Volumen 5 - Nº28

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

MEMORIA DE LA CIENCIA

Mr. Ward en Buenos Aires:
Los museos y el proyecto de Nación a fines del siglo XIX

Diez años antes del desembarco de H. A. Ward en Buenos Aires, el general Julio A. Roca había llegado hasta las márgenes del Río Negro, en la Patagonia, como culminación de una campaña militar contra los indígenas, e incorporado a la economía de la Argentina quince mil leguas cuadradas, buena parte de las cuales eran de las más fértiles del mundo. El progreso del país se aceleró con su explotación (en propiedad de allegados al gobierno), realizada por mano de obra inmigrada de Europa, para satisfacer la creciente demanda del mercado internacional de granos.

En ese contexto, los miembros de la elite gobernante, la llamada generación del ochenta, que llevó a cabo una modernización radical de la sociedad, tenían la certidumbre de ser los custodios de la tradición esencial de la nacionalidad. La visión histórica forjada por los Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López sostenía que la nación se había constituido por obra de las clases ilustradas liberales, que lograron imponer, a una población atrasada, un sistema institucional semejante al de los países más civilizados. Según este pensamiento, los procesos sociales que habían conducido al federalismo y a la participación política de los sectores populares implicaban el riesgo de que la historia argentina se apartara del recto camino que debía seguir. Por ello, los grupos ilustrados se asignaban la misión de encauzar las fuerzas sociales dentro de los estrictos marcos institucionales de la civilización.

En esa tarea de conformar la nación y consolidar la modernidad del estado, la filosofía positivista resultó una poderosa herramienta ideológica. Sirvió para explicar las consecuencias del proyecto, señalar los obstáculos, delimitar el campo de lo moderno y disciplinar a los sectores renuentes -por atrasados o por contestatarios- a incorporarse al proceso. Acorde con el espíritu positivista y laico, a la ciencia se le atribuyó un cometido central; para promover su cultivo, se recurrió a la contratación de investigadores y catedráticos extranjeros, se impulsó la creación de museos, se promovió la modernización de las universidades y se fomentó la constitución de sociedades científicas.

Cuando fue posible, se dotó a los museos de una arquitectura monumental, asociada con el prestigio nacional y el orgullo civico, para inspirar en el público sentimientos de admiración, respeto y confianza: no en vano los museos eran descriptos como catedrales de la ciencia. Para el de La Plata, por ejemplo, se construyó, en la traza de la nueva capital provincial, un imponente edificio de líneas grecorromanas, que subrayaba su importancia política.

Encabezados por este, los museos argentinos gozaban, en las últimas décadas del siglo XIX, de una meritoria posición en el concierto internacional. Los de ciencias naturales se ocuparon de difundir el positivismo y los diversos matices del evolucionismo, aun cuando figuras tan destacadas como Burmeister no compartieran las teorías darwinianas. En Paraná, por ejemplo, el museo provincial de Ciencias Naturales, bajo la dirección del naturalista italiano Pedro Scalabrini, fue un temprano divulgador de las doctrinas comtianas y spencerianas. La polémica obra de Florentino Ameghino ayudó a popularizar el transformismo darwinista y la antropología vinculada con el origen del hombre. Los museos tampoco eran ajenos a los grandes temas políticos del momento: así, se pensó que sus investigaciones geográficas, geológicas y cartográficas harían posible una demarcación racional de los límites entre la Argentina y Chile.

Mr Ward, por su condición de comerciante, conocía perfectamente la actuación de los museos en el mercado internacional de objetos científicos. En 1872, el de Buenos Aires, por ejemplo, destinó trece mil pesos para la adquisición de nuevos especímenes; en otra ocasión gastó dos mil pesos en fósiles y seis mil quinientos en una colección de mariposas brasileñas. Tanto este como el de La Plata también recurrían al canje para incrementar sus acervos. En 1880, Francisco P. Moreno visitó Europa, acordó intercambios con las más prestigiosas instituciones y regresó con magníficos ejemplares para exhibir. Además de investigadores, ambos museos contaban con cazadores, preparadores y científicos viajeros que realizaban extensas recorridas por el país en búsqueda de piezas naturales o antropológicas para incrementar las colecciones. Estaba, por ejemplo, el catalán Enrique de Carlés, naturalista viajero y conservador del museo de Buenos Aires, que también era comerciante de historia natural.

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FIG.5: FRANSISCO PASCASIO MORENO (1852-1919)

En última instancia, la vara para medir el valor de un museo era la importancia de sus colecciones; se valoraban no tanto la cantidad de objetos, ya que poca trascendencia tenía, por cierto, la acumulación masiva de ejemplares locales, sino los ejemplares que definían una especie, los únicos y los raros. Los directores trazaban planes para incrementar los acervos, se ocupaban de recolectar material, organizaban canjes de piezas e intervenían en el mercado de objetos museográficos.

También había un activo mercado de publicaciones, tanto o más importante que el de ejemplares de historia natural o de antropología. En la primera mitad de 1876, Hermann Burmeister invirtió dieciocho mil pesos en compras para la biblioteca de su museo y, en 1882, ingresó más de cien libros; en otra oportunidad, por diez mil pesos, adquirió la obra de John Gould sobre los colibríes. Francisco P. Moreno mostraba gran preocupación por acrecentar el fondo bibliográfico del museo de La Plata y compraba o canjeaba publicaciones en Europa y los Estados Unidos.

En la segunda mitad del siglo XIX, Londres era el centro de un complejo mercado de material para museos, dominado por unos pocos comerciantes, en el cual participaban recolectores profesionales activos en distintas regiones del planeta. Los directores, curadores e investigadores de los museos más importantes hacían las veces de intermediarios. En buena medida, el auge de ese mercado se debió a las mejoras de los métodos de conservación, a la intensificación del tráfico marítimo y el abaratamiento de sus costos y a la mayor seguridad de los servicios postales; pero, por sobre todas las cosas, funcionaba porque en ese momento las ciencias naturales eran un buen negocio.