Volumen 1 Nº 2 Febrero/Marzo 1989

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy

 

 

Cómo se hace para construir todos los años una nueva ciudad de 700.000 ó ,500.000 habitantes, alrededor de una aglomeración de 18 ó 15 millones de personas o en los espacios sin ocupar que aún existen en su interior? ¿Cómo se hace para mantenerla en funcionamiento y administrarla? Nadie lo sabe y, sin embargo, ésa es la pregunta que deben hacerse los políticos, los técnicos, los empresarios y la población de ciudades como México y San Pablo. Tampoco sabrían hacerlo los políticos, técnicos, empresarios y población de las economías técnicamente más avanzadas del mundo con acceso a formidables capitales y tecnologías de los que carecemos en América latina.

¿Cómo se hace para diversificar y aumentar la producción de decenas de miles de pequeños pueblos y ciudades rurales, muchos de ellos ubicados en paisajes gastados pero majestuosos, aislados dentro de culturas que a pocos les interesa comprender y ayudar a pesar de que buena parte de nuestra historia tiene allí sus raíces? Nadie lo sabe y tampoco son muchos los que se esfuerzan por saberlo.

Estos contrastes sintetizan buena parte del drama de América latina, un continente caracterizado por el desequilibrio: desequilibrio en la composición de su población predominantemente joven; desequilibrio en la distribución de su población con un creciente grado de concentración; desequilibrio en el desarrollo regional de cada país, entre áreas rurales y urbanas, y entre sectores de una misma ciudad; desequilibrio en muchas vidas de pobre y pocas vidas de rico. Mientras en los países económicamente más desarrollados las diferencias entre ciudad y suburbio, pequeña ciudad y pueblo rural, son cada vez menos sostenibles, las similitudes entre vida urbana y rural se acentúan; en los países de América latina estas diferencias no disminuyen y parecen, por el contrario, acentuarse.

En 1980 más del 40% de la población de esas ciudades y pueblos de los países de América latina en conjunto tenía 14 años de edad o menos; 64.2 millones tenían entre 6 y 12 años de edad y estaban en edad escolar. Una proyección al año 2000 estima en 226 millones la población de América latina con 14 años de edad o menos y en 100 millones la población en edad escolar.

Los niños constituyen una presencia en el paisaje urbano y rural de América latina, especialmente en las calles, baldíos y escuelas de los barrios humildes, y en los pueblos rurales pobres. No es necesario recurrir a estadísticas detalladas para comprender muchos de sus problemas e imaginar la presión que su número ejerce en los servicios de una ciudad para satisfacer sus necesidades esenciales.

Las ciudades no constituyen un medio ambiente homogéneo. Existe en cada ciudad una gran variedad de situaciones. Esto es particularmente importante cuando se considera el impacto del ambiente físico y social en la felicidad de los niños y de los adolescentes.

Dada la rápida y acentuada artificialización del ambiente urbano, que en muchas ciudades de América latina está aún fragmentariamente unido a cadenas alimenticias y a ingresos rurales estacionales, a veces lejanos, los migrantes aparecen como seres sin raíces y sus hijos están condicionados a convertirse en personas que no pertenecen a ningún lugar.

Las proyecciones para el año 2000 nos indican que la heterogeneidad, el desequilibrio y la asimetría continuarán profundizándose. El esperar, evidentemente, no producirá soluciones. Es necesario, entonces, que nos dispongamos a cambiar la orientación actual y pensar sobre cómo actuar en favor de una calidad de vida más justa y equilibrada para todos, particularmente para los niños en una etapa de sus vidas en la que comienzan a interpretar el mundo. El lugar y el grupo social en el que crece el niño latinoamericano afectan profundamente su presente y su futuro, en una dimensión que no alcanzamos a comprender en su real magnitud.

Los latinoamericanos viven cada vez más en un ambiente urbano. Para tres de cada cuatro latinoamericanos nacidos en 1980, sus experiencias básicas serán en el futuro esencialmente urbanas. La gran mayoría pasará su vida entera en ciudades con ninguna o escasa idea de lo que significa vivir en el campo. Para un número significativo su experiencia cotidiana, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, será la de una existencia de privaciones en una villa miseria o en un conventillo. A comienzos de la década de 1970, el 40% de las familias de América latina -26% de las familias urbanas y 60% de las familias rurales- fueron clasificadas como pobres y, entre ellas, la mitad eran indigentes. No son sólo los clasificados como pobres o indigentes los que carecen de posibilidades de acceder a una vivienda y servicios adecuados. El porcentaje de la población de América latina que vive en hábitat urbanos con serias deficiencias, hacinada o en viviendas inadecuadas, es bastante más alto. Entre los que viven en esas condiciones hay decenas de millones de niños. Son los que más sufren privaciones, ya que la falta de un ambiente social y físico adecuado tiene impacto en su crecimiento biológico y mental, y puede condenarlos a una existencia con reducidas oportunidades y servicios.

Cada ciudad de América latina incluye en sí misma dos ciudades: la ciudad de los que pueden pagar y la ciudad de los que no pueden pagar, la ciudad legal y la ciudad ilegal, la ciudad oficial, desde el punto de vista laboral, y la ciudad informal, la ciudad limpia y la ciudad sucia... Estas "subciudades" han ido formándose de un modo simultáneo y una se sirve de la otra.

Muchos niños de esas familias están también condenados a la ilegalidad. Comienzan a trabajar a los seis o siete años sin haber asistido jamás a la escuela o abandonándola, porque sus ingresos pueden incrementar hasta en un 25% los ingresos familiares. Estos son actos ilegales en todos los países de América latina.

Esa ciudad diferenciada pero interconectada refleja la distribución de las clase sociales con ingresos desde muy altos a muy bajos en el espacio urbano y en esto queda, obviamente, incluida la infancia; muchos de los sujetos a una baja calidad de vida son los niños. Existen serias desigualdades en la calidad del hábitat urbano en general, y de las viviendas en particular, entre los diferentes barrios de una ciudad. Nada revela más tangiblemente las diferencias entre clases sociales que la calidad del hábitat y de la vivienda.

 

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