Volumen 21 - Nº 124
Agosto - Septiembre 2011



 

Presentación de los editores invitados

La Unesco y la Unión de Química Pura y Aplicada, con el apoyo de numerosas instituciones relacionadas con esa disciplina, declararon a 2011 el Año internacional de la química. Entre las razones para hacerlo tuvieron en cuenta que coincide con el centenario del premio Nobel de química otorgado por la Academia de Ciencias de Suecia a Marie Sklodowska Curie (1867-1934) –la primera mujer así galardonada– ‘por el descubrimiento del radio y el polonio, su aislamiento y el estudio de su naturaleza y compuestos de estos elementos químicos’. Ya había recibido el premio Nobel de física con Pierre Curie (1859-1906) y Henri Becquerel (1852-1908) por sus ‘investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de la radiación’ descubiertos por el último.

Las transformaciones químicas acompañaron desde siempre a la humanidad y fueron parte indeleble de su historia (y de su prehistoria). Desde los tiempos más remotos, muy anteriores a la adquisición sistemática de conocimiento que llamamos ciencia, las sociedades fueron acumulando experiencia y llegando a creencias sobre variados comportamientos del mundo material. Lo hicieron en una búsqueda por mejorar sus condiciones de subsistencia, la cual incidió en asuntos como nutrición, vestimenta, medicinas y materiales para diversos usos. Así, por ejemplo, aprendieron a trabajar metales y sus aleaciones y dieron origen a la metalurgia.

En esa química precientífica la observación empírica convivía con la alquimia, en la que intervenían explicaciones míticas o religiosas, y con mayor o menor cantidad de elementos de magia. Era, de todos modos, un esfuerzo por entender y controlar los cambios de la materia sujeta a procesos como mezclado, hidratación, calentamiento u otros. El que determinadas sustancias pudiesen transformarse en otras con propiedades distintas fue siempre fuente de curiosidad y hasta de fascinación, y para espíritus emprendedores, origen de inventos prácticos.

En Occidente, con el Renacimiento empezó a tomar cuerpo la ciencia moderna. Siguiendo los pasos de la física, la química hizo su ingreso en ella a partir del siglo XVIII, y en poco más de un siglo consolidó su estatus de disciplina independiente. Tres nombres se destacaron por sobre muchos otros en esos comienzos de su diferenciación: Antoine Lavoiser (1743-1794), que perdió la cabeza por obra de la guillotina de la Revolución Francesa, Joseph Louis Proust (1754-1826) y John Dalton (1766-1844). El siglo XIX fue pródigo en avances de la química, realizados por la vía del análisis cuantitativo de sustancias producidas por distintos procesos y reacciones. Esta métrica química prevaleció hasta principios del siglo XX y condujo a caracterizar la disciplina por su actividad de sintetizar en el laboratorio por caminos no biológicos sustancias encontradas en la naturaleza, así como la de crear compuestos inexistentes en esta.

En el último cuarto de ese siglo, se comenzó a tomar conciencia del efecto de la actividad humana sobre el ambiente. En muchas ciudades industriales se había producido una marcada contaminación del aire y del agua, conducentes al deterioro de las condiciones de vida y de salud de sus habitantes. En ese lapso ocurrieron también algunos accidentes serios en plantas químicas, como los de Bhopal (en la India) y de Seveso (en Italia), que afectaron a las poblaciones afincadas en sus cercanías. Como resultado, la química pasó a ser considerada origen de trastornos ambientales y de riesgos sanitarios.

Esta percepción llevó a los químicos a revisar en detalle la manera de llevar a cabo los procesos típicos de la disciplina, y a cambios que dieron lugar a la llamada química benigna o química verde. Como parte de esta, por ejemplo, procuraron atender no solo a la eficiencia de las técnicas aplicadas en la industria sino, también, reducir y hacer inocuos sus desechos para el ambiente. Ello planteó a los químicos originales desafíos de investigación y el cultivo de nuevas habilidades.

Hoy la disciplina renovó su imagen ante la sociedad, la que vuelve a valorar, como lo hacía en el siglo XIX, su contribución al progreso y al bienestar general. Los últimos lustros han sido testigos, además, de la participación de la química en esfuerzos de investigación que trascienden las fronteras tradicionales de las disciplinas, en los que se puso sobre todo en evidencia su capacidad de actuar como nexo entre la física y la biología. Por este motivo ha pasado a constituir el eje central de investigaciones en las que demuestra ser una ciencia sumamente flexible y dinámica, capaz de atravesar barreras conceptuales e influenciar en campos disciplinarios adyacentes. Su universo va hoy más allá de sus cuatro ramas clásicas –química inorgánica, orgánica, analítica y fisicoquímica– y está en plena exploración creativa de nuevos horizontes. La investigación química de avanzada es hoy una tarea esencialmente interdisciplinaria, que se beneficia de una diversidad de enfoques.

Este número temático de Ciencia Hoy contiene ocho artículos escritos por investigadores activos con producción importante en sus respectivas áreas de trabajo, las cuales, sumadas, abarcan tanto temas centralmente químicos como otros que se acercan a la biología, la física y la tecnología. Los autores son todos científicos profesionales que se desempeñan en diversas instituciones académicas del país.

Fernando Stefani y Pedro Aramendía explican cómo pueden verse y estudiarse moléculas individuales. Néstor Katz y Daniel Murgida analizan un tipo muy importante de reacciones químicas: aquellas en las que no hay transferencia de átomos entre moléculas o partes de ellas, sino de electrones, que tienen importancia tanto en la naturaleza como en diversas tecnologías. Teodoro Kaufman y Alejandro Vila se refieren a la larga relación de la química con la biología, que se ha visto potenciada en los últimos decenios para beneficio de ambas. Juana Silber y Sara Aldabe Bilmes muestran que la química no termina con los procesos en que se forman o rompen uniones químicas, pues también abarca interacciones entre moléculas que conducen a sistemas complejos de enorme importancia: la química moderna puede considerarse la ciencia de la comunicación, el reconocimiento y el comportamiento de las moléculas. Cristina Hoppe y Federico Williams presentan los nanomateriales y las funciones que pueden cumplir, y enumeran algunos estudios y desarrollos realizados en la Argentina en el tema. César Barbero, Ricardo Furlán y Ernesto Mata examinan cómo la química actual crea por métodos no tradicionales moléculas que no existen en la naturaleza y pueden terminar en productos útiles o en medicamentos menos costosos. Ezequiel Leiva y Darío Estrín se explayan sobre aspectos teóricos y computacionales de la química, que pueden parecer arcanos pero son parte del instrumental de uso cotidiano del químico moderno. Alejandro Olivieri y Gustavo Rivas exponen los progresos de la química analítica de hoy, que recurre tanto a métodos de la estadística matemática como a la microfluídica y al diseño y la construcción de chips.

El contenido del número demuestra lo explicado sobre la colaboración de distintas disciplinas en el estudio de temas concretos. También proporciona evidencia sobre la amplitud del campo cubierto por los investigadores en química activos en el país. Siguiendo las prácticas editoriales de Ciencia Hoy, versiones preliminares anónimas de todos los artículos fueron sometidas a revisión crítica por parte de árbitros cuidadosamente elegidos por los editores invitados, y sus opiniones se dieron a conocer también en forma anónima a los autores, para beneficio del texto final. Esto garantiza la calidad de la ciencia explicada.

Los editores invitados destacamos el fuerte interés que mostraron los autores por contribuir a un número especial como el que estamos presentando. Ello desmiente el difundido mito según el cual los buenos científicos muestran escasa inclinación a divulgar los conocimientos que crean. El número que se lanza a la calle es también un buen ejemplo del esfuerzo que demanda la divulgación científica para llegar a textos libres de tecnicismos, que sean comprensibles por no especialistas y a la vez no desvirtúen el sentido de la ciencia que se procura explicar. Como en muchos otros asuntos, el juicio definitivo sobre esta segunda cuestión depende principalmente de la opinión de los lectores.

Roberto Fernández Prini
Doctor de la Universidad de Buenos Aires.
Profesor emérito, UBA.
Investigador superior, INQUIMAE, UBA-Conicet.
Investigador consulto vitalicio, CNEA.
rfprini@cnea.gov.ar
Omar Azzaroni
Doctor en química, Universidad Nacional de La Plata.
Profesor adjunto, UNLP.
Investigador independiente del Conicet.
azzaroni@inifta.unlp.edu.ar
http://softmatter.quimica.unlp.edu.ar

 

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