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Volumen
1 - Nº 2 - Febrero/Marzo 1989
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![]() Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy |
En esta perspectiva, la formación de una identidad provincial puede ser considerada una variante del proceso de formación de identidades nacionales, variante alternativa a la argentina. Las provincias rioplatenses, incluida la de Buenos Aires, sufrirán así, contemporáneamente, el efecto de una tendencia a confluir en un estado supraprovincial (el futuro estado nacional argentino) y de otra dirigida a autonomizar políticamente el estado provincial. Esta tendencia, al menos de hecho, prevalecería en varias de estas provincias durante distintos momentos del período y contribuyó a la formación de nuevos estados independientes (Paraguay, Uruguay), a intentos de segregación (las llamadas tendencias ''centrífugas'' obrantes en Cuyo, el Noroeste y el Litoral) para unirse a países vecinos, o a la autonomía de varios estados provinciales. Se trata de variantes de un proceso histórico que, al mismo tiempo, continuaba elaborando la identidad argentina.
![]() Reglamento Provorio de 1817, "mandado a observar entre tanto se publica la constitución" |
Por otra parte, si volvemos a situarnos en los años inmediatamente posteriores a la Independencia, el análisis de los primeros textos constitucionales argentinos nos mostrará el desconcierto en que se encontraba entonces el sentimiento público de los sectores dirigentes. Las referencias al cuerpo político que se intentaba organizar son variadas y confusas. Los vocablos Estado y Nación suelen aparecer sin atribución precisa. En el primer caso, se suelen efectuar referencias a las unidades políticas que se reúnen para darle nacimiento: los pueblos, entendiendo por tales los provinciales, las ciudades, las provincias, son expresiones utilizadas indistintamente con tal propósito. Es cierto que esta ambigüedad proviene del complejo problema de definir no sólo el origen y forma del poder que debía suplantar al de la monarquía, sino, al mismo tiempo, la naturaleza y los alcances territoriales del nuevo país. Pero también es cierto que no hay nada que traduzca la existencia de un sentimiento de unidad colectiva que supere el ámbito provincial, pasible de ser invocado como fuente de la representatividad que se arrogan los nuevo gobernantes y, consecuentemente, como fuente de la soberanía que debía ser fundamento del nuevo estado.
Nadie tradujo mejor que Mariano Moreno esta coexistencia de la voluntad de constituir una nueva nación, por una parte, y la inexistencia de una nacionalidad en la cual basarse, por otra. En los comienzos mismos de la Independencia (octubre y noviembre de 1810) considera la posibilidad de una unidad americana, pero afirma la conveniencia de una solución más restringida, basada en la existencia de lazos entre algunas provincias, derivados de la "antigüedad de íntimas relaciones'', con evidente referencia a los que unían a Buenos Aires y otras rioplatenses. Todo el texto, en cuanto se propone como problema el de decidir qué extensión geográfica podía tener un nuevo estado en la América española, y en cuanto su visión de los nexos posibles no va más allá de esa vaga referencia a provincias a las que la antigüedad de aquellos lazos ''han hecho inseparables", confirma la imagen de la Independencia de las colonias ibéricas como un efecto del derrumbe metropolitano más que de una maduración interna.
Pero pocos documentos expresarían el real estado de incipiente formación de una identidad política como lo hicieron el "Acta de la Independencia'' (9 de julio de 1816) y el ''Manifiesto'' del Congreso Constituyente (25 de octubre de 1817). El Acta utiliza la expresión ''Provincias Unidas" para denominar a la entidad política representada en el Congreso. Y lo que sigue inmediatamente indica en realidad que la Nación no sólo se constituye, en el sentido de darse un documento político organizador del estado, sino que se origina en esa voluntad colectiva, de las provincias reunidas, de considerarse a sí mismas una Nación. Lo que traducen estos textos es la decisión de constituir la nueva nación, sin invocar ninguna nacionalidad o nación preexistente. Lo que preexiste son las provincias, a veces denominadas ''pueblos", que conocían sí otro tipo de antecedente nacional, el de la nación española. Estamos, entonces, ante un uso del vocablo nación como ''sujeto de imputación de la soberanía", pero no como denotando la existencia previa de una nacionalidad o de una nación como entidad histórico-cultural.
Existe sí, en estos textos, un "nosotros", una expresión de identidad colectiva, opuesta a lo español que ha quedado atrás, pero que en lugar de ser manifestación de una nacionalidad rioplatense es una conciencia de solidaridad americana, elaborada durante la colonia y desarrollada, a la vez que modificada, durante las luchas por la Independencia. Las provincias reunidas en el Congreso compartían formas culturales cuyo carácter distintivo con respecto a otras regiones hispanoamericanas no era en realidad intenso. Por eso el "nosotros" (que aparece reiteradamente en el Manifiesto del año siguiente al de la Independencia) sigue siendo fuertemente hispanoamericano. Mientras tanto, con una proyección menos amplia, se iría conformando la otra vertiente de identidad política, basada en el sentimiento lugareño, la identidad provincial. Pese a esto, la decisión política de conformar un nuevo estado dentro de los límites del antiguo Virreinato del Río de la Plata, se acompañaba ya de un conjunto de experiencias históricas que habrían de reforzar el incipiente sentimiento argentino.
La observación de la forma en que se difunde el uso de los vocablos Argentina y argentino, y de la acepción que se les daba, permite explicar también esta indefinición de la identidad política que señalamos. El adjetivo argentino, con el valor de "rioplatense", es usado inicialmente, a comienzos del siglo XVII, por Martín del Barco Centenera, quien asimismo sustantiva el adjetivo para designar al río y al país. Hasta comienzos del siglo XIX el adjetivo es frecuente en la poesía, al igual que el sustantivo, usado como nombre poético de la tierra, pero con un sentido distinto del actual, pues incluye a los españoles y excluye a las castas. Se aplica sólo a los habitantes de Buenos Aires y su zona de control administrativo, fueran o no nacidos allí. Antes de 1810 no había un término especial para designar a los nativos del Río de la Plata, cuyos habitantes se distinguían por el color o por su condición étnica. La denominación de blanco o español comprendía una minoría de españoles europeos y una mayoría de españoles americanos o criollos. Signo de que aún no se registra una identidad colectiva de ámbito rioplatense es que cuando se sienta la necesidad de diferenciar al nativo del español peninsular, la denominación preferida será la de americano, o alguna de sus variantes. Será necesario el proceso de luchas abierto por la independencia para que, posteriormente, se redefina el uso de argentino, tendiendo a denominar a todos los nativos del futuro territorio argentino.
Tampoco se registra el uso del nombre argentino, en el sentido que tendrá posteriormente, en la literatura popular. Bartolomé Hidalgo usa varios términos para designar a los patriotas (porteño, salteño, oriental, americano...) pero no argentino. Asimismo emplea Provincias pero no Provincias Argentinas. Recién en 1830 aparece la expresión en el Arriero Argentino, que publica Ascasubi en Montevideo. Luego su difusión en artículos u hojas volantes lo incorpora al habla común y a la legislación. Y aunque la guerra de la Independencia hace que las tropas lleven el término argentino hasta Junín y Ayacucho, éste no logrará exclusividad hasta mucho más tarde.
Nuestra conclusión es que, pese a que toda una tradición historiográfica tienda a verlo en forma distinta, los orígenes de la nación argentina no se derivan de un desarrollo espontáneo de una nacionalidad preexistente, sino de un largo proceso de elaboración de esa nacionalidad, en su mayor parte posterior a la Independencia. El apego a esa tradición explicaría el escaso interés concedido al significado de la escisión del sentimiento colectivo en esas tres formas de identidad política, de las cuales la rioplatense o argentina sería inicialmente la más débil, y su posterior preeminencia fruto de un largo y accidentado proceso. Consideramos necesario sustituir esa perspectiva por otra que enfoque el surgimiento y desarrollo de esas tres vertientes del sentimiento colectivo, y de las distintas formas en que se vincularon, como indicadores, especialmente por su misma coexistencia,de la falta de una nacionalidad definida hacia 1810; así como, más mediatamente, de la inexistencia de una unidad social y política, de un país, en suma, mayor que el contenido en los límites provinciales. Perspectiva que, entonces, no nos lleve a distorsionar la visión de los estados provinciales, y de los fenómenos políticos habitualmente vinculados a ellos, por esa deformación que deriva de postular una nación en los comienzos del proceso; que no reduzca, en suma, las manifestaciones de afirmación de las "autonomías provinciales" a accidentes secundarios de la organización del estado nacional.
El núcleo de la dificultad radica en que comúnmente se tiende a asociar la afirmación política de una comunidad nacional a la previa existencia de una definida realidad cultural de la cual seria derivación necesaria. El conjunto, entonces, de una comunidad con definida personalidad cultural, de un sentimiento de pertenencia entre sus miembros y de una aspiración a añadir a esa comunidad una presencia política inpendiente en el conjunto de naciones, sería un generalizado presupuesto de los estudios de la formación de las naciones latinoamericanas. Sin embargo, ese presupuesto no por más frecuente resulta menos dudoso a la luz de los avances de la historiografía reciente. Como ha sido observado para el caso de la formación de naciones europeas durante el siglo XIX -siglo de "fabricación de naciones"-, esos elementos no han estado necesariamente vinculados a lo largo de la historia moderna. Es decir, que la existencia de un grupo humano con una definida personalidad cultural no siempre generó la necesaria existencia de una Nación y un Estado nacional, así como surgieron Estados y Naciones comprensivos de variados grupos étnicos.
En el caso argentino -y no es desatinado agregar que esto puede tener validez para toda Hispanoamérica- el proceso abierto en la primera mitad del siglo pasado muestra que la formación de la nueva nación es también un producto de la historia del período y no la traducción de anteriores formas primarias del sentimiento de identidad colectiva. Producto, en suma, de un proceso de construcción no sólo de las formas de organización política, sino también de la correspondiente identidad nacional.