Volumen 5 - Nº28

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

MEMORIA DE LA CIENCIA

Mr. Ward en Buenos Aires:
Los museos y el proyecto de Nación a fines del siglo XIX


Un año después del viaje de Henry A. Ward, una profunda y generalizada crisis conmovió el sistema de poder en la Argentina. El liberalismo ilustrado había instaurado un régimen social que escindía al productor y consumidor del ciudadano: si bien el primero encontraba movilidad en el ámbito de la sociedad civil, sólo una minoría tenía, en la práctica, el derecho de actuar en la sociedad política. Pero los sectores medios, que comenzaban a gravitar con cada vez mayor peso en la vida nacional, concebían un régimen social distinto y exigían la instauración de un sistema democrático y pluralista. Al mismo tiempo, las primeras organizaciones obreras reivindicaban mejores condiciones de vida para los asalariados, y el considerable númemo de extranjeros, obreros urbanos y trabajadores rurales, era visto como un peligro para la nacionalidad. José María Ramos Mejía y Ricardo Rojas procuraron, por caminos diversos, incorporar a los inmigrantes y sus descendientes a la colectividad nacional.

Todas las reivindicaciones coincidían en cuestionar la legitimidad del poder de la clase dirigente. A partir de la crisis de 1890, se hizo patente, en amplios sectores del oficialismo y de la oposición, un estado de alarma por la situación social y por la convivencia de las clases; el resultado fue un programa de moralización ciudadana, que ponía el acento en revalorizar las disciplinas humanísticas.

Acorde con ese espíritu, en 1896, la Universidad de Buenos Aires creó la facultad de Filosofía y Letras, como sede de estudios desinteresados, pues en las dos principales universidades nacionales, las de Buenos Aires y Córdoba, las escuelas profesionales constituían el eje de la enseñanza. En 1904, dicha facultad fundó el museo Etnográfico, por impulso del miembro de su claustro profesoral, Indalecio Gómez -posteriormente ministro del Interior de Roque Sáenz Peña-, quien donó la colección inicial y en cuya finca Pampa Grande, en Salta, se realizó, en 1905, la primera expedición arqueológica del museo, de la que participó el ensayista Carlos Octavio Bunge, adscripto al positivismo.

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FIG.8: MUSEO ETNOGRÁFICO: SALA DE CULTURAS ÍNDIGENAS AMAZÓNICAS

El primer director del Etnográfico, Juan Bautista Ambrosetti, expresó al respecto, con toda claridad: En esta doble misión de investigación y de exploración sistemático de nuestra prehistoria, creemos que la facultad de Filosafía y Letras ha realizado [con la creación del museo Etnográfico] el ideal universitario, dentro de la parte importantísima que le corresponde defomentar la alta cultura no profesional...

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FIG.7: JUAN BAUTISTA AMBROSETTI (1865-1919), COMO OFICIAL DE LA GUARDIA NACIONAL,
EN 1896, CUANDO COMANDABA LA LEGIÓN CALCHAQUI

Según el enfoque de la época, se apuntaba a cultivar la antropología en el marco institucional de un museo vinculado, de manera directa, con el quehacer académico; en la Argentina, fue el primero, a la vez, antropológico, universitario e independiente por completo de la historia natural. Ya en el momento de la visita de H. A. Ward, la antropología había alcanzado, como disciplina, cierta autonomía con relación a las ciencias naturales, sí bien sus cultores, por lo general, hablan recibido formación como naturalistas, salvo que fueran autodidactos. Los museos apoyaban y financiaban el trabajo de campo, formaban colecciones, analizaban los materiales y, en no pocos casos, publicaban los resultados. Los estudios que realizaron -clasificatorios, tipológícos y de distribución geográfica- tuvieron una importante influencia en la difusión de la teoría evolucionista.

Imbuido de las tendencias imperantes en la época, Ambrosetti orientó al museo Etnográfico, por una parte, a la investigación y la formación universitaria superior y, por otra, a la educación del público general. En cuanto a lo primero, apuntó al estudio de la etnografía y la prehistoria argentinas, con fuerte énfasis en el noroeste; para lo segundo, en cambio, buscó que el acervo transmitiese un panorama universal de la diversidad de las sociedades denominadas primitivas. En los últimos años del siglo pasado, el antropólogo Franz Boas, entonces curador asistente del American Museum of Natural History, de Nueva York, afirmaba que los museos tenían tres propósitos: entretenimiento, para los niños y la gran mayoría de adultos de poca preparación; instrucción, para los maestros de primaria y un limitado grupo de adultos educados, e investigación, para los especialistas. Señalaba, además, que quizá la parte más importante de la concurrencia a los museos estaba formada por inmigrantes, recién llegados y escasamente instruidos, que constituían la gran masa de pobladores urbanos. Se advierte, pues, un paralelismo entre las situaciones de Buenos Aíres y Nueva York a fines del siglo XIX y principios del XX: los museos pretendían instruir y nacionalizar ese enorme conglomerado de proletarios extranjeros. Esas funciones, impuestas a los museos universitarios, generaban una dramática tensión entre el polo de la enseñanza superior y la investigación y el de la educación y entretenimiento populares, que en el largo plazo se revelaron casi imposibles de conciliar.

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FIG.9: AMBROSETTI (SEGUNDO A LA IZQ.) EN EL COLEGIO LACORDAIRE, CON -ENTRE OTROS - ERNESTO DE LA CÁRCOVA, LOLA MORA Y MONSEÑOR ESPINOSA (FOTO A.G.N.)

 

Ambrosetti se esforzó por formar colecciones de cierta importancia, para lo cual financió viajes e investigaciones de campo, estimuló donaciones, organizó el canje de especímenes y cuando disponía de recursos monetarios, adquirió piezas en el mercado. Por tales caminos, procuraba obtener ejemplares representativos: por ejemplo, un altar budista que sirviera para mostrar las religiones orientales; o concentraba sus esfuerzos en conseguir objetos raros, únicos o que encarnaran conceptos de exotismo.

El museo Etnográfico encontraba respaldo en un evolucionismo unilineal teñido de positivismo, que proporcionaba una explicación racional al fenómeno de los denominados pueblos primitivos y resultaba congruente con el marco ideológico de la generación del ochenta. Este partía del criterio jerárquico según el cual la sociedad europea occidental constituía la cúspide de la evolución y, en consecuencia, el paradigma de lo civilizado. Consideraba natural la proclamada desaparición de los primitivos a causa del progreso (que invariablemente escribía Progreso), debido, entre otras cosas, a la superviviencia del más apto para la lucha por la existencia. Analizaba las sociedades indígenas mediante una mezcla de positivismo y darwinismo social, que acentuaba supuestos componentes negativos de la población autóctona, causantes del retraso con que se arraigaban en Latinoamérica -si es que lo hacían- las ideas modernas. La arqueología mostraba logros artísticos y tecnológicos de unas poblaciones pretéritas que, por su misma pertenencia a la lejanía prehistórica, daban testimonio de la irrecusable extinción de los primitivos ante el arrollador avance de la historia universal.

Hacia la tercera década del siglo XX, el comercio de bienes científicos, que con tanta diligencia venia ejerciendo H. A. Ward, inició el camino de su desaparición: comenzaba a constituirse un mercado internacional de arte primitivo, gracias a la revalorización de esas expresiones por la plástica europea de vanguardia. En 1928, se realizó una exhibición de arte americano prehispánico en el pabellón Marsan, del Louvre, organizada por Alfred Métraux y G. H. Rivière, cuyo catálogo prologó R. d'Harcourt. Fue la primera muestra que puso el acento en los aspectos estéticos de las piezas exhibidas y dejó de lado cualquier consideración científica acerca de ellas. Es importante constatar la participación de Métraux, ligado por largo tiempo a la investigación antropológica en la Argentina, y de d'Harcourt, vinculado con la colección Ars Americana, la cual, en 1931, publicó L'Ancienne Civilisation des Barreales, de Salvador Debenedetti, entonces director del museo Etnográfico, sobre la colección arqueológica de Benjamín Muniz Barreto. El mercado se interesaba ahora por el pasado americano desde una perspectiva artística y abría las puertas a un coleccionismo de nuevo cuño.

Para esos años, también, el proyecto liberal de nación, que había tomado forma en las dos últimas décadas del siglo pasado, mostraba síntomas de agotamiento, de rigidez y de inclinarse peligrosamente hacia un conservadorismo autoritario. Para los museos, el llamado problema del indio se había convertido en epopeya con legitimidad histórica, bajo el pomposo título de conquista del desierto. Seriamente cuestionados, la teoría evolucionista y el positivismo habían caído en el descrédito. La intención de instruir y entretener una audiencia masiva, y el propósito de atender, a la vez, a un reducido grupo de investigadores, se volvían incompatibles. A las universidades, sometidas a un proceso de modernización, llegaría no mucho después una nueva forma de investigar, a cargo del científico profesional que trabaja en equipo, usa técnicas complejas y requiere fuerte apoyo estatal.

En todo el mundo -incluida la Argentina-, los museos de ciencias, al desdibujarse su papel social como instituciones que otorgaban legitimidad al orden vigente perdieron el lugar simbólico que tenían para el público, como catedrales de la ciencia, y se fueron transformando en reductos cerrados del mundo académico.


LECTURAS SUGERIDAS

AMEGHINO, F., 1891, "Los museos argentinos, carta del profesor Henry A. Ward (extracto de la revista del Museo de La Plata, tomo 1). Folleto en de 8 páginas, impreso en la imprenta y talleres del museo de La Plata, 1890", Revista Argentina de Historia Natural tamo 1, Buenos Aires.

COLLIER, D. and TSCHOPlK H, 1954, "The Role of the Museum in American Anthropology", American Anthropologist, 56, 5, 1:768-779,

KOHLSTED, S.G., 1980, "Henry A. Ward: The Merchant Naturalist and American Museum Development" journal of the Society for the Bibliography of Natural History, 9:647-661.

SHEETS-PYENSON, S., 1988, Cathedrals of Science. The Development of Colonial Natural History Museums During the Late Nineteen Century, McGill-Queen's University Press, Montreal.

STOCKING, G.W (Ed.), 1985, "Objets and Others. Essays on Museum and Material Culture", History of Anthropology, v. 3, University of Wisconsin Press, Madison

STURTEVANT WC., 1969, "Does Anthropology Need Museums?". Praceedings of the Biological Society of Washington; 82:559-762.

TERAN, O., 1987, Positivismo y nación en la Argentina, Puntosur Editores, Buenos Aires.

WARD, H.A., 1 890- l,"Los museos argentinos", Revista del Museo de La Plata: tomo 1, La Plata.

HA. Ward: Museum Builder to America, Rochester Historical Saciety Publications, Rochester; 1948.