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Volumen
4- Nº 21 - Noviembre/Diciembre 1992
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![]() Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy |
Hoy se sabe que la infección por HIV sigue un curso crónico y progresivo de duración variable. Luego del primer contacto con el virus, que puede pasar desapercibido o expresarse clínicamente con signos que no permiten el diagnóstico si no se recurre al laboratorio específico, transcurre un período en el que no se manifiesta síntoma alguno. Se trata del estado de paciente infectado o portador asintomático. A medida que el número de linfocitos T CD4+ desciende (véase "El virus de la inmunodeficiencia humana") aparece una signosintomatología cada vez más compleja y grave que conduce al paciente al cuadro clínico del síndrome de inmunodeficiencia adquirida.
Se define como caso de SIDA el de aquel paciente que presenta una o más de las llamadas enfermedades "marcadoras" (infecciones por hongos, virus, bacterias o protozoarios y tumores), que no tenga razón para su inmunodeficiencia y que resulte HIV reactivo.
No se sabe aún si todos los pacientes infectados por HIV progresarán al SIDA o enfermedad de síndrome completo. Los estudios de cohortes de seropositivos indican que, al cabo de diez años de infección, alrededor del 50% de los pacientes evoluciona al síndrome completo, otro 30 % se encuentra con síntomas y/o alteraciones humorales, mientras que el 20% restante no manifiesta perturbaciones.
¿Por qué algunas personas permanecen sin síntomas y otras progresan al SIDA? En realidad no existe una única respuesta para esta cuestión. Además de la posible influencia de factores genéticos individuales debe considerarse la incidencia que pueden tener en la aparición de la enfermedad cofactores que la podrían favorecer. Hay consenso en reconocer como cofactores a las enfermedades de transmisión sexual repetidas con frecuencia, a las infecciones crónicas concomitantes y a todo lo que pueda afectar las funciones del sistema inmunológico (véase "El impacto del SIDA en la salud pública").
El SIDA presenta manifestaciones primarias y secundarias. Las manifestaciones clínicas primarias no sólo dependen de las alteraciones de los linfocitos T CD4+, sino de las que sufren los macrófagos del sistema nervioso central, que se convierten así en responsables de los múltiples trastornos neurológicos sufridos por los pacientes. Las manifestaciones secundarias son consecuencia de la inmunodeficiencia, que permite la aparición de infecciones oportunistas y diversos tipos de cáncer.
Se denomina infección oportunista a la producida por algún agente infeccioso que muy bien puede ser un habitante normal del organismo o una infección previa controlada, pero no eliminada, por el sistema inmunológico indemne. Frente a un sistema inmunológico deprimido, estos agentes "aprovechan la oportunidad" y son causa de enfermedad. Sin tratamiento, o incluso con el tratamiento adecuado, la reiteración de infecciones tiende a hacer que ellas sean cada vez más graves y pongan en peligro la vida del paciente.
La manifestación de estas infecciones oportunistas varía según el agente que las causa y el órgano u órganos afectados. Se localizan principalmente en los pulmones, el aparato digestivo, el sistema nervioso central y la piel. Es muy común que cursen con fiebre y debilitamiento general, y pueden diseminarse afectando a varios órganos al mismo tiempo.
La mayor parte de esas afecciones se trata adecuadamente con medicamentos que posibilitan su control momentáneo y así el paciente puede llegar a sentirse libre de la enfermedad. Sin embargo, al persistir el déficit inmunológico subyacente, o bien se reactivan las mismas infecciones o aparecen otras nuevas, hasta que se alcanza un punto en el cual los tratamientos se vuelven ineficaces y los pacientes fallecen.
El cáncer más frecuentemente vinculado con el SIDA es el sarcoma de Kaposi, que no sólo se manifiesta en la piel, como es habitual, sino en las mucosas, los ganglios linfáticos y el aparato digestivo. Se presenta sobre todo en homosexuales de sexo masculino. Cabe señalar también que los linfomas o tumores de ganglios linfáticos del tipo denominado no-Hodgkin aparecen más frecuentemente en personas con SIDA que en aquellas libres de infección por HIV.
El sarcoma de Kaposi, cuando ataca órganos internos, ensombrece el pronóstico; en cuanto a la respuesta al tratamiento de los linfomas no-Hodgkin suele ser ineficaz si se la compara con la que se obtiene en pacientes no infectados por HIV.
La agresión directa del HIV al sistema nervioso produce encefalopatía, es decir, un cuadro progresivo de pérdida de memoria, confusión del lenguaje y alteraciones del comportamiento que conduce a la demencia. También es causa de mielopatía (alteración de la médula espinal) o neuropatía periférica (alteración del sistema nervioso motor y/o sensitivo). La mayoría de los pacientes con SIDA llega a presentar, con gravedad variable, alguna manifestación neurológica.
El SIDA se desarrolla en etapas que se suceden durante meses o años. Después de haber sido tratado por alguna de las afecciones a las que nos hemos referido, el paciente puede mejorar y retornar, hasta una nueva recaída, a su actividad habitual. Se alternan así, hasta que se produce el desenlace, períodos de agravamiento y de mejoría.
![]() Tomado del Boletín Informativo del Depto. de SIDA y ETS |
Para el tratamiento específico del SIDA se requieren sustancias capaces de actuar contra el HIV. Son numerosas las investigaciones que se realizan en busca de un compuesto que pueda destruirlo y eliminarlo del organismo. Mientras tanto se ensayan medicamentos que permitan detener la enfermedad o al menos retardar su progreso. El más utilizado es la azidotimidina, también llamada zidovudina o AZT. Se trata de una droga cuya administración debe ser cuidadosamente controlada ya que produce diferentes efectos adversos, por ejemplo náuseas, insomnio, dolores musculares y una disminución de glóbulos rojos (anemia) que obliga a dejar de utilizarla. El AZT, que habitualmente se emplea en el caso de pacientes con SIDA, comienza a indicarse mucho antes, es decir en el curso de la infección por HIV, con la intención de retardar o impedir el avance al síndrome completo.
Las investigaciones para lograr una medicación más activa, con menores efectos colaterales y de ser posible más barata que el AZT, cuyo costo anual para un paciente es de entre cinco y seis mil dólares, continúan febrilmente. De todos modos deben subrayarse los invalorables beneficios que esta droga ha prestado a muchos pacientes, disminuyendo la incidencia de infecciones oportunistas y permitiendo que vivieran más tiempo del que hubiera sido posible sin su administración.
El uso de medicaciones estimulantes del sistema inmunológico agredido por el HIV debe indicarse unido a medicamentos antivirales eficaces. Si se los utiliza solos no manifiestan, a largo plazo, resultados favorables.
El tratamiento específico del episodio agudo de infección oportunista logra una buena respuesta inicial que debe consolidarse, para evitar recaídas, con la llamada "profilaxis secundaria" realizada en base a las mismas drogas, solas o asociadas. Es necesario recordar que a pesar de tratarse de medidas paliativas, contribuyen a una mejor calidad de vida y a una mayor sobrevida. Las neoplasias pueden tratarse con medicamentos antiblásticos, pero los resultados no siempre son favorables. Se encuentra en estudio una asociación de AZT e interferón para tratar el sarcoma de Kaposi.
Puede decirse que el tratamiento del SIDA consistirá en el futuro, casi con seguridad, en la reunión de sustancias antivirales y moduladores inmunológicos.
El apoyo psicológico es imprescindible. El choque emocional que produce el saberse infectado por el HIV trae aparejadas dificultades en el orden familiar y laboral. La aparición de la enfermedad, la progresión de la misma, los tratamientos prolongados y a veces difíciles de tolerar que impiden al paciente desarrollar sus actividades habituales, las dificultades financieras que lo llevan a depender cada vez más de la ayuda de otros y el rechazo social son circunstancias arduas en la vida del enfermo. La discriminación, la marginación y el abandono son moneda corriente para muchos pacientes de SIDA. Surge entonces la necesidad de que los equipos destinados al tratamiento de estos enfermos sean multidisciplinarios. Médicos, enfermeras, psicólogos y asistentes sociales son igualmente importantes cuando se trata de sostener al paciente, a su familia y a sus amigos. Todos ellos necesitan ayuda médica y psicosocial, pero además apoyo espiritual y seguridad material para atenuar su sufrimiento. Por otro lado, es importante mantener la certeza de que encontrar una cura para el SIDA no es un desafío insuperable.