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Volumen
1 - Nº 1 - Diciembre/ Enero 1989
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![]() Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy |
Superconductividad
Carlos Balseiro
Francisco de la Cruz
Centro Atómico Bariloche
Comisión Nacional de Energía Atómica
La resistencia ofrecida por los metales al paso de una
corriente eléctrica transforma parte de su energía en calor
que se disipa en el medio ambiente. Un porcentaje significativo de los gastos
de producción de electricidad no reporta, por este motivo, beneficio
alguno. En 1911 se descubrió que ciertos metales a muy bajas temperaturas
conducían la electricidad sin ningún tipo de resistencia. Se
abrían así las puertas a una verdadera revolución tecnológica.
Ciertas dificultades fundamentales que impedían la fabricación
de materiales superconductores útiles cedieron ante la investigación
científica y el avance tecnológico, pero una de ellas -la necesidad
de mantener dichos materiales a muy bajas temperaturas- persistió hasta
no hace mucho tiempo.
El descubrimiento de propiedades superconductoras en ciertos materiales cerámicos
plantea, hoy, nuevos desafíos: explicar cuál es el mecanismo
de esta nueva superconductividad, preparar materiales con propiedades estructurales
adecuadas para su utilización práctica e imaginar las aplicaciones
más convenientes en un mundo con superconductividad a temperatura ambiente
o, por lo menos, a temperaturas accesibles a bajo costo.
Dos campos de la física de nuestro tiempo -la fusión nuclear y la superconductividad a altas temperaturas- presentan problemas que, de ser resueltos, producirían una verdadera revolución tecnológica. Ambos temas han sido estudiados desde hace muchos años pero, en el caso de la superconductividad, sólo recientemente se produjeron adelantos importantes.La búsqueda de superconductores a altas temperaturas (mucho menores, sin embargo, que la temperatura ambiente) se remonta a las primeras décadas de este siglo. En esta búsqueda y en las investigaciones teóricas orientadas a comprender el fenómeno de la superconductividad se acumularon grandes éxitos pero también fracasos.
![]() Fig.l. El fenómeno de la superconductividad, para el caso del mercurio, descubierto por Kamerlingh Onnes en 1911. Por debajo de una temperatura crítica la resistencia del conductor es nula. (De C. Kittel, lntroduction to Solid State Physics.) |
La superconductividad fue descubierta en 1911 por el físico holandés Heike Kamerlingh Onnes, uno de los pioneros en el desarrollo de técnicas para enfriar materiales a temperaturas cercanas al llamado cero absoluto, que equivale a -273°C. El cero absoluto es el origen de la escala Kelvin (K); así, una temperatura de 2°C puede ser expresada como 293 K. Un material se encuentra a la temperatura de 0 K cuando se le ha quitado toda su energía térmica.En aquella época, el laboratorio de Kamerlingh Onnes era uno de los pocos en el mundo que disponía de suficiente capacidad tecnológica para estudiar las propiedades de la materia a tan bajas temperaturas. Mientras estudiaba la resistividad eléctrica del mercurio, halló que dicho metal pierde completa y abruptamente su resistencia cuando se lo enfría por debajo de -269°C, esto es, 4 K. A este estado de resistencia cero se lo llamó superconductividad (figura 1).
El descubrimiento fue completamente inesperado. Hasta la observación del fenómeno en el laboratorio, nadie hubiera pensado que podría acontecer un cambio tan espectacular en un metal. En 1913, por estos trabajos, Kamerlingh Onnes obtuvo el premio Nobel de física (figura 2).
![]() Fig. 2. Heike Kamerlingh Onnes (1853-1926), premio Nobel de física en 1913 por sus estudios sobre superconductividad. |
Sin embargo, debieron pasar muchos años antes de que los científicos
pudiesen comprender los orígenes microscópicos del fenómeno.
Quizá lo más notable fue que, cuando la superconductividad parecía
una etapa superada en la historia de la física, en los últimos
tiempos, a 75 años de aquellas experiencias pioneras, otros descubrimientos
de similar repercusión convulsionan nuevamente el mundo científico.
Y, de esta manera, se vuelve a abrir uno de los capítulos más
interesantes de la historia de la física moderna. Estos descubrimientos
consistieron en el hallazgo de materiales que son superconductores a temperaturas
mucho mayores que las tradicionales.
Hay fundamentalmente dos razones por las que estos materiales despiertan tanto
interés. La primera es de índole económica. Para hacer
uso de las propiedades superconductoras de un material hay que enfriarlo por
debajo de una temperatura crítica. Cuanto más baja sea la temperatura
a la que se deba trabajar, mayores serán los costos de refrigeración.
Si para alcanzar el estado de superconductividad debe operarse a temperaturas
inferiores a los 20 K, es necesario emplear helio líquido. A temperaturas
más altas se puede trabajar con hidrógeno, pero por encima de
80 K se puede usar aire líquido, uno de los materiales refrigerantes
más baratos que existen. Cuando se superen ciertos inconvenientes de
carácter técnico, los nuevos superconductores se podrán
emplear a escala industrial sin mayores costos de refrigeración.
Pero hay una segunda razón por la que los físicos están
interesados en estos materiales. Hoy, después de algo más de
un año de trabajo, hay una generalizada convicción de que se
está frente a un nuevo fenómeno físico. La teoría
que consiguió explicar el comportamiento de lo que podemos llamar "superconductividad
convencional", no puede hacerlo propio con la superconductividad a temperaturas
tan altas. Los mecanismos que dan origen a la superconductividad en estos
nuevos materiales son probablemente distintos a los conocidos. Si esto es
así, los físicos se encuentran frente a un gran desafío:
comprender y explicar a qué se debe la superconductividad de alta temperatura
critica.
Antes de discutir los mecanismos microscópicos que dan origen ala superconductividad,
analizaremos la forma en que se manifiesta y sus semejanzas con otros fenómenos
físicos. En particular, trataremos de verificar si cumple con los requisitos
que caracterizan lo que denominamos transición de fase. Describiremos
entonces las propiedades de algunas transiciones de fase que nos son familiares,
para luego compararlas con el comportamiento de la transición al estado
superconductor.
Clasificar un fenómeno físico dentro de un esquema general es
importante para el investigador pues, si descubre las leyes que lo rigen,
pone de manifiesto mecanismos comunes a la familia de materiales que presentan
comportamientos semejantes.
Las transiciones vapor-líquido y líquido-sólido son transiciones
de fase que observamos cotidianamente; así, por ejemplo, el paso de
vapor de agua a agua líquida y el de ésta a hielo, o el caso
del mercurio, que se convierte en vapor a 357°C y se congela a -39°C.
Llamamos fase a una forma particular en que se nos manifiesta alguna sustancia.
Es importante reconocer que el paso de vapor a líquido y de líquido
a sólido no significa que cambien los átomos que constituyen
la sustancia: los átomos son los mismos, si bien se modifica la forma
en que se nos manifiestan. La fase gaseosa se obtiene cuando las sustancias
se mantienen a alta temperatura: al disminuirla, el vapor se condensa en la
fase líquida y si se sigue enfriando el material se solidifica.
La temperatura puede ser controlada en el laboratorio para inducir las transiciones
de fase. Sin embargo, controlando esa única variable no podemos predecir
a qué temperatura se producirá la transición. La temperatura
de ebullición del agua disminuye al elevarnos por encima del nivel
del mar: la transición líquido-vapor depende de la presión.
Una vez que fijamos la presión, P, y la temperatura, T, la transición
de fase de un dado número de átomos queda determinada: a cada
valor de la presión P corresponde una única temperatura T a
la cual se produce la transición. Debido a que en un experimento se
puede variar P y T, en forma controlada, las llamaremos "variables termodinámicas".
¿Qué sucede con el volumen que ocupa la sustancia? Si controlamos
P y T, el volumen V queda determinado por los valores de las otras dos variables.
También podríamos haber elegido controlar T y V, en cuyo caso
sería la presión la que quedaría determinada. Concluimos
que, si tenemos un número fijo de átomos constituyendo una sustancia,
dos variables termodinámicas determinan el comportamiento de la tercera.
Esta relación entre variables termodinámicas puede representarse
matemáticamente por medio de una ecuación que recibe el nombre
de "ecuación de estado". Es asombroso que con sólo
dos variables podamos describir el comportamiento de los millones de millones
de átomos que constituyen la porción de sustancia en estudio.
Esto es importante, pues conocer la ecuación de estado significa comprender
el comportamiento de la materia a distintas presiones y temperaturas, y conocer
una sustancia también implica poder decidir cómo utilizarla.
Pero, para el físico, la ecuación de estado más que el
final de una historia indica el comienzo de un desafío. Nos preguntamos
cómo se comporta esa enorme cantidad de átomos, cómo
se organizan, qué determina que los mismos átomos se nos presenten
en diferentes fases.
Analicemos las características del estado gaseoso. Los átomos
o moléculas que constituyen el gas se mueven con mucha facilidad en
el volumen que tienen disponible. Resulta imposible decir dónde se
encuentra cada una de las moléculas del gas en un determinado momento
y más difícil aún conservar memoria del comportamiento
de las moléculas que fueron vecinas en algún instante. Estamos
en presencia de un sistema muy desordenado. Es que la temperatura induce desorden,
independientemente de cuál sea la sustancia que se esté analizando.
Sin embargo, la cantidad de desorden inducido a una temperatura depende de
cuál es la sustancia que se estudia. En el lenguaje técnico,
al desorden se lo denomina entropía. Al disminuir la temperatura disminuye
el desorden, es decir, la entropía: el líquido es un estado
más ordenado que el gas y el sólido es tan ordenado que, si
conocemos la distribución geométrica de unos pocos átomos,
podemos precedir dónde están ubicados todos los otros átomos
que constituyen el material. Lo que acabamos de decir se verifica experimentalmente
utilizando fotografías de los sólidos obtenidas mediante rayos
X.
Curiosamente, la ecuación de estado más sencilla es la del
estado más desordenado, el estado gaseoso. Dice simplemente que si
mantenemos fijo el volumen que ocupa el gas y aumentamos la temperatura al
doble (medida en grados Kelvin) la presión se incrementa al doble,
independientemente del tipo de gas que estudiemos. Este resultado no es sorprendente
si tenemos en cuenta que, debido a la movilidad que adquieren los átomos
del gas, gracias a la energía térmica disponible, cada átomo
permanece tan poco tiempo al lado de su vecino que le es imposible reconocerlo.
Para una molécula de gas, todas las otras moléculas son iguales.
Pero al disminuir la temperatura, la energía térmica disminuye
y las moléculas o átomos disponen de más tiempo para
reconocerse. "Reconocerse" en el lenguaje de la física es
interactuar. Al interactuar un átomo con otro, ambos se reconocen;
un átomo acepta o rechaza al otro. Cada átomo se convierte en
un ente selectivo; puede elegir a sus vecinos.
Como resultado de una disminución de temperatura, el conjunto de átomos
se organiza aprovechando su interacción: un gas se constituye primero
en líquido y luego en sólido. En el sólido los distintos
tipos de átomos están asociados a lugares geométricos
bien determinados. Pareciera que el orden es perfecto, en cuyo caso su entropía
sería nula. Pero no es así. Si bien los átomos están
asociados a lugares bien determinados, aún pueden vibrar alrededor
de esa posición. Solamente si se pudiera acceder al cero absoluto (-273°C)
se anularía la entropía. Es necesario generar temperaturas muy
bajas, alcanzar el cero absoluto (0 K), para que se anule totalmente la entropía.
Ahora podemos reunir la información que hemos discutido y formular
una regla que describe el comportamiento de las sustancias: a temperaturas
muy altas predomina la entropía; a temperaturas bajas predomina la
interacción entre los átomos y disminuye la influencia del desorden.
La competencia entre entropía y energía de interacción
determina el comportamiento de las sustancias.
Para analizar la transición superconductora debemos determinar cuáles son las partículas involucradas en ella. Sabemos que la superconductividad se manifiesta en metales y que una de las propiedades que la caracteriza es la pérdida de resistencia eléctrica. Como la conducción eléctrica se debe a la existencia de cargas (electrones) que se desplazan entre los átomos del metal, la transición superconductora deberá estar asociada al conjunto de electrones. La temperatura no es un buen amigo de la superconductividad, pues el fenómeno solamente ocurre a temperaturas suficientemente bajas. Esto nos indica que, de ser una transición de fase, la superconductividad será la manifestación de un estado electrónico más ordenado. El paso a ese estado de menor entropía se deberá a la existencia de interacciones entre electrones, puestas en evidencia al alcanzar el material la temperatura crítica.