Volumen 5 - Nº28

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

ENSAYOS

El dudoso encanto de ser un Scholar


MIGUEL DE ASÚA
CENTRO DE ESTUDIOS FILOSÓFICOS
Y FFyL, UBA

 

 No parece haber traducción castellana de palabras como scholar, scholary o scholarship.
Este breve ensayo pretende investigar el significado y alcance de esa falta.

 

Cuando me preguntan a qué me dedico, siento el impulso de contestar: soy un scholar de la periferia. La cara de disgusto que provocaría en mi interlocutor una palabra intraducible, y la alusión a que él también pertenece a la periferia, logran disuadirme de ser honesto conmigo, por lo que termino respondiendo a la pregunta con los circunloquíos y perífrases del caso.

En efecto, scholar es un término inglés que no posee equivalente castellano. La traducción más literal sería escolar, que se refiere a niños que van a la escuela; por el sentido, uno podría pensar en académico o universitario, pero lo primero tiene entre nosotros connotaciones de geróntica superfluidad, y lo segundo suele evocar al gremio de los taxistas. Creo que la palabra que mejor traduce a scholar es erudito, si bien la erudición adquiere siempre aquí un sentido peyorativo, aparente en la habitual frasecita "mera erudición", pronunciada por quienes - se sobreentiende- ha superado la acumulación estéril de conocimientos y han remontado a los cielos olímpicos de la creación intelectual. En síntesis, no parece haber traducción castellana de palabras como scholar, scholary o scholarship. Entre breve ensayo pretende investigar el significado y el alcance de esa falta.

 

LAPIDA DE BRONCE

CALCO DE UNA LÁPIDA DE BRONCE DE LA CAPILLA DEL KING'S COLLEGE DE LA UNIVERSIDAD DE CAMBRIDGE, INGLATERRA. OBTENIDA EN 1978POR JUAN P. GARRAHAM POR LA TECNICA DEL BRASS RUBBING, QUE CONSISTE EN FROTAR CON UN LAPIZ GRASOSO UNA HOJA DE PAPEL COLOCADA SOBRE EL MODELO

¿Qué es scholarship?

Scholar deriva del latín scholar, es decir, escuela, en el sentido de la universidad. La College Edition, de 1957, del Webster's New World Dictonary llama scholar a una persona entrenada en una rama especial del saber, como la literatura, las artes, etc.; scholarship, según la misma fuente, sería el conocimiento sistematizado de un hombre instruido, el que exhibe exactitud, habilidad crítica, amplitud y erudición. Cualquier que éste interiorizado del uso de la palabra en el habla inglesa corriente estará de acuerdo en que es una excelente definición. (No puedo evitar utilizar la edición del 57, pues mi ejemplar posee en la contratapa, escrita con tinta azul, la leyenda Happy Valentine Day 1958, Love, Yvonne).

Es interesante advertir que palabras como scholar y scholarship son de díficil traducción a cualquier idioma, ya que su significado se fue fijando con la evolución de las universidades anglófonas. En realidad - y ahora podemos ser más precisos -, scholar es un término característico del sistema académico anglosajón, utilizado para designar al estudioso, en general universitario, consagrado a la investigación y a la enseñanza experto en alguna área de las humanidades - denominadas también en dicho medio artes liberales (liberal arts) - o de las ciencias sociales.

El scholar vive en la universidad, se comunica primordialmente con sus pares, está al día con la literatura de su restringido campo, publica en revistas periódicas reconocidas. Scholarship es la virtud del scholar y significa garantía de calidad académica, seriedad informativa, juicio crítico y erudición actualizada. Scholarship es un concepto que puede significar, también classical scholarship, es decir, el estudio de las letras y las civilizaciones de Grecia y Roma. Este sentido está íntimamente vinculado a la filología, paradigma de las actividades eruditas relacionadas con la conversación, publicación, interpretación y análisis de los textos, monumentos y obras de arte de la antigüedad.

Los dos sentidos de scholarship - el de calidad académica y el de estudios clásicos - se encuentran íntimamente asociados. La filología y la historia, en sus dimensiones de crítica textual, fueron los principios de organización de las humanidades en las universidades alemanas de fines del siglo pasado. Este modelo fue la base de los estudios humanísticos de postgrado (graduate studies) en algunas importantes universidades norteamericanas, como Johns Hopkins o Chicago.

 

CULTURA DE LA EXCLUSIÓN Y CULTURA DE LA INTEGRACIÓN

Asumiendo los riesgos de deformar la perspectiva, recurriré a la exageración esquemática para delimitar dos modos de entender la actividad intelectual, que denominaré cultura de la exclusión y cultura de la integración. Estoy utilizando aquí la palabra cultura en el sentido particular de actividad intelectual reflexiva y letrada.

La cultura de la exclusión, al menos en sus versiones periféricas, es aquella cuyos símbolos son el bon mot y la habilidad para la identificación de piezas únicas, característica del connaisseur. Su técnica de comunicación se vale de la alusión artístico-literaria, que resultará o no reconocida por el lector u oyente: en el segundo caso, este alcanzará la complicidad por la participación en lo exclusivo; en el primero, sufrirá la exclusión del círculo privilegiado. Es una cultura escénico-plástica y literaria, jamás científica, que no llega a ser humanística en el sentido pleno del término ya que el estudio de las artes liberales ocasiona fatigas que sus cultores prefieren evitar. Su discurso, esencialmente diletante, es adoptado tanto por sectores conservadores como progresistas y alcanza diferentes grados de complejidad. Sus canales favoritos de expresión son las secciones culturales de los medios masivos de comunicación, aunque su producción (solo relativamente) original se realice en las facultades de humanidades y ciencias sociales. Su modelo, obvio es decirlo, es la cultura francesa - desde el siglo XVII en adelante - herida de un idiosincrático provincialismo, auto comprendido y muy cartesianamente exportado como patrón universal y necesario. El personaje que encarna de modo acabado la cultura de la exclusión es el intelectual, ese Prometeo que, a partir de paseanderas y genesíacas meditaciones a lo largo de la rive gauche del Sena, extrae de su torturado interior la Teoría Global capaz de interpretar al hombre, de transformar la sociedad o de finiquitar la historia. El intelectual formula su teoría en una prosa hermética, que deberá ser interpretada por legiones de adoradores y hermeneutas, y la difunde por cuanto canal tenga a tiro.

A esta cultura de la exclusión quisiera oponer la cultura de la integración, más bien científica y, en tanto humanística, vinculada al modelo de scholarship. Por cierto, los personajes característicos de la cultura de la integración, en su vertiente de las ciencias humanas, son los scholars, aburridisimos y oscuros eruditos, que publican en revistas especializadas con títulos en idiomas que ya nadie habla y que sólo ellos se atreven a pronunciar en publico; que revuelven bibliotecas enteras para encontrar una referencia con la que probar algún mínimo detalle circunstancial; que consideran especulación salvaje cualquier cosa que escape a la órbita de la verificación textual, y que comprometen sus vidas en discutir apasionadamente con sus igualmente sombríos colegas acerca de muchas cosas cuyo denominador común es su perfecta inutilidad.

En la cuestión de las ciencias y las letras se encuentran el meollo de la cultura de la integración. Se sabe que la ciencia y el conocimiento técnico han sido, desde la revolución científica y el nacimiento del capitalismo, el camino por el que la burguesía obtuvo posiciones privilegiadas en la escala social, fundadas en la educación. Para su aprendizaje y práctica normales, la ciencia no necesita más que trabajo, paciencia y un mínimo de talento; los requisitos de la cultura literaria - dominio de idiomas, extensos viajes de formación personal, largas horas dadas al ocio lector, acceso a las redes de poder- no son necesarios para la cultura científica. El ethos (o el ideal) de la ciencia implica la crítica, la publicidad de los resultados y la intersubjetividad, esta bajo la forma de que se puedan repetir los experimentos y obtener iguales resultados; se opone al ethos literario, fundado sobre nociones como la elegancia del estilo, la participación en cenáculos cerrados, la habilidad dialéctica y retórica.

Es difícil argumentar que el cultivo de las ciencias humanas o las artes liberales pueda ser característicos de una cultura de la integración, pues el oficio de scholar estuvo durante mucho tiempo vinculado a la formación de la aristocracia. Es sabido que, en las universidades de Oxford Cambridge, Inglaterra mantuvo una tradición continuada de educación clásica hasta principios de nuestro siglo, vinculada con la formación de personal para servicio civil del imperio y las grandes empresas mercantiles: traducir a Horacio no era sólo un pasatiempo de clérigos rurales.