsidiado
en países industrializados, como los Estados Unidos, los de la Unión Europea
y el Japón, donde, en términos relativos, es pequeño, y, en contraste,
resulta con frecuencia fuertemente gravado en países subdesarrollados o
en vías de desarrollo, donde es comparativamente importante. Que
los grupos de interés políticamente exitosos tiendan a ser más pequeños
que aquellos que resultan gravados para pagar los subsidios obtenidos
por los primeros, se explica por los efectos que trae el incremento del
tamaño de un grupo en su eficiencia para producir presión política y
en el impacto sobre cada miembro de las distorsiones inducidas por las
tranferencias. Un
aumento en el tamaño de un grupo afecta su eficiencia en la producción
de presión política porque incrementa el costo de controlar el
cumplimiento de las obligaciones de sus miembros. En sentido contrario,
sin embargo, permite obtener economías de escala (definidas como la
disminución de los costos unitarios de producir algo a medida que
aumenta el número de unidades producidas o el tamaño de la planta de
producción), por ejemplo, por la vía de que sus miembros se
especialicen en determinadas tareas. Si se trata de un grupo relativamente
pequeño que crece, es probable que el segundo efecto prevalezca, dado
que las economías de escala serán importantes y el control del cumplimiento
de las obligaciones de sus miembros relativamente fácil. A medida que
el tamaño del grupo se incremente, la relevancia de los efectos se
revertirá, pues las economías de escala habrán sido plenamente
aprovechadas y el control del cumplimiento de las obligaciones de sus
miembros se volverá más difícil. Más allá de cierto tamaño,
ambos efectos perderán importancia, pues cambiarán muy poco tanto el
costo de controlar el cumplimiento de dichas obligaciones como el
aprovechamiento de las economías de escala. Al
margen de los efectos anteriores, un grupo subsidiado preferirá ser
financiado por un gran numero de contribuyentes, porque cuanto mayor sea
el tamaño del grupo gravado menor será la carga impositiva a soportar
por cada miembro, lo cual disminuirá las consecuencias de las
distorsiones causadas por los impuestos (dado que estas usualmente se
incrementan con el tamaño de la transferencia) y reducirá la presión
política ejercida por el grupo perjudicado. Dado
que, en el marco teórico explicado, la presión política ejercida
por los grupos de interés tiende a ser mayor cuanto más eficientes sean
estos para producirla (por ejemplo, es alta en el caso de grupos capaces
de impedir que se beneficien miembros renuentes a colaborar llamados
en jerga free riders, que se podría traducir al argot rioplatense por
colados), las industrias más concentradas, ya sea geográficamente o
porque un reducido número de empresas controla una gran proporción del
total de la producción, deberían ser más exitosas en lograr protección
arancelaria. Por otra parte, dado que las distorsiones inducidas por las
transferencias limitan el tamaño relativo de los grupos exitosos, las
industrias que producen bienes de consumo (no de inversión) deberían
lograr un mejor tratamiento arancelario. En síntesis,
la escuela de economía política de Chicago intenta explicar la conducta
de los funcionarios públicos mediante el instrumental teórico de la
teoría económica, para el cual la regulación no resulta de causas diferentes
de las que dan lugar a cualquier otro fenómeno de mercado; no es la
consecuencia del azar ni del capricho de algún funcionario, sino de la
interacción de su oferta y demanda. Este enfoque permite construir una
teoría positiva de la protección aduanera, cuyas características
ilustraremos mediante los ejemplos de la estructura arancelaria
norteamericana de la década de 1970 y la chilena de la de 1960. La
primera fue acordada en la ronda Kennedy del GATT y, si bien significó
una rebaja del nivel medio de protección, las reducciones de aranceles
se definieron de forma tal que el costo político, sobre todo el que resultara
de las consecuencias del incremento de las importaciones sobre la industria
doméstica, fuera el menor posible. Los factores que pueden afectar la
oferta de protección son la tasa de crecimiento de cada sector y el
esfuerzo de investigación y desarrollo (l&D). Aquella, porque está
asociada al rendimiento y, para un regulador que busca incrementar lo más
posible su apoyo político, cuanto mayor sea, mayores los incentivos a
reducir la protección del respectivo sector. Por lo tanto, se puede
esperar una relación inversa entre la tasa de crecimiento de un sector
económico y su nivel de protección. Por su lado, la magnitud del
esfuerzo de l&D indica las ventajas comparativas de un sector:
cuanto mayor sea, mejor se desempeñará ese sector en los mercados
internacionales y, por ende, para un regulador que busca el máximo
soporte político, menor el incentivo a darle alta protección. Por lo
tanto, la relación esperada entre l&D y nivel de protección es
también inversa. Los
factores relacionados con la demanda de protección, que miden la
eficiencia de los grupos de interés en la producción de presión política,
son la concentración industrial, la parte de la producción destinada a
consumo y el porcentaje de obreros sindicalizados. Cuanto más
concentrada una industria, mayor la coordinación entre las distintas
empresas, menor el costo de evitar que algunas de ellas se desentiendan
de los esfuerzos por producir presión política y mayor por ende, la
eficiencia del sector en ejercerla. La parte de la producción destinada
al consumo identifica el grado de dispersión de los compradores: cuanto
menos concentrada sea la demanda, menos eficiente el grupo perjudicado
por un incremento de la protección. El porcentaje de obreros
sindicalizados mide la eficiencia de los trabajadores como grupo de
presión, por lo que se puede esperar una relación directa entre ese
factor y la protección de la industria correspondiente. Con
excepción de lo que se refiere a los obreros sindicalizados, los factores
anteriores se comportaron de acuerdo con las predicciones teóricas: se
ha verificado empíricamente una relación positiva entre la eficiencia de
los grupos demandantes de regulación y los niveles de protección, y una
relación negativa entre los incentivos para ofrecer regulación y los
niveles de protección. Las modificaciones que sufrió la estructura
arancelaria norteamericana a raíz de la ronda Kennedy del GATT pueden ser
pues, parcialmente explicadas mediante las hipótesis que sugiere una
teoría económica de los mecanismos políticos de decisión que
conducen a la protección arancelaria. La
evidencia recogida sobre el caso chileno condice con lo anterior. La
estructura arancelaria que rigió en Chile durante la década de 1960 se
caracterizaba por su alto nivel de protección media (superior al 100%)
y por una notable dispersión (el 5% más protegido tenía aranceles
cercanos al 300%, mientras que para el 5% menos protegido estos eran del
orden de 30%). Si
se analizan los factores que afectan la oferta de protección, se puede
esperar una relación inversa entre las ventajas comparativas de un sector
y su nivel de protección: una relación directa entre el número de
empleados de un sector que, en el mercado político, pueden pagar al
regulador con votos, y la protección aduanera del sector: y una relación
incierta entre el tamaño de la industria y su protección, pues, cuanto
mayor aquella, más capacidad de ejercer presión, pero, al mismo
tiempo, más dura la oposición política de los consumidores, dado que
cuanto mayor sea una industria, mayor será su capacidad de dañar a
estos. Si,
en cambio, se consideran los factores que afectan la demanda de protección,
están el grado de concentración, el número de firmas en una
industria, el grado de sindicalización y la concentración geográfica
(esta reduce los costos de organizar la presión política y, por ende,
el costo de obtener protección). Los
resultados de los estudios empíricos confirman las predicciones teóricas,
con excepción de lo referente al número de firmas y la concentración de
la producción. Parecidas conclusiones sacaron diversos estudios de
otros países. En
el marco conceptual explicado, una disposición legislativa no es más
que el reflejo de sus condiciones de demanda y oferta, de igual forma que,
en el mercado de un bien, su precio y la cantidad transada reflejan sus
condiciones de demanda y oferta. Si se quisiera determinar bajo qué
condiciones el estado, oferente de regulaciones, otorgaría mayor peso
a los intereses de los consumidores, se podría suponer que a mayor difusión
pública de los efectos económicos de medidas legislativas contrarias a
los intereses de aquellos, mayor costo para los grupos interesados en lograr
la sanción de tales medidas. Como señala James Buchanan, otro premio
Nobel de economía: Si buscamos reformar la política económica,
debemos cambiar las reglas bajo las cuales actúan las agentes o
representantes políticos. Los economistas, de una vez y por todas, deben
cesar de proferir consejos o inexistentes déspotas benevolentes. LECTURAS
SUGERIDAS BECKER
G., 1983, "A Theory of Competition Among Pressure Groups for Polítical
Influence", Quarterly Journal of Economics, XCVIII, 3. BENTLEY,
A., 1908, The Process of Government, The university of Chicago Press,
Chicago. MARVEL,
H. & RAY, E., 1983, "The Kennedy Round: Evidence on the
Regulation of International Trade in the United States", American
Economic Review, 73, l. MITCHELL,
W, 1989, "Chicago Political Economy: A Public Choice
Perspective", Public Choice, 63:283-292. PELTZMAN,
S.. 1976, "Towards a More General Theory of Regulation". Journal
of Law and Economics, Agosto. TOLLISON,
R., 1989, "Chicago Political Economy", Public Choice.
63:293-297. ZABLOTSKY
E., 1995, "The Process of Government", en TONMASI, M. &
IERULLI, K. (eds.), The New Economics of Human Behavior, Cambridge
University Press. |
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