Volumen 5 - Nº29 |
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Revista de Divulgación Científica y
Tecnológica de la |
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CIENCIA EN EL MUNDO El planeta rojo se Guillermo Lemarchand
Luego de haber realizado, durante varios años, esfuerzos de investigación y desarrollo que requirieron una inversión de 890 millones de dólares, 1992 la NASA lanzó al espacio la sonda Observador Marciano, que cumplió con un recorrido de más de 724 millones de kilómetros y sólo tres días antes de llegar a su objetivo, Marte, perdió contacto radial con nuestro planeta. El 25 de septiembre de ese año, un cohete Titan III ponía a la sonda, parte de un complejo sistema espacial, en camino al planeta rojo. Desde que las naves Viking I y II descendieran sobre la superficie marciana en 1976, la NASA no había intentado volver al cautivante planeta. Los objetivos científicos de la misión de 1992 consistieron en profundizar los conocimientos de la geología, la geofísica y el clima de Marte.
El observador Marciano debía identificar distintos elementos minerales de la superficie de Marte y hacer un mapa de su ubicación; medir alturas de estructuras geológicas; definir el campo gravitacional, y estudiar el comportamiento del campo magnético del planeta. La misión debía determinar la distribución, la abundancia, las fuentes y los sumideros de dióxido de carbono, agua y polvo, en el marco de los ciclos estacionales marcianos. Otro propósito de importancia era conocer la temperatura del agua y del polvo de la atmósfera marciana, para analizar la estructura de circulación de esta. La misión debía, también, proporcionar un retrato del globo marciano, para lo cual habla de utilizar instrumentos similares a los que, constantemente, estudian la Tierra desde el espacio y trazan mapas de ella. La nave espacial estaba equipada, entre otras cosa una cámara de alta resolución, para generar imágenes de hasta 10 metros de resolución espacial por pixel; un espectrómetro de emisión térmica y otro de radiación gamma; un radiómetro infrarrojo de modulación de presión; un altímetro láser; un magnetómetro y reflectómetro de electrones, diseñado por el científico argentino Mario Acuña, del Goddard Space Center, y equipos de medición del campo gravitatorio, para registrar los cambios de la propagación de las ondas electromagnéticas entre la nave y la Tierra. El análisis de las imágenes que enviaron las dos naves Viking, hace diecisiete años, permitió advertir que en Marte hay una red de valles, de unos 3500 millones de años de antigüedad, con la misma apariencia que los lechos de ríos secos que abundan en la Tierra. Si fuera correcto pensar que esos valles resultaron de la acción de ríos, cuando estos los formaron el clima de Marte habría sido muy distinto del actual. Otro desconcertante hallazgo geológico fue un cañón de unos 4800 kilómetros de longitud, al que se dio el nombre de valle Marineris. Los científicos creen que para que estas estructuras geológicas puedan haberse formado, habría sido necesaria la acción del agua. Pero si Marte tuvo agua ¿qué pasó con ella? ¿dónde se encuentra? Tales preguntas todavía no han sido contestadas por la geología marciana. Existen evidencias científicas de que, hace unos 3800 millones de años, el sistema solar interior fue bombardeado por una intensa lluvia de cometas. Estos contribuyeron a la formación de los océanos en la Tierra y aportaron suficiente material orgánico para la aparición de la vida en nuestro planeta. Iguales circunstancias, seguramente, afectaron a Marte, cuya masa muy inferior a la Tierra no condujo, sin embargo, a que el planeta retuviese una atomósfera con agua en estado líquido. Por otra parte, y según haya sido el tiempo de permanencia del agua en la superficie marciana, existe la posibilidad de que la vida hubiese surgido en algún momento y luego se extinguiera. Si ello efectivamente ocurrió, hay buenas probabilidades de que, en la superficie marciana, se encuentren evidencias de esa temprana vida. Por lo menos dos tercios de la superficie de Marte tienen una antigüedad de 3500 millones de años, durante los cuales, a diferencia de lo acontecido en la Tierra, aquella ha permanecido intacta. Es irónico que, en el caso de nuestro planeta, los registros de la vida primitiva fueron destruidos por la propia evolución de la vida. En cambio, sí bien el suelo marciano resultó alterado por distintas reacciones químicas, estas seguramente no habrían destruido las posibles evidencias orgánicas o fósiles que -de existir- deberían encontrarse debajo de la superficie. Los científicos consideran que los posibles lechos de lagos secos constituyen los lugares mas adecuados para buscar ese tipo de fósiles. Chrístopher McKay, del Ames Research Center, conjetura que las formas de la vida acuífera que habrían sido posibles en Marte no hubiesen podido obtener su energía del Sol, como lo hacen los organismos fotosintétícos en la Tierra. Para sobrevivir tendrían que haberse nutrido de energía química: consumir hidrógeno y dióxido de carbono y dejar metano como residuo. La vida en Marte habría podido generarse de haber existido fuentes geotérmicas de hidrógeno. La cámara de alta resolución y el espectrómetro de emisión térmica del Observador Marciano hubieran sido capaces de detectar tales fuentes de energía, y su descubrimiento habría aportado las principales evidencias en favor de la hipótesis de vida en Marte. Pero, el 21 de agosto de 1993, tres días antes de la fecha prevista para la llegada de la nave al planeta rojo, el comando de la misión, establecido en Pasadena, California, perdió contacto con aquella. Ese día se presurizó el sistema de propulsión del Observador, con el fin de prepararlo para las maniobras de inserción en la órbita marciana, a ser realizadas el 24 de agosto. Para evitar que los componentes electrónicos sufrieran daños durante ese proceso, los instrumentos fueron temporariamente apagados. Al completarse la maniobra, debían encenderse de manera automática. Nunca lo hicieron, con lo que las comunicaciones, que habían sido interrumpidas, no se reanudaron. |
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