Volumen 5 - Nº29 |
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Revista de Divulgación Científica y
Tecnológica de la |
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CIENCIA Y SOCIEDAD El Instituto de cálculo
de la UBA Cristina MantegariI Reflexiones y memorias con motivo de la rehabilitación El Instituto de Cálculo de la Universidad de Buenos Aires es una de las creaciones más recordadas de una época particularmente feliz de la universidad argentina, la transcurrida entre 1955 y 1966, caracterizada por la preeminencia de un esfuerzo modernizador que se propuso la reorganización institucional, la actualización de los métodos de enseñanza y la extensión de la investigación científica en el país. En esta reformulación general del concepto universitario, la facuftad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA -conducida, primero, por José Babini, como decano interventor; y, luego de la normalización institucional, por Rolando V. García -se constituyó en uno de los centros más dinámicos, tanto en materia de reformas didácticas como de iniciativas de investigación, estas encaradas por una entidad académica con escasa tradición en la materia. La experiencia quedó abruptamente mutilada con el advenimiento de la intervención de 1966, hecho doblemente lamentable por haber interrumpido muchos de los proyectos en marcha y por haber prácticamente impedido, hasta hoy, con el peso traumático de su memoria, la consideración rigurosa y desapasionada de los aciertos y desaciertos del período. El Doctro Sadosky con miembros del antiguo Instituto y con Gregorio Klimovsky (cuarto desde la derecha) Entonces decano normalizador de la Facultad (1984)
Manuel Sadosky- Creador del Instituto de Cálculo
El Instituto de Cálculo -dirigido entonces por Manuel Sadosky y al presente, luego de su rehabilitación, por Pablo Jacovkis- fue concebido en ese contexto de empuje y renovación. Pero que haya sido consecuencia de los impulsos de su época, así como precursor en el campo informático argentino, y aun sus logros en materia de aplicaciones del conocimiento (en momentos de escasa demanda de recursos científico-tecnológicos por parte de empresas de la administración pública), no bastan para explicar el peso que tuvo hasta 1996. Esta nota, que también es, en cierta medida, un homenaje, se propone destacar tres aspectos del instituto que, a nuestro entender; contribuyeron fuertemente a otorgarle su perfil particular y su sostenida vigencia en el imaginario universitario argentino. Son ellos: (a) el amplio espectro y el carácter innovador de los temas investigados; El primer punto fue el resultado de querer encarar proyectos de investigación que permitieran proporcionar servicios a entidades extracientíficas y, al mismo tiempo, estimularan la capacidad creativa de los distintos grupos de trabajo, en un clima de libertad académica y autonomía. De ahí la heterogeneidad de líneas de investigación, desde la resolución numérica de ecuaciones diferenciales descriptivas de las órbitas planetarias, hasta la elaboración de modelos matemáticos de fenómenos hidráulicos, pasando por cuestiones de álgebra cuyos resultados publicaron revistas como el Astronomical Journal o el Zeitschrift für angewandte Mathematik und Mechanik. Ya en 1954, Sadosky sostenía la necesidad de concebir los procesos de automatización y mecanización como resultado del ejercicio de la inteligencia y como estímulo de la creatividad. El segundo aspecto se relaciona con el comienzo de la computación en el país, pues la Mercury II, adquirida por el instituto con un subsidio que le concedió el CONICET en 1958, fue la primera computadora universitaria que llegó a la Argentina. Se la compró con fines de investigación y docencia, más allá de su posible utilización comercial, y para crear una mentalidad computacional que no existía. Primero la gente, después la máquiná fue el lema que reflejaba la convicción de que era necesario despertar el interés multidisciplinario por un nuevo campo de estudio. Desde antes mismo del funcionamiento pleno del instituto, alcanzado en 1961, se habían establecido conexiones con otras facultades de la Universidad de Buenos Aires, así como con diversos organismos, universitarios y de otra índole. Los grupos de trabajo del instituto -economía matemática, investigación operativa, estadística, mecánica aplicada, análisis numérico, programación, lingüística computacional e ingeniería electrónica- estaban formados por personas con variados orígenes académicos, y el acceso a la computadora por parte de investigadores ajenos al instituto posibilitó las conexiones interinstitucionales, tanto con entidades del país como del extranjero; por ejemplo, con las facultades de Ingeniería, Filosofía y Letras, y Ciencias Económicas de la UBA; con las universidades de La Plata, del Sur del Litoral y de Córdoba; con la CNEA, el INTA, el INTI, YPF, el CONADE, Agua y Energía Eléctrica, etc; y en el extranjero, con la universidad de la República, del Uruguay la Universidad Central, de Venezuela, la CEPAL y otros. La tercera característica comentada significó que las actividades de investigación y docencia pusieran en contacto a investigadores y académicos de larga trayectoria con jóvenes graduados y estudiantes, y que se establecieran fuertes relaciones maestro-discípulo, que continuaron más allá de 1966. El instituto agrupó a hombres con importante trayectoria previa (Simón Altman, Alberto González Domínguez, Pedro Zadunaisky y el propio Sadosky), a otros que la realizaron allí (Oscar Varsavsky, Humberto Ciancaglini, Mario Cradowczyk) y a jóvenes que se destacarían posteriormente (Julián Aráoz Durand, Jorge F.Sábato, Jonas Pajuk, Roberto Frenkel, Arturo O'Connell, Alberto Minujín, Oscar Mattiussi, Víctor Yohai, Jaime Schujman). Personalidades cientíifcas vinculadas con la institución, que años después ocuparon cargos relevantes, fueron Emma Pérez Ferreyra, presidenta de la CNEA entre 1987 y 1989, Juan José Giambiagi, director desde 1985 del Centro Latinoamericano de Física, en Río de Janeiro, y nuevamente Manuel Sadosky secretario de Ciencia y Tecnología entre 1983 y 1989. En casi una década de existencia, el Instituto de Cálculo fue un proyecto de trabajo compartido y de voluntades coincidentes, que realizó una experiencia exitosa por la vía de crear una trama de relaciones institucionales y personales. Luego de su desaparición, se convirtió en un símbolo, cuya vigencia se mantuvo por casi treinta años y llevó a su renacimiento reciente. |
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