Volumen 5 - Nº29

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

MESA REDONDA

Una nueva vista al país del nomeacuerdo
El triste estado del Archivo General de la Nación

A juzgar por el estado de museos, bibliotecas y archivos, para no mencionar la investigación científica y el cultivo de las humanidades, al grueso de la sociedad argentina no le
importa en absoluto cultivar; acrecentar y preservar el acervo cultural, a pesar de las
altisonantes (pero vacías) declaraciones en contrario. Lo que se dijo en esta mesa
redonda refuerza tan poco alentadora conclusión.

CIENCIA HOY presenta el texto de lo discutido depurado de algunos pasajes puramente
coloquiales o anecdóticos, y habiendo adaptado el lenguaje oral al medio escrito. Vale la
pena notar la imposibilidad de entendimiento que se advierte entre el funcionario que
dirige el Archivo y los demás integrantes de la mesa.

 

Moderador
(José Carlos Chiaramonte):

Queremos agradecer a la Fundación Banco Patricios y a su Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en nombre de la Asociación C
IENCIA HOY que edita la revista CIENCIA HOY, el haber facilitado amablemente este lugar para llevar a cabo el presente encuentro. Los miembros de CIENCIA HOY están seguramente cansados de escuchar; de historiadores como yo y de otros científcos sociales, quejas por los padecimientos que soportamos en bibliotecas y archivos del país. Quizá por eso Patricio Garrahan me sugirió, en una ocasión, dedicar un editorial de la revista al tema: pero conversando con Luis Priamo se nos ocurrió, en vez de ello, organizar una mesa redonda para considerarlo. Esperamos que lo discutido aquí trascienda, ya que será publicado en un próximo número de la revista, como se hizo en 1991 con lo expresado en una mesa redonda sobre el patrimonio cultural ("En el país del nomeacuerdo. La situación del patrimonio cultural en la Argentina, CIENCIA HOY, 16:26-37), en la cual se tocaron algunos temas que hoy abordaremos.

 

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Sería deseable que, como resultado de nuestra discusión, se sacudiera el estado de inercia que embarga a los organismos del estado encargados de velar por la conservación del patrimonio cultural, a las instituciones que ponen ese patrimonio a la disposición del público y a los mismos usuarios de los servicios proporcionados por estas, quienes -salvo voces aisladas- hasta ahora no han exteriorizado excesiva inquietud por la grave situación de repositorios documentales y otros bienes culturales, un material crucial para la historia y en general, la cultura del país.

Como integrantes de mesa hemos elegido reunir no sólo a colegas historiadores o académicos del mundo social, sino también a una archivista, Susana Martínez, presidente de la Asociación Bonaerense de Archiveros: a un conservador de papel, Eduardo Oliver; que enseña patología y restauración de libros en la universidad del Museo Social Argentino: a Luis Priamo, investigador y divulgador de la historia de la fotografía; a Jorge Gelman, historiador; profesor de la facultad de Filosofía y Letras y miembro del instituto Ravignani, y a Eugenio Rom, director del Archivo General de la Nación. Agradecemos la presencia de todos los nombrados.

Susana Martinez:
Me parece conveniente señalar; desde el comienzo, que el asunto que nos convoca, la crítica situación del AGN, no configura una excepción en la realidad archivística del país. El AGN sólo se destaca por ser el mayor repositorio argentino de patrimonio documental. La situación general puede caracterizarse por la completa ausencia de una política archivística, cuyo indispensable diseño y puesta en marcha requerirían considerar dos aspectos: el valor primario o administrativo de los documentos, y su valor secundario o histórico. El primero tiene que ver con la función documental, que interesa a cualquier institución, tanto pública como privada, si bien ni en unas ni en otras suele contemplarse y reglamentarse la producción y la gestión de los documentos. El segundo, el archivo de documentos para propósitos históricos, se refiere a dónde depositar documentación que cumplió su función administrativa y se convierte en relevante como fuente de estudios históricos, sociológicos, etc., material que los investigadores pueden requerir muchos años después.

Una ley nacional de archivos beneficiaría tanto al usuario como al estado: ambos ahorrarían tiempo y dinero, y sabrían que sus derechos y obligaciones, también en este aspecto, se hallan legalmente establecidos. Por otro lado, si no cuidamos la documentación en su origen, jamás vamos a tener archivos históricos bien dotados de material. No soy investigadora, pero sé que el AGN no escapa a la realidad de los archivos provinciales, en los que no se encuentran series documentales completas escritas o fotográficas- que provengan de la administración pública. Tampoco de empresas privadas. Y aunque en el AGN haya personal competente, resulta escaso para manejar el archivo intermedio, que es de gran complejidad.

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La operación de un sistema nacional de archivos -lo mismo que uno provincial o municipal- requiere que los gobiernos se ajusten a ciertas exigencias de las formas democráticas; por ejemplo, que no desaparezcan los expedientes, y que se determinen las condiciones de destrucción o conservación permanente de los documentos. Actualmente, con excepción del material incluido en las denominadas tablas de conservación, todo se destruye una vez concluído el respectivo trámite administrativo o legal, sin que se tenga en cuenta su valor secundario. Tampoco hay garantías en cuanto al valor de lo que se salva: las tablas de conservación deberían resultar del trabajo interdisciplinario, no del solo criterio de los archiveros, pues las necesidades de los investigadores deben considerarse definitorias del valor secundario de los documentos.

Seria tiempo de que las autoridades tomen conciencia del asunto y podamos empezar a poner en marcha la indispensable política archivística. Fuera de Bolivia y Chile, somos el único país de América que no tiene un sistema nacional de archivos; todos han buscado homologar la producción, tramitación y guarda de documentos. Porque, de otro modo, ¿con qué trabajarán los investigadores en el futuro?